“III Domingo de Cuaresma”

Mar 3, 2026

Jesús, el pozo de Jacob y la Samaritana

                                  Por: Francisco Gijón. Escritor. Laico de Alicante
Textos Litúrgicos:

Ex 17, 3-7
Sal 94
Rm 5, 1-2.3-8
Jn 4, 5-42

El encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob, no es solo un relato religioso: es una escena antropológica, una radiografía de cómo se produce una transformación interior auténtica. Se trata de un diálogo radicalmente transgresor en su contexto histórico. Jesús se detiene en Samaría, un territorio despreciado por los judíos. Ya ahí hay una primera ruptura: elige el margen, no el centro. Pero la transgresión se intensifica cuando habla con una mujer, a solas, en público, y además samaritana. Tres barreras se cruzan de golpe: étnica, religiosa y de género. El texto no lo suaviza; lo subraya. Juan quiere que el lector perciba el escándalo.

Jesús no comienza con una doctrina, ni con una corrección moral, ni con una revelación solemne. Comienza con una petición humilde: “Dame de beber”. El que, según la fe, es el dador de la vida eterna, se presenta como alguien que necesita. Ese gesto es clave. No evangeliza desde la superioridad, sino desde la vulnerabilidad compartida. A partir de ahí, el diálogo avanza como una exploración del deseo humano. El “agua viva” no aparece como un concepto abstracto, sino como respuesta a una experiencia universal: la sed. No solo la sed física, sino la sed de sentido, de estabilidad, de reconocimiento, de amor. La mujer entiende rápidamente que no se está hablando solo de agua. Pero también intenta esquivar el núcleo, como hacemos todos cuando una conversación empieza a tocarnos demasiado de cerca.

Entonces llega el momento más incómodo: Jesús nombra su historia afectiva. No lo hace para humillarla ni para reducirla a su pasado, sino para poner verdad donde hay fragmentación. El texto es extraordinariamente delicado aquí: Jesús no la define por sus relaciones fallidas, pero tampoco las ignora. No hay condena, pero tampoco negación. Hay una mirada que ve y, al ver, integra. Este es uno de los puntos más revolucionarios del pasaje: la mujer no es convertida a base de miedo, ni de culpa, ni de amenaza. Es transformada porque alguien la ha visto entera sin rechazarla.

A continuación, la conversación gira hacia la cuestión religiosa: dónde se debe adorar, en qué templo, con qué rito. La mujer intenta desplazar el foco hacia el debate teológico, quizá como defensa, quizá como búsqueda sincera. Jesús responde con una de las afirmaciones más radicales del Evangelio: la adoración verdadera no depende del lugar, sino de la verdad y del espíritu. Es decir, la relación con Dios deja de estar mediada por el espacio, la etnia o la institución y pasa por la interioridad. Aquí el texto alcanza una profundidad casi mística. No se trata de abolir la religión, sino de descentrarla del poder y devolverla a la conciencia. Dios ya no se localiza; se encuentra.

El reconocimiento final —“sé que viene el Mesías”— y la respuesta de Jesús —“soy yo, el que habla contigo”— tienen un peso simbólico enorme. Es la primera vez en el Evangelio de Juan que Jesús se revela tan claramente como Mesías… y lo hace no ante un líder religioso, ni ante un discípulo destacado, sino ante una mujer samaritana, socialmente irrelevante. El mensaje es inequívoco: la revelación no sigue las jerarquías humanas.

El desenlace es igual de significativo. La mujer deja su cántaro y regresa al pueblo. Abandona aquello que simbolizaba su rutina y su sed cotidiana, y se convierte en mensajera. No predica una doctrina; cuenta una experiencia: “me ha dicho todo lo que he hecho”. No es un discurso teológico, es un testimonio existencial. Y, paradójicamente, su pasado —que podría haber sido motivo de vergüenza— se convierte en el punto de credibilidad de su anuncio. El texto concluye con una frase decisiva: muchos creen no ya por el testimonio de ella, sino por haber escuchado y encontrado por sí mismos. Es decir, el encuentro auténtico no genera dependencia, sino autonomía espiritual. El mediador desaparece y deja paso a la experiencia directa.

Leído en profundidad, el texto no habla solo de conversión religiosa. Habla de algo mucho más universal: del momento en que una persona deja de huir de sí misma porque ha sido mirada con verdad; del instante en que la sed ya no se tapa con sustitutos; del paso de la vergüenza a la palabra; del tránsito de la marginalidad al sentido. Y quizá por eso sigue siendo uno de los textos más incómodos y más actuales del Nuevo Testamento: porque no propone una fe identitaria, ni tribal, ni tranquilizadora, sino una experiencia de verdad que transforma sin violentar, que libera sin desarraigar y que comienza siempre por una pregunta humilde: “¿me das de beber?”.

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