Huellas de santidad borradas

Festividad de todos los Santos

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Hemos restringido la designación de “santo” a las personas que han muerto y que sus vidas han sido ejemplares en relación al seguimiento de Jesús, normalmente, varones. Pero en la Sagrada Escritura la santidad es, en sentido estricto, un atributo exclusivo de Dios que, llevado de su amor y fidelidad, reúne un pueblo para compartir con Él esa santidad: “Yo soy el Señor que os saqué de Egipto para ser vuestro Dios: sed santos porque yo soy santo” (Lv 11,45).

La santidad no consiste, en un principio, en prácticas éticas o piadosas, ni tampoco en ser moralmente perfectos. Ser un pueblo santo significa participar, de alguna manera, de la forma de ser de Dios. Sus miembros están empapados de una cualidad sagrada que luego, naturalmente, se manifiesta en forma de compromiso y servicio con el mundo.

Las primeras comunidades cristianas asumieron este sentido de santidad y tampoco pusieron el centro en su propia piedad o perfección ética, sino en Dios que gratuitamente les había dado el don de la salvación. En el seno de la comunidad, los cristianos reunidos aquí o allí y llenos del Espíritu Santo, forman una sociedad de santos, individualmente y en conjunto, para el bien del mundo.

Es más, se aferran a la esperanza de que ni siquiera la muerte “nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39). De ahí que pronto sacarán la conclusión de que su comunidad no estaba formada exclusivamente por las personas que en aquel momento vivían y respiraban, sino que incluía además a quienes ya habían muerto.

Y de este pueblo santo, de vez en cuando, surgen personas que destacan por su testimonio de vida. Cuando son reconocidas por la comunidad pasan a ser públicamente significativas para los demás. Se les designa también santos o santas. Sus nombres se recuerdan como una bendición, un estímulo para la fe, un aliciente para el compromiso.

Durante los doce primeros siglos de la historia cristiana, la Iglesia local, con la aprobación de obispos regionales, reconoció a estas personas ejemplares, que eran nombradas durante la misa y formaban parte de la lista de los santos locales. Sin embargo, a comienzos del siglo XII se centralizó el proceso de canonización, exigiendo que fuese Roma quien dijese la última palabra en esta cuestión. Esta decisión tuvo consecuencias positivas pero también negativas.

Se fue elaborando la lista de los santos oficiales, convertidos en un grupo cada vez más elitista, ya que están proclamados por sus virtudes heroicas y su poder de obrar milagros espectaculares; un grupo, por otra parte, que terminó reflejando el rostro de quien lo creaba: predominantemente clerical, célibe y masculino; un grupo cuya creación exigió grandes inversiones de tiempo y dinero.

Como fruto de la canonización, la posición de las mujeres en la memoria pública de la Iglesia es mínima. Un simple recuento muestra que más o menos un 75 por cierto de las personas que aparecen en la lista oficial de los santos canonizados son varones, lo mismo que tres cuartas partes de los santos que figuran en el calendario litúrgico; en cambio, las mujeres que reciben ese mismo reconocimiento ronda apenas el 25 por ciento.

¿Quiere esto decir que los hombres son más santos que las mujeres? Naturalmente, no. Sin embargo, esta diferencia pone de relieve quién tiene el poder de canonizar en la Iglesia. Y entre las santas, las menos representadas son las mujeres que estuvieron casadas de por vida, es decir, que no se hicieron monjas, lo que demuestra que, si ser mujer representa ya una desventaja, ser mujer sexualmente activa hace casi imposible la idea de encarnar lo sagrado, y las pocas excepciones que conocemos a esta regla son reinas o mujeres próximas a la realeza.

Como resultado, la historia de la santidad de las mujeres ha sido en gran parte borrada de la memoria colectiva de la Iglesia. Esta ausencia debe reconocerse, echarse en falta, criticarse y corregirse. No es simplemente cuestión de añadir algunas. El reto es remodelar la memoria de la Iglesia, reclamando una participación paritaria para las mujeres, y de esa manera transformar la comunidad.

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