“Una Realidad que Da Sentido a Sus Vidas”

Una Realidad que Da Sentido a Sus Vidas

 

Domingo Santa María, Madre de Dios
Por: Toni Tatay. Cdad.CVX Ignacio Ellacuría. València.

 

Textos Litúrgicos:

Nm 6, 22-27
Sal 66
Ga 4, 4-7
Lc 2,16-21

 

“Una Realidad que Da Sentido a Sus Vidas”

 

La Iglesia nos invita a celebrar hoy a María como Madre de Dios. Coincide esta festividad con la celebración de la jornada mundial por la paz cada primero de enero.

El texto de Lucas es alucinante. Unos pastores, gente despreciable y excluida de la sociedad de su tiempo, van “corriendo” hacia Belén guiados por una intuición imparable. Allí se encuentran a María y José junto con su hijo recién nacido en un humilde pesebre. Una familia más, como la de uno de ellos, sencilla, humilde, con dificultades, digna…

Los pastores se describen en el Evangelio como gente con alegría y en paz consigo mismo que solo necesitan confirmar esa intuición real y revelada para “dar gloria y alabanza” por “todo lo que habían visto y oído, conforme a lo que se les había dicho” (o prometido).

Tanto para los padres de Jesús como para los pastores ha irrumpido en sus vidas una realidad que da sentido a sus vidas.

También el Papa León en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la Paz nos cautiva con su mensaje hacia una paz “desarmada y desarmante” como la que sintieron las primeras personas que conocieron a Jesús recién nacido.

Por eso el papa nos exhorta, quizá influido por las lecturas de este primero de enero, a luchar y creer en una bondad desarmante como la que Jesús y su increíble nacimiento provocó en los primeros testigos de dicho acontencimiento. Textualmente nos dice “Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. «Paz en la tierra» cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A este respecto, mi venerado Predecesor escribía que «la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad».

Una vez más, la locura del Evangelio, la inversión de valores, la apuesta radical por la dignidad de la fragilidad humana sin exclusiones mostrada en un niño pobre, indefenso y en pañales frente a la lógica de la fuerza, de las armas, del poder…en definitiva de la lógica del pecado.

Es esa locura del Evangelio la que nos da la vida y la paz con nosotros mismos y con la comunidad.

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