Domingo de la Santísima Trinidad
Por: Ana Cristina Ocaña. IS. Servi Trinitatis. Madrid
Textos Litúrgicos:
Ex 34, 4-6.8-9
Dan 3, 52-56
2Cor 13, 11-13
Jn 3, 16-18
“Su Manera de Amarnos y de Salvarnos”
En Jn 3,16-18 nos encontramos con uno de los pasajes más condensados y decisivos del cuarto evangelio. No es una simple enseñanza sobre Dios, sino una especie de “núcleo” donde se expresa su modo de actuar, su lógica profunda, su manera de amarnos y de salvarnos.
El texto comienza con una afirmación que, si la tomamos en serio y con toda su profundidad, reordena toda la imagen de Dios: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Aquí no se describe un amor genérico, sino un amor que se traduce en un gesto concreto, histórico y radical. Dios no se mantiene al margen de la historia humana, ni observa desde fuera el drama del mundo: entra en él.
El destinatario de ese amor es “el mundo”. En el evangelio de Juan, este término no tiene un sentido idealizado. Designa la humanidad real, compleja, herida, ambigua, capaz de abrirse a la luz o de resistirla. Y lo sorprendente es precisamente esto: no se trata de un mundo previamente purificado o digno, sino del mundo tal como es el que es amado.
San Agustín lo expresa con gran claridad cuando comenta este pasaje: «Dios no nos ama porque seamos buenos, sino para hacernos buenos»[1].
El amor de Dios, por tanto, no es consecuencia del mérito humano, sino origen de la transformación y conversión del hombre. Ese amor no se queda en una simple intención, sino que se expresa en una verdadera entrega. En este pasaje el verbo “entregar” es decisivo porque hace referencia a todo el camino de la vida de Jesús, que culmina en la cruz. Dios no da algo externo, sino que se da a sí mismo en su Hijo. San Ireneo lo formula en estos términos: «La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios»[2].
La Encarnación y la muerte en cruz del Hijo no son un gesto marginal, sino la revelación de lo que Dios quiere para el ser humano: una vida en plenitud.
El evangelio continúa con una aclaración: Jesús no ha sido enviado para condenar al mundo, sino para salvarlo. Esta afirmación es clave porque corrige una imagen muy arraigada de Dios como juez primero y salvador después. Aquí el orden es inverso: la intención primera es la salvación.
San Juan Crisóstomo lo expresa con fuerza pastoral: «No vino Cristo para pedir cuentas del pasado, sino para asegurar el futuro»[3]. Y también en otra homilía añade: «No temamos a Dios como a un juez severo, sino amémoslo como a un médico que sana nuestras heridas»[4].
Sin embargo, el texto no elimina la importancia y seriedad de la libertad humana. El juicio no desaparece, pero aparece de un modo muy particular: no como iniciativa de castigo por parte de Dios, sino como consecuencia de la respuesta del hombre ante la luz. San Cirilo de Alejandría lo explica así: «El juicio no consiste en que Dios condene al hombre, sino en que el hombre se condena a sí mismo al rechazar la luz»[5]. Por eso el drama del texto no está en un Dios que excluye, sino en la posibilidad real de rechazar la vida que se ofrece.
San Agustín vuelve sobre esta idea con una frase muy conocida: «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti»[6]. La salvación implica por tanto una respuesta libre por parte del hombre. Creer en Jesús no es solo aceptar una doctrina concreta, sino abrirse a una relación de amor, dejarse alcanzar, confiar en Él que tanto nos ha amado.
El evangelio lo expresa con sobriedad: «El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado» (Jn 3,18). No porque Dios cambie, sino porque el ser humano puede cerrarse a la fuente de la vida. San Gregorio Magno lo resume de este modo: «Dios no rechaza a nadie, pero nadie se salva sin querer ser salvado»[7]. Toda la tradición cristiana insiste en que el cristianismo no comienza con una exigencia moral, sino con un acontecimiento de amor recibido. No es primero norma, sino encuentro.
Benedicto XVI lo formuló de esta manera: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona»[8]. Y el Papa Francisco insiste en esta misma idea: «Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón»[9].
En el fondo, el evangelio de este domingo de la Santísima Trinidad nos sitúa ante el centro mismo de la fe cristiana: Dios no es alguien que primero exige y luego ama, sino alguien que ama primero y desde ese amor llama a la vida.
La cruz de Cristo aparece entonces no como el signo de la ira de Dios, sino como la expresión más extrema de un amor que no se retira ni siquiera ante el rechazo de sus criaturas.
Terminamos nuestra reflexión de hoy con una pregunta que no es teórica, sino profundamente personal: ¿qué hago yo con este amor que se me ofrece? ¿Lo recibo, o me cierro a él?
[1] San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, Tract. 102, 5.
[2].San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, IV, 20, 7.
[3]San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Juan, hom. 27, 1.
[4]San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, hom. 15, 3.
[5]San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, libro II.
[6]San Agustín, Sermón 169, 11.
[7]San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, hom. 29.
[8]Benedicto XVI, Deus caritas est, 1.
[9]Papa Francisco, Evangelii gaudium, 3.

