Bienaventurados los pobres, los olvidados de la tierra

Domingo IV T.O. Ciclo A

Por: Ascensión de Vicente. Vita et Pax. Madrid

Seguimos con el Tiempo Ordinario, tiempo importante, pues nuestra vida transcurre en la realidad de cada día la que nos toca vivir a cada uno/a. La Iglesia nos propone este año el  Evangelio de Mateo, que nos ayuda a seguir profundizando en  el Mensaje de Jesús a través de su vida pública.

Poco sabemos de los años que Jesús vivió en  Nazaret, pero sí, podemos vislumbrar  cómo a través de una vida ordinaria fue forjando la llamada de Dios para anunciar la llegada del Reino.

Hoy la liturgia nos ofrece la puesta en marcha de esa Misión, y nos lo presenta de una manera solemne, sube a la Montaña, se sienta y comienza a proclamar LAS BIENAVENTURANZAS. Sabemos que con ello los  seguidores de Jesús tendríamos suficiente, es un programa completo para vivir y construir su Reino. Llegan a lo más profundo de nuestro ser de creyentes.

Sofonías en la 1ª lectura también nos invita a vivir en la humildad y la sencillez, practicando la justicia y la moderación, es como una preparación a lo que Jesús va a ofrecernos en el Sermón de la Montaña.

Qué significa hoy ser pobres. Pobres son los que carecen de todo y ponen su confianza en Dios. Contemplando la realidad podemos afirmar que pobres son aquellos que viven al margen de la realidad, los desposeídos de la tierra, los hambrientos, los emigrantes y exilados, los que no tienen trabajo, ni techo, excluidos de nuestra sociedad.

Jesús sigue diciéndonos quiénes son dichosos, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón los que trabajan por la paz, los perseguidos…….

Cómo  podemos traducir al lenguaje de hoy las Bienaventuranzas. Cómo interpretar y vivir la mansedumbre, la compasión, la búsqueda de la justicia, de la igualdad. Cómo ser misericordiosos. El Papa Francisco en su deseo profundo de hacer una Iglesia misericordiosa, nos hizo la propuesta de celebrar el año de la Misericordia que acabamos de clausurar y en ella no ha ahorrado ocasión de invitarnos a vivir la misericordia, a ser misericordiosos como centro de nuestra vida cristiana. ¿Hemos comprendido el mensaje del Papa? ¿Nos hemos hecho planteamientos concretos en nuestro ser de cristianos? ¿Hemos aprovechado ese momento de gracia?

Ser constructores de PAZ, esa paz de la que tanto hablamos y tan pocos resultados constatamos. Cada día parece que estamos más lejos de lograrlo, vivimos en una guerra permanente según frase del propio Papa Francisco. No puede haber Paz si no hay justicia, y estamos también muy lejos de esta realidad.

“Estad alegres y contentos… -termina Jesús en el monte- porque vuestros nombres están escritos en el Cielo”.

Qué hermoso el Sermón de la Montaña… ¿qué sería del mundo, si cada creyente intentara  vivirlo? Necesitamos ser conscientes de que Dios no ha elegido a los sabios del mundo, sino a la gente sencilla, “en Cristo Jesús hemos sido hechos sabiduría, justicia y salvación”. De esta manera podemos creer que sí, podemos entrar o continuar en el camino que nos propone Jesús. Podemos ir dando pasos colaborando con ello a la llegada del Reino, Reino de justicia, amor y paz.

Terminamos haciendo nuestra la oración del Salmo 145: “El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos.  El Señor libera a los cautivos”.

La bienaventuranza olvidada

Domingo 22º del T.O., Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

En el evangelio de hoy se nos presenta a Jesús comiendo en casa de un fariseo muy importante de la época. Y en el transcurso de la comida, con una punta de descaro, Jesús se atreve a sugerirle quiénes deben ser sus convidados. Nada de hermanos, ni amigos, ni parientes, ni vecinos, sino pobres, lisiados, cojos y ciegos. El criterio está muy claro: invitar a quienes no pueden corresponder a la invitación. Pero ¿se pueden tomar en serio estas palabras provocativas de Jesús o es una manera de impactar a los oyentes que le espiaban?

Jesús habla de invitar a los excluidos, marginados y desamparados. Sabe bien que esto no es lo habitual. Los “pobres” no tienen medios para corresponder con cierta dignidad. Es más, Jesús le dice al fariseo: “Dichoso tú si no pueden pagarte”, es decir, “Dichosas las personas que viven para los demás sin recibir recompensa. Dichosa tú si no pueden pagarte, el Padre-Madre del cielo te recompensará”. Esta bienaventuranza ha quedado tan olvidada que muchos cristianos no han oído hablar nunca de ella. Y, sin embargo, encierra en sí toda la dinámica del Reino ofrecido por Jesús.

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: es una invitación en toda regla a actuar desde una actitud de atención, cuidado y gratuidad hacia las personas más empobrecidas. Se nos llama a compartir sin seguir la lógica de quienes buscan siempre recibir algo a cambio de lo que ofrecen. Se nos urge a no humillar, a aprender a dar… a darnos.

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: ¿cómo no quedar desconcertadas e interpeladas cuando escuchamos palabras como estas? ¿es posible vivir de manera desinteresada? ¿se puede amar sin esperar nada a cambio? No hemos de engañarnos. El camino de la gratuidad es siempre difícil. Es necesario entrar en un proceso de aprendizaje que dura toda la vida. Es preciso aprender cosas como: dar sin esperar mucho, perdonar sin apenas exigir, ser pacientes con las personas poco agradables, ayudar pensando sólo en el bien de la otra persona…

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: esta bienaventuranza introduce en la historia ese espíritu nuevo de Jesús, esa novedad que contradice la lógica de la codicia y la acumulación y ofrece la lógica de la gratuidad. No lograremos cambios espectaculares y menos de manera inmediata pero esta forma de actuar no pasa desapercibida, resulta absurda, incómoda e intolerable para la “lógica” de la mayoría. Es contracultural y da que pensar.

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: nos hace conscientes de la tentación que sentimos, a veces, de retener y guardar para nosotras, de nuestro temor a perder aquello que consideramos valioso: tiempo, cualidades, recursos… así como de esa tendencia a medir y calcular que nos incapacita para entender los gestos de quienes, como Jesús, lo entregan todo por amor.

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: nos libera de la tiranía de la mentalidad del “intercambio”: “yo hago esto por ti, pero, aunque no cobro por ello, espero que respondas adecuadamente a mis esfuerzos”. La persona que vive la revolución de la gratuidad sabrá comunicar no con discursos, sino con su modo de estar y de reaccionar lo siguiente: “estoy y estaré contigo, incondicionalmente, pase lo que pase”.

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: de esta manera las personas más débiles nos descubren nuestro mejor yo, libre de intereses; nos empujan a abandonar el mundo competitivo para poner nuestras energías al servicio del amor y de la vida; nos ayudan a asumir mejor nuestras propias debilidades y fragilidades que intentamos ocultar, a menudo, a través de máscaras.

“Dichosa tú si no pueden pagarte”: significa entrar en la dinámica de Jesús, “Señor de la desmesura”, del derroche, la pérdida y la entrega. Seguirle a él supone participar de esa manera de ser suya y entrar en su lógica. Supone sentirse amada en la gratuidad envolvente de Dios.

El Espíritu de las Bienaventuranzas

Por: D. Cornelio Urtasun

1. YA TENEMOS LA FELICIDAD DEL EVANGELIO

Jesucristo la ha establecido. ¿Por dónde acceder a ella?. ¿Será la felicidad del Evangelio un nuevo suplicio de Tántalo: un eterno tener a flor de labios el agua y morirnos irremisiblemente de sed?. Jesucristo, no solamente nos trajo el tesoro, sino que puso a nuestra disposición el camino para alcanzarlo. Es el que el Concilio llama el Espíritu de las Bienaventuranzas.

2. EL ESPIRITU DE LAS BIENAVENTURANZAS

Los consagrados y la transformación del mundo por el Espíritu de las Bienaventuranzas (L.G. 31). Los seglares deben transfundir en el mundo el Espíritu de las Bienaventuranzas (L.G.38; A.A. 4; G.S.72).

3. LA PALABRA DE JESÚS

El sermón de la montaña (Mt 5, 1-12; Lc 6,20-23). No sólo proclamó y presentó la felicidad del Evangelio, sino que la hizo accesible a todos los hombres, a todas las mentalidades, a todas las posibilidades. El vaticinio del Profeta Isaías 55, 1-3 “los que no tenéis plata, comprad y comed”. Se comprende la emoción casi infinita de la gente que escuchaba y veía actuar a Jesucristo. El eterno anhelo de FELICIDAD, se veía al alcance de las manos, en la felicidad del Evangelio, felicidad a la que se accedía no desde fuera, sino desde dentro. No dependía de lo que uno tuviera sino de lo que uno fuera. Y lo más grande: tenía al alcance de la manos, al REALIZADOR: la ENCARNACION VIVIENTE de esa FELICIDAD.

4. LOS COMPONENTES DEL ESPIRITU DE LAS BIENAVENTURANZAS

Pobreza, mansedumbre, dolor, hambre y sed de justicia, misericordia, limpieza de corazón, paz, persecución.

5. POBRES 

¿Quién es pobre?. ¿Qué es la pobreza?. ¿En qué consiste vivir la pobreza?. ¿Quiénes son los que entran dentro de esa felicidad promulgada por Jesucristo a los pobres?. Yo me confieso incapaz de hacer una elucubración teórica. He preferido ir a lo concreto: sobre todo, AL CONCRETO, a la persona de Jesucristo pobre. ¿Cómo entendió, cómo practicó, la pobreza Jesucristo?. Creo que es por ahí donde debe venir la solución para éste y para los otros problemas… Nació y murió pobre. Vivió austeramente pobre. Viajó a lo pobre, salvo en su entrada en Jerusalén. Vivió y se comportó con una libertad total, para vivir en la pobreza más radical, sin el menor inconveniente para alternar, tantísimas veces, con la gente rica: Nicodemo, Mateo y sus compinches, Simón el leproso, Zaqueo, Betania. Jesucristo nunca fue a sacar tajada. Siempre fue a DAR más: ¡A DARSE!. “El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza…” (Mt 8,20). Nuestra pobreza, la manifiesta nuestras obras. El desprendimiento del corazón. ¡El corazón…! “Dónde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21). El tiempo, la disponibilidad.

6. LOS MANSOS 

Hoy preocupa poco la mansedumbre. Se considera factor de poca categoría. Hoy impera la violencia, la destemplanza, los malos modos, la cara fosca y hasta la mala educación. Jesucristo no encontró mejor ambiente. Con todo, teóricamente, planteó con tremenda decisión su criterio: Mt 5, 38-42 “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo que no opongáis resistencia al malvado…” Se presentó como “MANSO Y HUMILDE” (Mt 11,29). A la hora de la verdad, en el prendimiento, ante Pilato, en la corona y crucifixión, en el ultraje de la cruz, mostró la solidez de sus convicciones: que era el MANSO: la oveja llevada al matadero y que la mansedumbre es la manifestación de la grandeza y fortaleza de los héroes.

7. LOS QUE LLORAN

Las lágrimas siempre han sido símbolo del dolor, del sufrimiento, del penar. Desde que el pecado entró en el mundo, ya no se han marchado las lágrimas de los hijos de los hombres. El misterio del dolor. ¿Por qué sufre tanta gente?. ¿Por qué sufre tanto, tantísima gente? Sobre todo la gente inocente, los niños… El grito y la protesta de Simón Wishenthal, en la muerte de los niños. Es el dolor que redime, que repara, que quita el pecado del mundo… QUE DA FELICIDAD. Lágrimas de Jesús: sobre la ciudad, sobre Lázaro muerto, Getsemaní … Lágrimas de dolor: lágrimas del Corazón de Jesucristo: Judas: prendimiento (Mt 26,49), suicidio de Judas (Mt 27,5.) Pedro: irresponsabilidad (Mt 26,40), negación (Lc 22, 52-64). Fuga de todos, abandono (Mt 26,59)

8. HAMBRE Y SED DE JUSTICIA

Jesucristo padeció hambre y sed materiales. Las espigas arrancadas en sábado. Ante la higuera, ante el pozo. Pero él mismo habló de otra hambre y de otra sed. Devorado por el celo de la casa de Dios (Jn 2, 17). “¡Tengo sed!” (Jn 19,28). En Juan 7, 37 proclamó otra sed, de la cual ya había hablado a la samaritana. Y en el sermón del PAN de VIDA habló Jesucristo del hambre y de la sed del espíritu. (Jn 6,34). Aquí llama felices a los hambrientos y sedientos de justicia. Hay quien piensa que una por una, la justicia social, la conmutativa, la distributiva… no son la base de la FELICIDAD DEL EVANGERLIO, NO SON EL ALMA DEL ESPÍRITU DE LAS BIENVANTURANZAS: apunta más alto, llega más hondo… Es el árbol de donde vienen los frutos de toda JUSTICIA.

9. MISERICORDIOSOS 

La formulación es clara felices los misericordiosos. En aquella sociedad del ojo por ojo… chocó. Por todas las cosas que se pudieron decir de Jesucristo Misericordioso, sirva la parábola del Padre Misericordioso, (Lc 15, 11-32) en el orden de los principios. Donde se autorretrató. Y en la práctica, la conducta de Jesucristo con el buen ladrón. “Dad y se os dará…”. “Seréis medidos con la medida que midáis”

  1. LIMPIOS DE CORAZÓN

La identificación que hemos hecho de limpieza de corazón con castidad es un criterio miope y empobrecedor. De Jesucristo nunca se pudo decir nada, a pesar de sus defensas de las prostitutas y los ladrones. Los discípulos sorprendidos de que hablara con una mujer… (Jn 4, 27). El Corazón limpio del Buen Jesús que amó a todos, a todas, en todo momento, hasta el extremo, pero no se pegó a nada, a nadie, ni se aprovechó, ni manipuló a nadie. ¡FUE UN CORAZON LIMPIO!.

11. PAZ

Elogiada cálidamente por el Señor y característica propia de los hijos de Dios (Mt 5,9). Esa fue la tarea de Jesucristo: TRAER AL MUNDO LA PAZ (Lc 2, 14). Nacido Jesús bajo el signo de la PAZ, SE DESPIDIÓ DANDO LA PAZ, pero no una paz como la da el mundo (Jn 14, 27) . A los suyos los quiere generadores de PAZ: “al entrar en la casa saludarla con el signo de la PAZ…” (Mt 10, 12-13). La PAZ “recibida gratis, debe ser dada gratis” (Mt 10, 8). Obtenida la PAZ con Dios, por nuestro Señor Jesucristo (Rm 5, 1) debemos hacer nuestra la alabanza del Profeta, recogida por San Pablo: “¡Cuán hermosos los pies de los que evangelizan la PAZ…!” (Rom 10,15). “En lo posible y en cuanto de vosotros dependa vivir en PAZ con todos los hombres” (Rom 12,14-21). Preocupados por vivir “de una manera digna la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia. Soportándoos unos a otros por Amor, poniendo empeño en conservar la UNIDAD DEL ESPIRITU, EN EL VINCULO DE LA PAZ” (Ef 4, 1-4). Por lo tanto… “E S F O R Z A O S por ser hallados en PAZ ANTE EL, sin mancilla y sin tacha”. (2 de Pd 3, 14)

12. PERSEGUIDOS POR LA JUSTICIA 

Ya hemos visto en el número 8 quiénes son los incluidos en esta categoría de Bienaventurados, por vivir a tope el espíritu de las Bienaventuranzas. El Maestro hizo la glosa (Mt 5,11-12) “Llegará un tiempo en que quien os mate, piense ofrecer obsequio a Dios” (Jn 16, 2). Todo comentario palidece ante la aventura de Jesucristo. Bajado del Padre, por amar al mundo y al hombre (Jn 3,16-17), pasaba la vida haciendo el bien (Hch 10,38), amando a los hombres hasta el extremo y los hombres le propinamos la ignominia de la cruz.

Las Bienaventuranzas de Mateo 5, 3-9: Un programa de paz.

Por: Xavier Pikaza

El evangelio de Mateo ha reinterpretado las tres primeras bienaventuranzas de Lucas (Lc 6, 20-21), desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.), presentándolas como un programa de pacificación cristiana. Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino pero, al mismo tiempo, ellas ofrecen el más hondo programa de pacificación social del cristianismo.

La Iglesia posterior ha pactado con muchos poderes políticos y sociales, defendiendo incluso la “guerra justa”. Para el Jesús de Mateo no hay guerras justas, ni pactos militares capaces de crear la paz. Su propuesta de paz es más honda, más actual que todas las propuestas posteriores de los documentos de la Iglesia.

Presentación.

Suponemos conocidas las tres primeras bienaventuranzas de Lc 6, 20-21 (bienaventurados los pobres, los hambrientos, los que lloran…). Mateo parte probablemente de ellas, pero aumenta su número hasta siete, presentándolas así como un programa de vida y de pacificación cristiana. Prescindimos aquí de la 8ª (la 4ª de Lucas), que trata de la persecución, para analizar las siete anteriores, como propuesta básica de paz de la Iglesia. En esa línea las presentamos, de un modo unitario, como siete peldaños de una gran Escala de Paz, como la Via Pacis del Evangelio.

El mismo orden de las bienaventuranzas va marcando su avance y sentido, desde la primera (los pobres) hasta la última (los pacificadores). No es posible ser pacificador, crear la paz, a no ser recorriendo ese camino de pobreza, mansedumbre, capacidad de sufrimiento etc. Así lo iremos viendo, mientras vamos trazando un recorrido de paz para la Iglesia, para el conjunto de la humanidad.

Las siete bienaventuranzas: Mt 5, 3-9

(1) Bienaventurados los pobres de Espíritu. Sólo se puede hablar de paz donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. Mt 5, 3 ha dicho pobres de espíritu donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres. Con eso, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de pobres, vencidos y pequeños (cf. Mt 18, 1-14), pero ha querido referirse en especial a los cristianos. En ese sentido, habla de los pobres de espíritu, esto es, de aquellos que no se limitan simplemente a sufrir una suerte que les viene marcada de fuera (porque han sido derrotados por otros, vencidos por la vida), sino que habla de aquellos que, pudiendo vivir de otra manera, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad y, sobre todo, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los vencedores, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de salvación (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Así aparece como el siervo que no grita, no se ensalza, no esclaviza (cf. Mt 12, 15–21), iniciando un camino de solidaridad humana desde la pobreza. Quien quiera vivir como rico no puede hacer la paz. Donde se busca dinero se logran otras cosas, no se puede hablar de paz.

(2) Bienaventurados los que sufren. Sólo aquellos que sufren y saben sufrir pueden ser constructores de paz. Lucas hablaba de aquellos que lloran (hoi klaiontes), destacando quizá el llanto físico, aceptado o no (en la línea de la pobreza material). Mateo, en cambio, dice hoi penthountes, término que parece referirse más en concreto a los que “saben” sufrir, es decir, a los que aceptan el dolor, más aún, a quienes lo comparten con otros y así lo convierten en fuente de vida fecunda. Ciertamente, podemos decir con el texto de Lucas, que son bienaventurados todos los que lloran, por la razón que fuere, sin distinguir la forma en que asumen o no su sufrimiento. Mateo en cambio parece haber puesto de relieve el valor de maduración e incluso de “revolución radical” del sufrimiento. Sólo aquellos que, quizá con miedo, saben aceptar el sufrimiento pueden ayudar a los demás, abriendo con ellos y para ellos un camino de vida. Quien no sabe sufrir terminará siendo un dictador. Quien hace sufrir a los demás (por hambre o terror, por guerra o dictadura) no podrá ser hombre de paz. Sólo aquellos que se ponen en el lugar de los que sufren y sufren con ellos pueden iniciar el camino de paz del evangelio.

(3) Bienaventurados los mansos…
(Mt 5, 5). Ésta es una bienaventuranza nueva, que Mateo o su iglesia han creado, siguiendo el testimonio de Jesús, que ha sido pobre y pequeño (sin poder económico o social), pero que ha sabido elevar y enriquecer a los pequeños, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y de vida para muchos. Mansos son los que actúan sin imponerse, los que ayudan a los demás desde su pobreza. Así ha dicho Jesús: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumamos, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29). Siendo pobre (manso, no violento), Jesús puede ayudar a los pobres.

Pues bien, esa bienaventuranza (tomada del Salmo 37, 11, expresa una experiencia radical, de tipo político: “los mansos heredarán la tierra”, no al modo actual (por posesión violenta), sino al modo de Dios: “por herencia de gracia”. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) proclama una utopía de pacificación “política”, que invierte todos los principios y táctica de guerra. Sólo los mansos, los que renuncian a toda imposición militar para “conquistar la tierra” podrán poseerla de verdad, pues tierra no se conquista por guerra, sino que se “hereda”: la recibimos de aquellos que nos han precedido y queremos ofrecerla como regalo a quienes nos sigan. La tierra que se conquista y somete por la fuerza se vuelve un infierno de guerras; cuanto más la dominemos más la destruiremos. Sólo los mansos podrán heredar y disfrutar la tierra en paz; los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen entre sí.

(4) Hambrientos de justicia. En vez de hambrientos sin más (como Lc 6, 21), Mt 5, 6 dice hambrientos y sedientos de justicia. Ciertamente, son bienaventurados los carentes de comida, como supone Mt 25, 31-46 (pues el mismo Jesús habita y sufre en ellos), pero Mateo sabe también, como indica ese pasaje, que hay hambrientos mesiánicos, que entregan la vida por los otros, dando de comer a los necesitados, buscando así la justicia de Dios que es la liberación de los oprimidos (Antiguo Testamento) y la justificación y perdón de los pecadores (San Pablo).

Esta bienaventuranza habla de los hambrientos creativos, de aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse al servicio de ellos. Éstos son los verdaderos “justos”, los portadores de justicia (cf. Mt 25, 37). Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, Mesías de la justicia del reino (cf. Mt 6, 33). En este contexto se entiende su palabra: “no sólo de pan vive el hombre” (cf. Mt 4, 4)… No hay sólo “hambre de pan”, sino también de “justicia”. Sólo a través de esta justicia, que es la liberación de los pobres, se puede hacer la paz.

(5) Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7). Ellos aparecen vinculados al Dios de Israel a quienla Escritura presenta como «clemente y misericordioso, lento a la ira…» (Ex 34, 6-7). La fe en el Dios misericordioso y clemente ha definido y marcado la historia de Israel, viniendo a culminar, según el evangelio, en Jesús de Nazaret, a quien Mateo ha definido, de un modo muy intenso, como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos y excluidos de la tierra (cf. Mt 9, 27; 25, 22; 20, 30-31).

Desde ese fondo se entiende su novedad mesiánica, conforme a las palabras centrales de Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13; 12,17; cf. Os 6, 6). Eso significa que la “religión” (sacrificio) de Jesús es la misericordia. Éste es el sacrificio que Jesús pide a los suyos: que sean misericordiosos, que sean capaces de compartir la vida con los otros, creando así la paz. Desde ese fondo, la religión de Jesús se hace política y la política se hace “misericordia”, dirigida por la ternura de corazón, por el amor gratuito, y no por la dureza de la ley implacable o la venganza. Ésta es la dicha más honda de Jesús, su felicidad mesiánica: compartir desde el corazón la suerte de los pobres, ayudar a los necesitados. Ésta es la nota fundante del evangelio, el principio de la política cristiana: la misericordia que hace felices a los hombres y que crea la paz. Aplicando las palabras de Mt 7, 1, se podría decir: “sembrad misericordia y la misericordia llenará vuestra vida…”.

(6) Bienaventurados los limpios de corazón (Mt 5, 8). Un judaísmo bastante extendido en tiempos de Jesús tenía miedo de aquello que mancha al hombre y puede separarle de la santidad de Dios. A su juicio, la limpieza básica se logra través de la ley: es pureza de manos que se lavan de acuerdo con el rito, de observancias que se cumplen realizando lo mandado, en vestidos y comidas, etc. Es religión de normas exteriores (de prestigios nacionales o sociales, de insignias, de banderas…).

Pues bien, en contra de esa pureza de ley, puesta al servicio de los fuertes (piadosos y cumplidores), Jesús ha destacado la pureza del corazón, abierta en forma solidaria a todos los hombres, especialmente a los expulsados del sistema. El mensaje de Jesús, tal como lo viven los cristianos de la Iglesia de Mateo, exige que superemos un sistema de purezas que se centran en las manchas de la piel o en la forma de cumplir el sábado (cf. Mc 1, 40-45; 2, 23-3, 6), tabúes de sangre y sexo (cf. Mc 5), de pureza externa y comidas (cf. Mc 7). Jesús quiso ofrecer a sus amigos y seguidores un programa distinto: la pureza del corazón misericordioso que se abre a los necesitados, por encima de toda ley o patria particular (de tipo político o religioso). Así podemos decir que la patria de Jesús (su nación política, su iglesia) es la misericordia universal, desde los más pobres.

Sólo así, desde el corazón, se puede iniciar un camino de paz, pues los limpios de corazón no sólo “verán a Dios” (en el futuro), sino que pueden ver ya a los demás (incluso a los enemigos) con los ojos de Dios. El limpio de corazón no hará nunca la guerra, pues no verá jamás a los enemigos como enemigos, sino como personas.

(7) Bienaventurados los hacedores de paz (Mt 5, 9). Otros tipos de judaísmo podían tener sus propios bienaventurados: los guerreros de Dios que conquistan el reino (celotas), los buenos sacerdotes con su ritual de sacrificios, los cumplidores de la ley… (en línea farisea). Pues bien, para Jesús, judío mesiánico, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres son capaces de “hacer” (poiein) la paz del Reino, regalando generosamente la vida a los demás. De los pobres de la primera a los pacificadores de la séptima bienaventuranza discurre así un camino recto: la Via Pacis, el camino triunfal de la paz, que se opone no sólo a otras formas de judaísmo, sino al ideal de victoria del imperio romano. Aquí culmina el mensaje de Jesús, aquí se condensa su proyecto mesiánico, centrado en el surgimiento de unos hombres y mujeres que sean hacedores de paz (eirenopoioi).

Conclusión.

Estos hacedores de paz sólo pueden aparecer claramente al final del despliegue de las bienaventuranzas que empieza con los pobres y continúa con los sufridos y los mansos etc. Estos pacificadores de Jesús siguen siendo, según eso, los pobres y excluidos que renuncian con un gesto de paz a la violencia del ambiente. En contra de la política oficial de Roma y de los reyes herodianos, la paz no es obra de los emperadores y monarcas que instauran su dominio por la fuerza, como Augusto, que edificó en el centro de Roma su Ara Pacis (Altar dela Paz), para expresar su soberanía (y soberbia) mundial. A los ojos del Cristo de Mateo, los portadores de la paz de Augusto, simbolizado en su Altar central de Romo, serían unos engañados e impositores.

La verdadera paz viene de abajo, desde el perdón de los más pobres, a través de aquellos que van suscitando comunidades de personas que se aman y se abren en misericordia activa hacia todo el mundo. En ese sentido, la tradición cristiana dirá que el pacificador por excelencia ha sido Cristo (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15), pues ha querido reunir con su gesto de entrega no violenta todos los hombres. Ésta es la paz que no se logra con poder y dinero (desde arriba), sino a partir de los pobres y de aquellos que sufren, abriendo un camino de concordia gratuita y amorosa por donde pueden caminar todos los hombres.

Éste es el proyecto y propuesta de las bienaventuranzas, que ha empezado en los pobres para culminar aquí, en una paz que aparece, como ya hemos indicado, en forma de espada mesiánica, en la línea de Mc 13, 12-13: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer paz, sino espada. Porque yo he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra” (Mt 10, 34-35). La paz de Jesús rompe las vinculaciones impositivas (de tipo familiar o social) de los privilegiados del sistema para abrirse a todos los hombres y mujeres, desde los más pobres, reuniéndolos en la gran familia de los hijos de Dios.

La Iglesia de Mateo ha proclamado así la paz familiar y social de Jesús. Siglos de espiritualismo sacral e idealista nos han impedido abrir los ojos y entender el evangelio como programa de gozo salvador y libertad dichosa, como movimiento de paz que se expresa y expande en un plano social y político. El evangelio es un programa de pacificación, desde los más pobres, un programa intenso de no-violencia activa, fuerte, que vincula a todos los hombres. Hemos identificado a veces evangelio con ley, santidad con sacralidad, fidelidad a Dios con represión del sexo o los placeres. Pues bien, en contra de eso, las bienaventuranzas son un programa de dicha política y social, capaz de vincular en un gesto de paz a todos los hombres

Ser Paz

Por:  Maricarmen Martín

En la Biblia la palabra Shalom, paz, significa el bienestar total de la comunidad, la cual brota de una correcta relación con Dios y con los demás. Shalom va más allá de la mera tranquilidad. Abarca la abundancia material, la seguridad, la salud y hasta la armonía con la creación. Shalom significa la ausencia de violencia pero también incluye las relaciones sociales justas y respetuosas. No puede haber paz sin justicia. La Biblia no habla de Shalom desde una perspectiva ingenua. Habla de la paz para un mundo violento, el mundo real. Shalom designa un don de Dios tan precioso y tan central porque la vida es precaria y está continuamente amenazada.

Jesús supo bien que la vida es conflicto, combate, por eso, proclamó precisamente el reino de paz y nos la ofreció como algo muy preciado. Según el cuarto Evangelio, la paz es el regalo que Jesús deja a los suyos en su discurso de despedida: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27) y, a su vez, es el primer deseo del Resucitado: “Paz a vosotros”.  En otros lugares la identidad de ser hija o hijo de Dios consiste en ser constructor de paz: “Bienaventurados los constructores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

La paz es un regalo y, a la vez, una tarea, un desafío. Ser paz es la condición necesaria para ser constructores de paz. La paz no viene del cielo, los ángeles la anuncian cuando suenan las trompetas pero se la confían a los seres humanos para que la difundan. Es unánime la convicción según la cual la paz es el mayor bien para la humanidad y, al mismo tiempo, la historia prueba que la paz es una utopía cada vez más lejana. Los seres humanos hemos hecho “las paces” en muchas ocasiones pero hasta ahora no hemos conseguido hacer la paz. Esto explica por qué se queda generalmente en un deseo.

Son los deseos y las relaciones los que producen la guerra o la paz en el corazón. Para poner paz en el corazón no basta sólo perdonar como se suele aconsejar. Hay que elaborar, esclarecer, desatar el nudo… Nadie olvida una ofensa recibida, especialmente, cuando ésta ha tenido un relieve importante en la pequeña historia de nuestra vida. Es necesario que estas ofensas dejen de ser recuerdos envenenados y se conviertan en recuerdos que nos acaricien, recuerdos pacificados.

Es muy difícil que los recuerdos dolorosos que han trastornado nuestra vida y nos han hecho daño puedan llegar a ser pacíficos, pero no es imposible. Hemos de poner nombre al dolor, reconocer en ellos nuestra parte de responsabilidad y, si es posible, dialogar con la otra parte. Por último no buscamos el castigo por el daño que nos han infringido, llegados a este punto, sólo el perdón y la reconciliación abren la puerta a una relación nueva. El perdón es la posibilidad de cambiar las reglas del juego; cambiar ese estúpido ping-pong donde la pelota envenenada de la ofensa se echa constantemente de un lado a otro. Carece de importancia saber quién ha comenzado; lo importante es ver quién quiere terminar.

Desgraciadamente, nuestro tiempo ha descuidado la educación en el perdón y la reconciliación, de ahí la necesidad de postular comunidades alternativas en las que se viva la cultura de la paz, el shalom que hoy nos sigue regalando el Resucitado. El compromiso por la paz no es una conquista sino un logro a conquistar cada día.

Es fácil hablar de la paz como mera espectadora: la paz en el mundo, en la sociedad… Cuando no tenemos que ver nada en la historia somos muy pacíficas pero cuando entramos en juego, las cosas son de otra manera. Hoy puede ser un día perfecto para preguntarnos: ¿soy paz?; ¿cómo reacciono ante la ofensa?; ¿estoy entre quienes han alcanzado la identidad de hija o hijo de Dios construyendo la paz?; cuando entro en una casa, o estoy en el trabajo, o me encuentro con mi familia, ¿soy portadora de paz o de violencia?…

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