Ser Paz

Por:  Maricarmen Martín

En la Biblia la palabra Shalom, paz, significa el bienestar total de la comunidad, la cual brota de una correcta relación con Dios y con los demás. Shalom va más allá de la mera tranquilidad. Abarca la abundancia material, la seguridad, la salud y hasta la armonía con la creación. Shalom significa la ausencia de violencia pero también incluye las relaciones sociales justas y respetuosas. No puede haber paz sin justicia. La Biblia no habla de Shalom desde una perspectiva ingenua. Habla de la paz para un mundo violento, el mundo real. Shalom designa un don de Dios tan precioso y tan central porque la vida es precaria y está continuamente amenazada.

Jesús supo bien que la vida es conflicto, combate, por eso, proclamó precisamente el reino de paz y nos la ofreció como algo muy preciado. Según el cuarto Evangelio, la paz es el regalo que Jesús deja a los suyos en su discurso de despedida: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27) y, a su vez, es el primer deseo del Resucitado: “Paz a vosotros”.  En otros lugares la identidad de ser hija o hijo de Dios consiste en ser constructor de paz: “Bienaventurados los constructores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

La paz es un regalo y, a la vez, una tarea, un desafío. Ser paz es la condición necesaria para ser constructores de paz. La paz no viene del cielo, los ángeles la anuncian cuando suenan las trompetas pero se la confían a los seres humanos para que la difundan. Es unánime la convicción según la cual la paz es el mayor bien para la humanidad y, al mismo tiempo, la historia prueba que la paz es una utopía cada vez más lejana. Los seres humanos hemos hecho “las paces” en muchas ocasiones pero hasta ahora no hemos conseguido hacer la paz. Esto explica por qué se queda generalmente en un deseo.

Son los deseos y las relaciones los que producen la guerra o la paz en el corazón. Para poner paz en el corazón no basta sólo perdonar como se suele aconsejar. Hay que elaborar, esclarecer, desatar el nudo… Nadie olvida una ofensa recibida, especialmente, cuando ésta ha tenido un relieve importante en la pequeña historia de nuestra vida. Es necesario que estas ofensas dejen de ser recuerdos envenenados y se conviertan en recuerdos que nos acaricien, recuerdos pacificados.

Es muy difícil que los recuerdos dolorosos que han trastornado nuestra vida y nos han hecho daño puedan llegar a ser pacíficos, pero no es imposible. Hemos de poner nombre al dolor, reconocer en ellos nuestra parte de responsabilidad y, si es posible, dialogar con la otra parte. Por último no buscamos el castigo por el daño que nos han infringido, llegados a este punto, sólo el perdón y la reconciliación abren la puerta a una relación nueva. El perdón es la posibilidad de cambiar las reglas del juego; cambiar ese estúpido ping-pong donde la pelota envenenada de la ofensa se echa constantemente de un lado a otro. Carece de importancia saber quién ha comenzado; lo importante es ver quién quiere terminar.

Desgraciadamente, nuestro tiempo ha descuidado la educación en el perdón y la reconciliación, de ahí la necesidad de postular comunidades alternativas en las que se viva la cultura de la paz, el shalom que hoy nos sigue regalando el Resucitado. El compromiso por la paz no es una conquista sino un logro a conquistar cada día.

Es fácil hablar de la paz como mera espectadora: la paz en el mundo, en la sociedad… Cuando no tenemos que ver nada en la historia somos muy pacíficas pero cuando entramos en juego, las cosas son de otra manera. Hoy puede ser un día perfecto para preguntarnos: ¿soy paz?; ¿cómo reacciono ante la ofensa?; ¿estoy entre quienes han alcanzado la identidad de hija o hijo de Dios construyendo la paz?; cuando entro en una casa, o estoy en el trabajo, o me encuentro con mi familia, ¿soy portadora de paz o de violencia?…

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