¡No me dejes caer en la tentación!

Por: D. Cornelio Urtasun

El miércoles de ceniza daremos inicio a la primavera del espíritu, La Cuaresma, con la inclinación de nuestras cabezas ante el sacerdote que pondrá en ellas el puñado de ceniza, mientras repetirá invariablemente: “acuérdate hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir”. A partir de este día diremos al Señor una y otra vez en la Misa y en el Breviario: “Ahora, ahora, nos ha llegado el tiempo interesante; estos días son los días ideales para nuestra salvación”. “Que abandone el malvado sus caminos y el impío mande a paseo sus siniestras intenciones y que se conviertan todos al Señor, cargado de misericordia y bondad, el cual está siempre inclinado a la compasión y no quiere la muerte del pecador sino su conversión y su vida”. Desde el miércoles de ceniza la liturgia cobrará un cariz imponente que, a las veces, se convierte en dramático.

Con todo, donde la liturgia cuaresmal se centra y adquiere proporciones de armonía fascinadora, es en la misa del primer domingo de Cuaresma. ¿Sabéis en qué me apetece reparar, en qué se me ocurre pensar? En el Señor tentado. ¿Sabéis para qué? Para agradecerle que me haya abierto los ojos en materia de tentaciones, para pedirle con toda mi alma, con toda sinceridad, lo que durante años y años no he sabido pedir: “que no me deje caer en la tentación”. Quizás a alguien le parezca perogrullada insulsa. Yo la tengo como trascendental y decisiva.

Me dan que pensar las mil y una proposiciones que me hacen para el después, para cuando vuelva a España cargado de Doctorados y títulos académicos que si los esgrimo con habilidad me harán prosperar como el que más. Me dan que pensar las almas que el Señor me envía para las cuales tengo que ser el ejemplo viviente de todo lo que a ellas predico. Me dan que pensar las murmuraciones, las críticas y rechiflas de los que están junto a mí y muchas veces suben conmigo al altar. Y si continuara la lista sería interminable.

Y como me veo tan comprometido por todas partes, tan enredado en tantas cosas, tan acosado por  todos los lados, tiemblo, me entra un miedo pavoroso de mí y le digo al Señor con un acento que, a las veces, llega a conmovedor: “QUE NO ME DEJE CAER EN LA TENTACIÓN”.

En toda aquella tentación que tarde o temprano terminará por apartarme de Él y por arruinar todos los planes de Él sobre mí.

En el primer domingo de Cuaresma cuando veo a Jesucristo tentado, la silueta de mi divino Maestro y señor, sacudida y zarandeada como la mía, me llena de consuelo y agudiza mis precauciones. Si he de vivir de su VIDA, si he de ser proyección de su silueta, me las tengo que ver en muy negras. No me puedo hacer ilusiones. Como no te las puedes hacer tú que ya no tienes otra ilusión que la de hacerle el amor y VIVIR DE su VIDA. Y cómo quisiera que esta silueta de Jesucristo tentado se grabara en tus ojos y en los míos; en tu corazón y en el mío, para que nunca, nunca, perdamos el tino, para que nunca, nunca perdamos el equilibrio al redoblarse los ataques, al multiplicarse las complicaciones.

Hay que prepararse para la lucha, hay que prepararse al combate.

Pero no es el combate franco y a pecho descubierto el que más preocupa, pues sé bien que un asalto vigoroso será contestado con otro corajudo. Me preocupa el otro, el solapado, el artero, el retorcido, el que tira la piedra y esconde el brazo. El que dice que dejar la oración un día, dos, no llega ni a pecado; el que dice que sin hacer tanto ya se puede servir al Señor; el que aconseja que sin obedecer tanto y en tanto se puede cumplir perfectamente con el voto de obediencia; el que insinúa que otros santos no hicieron lo que a ti te aconsejan hacer… el que da a entender que, vamos, no hay por qué llevar las cosas a esos extremos. Y en fin, tantas cosas que tú y yo nos las sabemos muy bien.

Para esos combates me quiero prevenir diciéndole al Señor tentado que no, que por lo que más quiera, que no me deje caer en la tentación. Y que si soy débil y caigo, que nunca trate de justificar mi postura sino que a la caída siga inmediata, vertiginosa, la reacción de un levantar decidido, generoso, pensando que los santos lo fueron no porque no cayeron sino porque cuando cayeron  ¡se  l e v a n t a r o n!

¡Oh Jesús tentado: óyeme! Por lo que más quieras: ¡NO ME DEJES CAER EN LA TENTACIÓN!

Retiro Cuaresma 2017

Jonás: el profeta desconcertado

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Cantábamos hace años una canción en la que nos preguntábamos en dónde estaban los profetas. Es una pregunta muy actual que admite respuestas diferentes: ya no hay profetas, hay muchos, hay pocos… cada persona tendrá sus razones para responder de una manera u otra. Lo que está claro, es que esta Cuaresma se presenta como una buena oportunidad para ejercer, con más empeño, nuestra condición profética, y el libro de Jonás nos puede ayudar a ello.

  1. El libro de Jonás

Contenido del libro. Nínive, capital de Asiria, era tan grande que hacían falta tres días para cruzarla a pie. El Señor envía a los ninivitas a un tal Jonás, profeta de Israel, con un mensaje que consiste en decirles que su maldad ha subido hasta Él y, por ella, serán sancionados: “dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. Jonás empieza huyendo porque, conociendo la bondad de Dios, tiene miedo de que su predicción no se cumpla. Después de algunas aventuras, Dios le devuelve a Nínive para que predique. El profeta no ha caminado ni un solo día y el pueblo ya se ha convertido. Dios anula entonces su decisión de condenar al pueblo. Este cambio supone un drama para Jonás, que ve cómo se verifica lo que él temía: Dios perdona a Nínive y no será castigada. Ahora es mejor que cojamos el libro de Jonás y lo leamos directamente, son cuatro capítulos.

La época de composición del libro. La redacción del libro puede ubicarse en la época del post-exilio, entre los siglos IV y III a.C., cuando el pueblo de Israel vuelve a su tierra procedente del exilio en Babilonia. Ciro autoriza a los judíos desterrados a volver a su patria (Esd 1,1-4). Comienza la lenta restauración del pueblo; el judaísmo se consolida en sus cimientos: la Ley, el Templo y la pureza de la raza. Esta comunidad naciente, que retorna a su tierra, se radicaliza en el nacionalismo. A fin de proteger la pureza de su fe, el judaísmo se afirma frente a los otros pueblos y lo hace insistiendo en sus privilegios y en la intolerancia ante todo extraño.

Por ello, los extranjeros fueron expulsados de la tierra de Israel (Ne 13,1-3) y se promueve el repudio de los matrimonios mixtos, es decir, matrimonios de judíos con extranjeras, justificando el abandono de las esposas (Esd 9-10). El pueblo defiende a ultranza su culto, está obsesionado con la pureza de su religión y se separa de todos cuantos no son judíos.

Este exclusivismo intolerante se produce como respuesta al desprecio con que fueron acogidos en otro tiempo los israelitas pero, sobre todo, se produce porque perciben como un gran peligro para la integridad de su fe y su unidad como pueblo, la introducción de elementos foráneos. Este miedo a la posible amenaza de los no judíos fue degenerando en odio al extranjero.

El libro es una parábola. La mayoría de estudiosos piensan que Jonás no es un personaje histórico. La obra es considerada como un relato sapiencial, es decir, una parábola para enseñar que la misericordia de Dios no tiene fronteras. Dios no quiere ni la intolerancia, ni el racismo. Un autor anónimo, valiente y auténtico profeta, escribe el libro de Jonás para denunciar el exclusivismo y la xenofobia del propio pueblo judío. Asociado a su ballena, aferrados a la literalidad del texto, no se lograba intuir la hondura del mensaje que expresaba. Este libro tan rico ha servido, la mayoría de las veces, sólo como entretenimiento pero en él Dios nos sigue hablando hoy. La grandeza de la Revelación divina no tiene por qué encerrarse solo en relatos históricos; también se manifiesta en escritos poéticos o de ficción.

  1. Mensaje profético del libro

Anuncia: la misericordia de Dios no tiene límite. La célebre frase: “Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor” era conocida por el mundo bíblico y el mismo Jonás recuerda que él ya la sabía (4,2). Se aplicaba a las relaciones de Dios con Israel pero ahora, y esto es lo sorprendente, se aplica a la relación de Dios con otro pueblo diferente al judío. Y lo más llamativo es que está dirigida a un pueblo pagano, Nínive. Nínive era el símbolo del imperialismo, de la más cruel agresividad contra el pueblo de Dios (cf Is 10,5-15; Sof 2,13-15; Na 2-3). Representa a los opresores de todos los tiempos. A ellos debe encaminarse Jonás para exhortarlos a la conversión y a ellos les concede Dios su perdón. El mensaje profético del libro no es sólo la apertura universalista de la salvación, sino la apertura a un pueblo pecador y violento. Dios ama a este pueblo no como opresor, Dios no justifica la violencia, sino que lo ama con una misericordia sin límite; y este amor posibilita que pueda salir de su maldad y de su pecado. Esta es la novedad y el escándalo del libro. Dios ama también a los pecadores, incluso a las personas o pueblos que de forma sistemática actúan mal contra el pueblo de Dios.

Denuncia: el exclusivismo y la xenofobia. En la persona de Jonás, -que se irrita porque se ha secado una planta de ricino que no había plantado ni hecho crecer con su esfuerzo y reprocha, lleno de disgusto, a Dios su conducta de perdón y misericordia-, se denuncia la postura intolerante y xenófoba del pueblo de Israel. Quiere Jonás, desde su conciencia de pertenecer a “los buenos”, un Dios vengador que haga justicia con Nínive, la gran ciudad opresora. Dios contraría los deseos del profeta  y este mal no llega. Jonás no comprende absolutamente nada. Sus expectativas no se realizan, sus esperanzas judías son quebrantadas, no comprende a Dios, está desconcertado… quiere morir. Por el contrario, cuando los ninivitas escucharon la llamada de Jonás a la conversión, al momento se pusieron a ayunar: la iniciativa partirá del pueblo, se extenderá al soberano y también al reino animal. Esta reacción de los ninivitas es sensacional, la ciudad enemiga por excelencia de Israel cree en Dios. La respuesta no fue matar al mensajero, ni refugiarse en sí mismos, ni organizar una evacuación. Lo que organizan es una penitencia colectiva. El profeta, en su mentalidad racista, no quiere captar el bien que hay en los “ateos” y en quienes son diferentes. Soñaba con el fracaso de su misión para que Dios castigara a los “malos”, que bien se lo merecían.

Renuncia: también el profeta necesita convertirse. Jonás cree en Dios, desde luego, pero cree sin sobresaltos. Por eso, cuando al inicio del libro escuchamos la llamada que le dirige (1,1-2), esperaríamos una respuesta positiva, pero no obedece y pone tierra y mar de por medio. Huye, en vez de al este, se va al “lejano oeste”. Pero incluso en su sueño marino Dios lo busca. Dios mismo lo lleva, aún a pesar de la resistencia del profeta, por medio de las alas del viento, de las olas de la tormenta y de la travesía del cetáceo, justo a donde desde el principio Él quería: Nínive. Los caminos de Dios son incomprensibles y, a veces, hasta tortuosos, pero se cumplen. Al final Jonás sí predica y los ninivitas creen en Dios. El enorme éxito alcanzado debió desconcertar grandemente al profeta, que ni por asomo se lo esperaba. El pueblo se convierte pero el profeta aún no se ha convertido. Ha realizado con la boca su misión de predicar, pero su corazón aún no ha cambiado. Para Jonás Dios debería ser menos paciente, más implacable, menos bueno.

  1. Mensaje profético del libro para esta Cuaresma 2017

Levántate, vete. Salir de la boca del gran pez y caer en las playas de las nuevas culturas no es sólo cuestión de voluntarismo, es misión que viene de Dios: “Levántate, vete a Nínive… y anúnciale el mensaje que yo te indicaré” (1,2; 3,2). Vivimos en un mundo multicolor: distintas lenguas, religiones, razas, culturas… Y en todas ellas, cuando se conocen y se aman a fondo, descubrimos posibilidades y perspectivas insospechadas. Vete a “Nínive”… con los rumanos, los latinos, los árabes, los catalanes, los manchegos, los gitanos, los hutus, los tutsis, los chinos, los quichés, los ladinos, los bahianos… Levántate, ve y proclama. Esto supone un nuevo modo de ser, de estar, de hablar, un nuevo talante. La tentación es huir ante el riesgo de lo diverso, la inseguridad de una misma, el miedo… o atrincherarse en lo conocido, refugiarse en la tarea de mantenimiento, en el calor cultural propio.

Pero la misericordia universal de Dios es un pie que impide atrancar la puerta ante la amenaza de lo diferente. Se nos plantea la superación de los particularismos ya sean personales, de familia, nación, lengua, cultura… No se nos llama a renunciar a nuestra identidad, se nos llama a no ponerla en el centro, a que no sea nuestra última referencia, a descentrarnos. Dios es el centro de nuestra vida y, al mismo tiempo, es nuestra mayor periferia. Ser fieles a Dios nos convierte en peregrinas: sal de tu tierra… Creerse, aunque sea de manera sutil, superiores a los demás imposibilita el diálogo de igual a igual. El resultado es una imparable xenofobia, especialmente dirigida a las personas o pueblos considerados inferiores y, encima, amenazan nuestra seguridad y nuestra abundancia. No es cuestión menor, ni mucho menos. Dios nos necesita disponibles y prestas a la itinerancia y el equipaje cultural que arrastramos puede que sea demasiado pesado.

Profetas en Nínive. Cómo plantearnos la propuesta de anunciar el mensaje a la “ciudad de los opresores”, es decir, a los “malos”. No quiero poner nombres pero seguro que cada una tiene ya algunos en su cabeza. Somos igual que Jonás. Tenemos la misma dificultad que él porque en el fondo pensamos que lo que se merecen es un castigo. El pueblo de Israel había ido tomando conciencia de que Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos y esto se percibía en que los buenos tenían salud y prosperidad económica y los malos enfermedad y precariedad económica. Tener que aceptar en Dios un comportamiento clemente y misericordioso con los opresores de Israel, llevó a Jonás al desconcierto total. El libro nos enseña ya, lo que luego Jesucristo nos dirá con más claridad, Dios ama a los seres humanos, tal como somos, con nuestras grandezas y pecados.

Profetas en la ciudad. Hace falta ser generosas para profetizar al pueblo pobre y humillado, pero hace falta mucha valentía y humildad para hacerlo en la gran ciudad, especialmente, de este primer mundo rico. Cómo hacerlo en las grandes ciudades donde vivimos. Ya no se trata de pensar en los días que se tarda en atravesarla sino en las dificultades para afrontar la evangelización del medio urbano, sobre todo, cuando parece que éste ha tomado el camino de la indiferencia, el consumismo, la acomodación… Sería muy bueno cuestionarnos si sabemos qué está pasando –en los grandes ámbitos en los que se articula la vida social a gran escala: economía, política, ciencia, arte, medios de comunicación, cultura, religión, movimientos sociales…–, si manejamos un suficiente y correcto análisis de la realidad. Pero igualmente sería esencial que nos preguntáramos hasta qué punto también ese análisis de realidad es parte de nuestra experiencia de Dios. Y, sobre todo, no condenar inmediatamente la realidad. Liberarnos de prejuicios. La sabiduría está justamente en ese punto en que dejamos que se manifieste el trozo de verdad que existe en el otro. Las ciudades del mundo son lugares de misión a las que somos enviadas por el propio Dios.

Siempre podremos huir. La huida es una tentación grande y una dinámica humana que muchas personas hacemos con frecuencia. Huimos por miedo, por cansancio, por quitarnos de encima la responsabilidad. Huimos escapando de la rutina o del peso de posibles fracasos. Huimos de muchas formas. No siempre con ausencia física. Huimos con incomunicación, con superficialidad, evitando diálogos necesarios y tareas que nos aguardan… Pero es inútil. Ni un crucero por el mediterráneo nos sirve para despistar a Dios. No se puede huir de la presencia del Señor. Siempre se huye hacia alguna parte, y en todas partes está Él. Él que nos mira con amor y con humor. Dios nos invita a sonreír ante nuestras preocupaciones y huidas porque Él mismo nos mira con irónica ternura cuando, faltas de humor, sufrimos nuestros propios fracasos. El humor de Dios es amor.

La conversión como alternativa real. El desafío es la conversión. Convertirnos pero no por puños, sino como respuesta al perdón gratuito de Dios. Porque nos sentimos amadas, ese amor nos posibilita cambiar y poner nuestra vida en armonía. Pero por desgracia, muchas veces seguimos funcionando con el pensamiento de Jonás: yo peco, como consecuencia, tengo que arrepentirme para obtener el perdón de Dios, es decir, es mi arrepentimiento quien provoca el perdón de Dios. En el primer caso la fuerza salvadora la ponemos en Dios, en su amor y gratuidad; en el segundo, la fuerza la ponemos en nosotras mismas.

La misión de ser profeta nunca se aprende del todo, constantemente estamos en estado de conversión. Se trata, en definitiva, de ajustar el corazón humano, siempre demasiado estrecho, con el corazón de Dios, infinito en su amor y su misericordia universal. El profeta es, la mujer o el hombre, de un corazón distendido, ensanchado, esponjado… No sabemos si Jonás aprendió la lección de Dios. El libro concluye con una declaración divina en forma de pregunta (4,11). Hacia esta pregunta se dirige el libro entero. La pregunta-invitación de Dios sigue abierta y todo hombre o mujer, que sienta la llamada de Dios a ser profeta y lea este libro, debe responderla con su vida.

Profetas en la vida cotidiana. Dios nos llama porque nos necesita, así como suena, Dios necesita nuestra disponibilidad misionera, “levántate y vete…”, aunque respondamos con caídas y deserciones. La llamada de Dios a ser su profeta es “irresistible”. Y, como Jonás, podemos huir o podemos ponernos los auriculares y escuchar a Dios. Dios nos habla a través de este libro de Jonás y nos sigue llamando a salir de nosotras mismas, a “levantarnos” a pesar de nuestras fragilidades y limitaciones e ir a “Nínive”, a acoger a las “diferentes”; a no llevar cuentas del mal; a levantar la mirada hacia el horizonte de la gran ciudad y estar atenta a lo que en ella ocurre; a poner mi dolor en segundo lugar porque el primero lo ocupa el dolor del mundo; a darle otra oportunidad al perdón; a dejarnos desconcertar por Dios… en definitiva, a ser como Él, mujeres-hombres sin fronteras, mujeres-hombres de misericordia sin fronteras.

 

Itinerario espiritual de la Cuaresma

Por: D. Cornelio Urtasun

  • Miércoles de Ceniza

Comienzo de la Cuaresma. Espíritu de conversión. La austeridad penitencial nos ayude al combate espiritual contra el mal, contra todo tipo de mal.

  • Domingo I Cuaresma

Jesucristo se abstuvo cuarenta días de alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia, rechazó las tentaciones del enemigo y nos enseñó a sofocar las del pecado.

  • Domingo II Cuaresma

El don del Cuerpo glorioso del Hijo. En el sacramento, nos hace partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos del Reino de Dios.

  • Domingo III Cuaresma

Padre de la Misericordia, Origen de todo bien, Otorgador del remedio de los pecados por la oración, ayuno y limosna.

  • Domingo IV Cuaresma

Jesucristo se hizo hombre para conducir al género humano, entenebrecido, al esplendor de la fe; para hacer renacer por  el Bautismo a los que habían nacido esclavos por el pecado.

  • Domingo V Cuaresma

Jesús, hombre mortal, Dios y Señor de la vida, lloró a su amigo Lázaro y lo levantó del sepulcro. Hoy extiende su compasión a todos los hombres y los restaura a una nueva vida por los sacramentos.

  • Domingo de Ramos

Cristo, nuestro Señor inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales, muriendo, destruyó el pecado, resucitando, somos justificados.

  • Jueves Santo

Somos convocados para celebrar la Cena en la que fue entregado el Maestro, el banquete del amor, el sacrificio de la alianza eterna, plenitud de Amor y Vida.

  • Viernes Santos

Jesús se adentró en el MISTERIO PASCUAL al derramar su sangre por nosotros. Dios rico en misericordia, ha renovado a los hijos, con la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

 

El Espíritu lo fue llevando por el desierto

Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Todavía con las mieles de la Navidad, saboreando la locura de un Dios hecho de carne débil, humana; un Dios muy grande por pequeño y humilde, y a la vez soberano y, aunque señor del tiempo, “encerrado” en el tiempo de otro año litúrgico apresurado que nos introduce en uno de sus espacios más apasionantes: la Cuaresma.

“Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia”. Así comienza la liturgia de la Palabra de este domingo con la lectura del libro del Deuteronomio.

Resumen de lo que podríamos llamar la memoria histórica de Israel que le sirve para rescatar a través del tiempo la presencia operante de su Dios, de ese Dios que escucha, que mira, que conoce y ama; de un Dios que siente compasión, que tiene entrañas de misericordia que le ha conducido y hecho poseedor de una tierra que mana leche y miel.

La respuesta no puede ser otra que ofrenda de primicias de esa tierra, del don que ha crecido y ha fructificado en la propia vida personal y comunitaria. Todo lo que ahora poseen es obra de su Dios; Dios es dador de todo bien.

Es nuestra propia historia, personal y grupal, ¿o no?  Yo quiero, en un ejercicio de sinceridad y como respuesta a una invitación que percibo, verme en el hoy de un proceso que necesita  así, pasito a paso, adentrarse en el sendero o la autopista cuaresmal, de la mano de la Liturgia y sus celebraciones, para gustar de este tiempo de gracia y de ternura.

Cuaresma de la Misericordia que puede mirar ya, aunque recién estrenada con el apremiante conviértete y cree en el Evangelio”, el triunfo bien conseguido de la Pascua.

Pero, sin correr, que son cuarenta días, sin minusvalorar ni el desierto, ni la tentación, ni las palabras ladinas del tentador que yo imagino danzando y ofreciendo a Jesús todo lo habido y por haber, en aquel marco de Palestina; y que hoy se deja ver entremezclado con la sociedad del bienestar, la corrupción, la degradación política y económica, la injusticia, la mentira y todas las desigualdades junto a la propia estima y dignidad del ser humano y a todas las grandezas y miserias que vivimos en nuestras sociedades del siglo XXI.

Y la Palabra que está cerca, en los labios y en el corazón. Y las palabras de Jesús don  y grandeza que nos guían para saber por dónde caminar: “no sólo de pan…” “al Señor tu Dios adorarás…” “no tentarás al Señor, tu Dios”

La clave está en el Espíritu el mismo que le llevó al desierto a encontrarse consigo mismo para poder comprender  la proclamación del Padre que le dijo Tú eres mi Hijo, que tomó posesión de él para poder actuar como tal.

Hoy, la misma situación salvando las distancias, todas las distancias que haya que salvar; pero el camino está marcado, las huellas están sobre el polvo o el asfalto, las palabras pueden oírse sobre el viento o en la calma, actitudes, gestos, sentimientos.

Es el Señor quien va siempre delante y la Buena Noticia, el santo y seña. El recorrido cuaresmal, otra oportunidad. Y sabemos que “nadie que cree en él quedará defraudado”.

Quisiera que no se me pasara sin más esta Cuaresma, quisiera poder vivirla en plenitud.

 

 

La pregunta de Dios

Por: M. Carmen Martín. Vita et pax. Ciudad Real.

3º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B

Cuando se escribió el libro de Jonás, la célebre formulación “Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor…”, era ya conocida en la Biblia. Y el mismo Jonás recuerda que él ya la sabía (4,2). Esta expresión se aplicaba de manera privilegiada a las relaciones de Dios con Israel; pero ahora, y esto resulta sorprendente y novedoso, se universaliza. Y lo más llamativo todavía es que está dirigida a un pueblo pagano que es, según tantas páginas del Antiguo Testamento, merecedor de exterminio “y sucederá que todo el que te vea huirá de ti y dirá: ¡Asolada está Nínive! ¿Quién tendrá piedad de ella?” (Nah 2,2-3,17).

Nínive, capital del gran imperio asirio, se había convertido en una pesadilla para el pueblo de Dios, representaba el paradigma de todo estado idolátrico y perseguidor, responsable de la ruina de Israel, dominador y tirano sin piedad. Así quedó grabado en la mentalidad bíblica. De ahí la gran novedad del mensaje teológico de este libro, no es sólo la apertura sin fronteras de la salvación sino la apertura a un pueblo pecador y cruel; cruel, especialmente, con la nación judía.

Dios ama a este pueblo no como opresor, esto resultaría una justificación de la violencia, sino que lo ama con una misericordia sin límites. Nada ni nadie queda fuera del amor universal de Dios. Y es, precisamente, este amor sin fronteras el que posibilita que el pueblo opresor pueda salir de su maldad y de su pecado. Esta es la novedad absoluta y el escándalo del libro, no fácilmente superables ni entonces ni ahora. Dios ama también a los pecadores, incluso a las personas que de forma sistemática han actuado mal contra “su pueblo”.

Por eso, el libro de Jonás añade con toda intención un título divino más a la formulación clásica conocida y con la que hemos iniciado este escrito: “… que se arrepiente de todo mal” (4,2). Se trata de la teología del perdón de Dios, que hace posible el arrepentimiento y la conversión de los ninivitas. Conforme al mandato del profeta y del rey de que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que haya en sus manos, todos, efectivamente, se convirtieron de su mal comportamiento.

Y también Dios, acorde con esta palabra que había sido añadida, “se arrepiente del mal que había determinado hacerles, y no lo hace” (3,10). Es la misericordia universal del amor de Dios que provoca y espera una respuesta de conversión. Esta esperanza divina actúa de acicate para que el ser humano deje su pecado, es la fuerza transformadora de Dios. De ahí que Nínive llega a ser un ejemplo entusiasmante de conversión que alcanza, de manera creciente, a todos sus habitantes, desde “el mayor hasta el menor” (3,5) y deben ayunar “hombres y bestias”, “ganado mayor y ganado menor” (3,7). Todos, pues, hacen penitencia y se arrepienten de su mala conducta.

También el profeta necesita convertirse, es más, a lo largo del libro se asiste a un proceso ininterrumpido de conversión por parte del mismo. Desde el inicio huye de la presencia del Señor porque no quiere profetizar, se resiste con todas sus fuerzas y cuando, por fin, realiza su misión se siente frustrado porque quiere ver la destrucción de Nínive que no llega. Jonás va asumiendo que la misión de ser profeta nunca se aprende del todo, pues la misma vida exige que éste siga convirtiéndose al misterio de la Palabra de Dios y a su voluntad terca de salvación.

Se trata, en definitiva, de ajustar el corazón del ser humano, siempre demasiado estrecho, con el corazón de Dios, infinito en su amor y en su misericordia universal. No sabemos si Jonás aprendió esta lección de Dios. Recordamos que el libro termina con una pregunta divina. Hacia esta pregunta se dirige la obra íntegra. Hay que advertir que la pregunta-invitación de Dios sigue abierta, y que toda mujer o todo hombre que sienta la llamada de Dios a ser profeta,  y lea este libro, debe responderla con su vida (4,11).

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