Pero, qué paz

Domingo 20 TO. Ciclo C

Por: Paky Lillo. Vita et Pax. Alicante

Ver a Dios metido en un conflicto de guerras parece algo que choca. ¿Qué hace Dios que se le supone Padre de todos y bueno, el único que es Bueno, en un lugar cómo ese? Ver a Dios entregando su pueblo a un país extranjero, te provoca una y mil preguntas y un nivel alto de estupefacción. ¿Estamos ante un Dios guerrero se preguntarían? Dios llevaba la batuta del caminar de su pueblo porque “no sabemos pedir al Espíritu aquello que nos conviene”. Como buen Padre pone su sabiduría a nuestro servicio. Y manda a su mediador, al profeta Jeremías.

Hay invitaciones de Dios que nos llegan de donde menos esperamos y nos invita a lo que nos parece poco probable y, a veces, nada razonable…, no le entendemos; porque a Dios no se le entiende desde la razón, ni, a veces, desde el corazón…, se le entiende desde las entrañas o sencillamente, nos es necesario una confianza plena. Lo seguro es que Dios no se mueve en un contexto violento, sino en espacios de unión, de invitación a la concordia.

En la carta a los hebreos se nos muestra la imagen de una carrera en la que uno de los participantes ha superado todos los obstáculos y ha alcanzado la meta: Jesús. El tener siempre presente el ejemplo de Jesús y sus enfrentamientos con los responsables del orden (desorden) social injusto, debería servir a todos los creyentes para mantenerse y no decaer en la lucha por un mundo ordenado de acuerdo con el mensaje de Dios.

Lucas nos cuenta en el evangelio que Jesús no ha venido a traer la paz (la sumisión, la permisividad…,) esa paz que no es la verdadera, porque esa paz esconde injusticia.

Los que apostemos por el proyecto de Jesús nos podemos ver enfrentados a aquellos que ofrecen una resistencia insistente a los cambios, a intentar que vivamos en un mundo donde la injusticia desaparezca, es una decisión personal, aunque también podría ser de grupo. Tenemos que apostar por una fraternidad universal y esa actitud podrá llegar a enfrentarnos, incluso a romper con relaciones ya establecidas.

Los cristianos y cristianas de este siglo y siguientes debemos cuestionarnos hasta qué punto estamos dispuestas a complicarnos la vida para ser testigos de la palabra Dios, del mensaje de Jesús, de su buena noticia, porque Jesús vino y con él el conflicto: “Aunque no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha por el cambio de este mundo”, porque aunque nuestro tiempo es otro, sí es cierto que pueden surgir sufrimientos y agravios…, ¿estamos dispuestos?

Esta María tan humana

FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Por: Rosa María Belda Moreno. Mujeres y Teología de Ciudad Real.

 “Se oyó una gran voz en el cielo: Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”.

En el difícil lenguaje del Apocalipsis, leemos esta primera lectura, en la que aparece una mujer que da a luz a un niño que es nuestro Dios. Enfrentándose al mal para llegar a la vida plena nace este Dios que es humano e hijo de mujer, en el que confiamos para atravesar las dificultades, en el que creemos como sentido de todo. El principio y el fin de la historia de nuestra vida. Difícil, pero no imposible para sugerirnos una palabra nueva.

“El último enemigo aniquilado será la muerte”.

Pablo hace referencia a ese misterio de nuestra fe que es la resurrección, en el que Cristo abre el camino. Verdaderamente clave es reconocer que volveremos a la vida. La fe nos alienta a vivir la vida haciendo frente a tantos límites, creyendo en que Jesús lo hizo primero. La soledad, la enfermedad, la vejez, la falta de fuerza… a veces nos desmorona el sentido. Y sin embargo, Dios está ahí, presencia en nuestra vida limitada, ánimo de trascendencia, capacidad de lucha para que las sombras no oscurezcan lo esencial.

 “Enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

En este bonito relato de la visita de María a Isabel, se destila otra clave gozosa de nuestra fe. María, madre de Jesús, tuvo que atravesar penumbras y abatimientos, y tantas dudas… ¿Cuándo se hizo cristiana, es decir, discípula y no solo madre? Seguro que atravesó contradicciones, incomprensiones, dolor y angustia. ¡Y perdió a su hijo! Esta María tan humana, como tantas mujeres de hoy, es la María del Magnificat que da a luz a Dios para que sea posible el Reino.

Me identifico hoy con Isabel, saludada y abrazada por María. Parece que me diga: “te entiendo, amiga”. Y su saludo me invita a no creerme superior a nadie, a tener confianza en que el Señor me sostendrá, me conducirá, me levantará, y que yo también estoy llamada a sostener, a levantar, a formar parte de su obra.

No puede dejar de resonar esta frase en mis oídos: Dios mi salvador, enaltece a los humildes. El restablecimiento del orden nuevo acorde con Dios tiene que ver con que nadie sobre la Tierra esté humillado, excluido, alejado… porque es cierto que prepara una mesa para todos, un gran festín en el que todos y todas somos sus invitados. Hoy quiero recordar a tantas, tantos, mujeres, hombres, niñas y niños que son los hambrientos del mundo, los que ansían pan, y no solo pan, sino libertad, y palabras de vida. Los tenemos cerca y lejos. Me siento llamada, de la mano de María, a no juzgar a tantas personas que buscan hoy una vida mejor.

¡Qué difícil es enaltecer a los humildes en nuestra vida! Fijarnos en la gente concreta que no tiene nada, que pertenece a los márgenes… personas sin hogar, personas que han sido atrapadas por la droga, mujeres que han sido esclavizadas con la prostitución… qué difícil es conocer su mundo, ponernos en su pellejo… eso sería enaltecerlos, al menos reconocer que son dignos, dignas, sin juzgarles.

 

 

La sabia lucidez

Domingo 19 del T.O. Ciclo C

Por: Maricarmen Martín.  Vita et Pax. Madrid

Impresiona la torrentera de verbos de acción en el Evangelio de hoy. El objetivo es ayudarnos a superar la tentación de acumulación, de instalación, de seguridad; ayudarnos a superar la tibieza que nos hace vivir bajo mínimos, sólo para ir ‘tirando’.

Uno de los riesgos que nos amenazan hoy es caer en una vida superficial, mecánica, rutinaria… No es fácil escapar y, por el contrario, es fácil vivir dormidas. Basta con hacer lo que hacen casi todos: imitar, amoldarnos, ajustarnos a lo que se lleva. Basta defender nuestro pequeño bienestar mientras la vida se nos va apagando.

Por su parte, la ideología dominante a nivel social nos amodorra. Sus mensajes calan profundamente: ‘el mundo es como es’, ‘no se puede hacer nada’, ‘las cosas son así’, ‘todos son iguales’… estas y otras letanías parecidas nos intentan idiotizar y viste de socialmente inevitable lo que es, sencillamente, inaceptable. Ver todo lo que acontece como algo que no puede ser de otro modo invita a la resignación, a permanecer en el ‘ir tirando’. Sumisión y pasividad es su consigna.

No es de extrañar, por tanto, la insistencia con que Jesús habla de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sinsentido que, demasiadas veces, nos domina.

Jesús repite una y otra vez una llamada apremiante: ‘Despertad, vivid atentas y vigilantes, pues se os puede pasar la vida sin enteraros de nada’. La Palabra de Jesús es fuente de provocación y desinstalación. Pero no es fácil escuchar esa llamada, pues de ordinario no prestamos atención a quien nos dice algo contrario a lo que pensamos.

Esta vigilancia también la podemos entender como lucidez, conciencia clara, o sabiduría. Jesús nos invita a la lucidez, al despertar de una nueva conciencia, de esa sabiduría se trata, la misma que tuvo Él. Lucidez entendida como la capacidad de comprender el misterio de la existencia o como la posibilidad de gozar plenamente de la belleza de la creación o la facultad de leer el pasado para iluminar el presente.

Lucidez se necesita para cambiar de actitud y de mirada. Y para dejar de transitar por esos caminos que no nos llevan a donde realmente queremos ir, aunque nos den cierta seguridad. Lucidez necesitamos para lidiar con los riesgos, la incertidumbre y descubrir las referencias del nuevo rumbo. Algo inédito se nos demanda y se requiere lucidez para recuperar, precisamente, la dimensión de futuro donde está lo que nunca sucedió.

Lucidez para mirar hondo e identificar las semillas de lo nuevo que anidan en cada persona, en cada situación que nos interpela, en cada perplejidad que nos paraliza…

La sociedad en la que vivimos necesita nuestras lámparas repletas de lucidez con el propósito de iniciar un proceso de transformación personal, comunitaria y social junto con otros muchos y muchas, quienes, desde diferentes lugares, también perciben la urgencia de participar de una corriente de cambio cultural que nos permita recomponer el tejido social en sus más profundos elementos: la inclusión social, la dignidad de la vida, el trabajo, la educación, la salud, el respeto mutuo, la sororidad, el bien común…

No se trata, pues, de un cambio exterior o de barniz, necesitamos un profundo cambio moral y cultural, una apertura genuina a la otra y al otro como prójimo para renovar la experiencia comunitaria y garantizar una convivencia social.

La lucidez de los creyentes viene del motor; no de las ruedas, no del diseño aerodinámico, no del modelo, no de los accesorios del coche… Viene de Jesús. En el fondo se trata de vivir como Él vivió.

Debería ser posible, nos lo dijo Jesús, trasladar montañas, sanar enfermos, enderezar lo que está torcido, cambiar la división en comunión, la tristeza en alegría… y también ¡cómo no! es posible despertar del letargo en el que, a veces, vivimos. Todo es posible para quien cree desde esta sabia lucidez, así le pasó a Abrahán, Isaac, Jacob, Sara…

 

 

 

 

No tengamos miedo.

 Domingo 18º del T.O. Ciclo C

Por: M. Ángeles del Real Francia. Mujeres y Teología.Ciudad Real

 

Eclesiastés (1,2;2,21-23):  … todo es vanidad!… ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

Parece que el escritor sagrado quiere avisarnos, que caigamos en la cuenta de lo superfluo que es vivir preocupad@s por tantas cosas… quizás su época no sea tan distinta a la nuestra, donde lo que se busca es el rendir, la utilidad, vivimos deprisa, sin detenernos, sin dejar espacio para la calma, sin permitirnos vivir de verdad, sin descubrir lo importante…nos fatigamos inútilmente, buscamos tener de todo, diversión, dinero, emociones…y mientras tanto no vivimos de manera plena, de esa forma a la que estamos llamad@s a ser. La vida es un regalo inmenso, no dejemos que pase sin saborearla, sin descubrir la perla preciosa, sin descubrir que estamos en un tiempo de gracia, de don, de misericordia, en donde Dios se nos quiere dar Todo, no vivamos en la vanidad que es vivir dispersos, no centrados en lo que merece la pena, preocupad@s y fatigad@s por el hacer y el tener.

Sal 89    Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo
.

Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos…

El salmo nos recuerda la bondad del Señor que nos habita y nos renueva cada mañana. Solo si nos dejamos hacer, solo si le dejamos ser en nuestro ser mas profundo, cuanto hagamos será para bien…, serán prósperas las obras de nuestras manos.

Colosenses (3,1-5.9-11):    … os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador…Cristo, que lo es todo, y en todos.

 Tantas veces buscamos saciarnos de cosas inútiles, nos introducimos en la vorágine de la eficacia, hacemos y hacemos, vivimos en lo viejo, en lo que no tiene valor, en lo que no nos sacia, en lo que no nos da vida, sin profundizar, vivimos ajen@s a nosotr@s mism@s, a los demás y al Don de la vida, en la superficialidad, sin llegar a lo verdaderamente importante, sin percibir la presencia de Dios y sin responder a esa presencia, ignorándola y así seguimos fatigándonos. Tenemos sed y hambre de eternidad, sin embargo no nos creemos que tenemos en nosotr@s la semilla de la vida, no llegamos a saber, a reconocer que no andamos sol@s, sino que en lo mas profundo somos habitad@s. Ser habitad@s es ser sostenid@s y amad@s incondicionalmente, es dejar que la Ruah ilumine nuestro caminar, nuestro ser, que nos vaya modelando cada día mas a imagen de Cristo, dejar que haga nuevas todas las cosas. Es la Ruah quien hace verdad el vivir en la conciencia de ser habitad@s, de sabernos ya nueva creación que caminamos hacia la plenitud donde Cristo es “todo en todos”

Lucas (12,13-21): «Mirad: guardaos de toda clase de codicia…»…Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha…Y se dijo: “..derribaré los graneros y construiré otros más grandes..”…Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».

Tenemos miedo. En verdad creemos que todo depende de nosotr@s, nos afanamos por acumular, por tener, como si la vida dependiera de lo que nosotr@s pudiéramos conseguir, el afán de posesión cada vez es mas fuerte, nuestra época esta marcada por el consumismo y el desperdicio, acumular sin sentido, buscando en las cosas satisfacer nuestra hambre y nuestra sed sin cuidar, sin mirar, sin respetar…nos estamos embruteciendo y depredando cuanto está a nuestro alcance. En el trasfondo está el miedo… el miedo a perecer, miedo porque vivimos centrad@s en nosotr@s, sin fiarnos…, cabe preguntarnos, dónde y en quien hemos puesto nuestra confianza. ¿Realmente nos fiamos, dejamos que Dios tome las riendas de nuestro corazón, de nuestro ser?, ¿estamos dispuest@s como María a decirle “hágase como tu dices”, porque me fío? Parece, mas bien, que no nos llegamos a fiar, nos decimos cristian@s, pero el miedo y la desconfianza no nos dejan experimentar que somos amad@s y sostenid@s. Pidamos al Espíritu que nos libere del miedo y acojamos la Presencia que nos hace ser, confiemos en la bondad de quien nos ama hasta el extremo, tenemos en nosotros la perla mas preciosa, dejémonos enriquecer y dejemos que Dios sea Don en nosotr@s y así podamos llegara a ser criaturas nuevas, don para tod@s. “Todo es nuestro”. Gustemos que bueno es el Señor.

 

 

El amor salva una y otra vez

17 Domingo TO. Ciclo C

Por: Mª Ángeles Gallego Bellón. Mujeres y teología de Ciudad Real.

Hoy es un día para gustar y saborear la palabra de Dios, no hay duda, no hay ambages, no hay que interpretar, su mensaje es claro. La positividad, la compasión, la bondad, el amor… están claramente expresados y son el hilo conductor.

En la primera lectura, en esa conversación íntima entre Dios y Abrahán, el Juez de todo el mundo muestra su “debilidad” por el hombre. Nunca el justicialismo podrá superar las entrañas de Misericordia que Dios Padre tiene para con nosotros.

Perdonar hasta Setenta veces siete. Buscar lo pequeño si  es  necesario, para agrandarlo y que sea    motivo de salvación, de Esperanza  y apostar por ello.

Es la primera oferta de Dios para hoy, el perdón sin límite, la oportunidad para que quede claro que, pese a todo, ÉL está  siempre de nuestro lado, con un sentido de la justicia de un padre que tiende la mano siempre para salvar, para “tirar” de nosotros por difíciles que sean las circunstancias y por alejados que nos sintamos a veces.

El salmo continúa diciendo que el Amor salva, que la misericordia es la mejor carta de presentación. Todos estamos llamados a llevar esta máxima a nuestra vida y creérnosla y practicarla y agradecer tener un gran maestro que acoge siempre.

En la segunda lectura, Dios “borra” el protocolo que nos condena. Borremos cada uno de nosotros esos prejuicios que frecuentemente son una losa que me sepulta y sepulta a los demás. Estamos resucitados, perdonados en Cristo. Siempre contamos con la oportunidad de saborear que el amor salva una y otra vez.

Cuenta Jesús a sus discípulos en el evangelio, de forma clara y humilde, cómo ÉL se relaciona con el PADRE con palabras sencillas y sin protocolo, pero llenas de significado. Es el Padre Nuestro, la oración que aglutina todos los matices: respeto, justicia agradecimiento, perdón, amor… cargada de espontaneidad y verdad.

Y una vez más, Jesús nos anima a no tener miedo a pedir. A buscar en la oración de petición un camino que abra nuestro corazón a Dios desde nuestra pequeñez y las limitaciones propias de nuestra humanidad. Confiar en que quien pide recibe, y que siempre escucha nuestras dificultades y necesidades.

Empapémonos de estas palabras y seamos instrumento de perdón y compasión en nuestras vidas. Sólo el amor alumbra lo que perdura, sólo el amor convierte en milagro el barro.

 

Escuchar para servir

16 Domingo T.O. Ciclo C

Por: Blanca B. Lara Narbona. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Gén 18, 3 “: Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo”

Col 1, 25: “Dios me ha nombrado servidor (…) llevar a plenitud la palabra de Dios”

Luc 10, 39-40:“María (…) escuchaba su palabra. Marta (…) afanada con los muchos servicios”

Las lecturas de este domingo nos hablan de escucha atenta al mensaje de Jesús y de servicio entregado a su Reino. Nos hablan de la dinámica de un proceso de madurez espiritual, al que somos convocados en nuestra cotidianidad: “escuchar para servir”.

Dios ha decido recorrer nuestros caminos, adaptarse a nuestros ritmos y caminar junto a nosotros haciéndose peregrino, migrante en un mundo indiferente hacia los caminantes de pies descalzos. Pasa una y otra vez delante de nuestra tienda, como pasó ante la de Abrahán, esperando ser invitado a entrar. Pero nuestra ceguera no percibe ni reconoce Su presencia, nuestra sordera no escucha Su voz y nuestra comodidad se resiste a hacerle sitio y servirle. Nos empeñamos en ser ciegos voluntarios para no verlo entre los despojados, y sordos voluntarios para no escucharlo en los clamores de los sufrientes, porque, escuchar Su llamada nos compromete con la respuesta abierta y generosa de servir, nos compromete a salir de nosotros mismos para centrarnos en el otro y ofrecerle lo mejor de lo que somos y tenemos, para darnos por “desbordamiento” como hacía Jesús.

Pero llegar a sentir el servicio como don, como un modo natural de ser y expresarse es un proceso lento que requiere: tiempo, espacios de intimidad y silencio, y encuentros de escucha atenta con Dios. Encuentros personales, transformadores, en los que, superando la superficialidad hueca de una religiosidad sin sustancia que en nada compromete, podamos sumergirnos y abandonarnos en la hondura de Su misterio abrazando Su voluntad. Solo entonces, podremos “llevar a plenitud su palabra” haciéndola vida, y podremos hacer que el servicio y el amor se hagan uno con Él y en Él.

De servicio entregado y de escucha atenta saben mucho Marta y María. Dos mujeres sencillas, abiertas a la bondad de las palabras de Jesús. Mujeres que abren las puertas de par en par para recibirlo plenamente, como Señor de su casa y de sus vidas. Ambas, igualmente amadas por Jesús, cada una en su singularidad. Ambas, igualmente reconocidas por Él. Ambas, en distintos momentos vitales de un mismo proceso, el de llegar a ser “servidoras de manos contemplativas”, servidoras capaces de unificar la contemplación y la acción, la oración y el servicio, estando con las cosas sin estar en las cosas.

“María tenía que llegar a ser Marta” explica el Maestro Eckhart en su interpretación de este evangelio, por eso dice que: “María se sentó a los pies del Señor y escuchaba sus palabras y aprendía, pues primero estuvo en la escuela y aprendió a vivir. Pero cuando ya hubo aprendido (…) y recibió el Espíritu Santo, entonces empezó a servir”. Marta, sin embargo, ya “estaba en un estado de virtud madura y firme y en un espíritu libre, liberada de todas las cosas”.

Ya seamos Marta o ya seamos María, estemos en el momento vital que estemos, porque, Dios se ha parado ante nuestra tienda y “nos ha nombrado servidores”: Atrevámonos a ser siervos de corazón atento que escuchamos Su voz en medio de los acontecimientos de nuestra vida; atrevámonos a mirar con ojos contemplativos para percibir Su presencia en lo cotidiano y sencillo, en la necesidad y el sufrimiento; atrevámonos a disfrutar de encuentros con Él y los demás en los que reine la esperanza, la alegría, el servicio y la gratitud; atrevámonos a tener unas manos contemplativas, siempre dispuestas, capaces de hacer visible esos signos sencillos que nos demuestran que el Reino de Dios está en medio de nosotros.

Mirada samaritana

15 Domingo T.O. Ciclo C

Por: María Jesús Moreno Beteta. Mujeres y Teología de Ciudad Real

Al inicio de este evangelio hallamos la pregunta que un letrado hace a Jesús “¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. Resuena la actitud de muchos de nosotros a la hora de vivir nuestra fe, que podría expresarse en “hasta dónde hay que cumplir para asegurarse la salvación”. Jesús lo interpela con el espíritu de la Ley y él volverá a preguntar “¿Quién es mi prójimo?”

Este evangelio nos cuestiona sobre cómo es nuestra relación con los demás, concretamente con quien está sufriendo y lo encontramos en nuestro camino.

El sacerdote, el levita y el samaritano nos plantean, por un lado, desde dónde miramos y, por otro, qué queremos ver de los demás.

Muchas veces miramos desde la autocomplacencia de sabernos seguros en nuestros lugares existenciales y, en ellos, tenemos los ojos cegados en nuestro bienestar; otras veces, desde la autosuficiencia de creernos fuertes por la posición económica o social y estamos atentos solo a lo que la potencia; otras veces, desde el legalismo del cumplidor, entonces daremos un rodeo para esquivar lo que nos incomode; muchas veces miramos con prejuicios y así nunca conoceremos nada verdadero y hondo del otro; la mayoría de las veces nuestra mirada procede de nuestro propio interés, aquí podríamos encontrar  preguntas tales como ¿qué saco yo de esto? ¿Cómo afecta a mis asuntos el que me comprometa? ¿Por qué tengo que ser yo? ¿No hay instituciones y servicios para resolver esto? Por último, podemos mirar como el samaritano, desde el corazón de nuestra humanidad y sentir en uno mismo el dolor de la situación del otro al que veo como cercano a mí, mi próximo, esto está claro que nos mueve a la acción inmediata y aparca momentáneamente nuestros asuntos, pero atiende al más importante que es ampliar nuestro corazón para que quepa el hermano.

Estas actitudes también están relacionadas con qué queremos ver del otro: podemos considerar su utilidad para nosotros y entonces seremos serviciales, o incluso serviles con aquellos de los que podemos esperar que nos devuelvan el favor o aumente su consideración por nosotros. Cuando miramos al que sufre con la estrechez del utilitarismo sólo podremos ver su inconveniencia o inoportunidad en nuestra vida, pues nunca nos viene bien dedicarnos a un problema del que no vamos a obtener nada. De este modo, el que sufre queda reducido al estereotipo de “problema” del que alejarse. Además, en este caso no se dice nada sobre quién era el apaleado, pero cuando nos encontramos o incluso socorremos a muchos apaleados de la vida no se libran de  nuestro  juicio moral sobre su persona o situación. El samaritano no se plantea nada en relación a sí mismo, ve un ser humano herido y maltratado cuyo dolor le mueve a actuar.

Su entrega incondicional es la que más refleja el modo en que el Dios de Jesús se relaciona con nosotros. Por eso para vivir en su compañía, en su amor, “alcanzar la vida eterna”, Jesús nos dice: “Anda y haz tu lo mismo”.

Dejar resonar la llamada

Domingo 14º del T.O. Ciclo C

Por: Álvaro Alemany Briz, S.J. (Publicado en Homilética. Sal Terrae)

Las lecturas de hoy nos sitúan en un horizonte de totalidad. «¡Aclamad al Señor, tierra entera!»: hemos repetido con el Salmo. «La mies es abundante», señala Jesús en el evangelio. Por eso, la convocatoria que hace a trabajar en el campo del mundo para anunciar el Reino, desborda toda restricción. El evangelista Lucas cuenta primero un envío de los Doce, imagen simbólica de las doce tribus del nuevo Israel; ahora el número de enviados se multiplica, la misión se ensancha hasta alcanzar “todos” los lugares donde Jesús quiere hacerse presente. En esa dilatación personal y geográfica hay también implícita una extensión temporal, que llega hasta nosotros hoy. La misión de trasmitir la buena noticia es general, no queda reservada a un grupo de selectos, de preparados, de adictos. Todos estamos llamados a ponernos en marcha, también quienes ahora acogemos su Evangelio. Basta darse por aludidos. Y salir de nuestros repliegues personales para levantar nuestra vista hacia el horizonte, hacia la mies sin recoger, hacia las necesidades y los anhelos de la gente.

Difundir la paz

Evidentemente, el modo de llevar a cabo esa misión no es único: no se trata solo de salir itinerantes, de dos en dos. La variedad de circunstancias y situaciones de nuestro mundo es más compleja que la Galilea rural de tiempos de Jesús. Necesitamos emprender caminos específicos. Pero la propuesta central sigue siendo la misma: somos requeridos a anunciar y transmitir la paz, con toda la plenitud que encierra ese término para la mentalidad judía. La paz, que la lectura profética anunciaba como un torrente de consuelo y alegría para las gentes. La paz, reposando en todas las casas, en todas las situaciones. La paz que sana, que libera, que somete demonios de inhumanidad. Jesús no promete un éxito fácil: «Os mando como corderos en medio de lobos». Nuestra única gloria es la cruz de Jesucristo, como dice Pablo en la 2ª lectura. Va a haber personas y situaciones que se resistan a acoger a los mensajeros de paz. Nada se va a forzar, nada se va a imponer. Por eso el anuncio del Reino solo se puede hacer desarmado, sin aprovisionamiento, sin reservas ni repuestos, a pie desnudo, a pecho abierto, en gratuidad. No tenemos intereses ocultos, dobles intenciones, cuotas de mercado que conseguir. Es un don que ofrecemos, porque a nosotros mismos nos colma. Para transmitir la paz, hay que vivirla en la propia vida. Difundir la Buena Noticia es contagiarla

Acercar el Reino

«Está cerca el Reino de Dios»: sea cual sea la acogida que tenga este anuncio insospechado, sea cual sea la realidad con que se confronte, nada va a impedir que el proyecto amoroso de Dios vaya impregnando y transformando todo. La fuerza escondida del Reino no viene de nosotros. Pero tenemos el encargo de aproximarlo, de hacerlo cercano a toda persona, a toda situación. No se nos piden grandes dotes comerciales, sino sensibilidad para descubrir y hacer descubrir los signos discretos de esa cercanía, convencimiento para hacerla vida en nuestro entorno. La Eucaristía que celebramos es ya presencia y celebración del Reino. Cristo se nos ofrece en ella como Paz para todos nosotros, para nuestro mundo entero. Y desde ella, como a aquellos discípulos de entonces, nos envía más allá de nuestras fronteras, de nuestros círculos confortables: « ¡Poneos en camino!».

Despojada y libre

13 Domingo T.O. Ciclo C

Por: Mª Carmen Nieto León. Mujeres y Teología de Ciudad Real

La primera lectura nos muestra cómo Eliseo es elegido profeta y se une a Elías. Él que tiene trabajo, familia, y una vida resuelta sigue a Elías y es capaz de desprenderse de todo lo que le ata, sacrifica a los bueyes, que son los que le han estado dando de comer hasta ahora. Eliseo ha aceptado el despojarse de todo para seguir al Señor, para ser un instrumento que ayude a anunciar su Reino de Amor. Esta opción de Eliseo me interpela y me hace pensar si yo, que me erijo en seguidora y que intento mostrar el Reino de Dios, soy capaz de optar por el servicio y despojarme de todas las comodidades que me rodean y que me impiden poner en el centro al Señor y su mensaje.

Toda esta decisión de Eliseo y de Elías se entiende desde el Salmo de hoy, que muestra la confianza en el Señor, en que nos acompaña, en que está siempre a nuestro lado, protegiéndonos, queriéndonos, mostrándonos el camino de la felicidad, de la VIDA plena. Desde esta idea es desde donde se pueden tomar esas opciones en la vida de despojarse y seguir al Señor para ayudarle a construir su Reino de amor.

La segunda lectura nos invita a la libertad, pero una libertad que nos lleve a vivir en plenitud, a nosotros y las personas que nos rodean. La libertad que nos viene del espíritu es la que tiene en cuenta a nuestros hermanos, la que no busca el bien individual, si no el bien común, la que nos ha de ayudar a construir un mundo en el que todas las personas seamos felices. Es sobreponer el bienestar de todos al mío mismo. Ahí está la auténtica libertad y la felicidad que nos vienen del evangelio.

Lucas, en el evangelio, sigue mostrándonos cómo Jesús llama a todo el que se acerca, pero también nos muestra cómo no todos responden a la llamada. Y es que responder a esa llamada es de valientes, de gente entregada que realmente está enamorada de Jesús. El Reino de Dios es para todos, esa es la llamada universal, pero no todas las personas respondemos de igual manera, por eso Dios nos da la libertad de elegir. Él mismo no es bien recibido en muchos lugares y en vez de enfadarse sigue su camino se marcha a otro lugar donde poder ayudar y anunciar su mensaje. No busca venganza, ni castigos, él ha entendido que por encima de todo está la libertad que Dios nos ha dado para que gobernemos nuestras vidas y desde ahí es desde donde hemos de tomar las opciones de seguir anunciando el proyecto de Dios.

¡Qué alegría es saberse despojada y libre para seguir siendo un medio en la construcción del Reino de Dios! ¡Qué suerte los que nos sabemos elegidos y elegidas por el Señor para anunciar su Reino! Habrá que seguir avanzando en despojarnos de todo lo que nos ata para ser más fieles al Mensaje de Felicidad para todas las personas, en especial ser Buena Noticia para las personas que peor lo pasan.

Es hora de despertar

Festividad del Corpus Christi

Por: Teodoro Nieto. Burgos

La festividad del Cuerpo de Cristo se remonta al siglo XIII, y fue inspirada por una religiosa que sintió la necesidad de revitalizar la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Durante siglos, la piedad de los creyentes parece haber puesto el acento en la adoración y en el culto procesional del Santísimo Sacramento. Ahora bien, en el mundo en que vivimos, cabe preguntarnos: ¿Podemos quedarnos únicamente en una adoración intimista y cruzarnos de brazos ante una sociedad que antepone el valor de la economía de mercado a los ochocientos millones de seres humanos hambrientos en nuestro planeta; que es caldo de cultivo de la desigualdad social, de la precariedad, de carencias en el ámbito de la educación, de la salud, del trabajo, de políticas corruptas, de maltrato femenino, de miles de refugiados que, lejos de acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos los sepultamos en el mar?
Esta festividad puede, tal vez, ayudarnos a despertar y a redescubrir aspectos que fácilmente podemos pasar por alto en la celebración de nuestras Eucaristías.
Es profundamente significativo el relato de la multiplicación de los panes que hoy proclamamos en el Evangelio. El evangelista Lucas resume el de Marcos, introduciendo algunos cambios, según su estilo propio. Las cifras que aparecen: siete (cinco más dos), cinco mil, cincuenta, doce, tienen un valor puramente simbólico que nos remiten al pueblo judío, representado en los cinco libros del Pentateuco (la Ley), y en el doce, que hace referencia a las doce tribus de Israel. Ello excluye, por tanto, una interpretación literal de los mismos.
En realidad, más que de “multiplicar panes”, el texto habla de “repartirlos”. No se trata, pues, de “multiplicar”, sino de “repartir” y “compartir”. Sabemos que el sistema capitalista neo-liberal es experto en “multiplicar” la riqueza, a costa de flagrantes injusticias. Pero se niega a repartir o distribuir el pan en la mesa de los hambrientos. Jesús no hizo el milagro que podemos imaginar, y tal como estamos acostumbrados a imaginar. Jesús compromete más bien a sus discípulos a asumir la realidad del hambre de la gente. Y les da una orden tajante: “Dadles vosotros de comer”. Hoy nos preguntaría: ¿Os preocupa que cientos de millones de seres humanos en el mundo no tengan todos los días pan anbundante en sus mesas?
En el relato de Lucas aparece con claridad su trasfondo eucarístico: Toma los panes, alza los ojos al cielo, los bendice, los parte y se los da a los discípoulos. Solo quedan al final unos pedacitos. El pan tiene que saciar a todos.
En la antigüedad, compartir el pan era un signo o sacramento de la vida, con potencialidad de crear y fortalecer sentimientos traducidos en la vida cotidiana en comportamientos de auténtica solidaridad. Por eso lo usa Jesús en su cena de despedida. En el transcurso de la historia, el núcleo de todo culto eucarístico es la presencia de Jesús en el pan y en el vino: “Esto es mi cuerpo”, “Esta es mi sangre”, que en arameo, la lengua que él habló, equivale a decir: “Esto soy yo”, y que, trascendiendo todo literarismo, Jesús no se refiere a la “materialidad” del cuerpo, como parece haber entendido cierta teología posterior, sino a toda su persona, a su ser total. Cuando Jesús dice “esto es mi cuerpo/esta es mi sangre”, no contempla únicamentge el pan y el vino materiales que tiene ante sus ojos. Nos está diciendo que lo Divino está encarnado en lo humano, en toda la realidad existente, y que todo es sagrado. El pan y el vino simbolizan toda la humanidad, el cosmos entero. Y esos símbolos tendrían que llevarnos a descubrir la presencia de Cristo en todo y en todos.
Por consiguiente, la Eucaristía es la celebración de la unidad de todos y de todo en Dios. Para las primeras comunidades cristianas, como lo atestigua Pablo, el pan eucarístico era vínculo de unión: “Si el pan es uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo” (1 Cor 10, 17). Este es el sentido primordial de la Eucaristía. En realidad podemos decir que “comulgar” el Cuerpo de Cristo es comulgar, no solo con todos los hermanos y hermanas, sino con todo lo que alienta y vive. Porque la Eucaristía no es un simple rito aparte de la vida. Es la celebración de la alianza o pacto de unidad de Dios con toda la creación. Aunque el “ojo de la carne” no pueda percibirlo, somos una misteriosa e indivisible comunión. Celebrada y vivida así la Eucaristía, podemos al menos atisbar que toda la vida es Eucaristía, en el sentido más genuino de la palabra, es decir, una acción de gracias.
La festividad del Corpus Christi puede despertar en nosotros ecos la la Unidad olvidada que somos, y ayudarnos a tomar cada día más conciencia de la apremiante necesidad de construir con gestos cotidianos y concretos la fraternidad y sororidad, sobre todo con los hombres mujeres más vulnerables y excluidos de nuestra sociedad Porque éste fue y sigue siendo el sueño más acariciado de Jesús, que tan insistente y amorosamente pidió al Padre: “Que todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo” (Jn 17, 21).

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies