La Fiesta de la Vida

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Por: D. Cornelio Urtasun

Si la fiesta de la Santísima Trinidad, fuente de nuestra VIDA, fue un inmenso consuelo para nosotros, ésta de hoy, la del Corpus Christi, no puede ser menos, pues además de estar indisolublemente unida a la primera es su complemento indispensable.

La Trinidad se compadeció de nuestra muerte y decidió mandarnos una torrentera de su Vida. Jesucristo hizo el milagro de hacer puente entre Ella y nosotros, para que esa Vida nos pudiera llegar intacta, vigorosa, arrolladora.

¡Oh qué bueno ha sido Jesucristo con nosotros! ¡Qué bien, pero qué bien, cumplió la misión que la Trinidad le confiara de hacernos llegar la Vida! No se paró en barras: puesto a querernos, nos quiso hasta el fin. Puesto a darnos la Vida, nos la dio hasta que nos sobrara por todas partes.

Hoy es la fiesta de nuestro agradecimiento a ese Jesucristo “el Pan vivo que bajó del Cielo, para que los que comieran de Él no conozcan la muerte y vivan por toda la eternidad”.

Hoy, hijos míos, es la Fiesta de la Vida. De esa Vida que estaba en el seno del Padre, en el seno de la Trinidad, y que el Unigénito nos la bajó y puso al alcance de nuestras manos, para que comiéramos y bebiéramos de Ella hasta hartarnos, a fin de no tener hambre ni sed en el tiempo ni en la eternidad.

A esta fiesta del Corpus, la podemos llamar con toda verdad, la Fiesta de la Vida, por antonomasia.

Vivir, Vivir, Vivir y más Vivir. Y Vivir por siempre, por siempre, sin posibilidad de morir. ¡Oh qué bello es Vivir!

En esta fiesta del Corpus, dejemos paso libre al agradecimiento desbordado a ese Jesucristo que bajó del seno del Padre para que los que vivíamos en la tierra, hiciéramos puente con el Cielo, y que se nos quedó en la Santa Eucaristía.

Estamos contentos con nuestra vocación a la Vida. Estamos agradecidos a tanta generosidad derrochona del que es nuestra Vida ¿Queremos agradecérsela de verdad de verdad? ¡Vamos a comer! ¡Vamos a vivir!

Nuestra resurrección a la Vida

Por: D. Cornelio Urtasun.

El primer día de la semana acompañamos, a primera hora de la mañana, a las buenas mujeres que corrían a completar su obra piadosa de ungir el cuerpo de Aquel a quien amaban. Con ellas oímos el alegre mensaje de aquel joven de deslumbrante belleza que nos decía: “No temáis; Aquel Jesús de Nazaret, crucificado, a quien buscáis, no está ya aquí ha resucitado” ¡Que encuentro el de aquella madrugada con el Dios de la Vida!

Al día siguiente nos sentamos a la mesa, con los corazones hechos ascuas de fuego, en compañía de aquellos dos buenos discípulos de Emaús. Aquel peregrino que nos acompañaba, que tenía un no sé qué… resultó ser Él. El mismo: el Amor de nuestros amores.

Qué impresión la de aquel Cenáculo iluminado con el resplandor de Aquel Sol de Justicia que había vuelto a salir después de la tormenta y daba de lleno en los ojos asustadizos de los discípulos allí reunidos, mientras se oía el alegre e inconfundible mensaje: “¡La paz, paz, la paz sea con vosotros. Hijos míos no temáis; soy Yo, soy Yo!

¡Qué horas, a la orilla del lago, comiendo el apetitoso yantar cariñosamente preparado por las manos de aquel divino y más que nunca humano cocinero, un día muerto, ahora resucitado!

Nada digamos del diálogo conmovedor entre flor (Magdalena) y Jardinero, en el jardín del sepulcro. Aquellas dos palabras que se dijeron: ¡María! ¡Maestro!, constituyeron un idilio tan maravilloso como sublime que ninguna lengua humana sabrá dignamente cantar.

Pero ya es hora de que volvamos a la normalidad de nuestra vida, ¿Qué habremos de hacer ahora para ser dignos de ese Dios de la Vida, para llevar una vida conveniente a gentes que viven ya zambullidos con Cristo, nuestra cabeza, en el seno del Padre?

Se impone una vida nueva, una vida de resucitados con Cristo: una Vida de una proyección cada vez más sincera de ese Jesucristo, nuestra Vida, que vive en nosotros.

¿En que nos habremos de fijar? ¿En la multiplicación de los panes, en la curación de las enfermedades, en la prodigiosa resurrección de los muertos?…

Si para vivir de la Vida de Jesucristo fuera necesario hacer cosas de ese calibre… ¡qué difícil, por no decir imposible, habría hecho el Maestro la imitación de su ejemplo, el vivir de su Vida, el andar por su camino!

No hermanos, no. No necesitamos hacer grandes cosas para seguir de cerca a nuestro Maestro. Nada de multiplicar panes, nada de resucitar muertos, nada de anunciar mensajes escalofriantes… Sed ingenuamente sencillos, como saben serlo los niños pequeños, que no saben más que de confiar, de descansar, de vivir santamente despreocupados.

Es conmovedor en extremo, y meditamos poco por desgracia en ello, que de la vida portentosa que el Señor nos quiso legar en su Evangelio, solo quiso ponerse como ejemplo, en el imitar su sencillez y su humildad: “Aprended a ser sencillos y humildes como Yo”.

Y por si esas sus palabras pudieran ofrecer alguna duda, bien se encargó de aclararlas de manera que nunca jamás pudieran ofrecer el menor género de duda: “Si no os hacéis como niños pequeños no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Qué obsesión, sobre todo en estos días de nuestra Resurrección con Cristo, qué obsesión, digo, por vivir, y más vivir, de la Vida de Jesucristo. Vivimos sanamente obsesionados con estos ideales divinos. Y a trueque de hacerlos realidad en nosotros estamos dispuestos a rompernos la cabeza. Qué se yo qué no diéramos por conseguir todo eso…

Y nos olvidamos de lo único que nos exigen y está, en todo momento, al alcance de nuestras pecadoras manos: ser sencillos como los niños pequeños y como ellos confiar, confiar, confiar…

¿Qué preocupación siente un pequeño, por más seguro que se cierna el horizonte sobre él? ¿Qué falta a ese pequeño, a pesar de su despreocupación?

Tiene unos padres que cuidan de él… ¡Ya puede!

Y nosotros tenemos un Jesucristo que cuida de nosotros… ¡Qué no podremos!

Jesús, Vida mía; enséñame a vivir esos caminos de sencillez, de confianza total, de abandono completo en Ti, que tan en derechura llevan a esas cristalinas fuentes de la Vida de la que tan sedientes vivimos, después de nuestra resurrección a la Vida.

 

El Tabor, punto de partida

Por: D. Cornelio Urtasun

El pasado domingo contemplábamos al Señor en el desierto tentado y molestado por el diablo. Hoy le vemos en el Tabor resplandeciente, hermoso, transfigurado en medio de Moisés y Elías. Él es el Hijo muy amado en quien el Padre tiene sus complacencias. Toda esta semana no ha cesado la Iglesia de exhortarnos con insistencia a la oración, al ayuno, al arrepentimiento de los pecados, a la penitencia. Tanto insiste que parece que deprime y cansa; la santidad, sin embargo, no es un conglomerado de preceptos que abruma y oprime sino vida y vida pujante, que da fuerza y vigor haciendo dulces y llevaderos todos los trabajos y sufrimientos.

Por eso, para que nuestra vida espiritual no quede anquilosada bajo el peso abrumador de la penitencia y del ayuno, sino rejuvenecida y vigorizada, para que nos animemos más y más a recorrer hasta el fin el camino comenzado, la Iglesia, siempre Madre bondadosa, pone ante nuestra consideración la escena de la Transfiguración del Señor. El Señor, hermoso y resplandeciente en el Tabor, es el símbolo y la más segura garantía de nuestra futura transfiguración. Creamos, esperemos, confiemos… La cuaresma es tiempo de generoso esfuerzo, de reforma, tiempo de tentación; todavía nos resta mucho camino que recorrer, pero no importa, creamos firmemente, más todavía que en la Transfiguración, en el Transfigurado, ya que al que cree todo le es posible. ¡Del Tabor a Getsemaní y al Calvario!

El Señor, en medio de la gloria de la Transfiguración, conversa con Moisés y Elías de su Pasión; escoge como testigos de su exaltación a los mismos que más tarde han de ser testigos de su agonía en Getsemaní. Nadie también como Él conocía la debilidad de los suyos y la necesidad que tenían de su Transfiguración para que su fe quedase robustecida.

El Tabor es como un punto de partida del camino que nos lleva a Getsemaní, al Calvario, a la Cruz, a la Pascua. Después de aquel suceso, de aquella ratificación del Padre, Jesús desciende con sus Apóstoles de la cumbre del monte y continúa su vida ordinaria con la misma sencillez y naturalidad de siempre.

La vida ordinaria, las pequeñas cosas de todos los días hechas con mucho amor, he aquí lo que constituye nuestra santificación; no nos podemos contentar como Pedro con quedarnos en la cumbre del Tabor; tenemos que descender y abandonar el punto de partida.

Todos los días en nosotros tiene lugar esta maravillosa Transfiguración, más real si se quiere que la del Tabor; el mismo Señor nos ha dicho: “Como me envió mi Padre que vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por Mí”. En el fervor de la comunión, acordémonos todos los días de la ardua tarea que vamos a comenzar, no nos contentemos solo con los goces de nuestra transfiguración, no nos olvidemos de que nuestro Amado en medio de ella, nos habla de su Pasión que es nuestra, de su sacrificio que es nuestro. La comunión más transformadora no es sino la que va acompañada de mayor sacrificio. ¡Agarrémonos fuertemente al Señor!

Señor nuestro Jesucristo, qué hermoso, qué divino, qué transfigurado te presentas hoy: Tú eres nuestro Amado y por Ti estamos dispuestos a todo. Señor: vive en nosotros, haznos transparentes como el cristal para que todos los que nos vean y oigan, Te vean a Ti y a Ti te oigan.

Un pequeño Cielo en miniatura

Festividad del Corpus Christi

Por: D. Cornelio Urtasun

Celebramos la festividad del Santísimo Corpus Christi y nuestros corazones rebosan de contento mientras las caras se nos alegran como en los días de gran fiesta.

Cómo podremos agradecer esta gran misericordia que el Buen Jesús ha tenido con nosotros al “abrirnos los ojos” para ver el tesoro que tenemos en la Eucaristía, en la cual, “le comemos a Él mismo en persona”. Os confieso con sinceridad que desde los días en que comencé a meditar en el misterio de la Santísima Trinidad viviendo en nosotros y en el de nosotros convertidos en una maravillosa miniatura del Cielo que aloja al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, comencé a pensar: yo, templo del Espíritu Santo, ¾me decía para mis adentros¾ pequeño Cielo en el que vive la Trinidad que adoro, debo vivir una vida de verdadero Cielo, ¿lo podré conseguir? ¿el buen Jesús que se dignó hacerme templo de la Trinidad bendita, se habría preocupado de que yo tuviera los elementos necesarios para vivir mi vida de Cielo?

Enseguida vi ante mis ojos la Fiesta del Santísimo Corpus Christi pegada, como quien dice, a la de la Santísima Trinidad. Sí, para que yo, Cielo, pudiera VIVIR mi vida celestial recibí del Señor: “el pan del Cielo”. Si me hubiera hecho pequeño Cielo y no me hubiera dado los elementos indispensables para sostenerlo, ¡qué pronto se hubiera ido la alegría de mi pobrecica casa! Se hubiera derrumbado enseguida. Pero no eran esos los planes del Señor, ni mucho menos. Él me hacía Cielo para que viviera vida de Cielo, para que cobijara en él durante los días todos de mi vida mortal, al tesoro que será mi dicha por toda la eternidad: La Santísima Trinidad.

El Señor me ha hecho pequeño Cielo. Y esta miniatura de mi Cielo no lo ha hecho con cosas de fuera, la ha hecho de piedras vivas y seleccionadas, arrancadas de las canteras de mi yo, pero no de mi “yo” malo y manchado por el pecado, sino de ese “yo” resplandeciente y transformado que se va formando “in Christo Jesu”, enraizado en ese Jesucristo que vive en mí. Soy un pequeño Cielo en miniatura: pero un Cielo vivo, palpitante. Y todo eso que soy, lo soy por obra y gracia de la misericordia de mi buen Jesús, del buen Pastor. Él ha hecho la maravilla de esa miniatura de mi Cielo en el que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y comprende como nadie el problema que se crea para el sostenimiento de ese pequeño Cielo, hecho no de mármoles y bronces, ni de oro ni plata, ni de esmeraldas y diamantes, sino de piedras vivas y escogidas.

¿Qué hará ese buen Jesús para salir del atolladero en que se ha metido con nosotros al hacernos prodigios tan de maravilla? ¿Cómo se apañará para que nunca falte a nuestro Cielo todo lo que él necesita? Pues… sencillamente, hará otro prodigio. Lo hizo al hacernos aquella miniatura incomparable, lo volverá a hacer para mantenernos en el mismo y aún mejor estado del primer día. ¿Nos ha hecho Cielos vivientes? Pues se hará Él pan vivo, para que ¡¡VIVAMOS!! Somos Cielo ¡Que cosa más natural que comamos PAN DEL CIELO! Lo que ya no es tan natural es que ÉL MISMO se dignara hacerse pan del Cielo, para que nuestros pequeños cielos VIVIERAN y se sobraran de VIDA.

Y éste es el misterio que en esta fiesta del Corpus de 1948 me trae anonadado. Y este es el misterio que quisiera seguir metiendo en el corazón de todos para que todos siguiéramos enloqueciendo en amores y agradecimientos al que tales prodigios hizo con nosotros, sin otras miras que buscar nuestro bien, la plenitud de todo nuestro bien.

La Eucaristía, pan del Cielo, pan vivo y alimento de nuestro pequeño Cielo donde vive la Trinidad que adoramos. Sin él, sin el pan vivo, nuestro Cielo se consumiría enseguida, acabaría irremediablemente. Yo pienso, a veces, que la Trinidad que viene a nuestro Cielo se parece a las palmeras que de vez en cuando se ven florecer en esos grandes tiestos de Hotel o de los chalets de verano. La palmera chupa el jugo vital de aquel pedazo de tierra metido en el tiesto con una rapidez vertiginosa. Para que la tierra tenga los elementos de vida necesarios para la vida de la planta, los hombres la abonan especialmente, la riegan y le dedican toda clase de cuidados, gracias a los cuales la palmera crece lozana y hace las delicias de los que se cobijan a su sombra. En mi tiesto -y perdonadme y que me perdone el Señor la comparación de que echo mano, soy hombre y no sé hablar más que con torpeza de humano- plantó el Señor la “palmera” de la Trinidad. Ella chupa de una manera “bárbara”; con las reservas de la tierra de mi “tiesto” no hay ni para comenzar. ¿La dejará secar el Señor a la bella palmera? ¡Oh no! Se hará abono, se hará agua que salta hasta la vida eterna, se hará sol. Se hará luz, y todo eso lo irá volcando en la pobrecica tierra de mi tiesto, para que la “dichosa palmera” viva. Ella crecerá lozana y vigorosa y hará mis delicias, pues viviré a su sombra, y puede ser que el Señor me conceda la gracia de que haga también las delicias de algunos otros a quienes apetezca aprovechar la frescura de sus hojas.

 

¡No me dejes caer en la tentación!

Por: D. Cornelio Urtasun

El miércoles de ceniza daremos inicio a la primavera del espíritu, La Cuaresma, con la inclinación de nuestras cabezas ante el sacerdote que pondrá en ellas el puñado de ceniza, mientras repetirá invariablemente: “acuérdate hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir”. A partir de este día diremos al Señor una y otra vez en la Misa y en el Breviario: “Ahora, ahora, nos ha llegado el tiempo interesante; estos días son los días ideales para nuestra salvación”. “Que abandone el malvado sus caminos y el impío mande a paseo sus siniestras intenciones y que se conviertan todos al Señor, cargado de misericordia y bondad, el cual está siempre inclinado a la compasión y no quiere la muerte del pecador sino su conversión y su vida”. Desde el miércoles de ceniza la liturgia cobrará un cariz imponente que, a las veces, se convierte en dramático.

Con todo, donde la liturgia cuaresmal se centra y adquiere proporciones de armonía fascinadora, es en la misa del primer domingo de Cuaresma. ¿Sabéis en qué me apetece reparar, en qué se me ocurre pensar? En el Señor tentado. ¿Sabéis para qué? Para agradecerle que me haya abierto los ojos en materia de tentaciones, para pedirle con toda mi alma, con toda sinceridad, lo que durante años y años no he sabido pedir: “que no me deje caer en la tentación”. Quizás a alguien le parezca perogrullada insulsa. Yo la tengo como trascendental y decisiva.

Me dan que pensar las mil y una proposiciones que me hacen para el después, para cuando vuelva a España cargado de Doctorados y títulos académicos que si los esgrimo con habilidad me harán prosperar como el que más. Me dan que pensar las almas que el Señor me envía para las cuales tengo que ser el ejemplo viviente de todo lo que a ellas predico. Me dan que pensar las murmuraciones, las críticas y rechiflas de los que están junto a mí y muchas veces suben conmigo al altar. Y si continuara la lista sería interminable.

Y como me veo tan comprometido por todas partes, tan enredado en tantas cosas, tan acosado por  todos los lados, tiemblo, me entra un miedo pavoroso de mí y le digo al Señor con un acento que, a las veces, llega a conmovedor: “QUE NO ME DEJE CAER EN LA TENTACIÓN”.

En toda aquella tentación que tarde o temprano terminará por apartarme de Él y por arruinar todos los planes de Él sobre mí.

En el primer domingo de Cuaresma cuando veo a Jesucristo tentado, la silueta de mi divino Maestro y señor, sacudida y zarandeada como la mía, me llena de consuelo y agudiza mis precauciones. Si he de vivir de su VIDA, si he de ser proyección de su silueta, me las tengo que ver en muy negras. No me puedo hacer ilusiones. Como no te las puedes hacer tú que ya no tienes otra ilusión que la de hacerle el amor y VIVIR DE su VIDA. Y cómo quisiera que esta silueta de Jesucristo tentado se grabara en tus ojos y en los míos; en tu corazón y en el mío, para que nunca, nunca, perdamos el tino, para que nunca, nunca perdamos el equilibrio al redoblarse los ataques, al multiplicarse las complicaciones.

Hay que prepararse para la lucha, hay que prepararse al combate.

Pero no es el combate franco y a pecho descubierto el que más preocupa, pues sé bien que un asalto vigoroso será contestado con otro corajudo. Me preocupa el otro, el solapado, el artero, el retorcido, el que tira la piedra y esconde el brazo. El que dice que dejar la oración un día, dos, no llega ni a pecado; el que dice que sin hacer tanto ya se puede servir al Señor; el que aconseja que sin obedecer tanto y en tanto se puede cumplir perfectamente con el voto de obediencia; el que insinúa que otros santos no hicieron lo que a ti te aconsejan hacer… el que da a entender que, vamos, no hay por qué llevar las cosas a esos extremos. Y en fin, tantas cosas que tú y yo nos las sabemos muy bien.

Para esos combates me quiero prevenir diciéndole al Señor tentado que no, que por lo que más quiera, que no me deje caer en la tentación. Y que si soy débil y caigo, que nunca trate de justificar mi postura sino que a la caída siga inmediata, vertiginosa, la reacción de un levantar decidido, generoso, pensando que los santos lo fueron no porque no cayeron sino porque cuando cayeron  ¡se  l e v a n t a r o n!

¡Oh Jesús tentado: óyeme! Por lo que más quieras: ¡NO ME DEJES CAER EN LA TENTACIÓN!

Y vendrá un profeta soberano…

Por: D. Cornelio Urtasun

Qué emoción para mi alma el encontrarse en la puerta de entrada del nuevo Año Litúrgico, con su Liturgia pletórica de ilusión, de optimismo y alegría. Yo no sé qué virtud mágica tiene esta Liturgia del Adviento que cada año que pasa me parece más bella, más nueva, más soberana, más divina, más para mi alma, hambrienta, sedienta del que es mi VIDA.

Ha terminado el Año Litúrgico y por más que muchos hemos correspondido tan mal, la Liturgia del Adviento no dice una palabra más alta que otra: … a buscar el remedio de nuestros males, el agua para nuestra sed, la medicina para la enfermedad, la VIDA para nuestra vida: ¡¡J e s u c r i s t o!! La Iglesia, a través del Año Litúrgico, llena de inagotable paciencia y comprensión, sale a nuestro encuentro para decirnos que lo que no se ha hecho en el año anterior se puede hacer en este, que dando de lado al pesimismo y al desaliento es hora de despertar del sueño y es cosa de “forrarse” de Jesucristo.

No hay género de dudas: viene el Señor. Vuelve a venir. ¡Cómo es posible que un corazón enamorado no enloquezca de entusiasmo al sentir los primeros pasos rumorosos del Amado que vuelve en plan de “compadecerse de los pobres, de hacer nacer la justicia y la abundancia de la Paz”!

¡Cómo no vamos a alegrarnos nosotros! Si sabemos que esa venida es ni más ni menos que “para visitarnos en la paz”; para mirarnos con compasión y hacernos crecer en santidad; para multiplicarnos y establecer con nosotros la alianza” que un día se consumará en las Bodas eternas.

¡Alegrémonos! ¡Alegrémonos y miremos con redoblada ilusión, con más ilusionada esperanza a esta nueva venida del Señor en la Navidad que se acerca!

VENDRA EL GRAN PROFETA Y ÉL MISMO RENOVARÁ A JERUSALEN ALELUYA.

¡Oh Profeta soberano, Jesús Rey nuestro, ven! Tú has visto lo mal, lo horrorosamente mal que nos ha ido lejos de Ti, haciéndote poco caso. Por eso ahora te buscamos con más ahínco, con más fervor, con más confianza porque sabemos que en Ti está nuestro remedio y sabemos que vienes de nuevo en la Navidad.

¡Ven, Profeta soberano, Señor Jesús y ven a renovar la Jerusalén de nuestras almas! Quita de ellas todo lo que sobra y pon tanto y tanto como falta. Límpianos de nuestros egoísmos, de nuestras envidias, de nuestras medias tintas y dadnos, Señor, danos temple para el sacrificio, amor a la pobreza, al vivir escondidos contigo en el seno del Padre, sin reparar demasiado en lo que pasa en este valle de lagrimas.

Viene el Señor con paso decidido.

¿Llegará hasta tu alma, hasta la mía? ¿Nacerá en nosotros, en ti y en mí, ese Jesús, por cuyos ojos suspira la tierra entera?

Tú y yo tenemos la palabra. De nosotros, entiéndeme bien: de ti y de mí, depende el que venga, y el que venga a todo plan, o con planes muy raquíticos: “El Señor vendrá a nuestra alma únicamente en la medida que lo deseemos” (P. Baur).

 

Itinerario espiritual de la Cuaresma

Por: D. Cornelio Urtasun

  • Miércoles de Ceniza

Comienzo de la Cuaresma. Espíritu de conversión. La austeridad penitencial nos ayude al combate espiritual contra el mal, contra todo tipo de mal.

  • Domingo I Cuaresma

Jesucristo se abstuvo cuarenta días de alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia, rechazó las tentaciones del enemigo y nos enseñó a sofocar las del pecado.

  • Domingo II Cuaresma

El don del Cuerpo glorioso del Hijo. En el sacramento, nos hace partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos del Reino de Dios.

  • Domingo III Cuaresma

Padre de la Misericordia, Origen de todo bien, Otorgador del remedio de los pecados por la oración, ayuno y limosna.

  • Domingo IV Cuaresma

Jesucristo se hizo hombre para conducir al género humano, entenebrecido, al esplendor de la fe; para hacer renacer por  el Bautismo a los que habían nacido esclavos por el pecado.

  • Domingo V Cuaresma

Jesús, hombre mortal, Dios y Señor de la vida, lloró a su amigo Lázaro y lo levantó del sepulcro. Hoy extiende su compasión a todos los hombres y los restaura a una nueva vida por los sacramentos.

  • Domingo de Ramos

Cristo, nuestro Señor inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales, muriendo, destruyó el pecado, resucitando, somos justificados.

  • Jueves Santo

Somos convocados para celebrar la Cena en la que fue entregado el Maestro, el banquete del amor, el sacrificio de la alianza eterna, plenitud de Amor y Vida.

  • Viernes Santos

Jesús se adentró en el MISTERIO PASCUAL al derramar su sangre por nosotros. Dios rico en misericordia, ha renovado a los hijos, con la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

 

Viene el Señor

Por: D. Cornelio Urtasun

  1. Viene el Señor

Adviento igual a venida. ¿Venida de quién?: de Jesucristo ¿Cómo es posible hablar de que viene Jesucristo cuando en tantas ocasiones se nos habla de las presencias perennes de Jesucristo en su gloria, en las celebraciones, en las asambleas cristianas, en las almas de los cristianos?

Es ese, precisamente, uno de los grandes misterios en la celebración del Misterio de Jesucristo: celebrar a Jesucristo anhelando su venida, cuando es precisamente Él quien preside nuestras celebraciones.

San Anselmo en el viernes de la primera semana del Adviento aborda este tema: “Enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte…”. “ Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien…”. “Deseando te buscaré, te desearé buscando, amando te hallaré, encontrándote te amaré…”.

  1. El júbilo de la esposa con la venida del Esposo

Es lo que conmueve más estremecedoramente en la celebración del Adviento: el gozo en el Espíritu Santo que inunda el corazón de la Iglesia, ante la nueva venida del Esposo, como si se tratara de la primera o celebrase la definitiva venida del Señor.

Ved, veamos el contraste: desde que celebramos el santo Pentecostés, estuvimos viendo y celebrando a Jesucristo, de quien fuimos recibiendo tantas enseñanzas, orientaciones, sugerencias, apremios…, dentro de un clima de santo entusiasmo y de deseo de poder identificarnos plenamente con Jesucristo, vivir de su Vida, ver por sus ojos, respirar por sus pulmones.

En las últimas semanas, sobre todo en la penúltima y más aún en la última, vibramos y cantamos con la gloria de Jesucristo Rey.

De repente, con el acabamiento del  Año Litúrgico, parece que con la iniciación del Adviento, en el comienzo del nuevo Año Litúrgico, se levantan las compuertas de la ternura del corazón de la Iglesia y se inicia el desbordamiento de esa ternura en las celebraciones litúrgicas, lo mismo sacrifícales que laudativas.

  1. Las tres venidas del Señor
  2. La que realizó en carne mortal hace 2.000 años
  3. La que realiza cada día y cada año en la celebración del Año Litúrgico
  4. La que realizará al fin de los tiempos en la consumación de las cosas.

Se podrían sintetizar las tres venidas con un solo verbo, conjugando los tres tiempos: vino, viene, vendrá.

  1. Cómo prepararnos

Toda la Pedagogía de la Iglesia, en el Adviento, va en esa dirección: crear una mentalidad en la venida actual del Señor, tan real como la de hace 2.000 años, tan decisiva como la del fin de los tiempos; suscitar un santo y apasionado entusiasmo ante la re-presencia del Señor; urgir a una preparación de cuerpos y almas mentes y corazones, para el Señor que llega; crear una santa devoción en cada creyente a fin de que del DON que recibe lo transfunda y trasmita a los demás.

Es una impresión emocionante, que cada año se repite, sobre todo, comprobando la poca cosa que somos por nuestras fuerzas y lo grande que es poder contar como si la estrenáramos, con la misericordia compasiva y generosa del Señor que viene, una vez más, a establecer, re-afirmar el punto de amor sempiterno.

Haciendo un esbozo de síntesis, de todos los planteamientos que hace la Iglesia a través de los textos litúrgicos, podríamos puntualizar estas grandes actitudes como típicas del Adviento: creer, esperar en vigilante anhelo, amar, orar, preparar los caminos del Señor. Preparar los caminos:

  • Abajar montes y colinas del orgullo.
  • Levantar las vallas de nuestros desánimos y cobardías e inconsciencias
  • Destruir los asideros del odio, la envidia, el egoísmo
  • Allanar los caminos de la concordia
  • Enderezar tanta intención torcida
  • Suavizar tanta aspereza de inmisericordia, incomprensión y dureza de juicio
  • Dar testimonio de la verdad que nos haga libres.

 

 

 

 

Dones del Espíritu Santo

Por: P. Cornelio Urtasun

  1. Don de la sabiduría: “Conocimiento sabroso de las cosas de Dios” (San Bernardo) que perfecciona la virtud de la caridad dándonos gracia para discernir y juzgar acerca de Dios y de las cosas divinas.

Elementos: Luz que ilumina nuestro entendimiento. Gusto que actúa sobre la voluntad a la que hace saborear las cosas divinas.

Efectos de este don: La fe se hace inconmovible. Da firmeza a nuestra esperanza. Aumenta la unidad. Nos fuerza a vivir a Jesucristo en nuestras vidas.

         2. Don de entendimiento: Un DON que por la acción iluminadora del Espíritu Santo nos da una intuición de las verdades reveladas, pero sin declararnos el misterio.

Elementos: Es una mirada iluminada e iluminadora. Mirada penetrante que parece que lee y contempla la entraña del misterio.

Efectos: nos hace penetrar en el interior de las verdades reveladas.

        3. Don de ciencia: El don del Espíritu Santo que ilumina nuestra fe para darnos a conocer las cosas creadas en sus relaciones para con Dios y el valor de esas cosas creadas en sus justas proporciones.

Elementos: No es un conocimiento filosófico por vía de razonamiento. Es la Ciencia de Dios del Prefacio de Pentecostés.

Efectos: el conocimiento de las cosas creadas que nos hablan de su Creador. Mirando su naturaleza vemos en ellas la imagen de Dios: el amanecer, el atardecer, las flores, la música….

         4. Don de consejo: Es el Don del Espíritu Santo que nos da a conocer de una manera pronta y segura lo que conviene hacer, especialmente, en las cosas difíciles, por una especie de intuición sobrenatural.

Elementos: La virtud de la prudencia que discurre, razona y reduce a la vista de lo pasado, en previsión del porvenir. La buena dirección de las acciones concretas en cada caso particular, teniendo en cuenta las circunstancias de personas lugar y tiempo.

Efectos: Ilumina lo que hay que hacer en los casos difíciles. Potencia y vigoriza la razón humana que es falible, incierta y lenta; la ilumina y orienta para que sepa a dónde va, el camino a seguir y la meta a alcanzar.

        5. Don de fortaleza: El don del Espíritu Santo que da al alma coraje y energía para poder hacer, a veces, hasta intrépidamente cosas grandes, a pesar de todas las dificultades, perfeccionando la virtud de la fortaleza.

Elementos: La virtud de la fortaleza. Decisión, seguridad, alegría, esperanza

Efectos: Vivir en estado de sacrificio. El enfrentamiento con el heroísmo.

         6. Don de piedad: es el Don del Espíritu Santo que produce en nuestro corazón un afecto filial para con Dios y una gran ternura para con las personas y cosas divinas de manera que cumplamos con gozo y entusiasmo nuestros deberes religiosos.

Elementos: Amor de ternura para con Dios nuestro Padre, cuya misericordia y bondad percibimos y palpamos y que prende en nosotros.

Efectos: Respeto filial, hijos de un inmenso cariño, esto hace que todo lo de Dios nos sea grato en extremo. Amor de ternura para con las personas y cosas más vinculadas a Dios:

          7. Don te temor: EL Don del Espíritu Santo que nos inclina al respeto filial de Dios, nos aparta de todo pecado en cuanto que desagrada al Señor y nos da una particular sensibilidad para evitar todo cuanto pueda estar en disconformidad con su querer.

Elementos: No es temor llamado servil, es decir, que teme a Dios porque es Juez y puede castigar por nuestros pecados. No es tampoco el miedo al juicio de Dios, provocado por una vida de desorden. Supone un vivo sentimiento de la Grandeza, de la Bondad, de la Misericordia, del Perdón de Dios…

Efectos: Provoca una viva contrición por los pecados cometidos: al alma le duele en el alma la indelicadeza para con Dios.

Este es nuestro día

Por: D. Cornelio Urtasun

¡He resucitado! Este es el mensaje del Maestro que aparece, vencedor de la muerte, triunfador de la Vida. ¡He resucitado! ¡He resucitado!

Como quien despierta de un profundo sueño y se encuentra bañado por la luz de un sol radiante, nos encontramos nosotros inundados por el fulgor de ese sol de justicia, Cristo Jesús, que acaba de resucitar. No acertamos a comprender lo que pasa a nuestro alrededor.

Semanas y semanas, rodeados de las obscuridades más densas, copados por todas partes de gemidos de muerte y dolores. Ante nuestros ojos desorbitados, la figura doliente del Salvador cargado con su cruz y en invitación constante a una participación generosa en su dolor y en su muerte.

Parece que se hunde el mundo… cuando he aquí que la noche obscura se hace aurora radiante. Los ojos que nada podían ver se encuentran con los rayos de un sol destellante y los oídos que recogieron mezclados, el testamento del Señor y los insultos que contra Él se dirigían, oyen el suavísimo mensaje:

¡Resurrexi! ¡Resurrexi! Es el Maestro, el Caudillo de la Vida, poco ha muerto, que reina ya, vuelto a la vida, y que se acuerda de venir a alegrar y consolar a los que fuimos sus compañeros de fatigas y de muerte.

¿Qué quiere decir esto?

Que se acabó la Cuaresma y ha venido la Pascua.

Que calló la tormenta y cesó el vendaval, y ha renacido la calma.

Que se ha dado al traste con la muerte y viene el reino de la Vida.

Que se acabaron las tinieblas y viene el reino de la Luz.

Que se acabó la guerra sin cuartel y viene el reino de la Paz.

¡Oh sí: viene el reino de la Paz y de la Vida, de la Luz y del Amor. El reino del que es nuestra Paz y nuestra Vida, nuestra Luz y nuestro Amor! Sí, sí: ha llegado nuestro triunfo: ha sonado nuestra hora.

Este es nuestro día ¡Alegrémonos y regocijémonos en Él!

Este, sí, este es nuestro día.

Ha terminado la guerra: viene el imperio de la Paz, del que es nuestra Paz.

Esta es la eterna canción de los que se han fiado por completo de Jesucristo. Que correrán irremisiblemente su suerte en la lucha, en la victoria, en la guerra y en la paz, en el dolor y en la alegría, en la muerte y en la Vida. Durísimo el combate, glorioso, clamoroso el triunfo, irresistible, incontenible.

Este es nuestro día. Este es nuestro día.

Ha llegado nuestra Pascua: nuestra suspirada Pascua

¡Qué ansias de VIDA, de torrenteras de VIDA… en este triunfo esplendoroso del que es nuestra VIDA…!

¡Oh Cristo, nuestra Pascua, Caudillo de la Vida, poco ha muerto, hoy resucitado: danos Vida, más Vida, torrenteras de VIDA, que es Paz, que es Luz, que es Amor!

 

 

 

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies