Discípulos del Maestro tentado

Por: D. Cornelio Urtasun

“Fue llevado Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en panes”.

Y rechazada la primera carga, viene astutamente la segunda. Y rechazada esta, viene la tercera.

Qué caso: Jesús, Mi Maestro, Mi Señor, mi Vida, mi Luz.

Llevado por el Espíritu Santo al desierto y allí ¡tentado por el diablo!

Si Él, siendo Maestro y Señor, pasó por el aro de las tentaciones ¿Qué aspiraciones tendremos nosotros, sus discípulos, sus siervos?

Si Él, todo santidad, todo pureza, todo luz, todo Vida, aguanta sobre sí la embestida fuerte del enemigo ¿de qué tendremos que extrañarnos nosotros, manchados ya desde el principio por el pecado original y victimas después de tantas trapacerías hechas por nuestra culpa, por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa?

Discípulos del Maestro tentado, siervos del Señor acosado.

Qué felices, qué contentos, nos tenemos que sentir al vernos tentados, al vernos acosados por el enemigo.

Qué felices nos tenemos que sentir al vernos tentados, y qué confiados en manos de Aquel que pasó por todos los aros habidos y por haber, con la única excepción del pecado.

Quién puede decir al Señor: Tú, claro, nos pides que seamos obedientes hasta la muerte, que seamos amadores de la pobreza, que seamos humildes, que seamos sacrificados ―el sacrificio personificado― que seamos puros… Es que no sabes la rebeldía que siento en mí contra todo eso: es que no sabes la fuerza de esta tentación que me acosa, por doquier…quién, quién.

Jesús, el divino tentado, sabe como nadie de la rebeldía de la carne contra el espíritu, de la repugnancia a todo lo que cuesta, a todo lo que supone sacrificio. Sabe como nadie de la fuerza sugestiva de un camino fácil, menos complicado, mas trillado; y sabe también de la fuerza seductora de una palabra, de una mirada, de una sonrisa. Dígalo el desierto, testigo de sus tentaciones; dígalo aquel huerto testigo de sus tristezas de muerte, de sus agonías, de sus tedios, de sus sudores de sangre.

Qué equivocación más lamentable la de aquel que pensando en vivir de la Vida de Jesucristo y más, queriéndola vivir hasta dejar de sobra, pensase que las tentaciones no eran compatibles con la santidad de Aquel que es nuestra Vida.

Como sería equivocación, igualmente lamentable, la de aquel que al seguir la indicación del Señor, de su Espíritu, y fuese a donde el Señor le llamara, creyese que ya estaba hecho todo y que ya allí no había más problemas, ni tentaciones, ni rebeldías, ni cuestas arriba, ni luchas, ni dolores.

Cómo se deshacen, como un terrón de azúcar en la taza de café caliente, todas estas ideas a la luz de esa figura tentada del Maestro, que hoy se levanta enhiesta como una bandera sobre nuestra alma para que la contemplemos bien a las claras, bien a las anchas.

Jesucristo, el divino tentado.

Su Vida de tentación, de sufrimiento, de lucha, de combate que se reproduce en nosotros, al vivirla con toda sinceridad, al vivirla con toda intensidad.

¿Hiciste una arrancada de cara al Señor y desde entonces se te complicó la vida, te comenzó la tentación…?

¿Por qué te extrañas? ¡Cuántas menos complicaciones en aquella vida de vulgar solteronía…¡¡Evidente!!

¡Hay que vivir; hay que morir!

¡Hay que triunfar; hay que luchar!

¡Jesús, divino Tentado, quiero vivir de tu Vida; de tu Vida de tentación, de lucha, de combate heroico y esforzado en esta hora del tiempo Cuaresmal, para así llegar con seguridad a la clara luz de la Pascua!

Llegar a ser radiante Epifanía

P. Cornelio Urtasun

P. Cornelio

P. Cornelio

Porque el Maestro nos dijo que no se encendía la luz para esconderla debajo del celemín, nosotros pensamos en hacer de cristal radiante que dejara transparentar su luz; esa luz que El encendió en nosotros, en el día Santo de Navidad; esa Luz cuyos fulgores hizo llegar a los confines todos de la tierra en el día de su Epifanía.

Estamos aun dentro de la Octava de la Fiesta de la aparición al mundo del Engendrado y, he aquí, que de repente, esa Luz tan jubilosamente acogida por la Iglesia y por nosotros, desaparece en un instante, para desaparecer entre las virutas de un pobre taller de carpintería.

Le vienen a uno ganas de gritarle al Maestro: Tú que decías que no se enciende la luz para esconderla debajo del celemín ¿Por qué la escondes? ¿No nos has dicho que Tú eres la luz del mundo? ¿Por qué te encubres? ¡Médico: empieza por curarte a ti mismo!

Esas son las apariencias. Pero la verdad es muy otra.

La verdad es que, al ver los resplandores gigantescos de Su Luz, quedamos todos fascinados cuando nos dimos cuenta que su ilusión era el irradiar esos mismos resplandores desde cada uno de nosotros, haciéndonos una autentica Epifanía suya.

El Señor, pronto a realizar en nosotros sus planes, ha puesto manos a la obra, de una manera muy original, muy divina.

Se ha escondido entre cuatro paredes y se ha enfundado en el mísero turbante de un carpintero vulgar. Y escondido y enfundado, sin decir palabra, ha comenzado su gran lección. La gran lección de cómo se llega a ser la radiante Epifanía suya, la proyección fulgurante de su Luz.

¿Qué nos dice?

Primero: Que hay que tener mucha LUZ.

Segundo: Que hay que ser muy transparentes.

Tercero: Que hay que saber esperar.

1º.- QUE HAY QUE TENER MUCHA LUZ

¿Qué luz? ¡Él! La luz verdadera que ha iluminado a todos los hombres de buena voluntad. ¡Él!, luz del mundo que no deja a oscuras a quien se decide a marchar de Él en pos. ¡Él!, remanso de VIDA. VIDA que es la LUZ de los hombres y que resplandece con fulgores celestiales en medio de las tinieblas en que los hombres viven su vida de desterrados hijos de Eva.

¿Cómo tener mucha luz? Sencillamente; teniéndole a Él; haciendo que ÉL VIVA y crezca vigoroso y pujante dentro de nosotros. Dándole a comer de su Pan. Pan de recogimiento, pan de silencio, pan de pobreza, pan de obediencia, pan de abnegación, pan de humildad, pan de negación total de sí, pan don pleno del yo, pan de oración perenne, pan de victimación callada, escondida en el seno del Padre…

2º SER MUY TRANSPARENTES

Tú y yo tenemos entre manos una gran lente que cuidar; la lente a través de la cual tiene que proyectarse la luz, la silueta radiante del Maestro, que vive en nosotros. Días y días, meses y años, tenemos que estar ocupados, muy escondidos, muy en silencio, muy en retiro, en pulir la superficie de nuestro cristal, a fin de que desaparezcan todas las motas que han podido ir dejando nuestros pecados y nuestras infidelidades, para que a la hora de alumbrar la Luz, al que es nuestra Luz, la transparencia sea perfecta: auténticamente maravillosa.

Es labor lenta, de semanas, de meses, de años. ¡De toda la vida!

3º SABER ESPERAR

Cuando nuestro cristal vaya adquiriendo limpieza inmaculada, transparencia iluminada, nitidez perfecta, entonces, ahora y siempre, tenemos que SABER ESPERAR el día de Dios, su tiempo y su hora.

Nosotros tenemos prisa, mucha prisa, demasiada prisa, en enseñar lo que llevamos. En que la gente se fije en nuestro tesoro, en que repare en nuestra Luz. Y si bien es, a las veces, noble deseo, no es el mejor.

Tenemos que saber esperar la hora de Dios, como la esperó este Dios a quien hoy vemos escondido entre cuatro misérrimas paredes y dos herramientas de carpintería. ¡Treinta años escondido! ¡¡Treinta, treinta!!

¿Cuántos llevamos tú y yo? A lo mejor, más de una vez nos hemos quejado de que nadie se fija en el que vive en mí…

¡Qué gran lección la de Nazaret, para ti y para mí, hombres de las prisas!

¿Quieres ser una Epifanía radiante, fulgurante, arrebatadora? Fíjate en el Maestro. Él dijo que era el camino. Si quieres llegar a su Transfiguración tienes que recorrer su camino. Cuando a los treinta años de recorrerlo con toda sinceridad y generosidad, te encuentres “como si no”, entonces, ven, te acompañaré a presentar la queja ante Él.

Mientras tanto, preocúpate de que Su Luz crezca día a día, y tu alma sea como un gigantesco acumulador de esa Luz. Vigila porque de ella desaparezca hasta la última mota de pecado, imperfección y egoísmo y ¡¡confía!!

Estas en manos de Aquel que tiene palabra de Vida eterna.

Rumores de Adviento

Por: D. Cornelio Urtasun

Qué emoción para mi alma en mayor o menos bancarrota espiritual, el encontrarse con el Adviento, en la puerta de entrada del nuevo Año Litúrgico, con su Liturgia pletórica de ilusión, de optimismo y alegría. Yo no sé qué virtud mágica tiene esta Liturgia del Adviento que cada año que pasa me parece más bella, más nueva, más soberana, más divina, más para mi alma hambrienta, sedienta del que es mi VIDA, del que será mi Santidad.

¡Qué Madre tan madre! Termina el año Litúrgico y por más que ve que muchos de sus hijos hemos correspondido tan mal, no dice una palabra más alta que otra: nada de echarnos en cara nuestros chandríos. A buscar el remedio de nuestros males, el agua para nuestra sed, la medicina para la enfermedad, la VIDA para nuestra vida: ¡¡¡Jesucristo!!!. Llena de inagotable paciencia y comprensión, sale a nuestro encuentro para decirnos que lo que no se ha hecho en el año anterior se puede hacer en éste. Quedando de lado el pesimismo y el desaliento, es hora de despertar del sueño y es cosa de “forrarse” de Jesucristo.

No hay género de dudas: viene el Señor. Vuelve a venir.

¡Cómo no va a vibrar el corazón de la Iglesia, ante la proximidad de Jesucristo! ¡Cómo es posible que un corazón enamorado no enloquezca de entusiasmo al sentir los primeros pasos rumorosos del Amado que vuelve en plan de “compadecerse de los pobres, de hacer nacer la justicia y la abundancia de la Paz”!.

Si la Iglesia dice “alégrense los cielos y regocíjese la tierra y canten los montes alabanzas porque viene nuestro Señor”, cómo no vamos a alegrarnos nosotros. Si sabemos que esa venida es ni más ni menos que “para visitarnos en la paz”; para mirarnos con compasión y hacernos crecer en santidad; para multiplicarnos y establecer con nosotros la alianza” que un día se consumará en las Bodas eternas del Cordero.

¡Alegrémonos! ¡Alegrémonos y miremos con redoblada ilusión, con más ilusionada esperanza a esta nueva venida del Señor en la Navidad que se acerca!

Ha resucitado Cristo, mi esperanza

Por: D. Cornelio Urtasun

¡Aleluya! La muerte y la vida riñeron importante duelo. El Caudillo de la Vida que resultó muerto, vuelve a reinar pletórico de Vida, pues acaba de resucitar.

Este es el eterno mensaje pascual que la Iglesia nos trae: que aquel en quien nosotros pusimos nuestra esperanza, no nos ha defraudado; que el un día muerto, reina y triunfa: en un triunfo que nunca nada ni nadie lo podrá arrebatar. Y ante esta figura del Resucitado no sabemos decir más que el canto de júbilo de nuestra victoria: ¡ALELUYA!, ALELUYA!

La muerte no ha podido con la Vida: con el que es nuestra Vida; las tinieblas con la Luz, con el que es nuestra Luz: ¡ALELUYA!

Miedos pasados ante la cruz de nuestra muerte ¿dónde habéis quedado? ¡Atrás! Muy atrás, ante nuestros ojos iluminados solo está Jesucristo Resucitado. Y nosotros también hemos resucitado con ÉL y en ÉL.

He invitado a los cielos y a la tierra a que se unieran a nuestro canto de júbilo y de victoria: he bendecido la noche bendita que tuvo la dicha de ser testigo fiel, del resurgir del Señor.

Feliz pecado que nos mereció un Redentor, ¡nada menos que el Verbo del Padre!

Y año tras año tiene el Señor la delicadeza de hacernos entristecer con su Pasión y alegrar con su Resurrección. Y así seguiremos, año tras año, camino de nuestra plenitud en Cristo.

Si esta realidad nos produce tanto gozo ¿cuál será la alegría, el consuelo que nos producirá cuando nos encontremos con Jesucristo, tal y como es, envuelto en el resplandor de su gloria? ¿Qué será aquella aparición de Cristo en persona? ¿Cómo será aquella aparición de Cristo que nos repite su inconfundible?:

¡“PAX VOBIS. Soy Yo; no tengáis miedo”!

Para unos antes, para otros después, ese encuentro vendrá. Esa Pascua sin fin será realidad. Nada ni nadie nos la podrá quitar. Nada ni nadie nos la podrá discutir. Eternamente felices, eternamente triunfantes, nuestros labios no conocerán más que un canto: ¡ALELUYA!.

Nos parecerá imposible tanto gozo por tan poco dolor, una dicha sin fin. El gozo de la Pascua que hoy vivimos, es una muestra insignificante, de lo que será nuestra Pascua definitiva. Y esta realidad ¡Cómo debe encender nuestro ánimo a la lucha presente!.

Ha resucitado Jesucristo nuestra esperanza. Y nosotros con Él y en Él, con una resurrección llamémosla “provisional”…. La definitiva no se hará esperar ¡ALELUYA, ALELUYA!.

Resucitados con Cristo: ¡Purificaos de toda la fermentación vieja y caminad por senderos de sinceridad y verdad!

Tiempo de Pasión

Por: D. Cornelio Urtasun

Con este tiempo comienza una nueva etapa de la Cuaresma. Hasta aquí todos los esfuerzos de la Iglesia han ido encaminados a limpiar y purificar nuestras almas, de todo cuanto pudiera impedir nuestra marcha hacía Dios, nuestra identificación con Jesucristo.

Ahora parece dejar a un lado todas estas cosas y levantándose majestuosa sobre todas nuestras imperfecciones y mezquindades, va a poner ante nuestros ojos una grandiosa realidad, la más sublime de todas, una realidad que cada uno de nosotros tiene que imitar y ¡vivirla! Realidad que no puede ser otra que Jesucristo y Este, crucificado. La Pasión y muerte, la cruz del Señor va a ocupar en este tiempo santo de Pasión el centro de toda la liturgia, del eje alrededor del cual debe girar toda nuestra vida. Por eso la Iglesia cubría todas las imágenes con negro velo, como exhortándonos a pensar solo en Jesucristo crucificado. Los misterios que van a tener lugar estos días son demasiado grandes y sublimes para que nos distraigamos con cosas de menor importancia.

Desde hoy debe ocuparnos totalmente la Pasión y muerte del Redentor. Una sola idea es la que campea en el misal y en el breviario, el sentimiento del Justo ante la inicua persecución que ve levantarse contra El; no obstante de reconocer que es inocente, el odio de los adversarios llega hasta hacerle imposible todo auxilio retornándose en cambio sin cesar hacia su Padre a quien manifiesta su inocencia y le pide no le abandone en el día de su prueba. Aparece el Profeta Jeremías, prototipo de Cristo paciente.

Tanto quiere la Iglesia que nos penetremos del espíritu que caracteriza a este tiempo, que comienza el ciclo de Pasión celebrando sus oficios en el Vaticano es decir, en la colina donde tiempo atrás había Nerón alzado la cruz del primer Vicario de Cristo, sobre la cual se construyó después un oratorio en honor de la Santa Cruz, que fue llamada Santa Jerusalén. De aquel oratorio pasaron a la liturgia estos versos: Sálvanos o Cristo Redentor por la virtud de tu cruz. Tú que salvaste a Pedro en el mar, compadécete de nosotros.

Las palabras del Señor en este tiempo no pueden ser sino estas: quien quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Esta es la consigna que nos da la Iglesia para este tiempo de Pasión. Apreciar, comprender y amar la cruz. Comprender la cruz… pues a veces puede uno soñar con grandes cosas, con grandes cruces, olvidándose de la realidad de la vida, olvidándose de la más segura y pesada cruz, la cruz de nuestras diarias ocupaciones, la cruz de las cosas pequeñas. De la cruz brota la salud del género humano. El árbol del paraíso trajo la muerte, el árbol de la cruz la vida. En el árbol del Paraíso venció Satanás al hombre, en el de la cruz el demonio fue vencido por Cristo Nuestro Señor.

Cuaresma: duelo entre la Luz y las tinieblas

Por: D. Cornelio Urtasun

Hace dos meses nos preparábamos para la venida del Verbo del Padre, para su renovado nacer entre los hombres, dentro de nosotros: “El Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros, para vivir en nosotros”.

Como decía San Pablo: “Volvió a hacérsenos presente la benignidad y humanidad de Nuestro Señor Jesucristo”. Sí, “una Luz esplendorosa había bajado a la tierra, en la persona del Verbo del Padre”. Hay pocas cosas que se anhelan tanto como la Luz, pero como dicen San Juan:

“Las tinieblas no la quisieron recibir”

“Los hombre prefirieron las tinieblas a la Luz”

“Vino a los suyos y éstos no le quisieron recibir”

El drama de Jesús se revive en la Liturgia. Comienza el duelo entre la Luz y las tinieblas.

ESTA ES LA CUARESMA:

Jesucristo que padece, muere y resucita en nosotros, para la redención del mundo. Redención que continúa por la Pasión que se completa en nosotros. El martirio cruento de Jesucristo que se perpetúa en nuestros cuerpos y almas. Pedazo de Sí mismo para el perdón de los pecados.

El nervio de la Cuaresma y su cumbre: nuestra vinculación vital a Jesucristo Sacerdote y Víctima, que ofrece y se ofrece; con el cual ofrecemos y nos ofrecemos, con un valor sacramental en la expiación y santificación. Pero con un objetivo trascendente y glorioso.

Nos ofrecemos con Jesucristo al supremo sacrificio de la muerte, para morir con Él y en Él y con Él; y en Él resucitar a una vida luminosa. Luminosamente restaurada en Él, porque la LUZ había vencido y vence a las tinieblas.

Viene el Señor

Por: D. Cornelio Urtasun

Cuando acaba un año litúrgico brota la necesidad de una mirada de conjunto del año que pasó y una mirada de previsión del que comienza. Para:

  • Dar gracias
  • Pedir perdón
  • Ordenar las cosas según Dios
  1. Dar gracias al Señor porque es bueno y siempre nos ayuda en lo humano y en lo divino.
  2. Pedir perdón porque nos sentimos culpables y confesamos ante El nuestros pecados. Y mirando el cuadro de las generosidades del Señor, brota la pregunta ¿yo, nosotros, cómo hemos correspondido a la bondad de nuestro Dios?. Digamos al Señor: “Ten misericordia de nosotros y danos la abundancia de tu Vida y de tu Paz.”
  3. Ordenar las cosas según Dios. Buscar y pedir su ayuda para que nuestro trabajo y afanes resulten siempre provechosos y contribuyan al cumplimiento de los designios de Dios. Pedir también un conocimiento perfecto de su voluntad. Orar siempre sin desanimarse: “No dejes de ayudarnos con tu gracia en los quehaceres temporales”

 A D V I E N T O 

Viene el Señor. Adviento: venida. ¿Venida de quién?:  de Jesucristo.    ¿Cómo es posible hablar de que viene Jesucristo cuando en tantas ocasiones se nos habla de las presencias de Jesucristo en las celebraciones, asambleas…?

Ese es precisamente uno de los grandes  misterios  en  la celebración del Misterio de Jesucristo: celebrar a Jesucristo anhelando su venida, cuando es El, precisamente, quien preside nuestras celebraciones.

San Anselmo aborda este tema; entre otras cosas, dice:

“Enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte”

“Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien”

“Deseando te buscaré, te desearé buscando, amándote te hallaré  y

           encontrándote te amaré ..”

EL JÚBILO DE LA ESPOSA ANTE LA VENIDA DEL  ESPOSO: es lo  que  conmueve  más  en  la celebración  del  Adviento: el  gozo del Espíritu Santo que inunda el corazón de la Iglesia ante la nueva venida del Esposo, como si  se tratara  de la primera o  celebrara su definitiva  venida.

Veamos el contraste: desde que  celebramos  Pentecostés, estuvimos viviendo a J.C  y recibimos sus enseñanzas, consignas, orientaciones…  dentro de un clima de santo entusiasmo y de identificarnos plenamente con Jesucristo, vivir de su Vida, ver por sus ojos, respirar por sus pulmones… y  en las últimas semanas, vibraremos y cantaremos con la gloria de Jesucristo Rey.

            El Señor vino, viene y vendrá.

CÓMO PREPARARNOS: Preparando los caminos, preparando los ambientes y ofrendando al Señor, como  decía  San Juan, “un  pueblo bien dispuesto”.

Toda la pedagogía de la Iglesia en el Adviento, va en esa dirección: crear una mentalidad en la venida actual del Señor, tan real como la del inicio, tan decisiva como la del fin de los tiempos; suscitar un santo entusiasmo ante la presencia del Señor que llega; crear una santa desazón en cada creyente a fin de que el  DON que recibe, lo transfunda y transmita a los demás.

Haciendo un esbozo de síntesis de los planteamientos que hace la Iglesia, podríamos puntualizar estas grandes actitudes como típicas del Adviento:

–   Creer, que  viene el Señor y que viene a salvarnos.

–   Esperar  en vigilante espera.

–  Amar  a la persona de Jesucristo que viene, porque nos amó hasta el  extremo   y nos sigue amando hasta el fin. Amarle porque es nuestra Vida y nuestra Paz.

–   Orar  mientras se vigila, y cantar la alabanza del Señor. Oración personal de alabanza, de bendición. Oración litúrgica, laudativa y sacrifical.

–  Preparar los caminos del Señor: Abajar, levantar, destruir, allanar, enderezar, suavizar. Dar testimonio de la verdad.

Ser un auténtico canto y poema para nuestro Dios, con nuestra vida santa, haciendo que Jesucristo se transparente en nuestra vida y en nuestro espíritu y que seamos eco de su voz y resplandor de su Luz

 

 

Jesucristo cumple su promesa

Por: D. Cornelio Urtasun

A lo largo de su despedida, el Señor insiste, en diversas partes de su Testamento, acerca del Espíritu Santo, del cual hace los más grandes elogios, explicando su papel y misiones, sobre todo, desde que El desparezca visiblemente:

– “Yo pediré al Padre y os enviará otro Paráclito …” (Jn 14,16),

– “Cuando venga el Paráclito… que  Yo os enviaré de junto al Padre.” (Jn 15,26)

– “Que aguarden la promesa del Padre … vosotros seréis bautizado en el Espíritu

Santo, dentro de pocos días…” (Hechos 1, 4-5).

–  “El número de los reunidos era de unos 120 …” (Hechos 1,15)

Jesucristo cumple su promesa:

Llega Pentecostés para que penetraran los Misterios del Reino: Aquellos Misterios de que habló Jesucristo en Mt 11,25-27. Misterio de la Trinidad, Misterio del mismo Jesucristo, Misterio del Espíritu Santo, Misterio de la Iglesia, Misterio de Salvación, Misterio del Sacrificio Pascual, Misterio de la Cruz, Misterio de la Muerte, como vencedora de la muerte. Misterio de la Resurrección como consecuencia de la Muerte y como punto de apoyo del Misterio integral de Jesucristo y  clave del designio salvífico del Padre.

¡Tantos Misterios, dentro del MISTERIO GLOBAL DE JESUCRISTO!

Danos los Dones del Espíritu Santo:

Los siete Dones proclamados por el Profeta Isaías (Is 11, 1-4) y proclamado por el mismo Señor en la Sinagoga de Nazaret (Lc, 4, 16-22).

¡Dánoslos!

Así se cumple la promesa formulada en Lucas 11, 9-13.

Pentecostés revivido:

Revivimos el Misterio de Pentecostés celebrándolo.  El Espíritu Santo nos es dado, en la medida en que nos preparemos, en la que oremos pidiéndolo. En la que le abramos la mente y el corazón.

Señor, tu Hijo, después de subir al cielo envió, sobre los apóstoles, el Espíritu Santo que había prometido, para que penetraran los Misterios del Reino. Te pedimos que repartas, también entre nosotros, los DONES de ese mismo Espíritu.

Las presencias de Jesucristo:

Es un misterio adorable éste de la presencia “ausente” de Jesucristo. O si queremos, esta “ausencia” en la “presencia de Jesucristo”.

Los cinco modos de la presencia de Jesucristo, sobretodo, en las celebraciones litúrgicas: presente en la asamblea de los fieles, reunidos en su nombre y por su amor (Mt.  18, 20) y presente en su Palabra, sobre todo cuando es proclamada. Presente  en la persona del sacerdote ministerial que actúa personificándolo… Presente en el Sacrificio de la nueva y eterna alianza. Presente en el Sacramento permanente del Reino, bajo las apariencias del Pan y vino  (Encl. Myst, 9).

Presencia de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo:

Comentario sencillo que alude a los textos más sobresalientes del Maestro, acerca de esta verdad consoladora:

Jn  114, 18  “No os dejaré huérfanos…volveré a vosotros”.  “Vosotros sí me veréis, porque Yo vivo y vosotros también viviréis”  (Jn 14,19).

Jn  14, 21: “El que me ame, será amado de mi Padre”;  y “Yo le amaré y me manifestaré a El”.

Jn. 14, 23: “Si alguno me ama, mi Padre lo amará, vendremos a Él y haremos morada en Él”.

Jn 14,26: “El Espíritu Santo os lo enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho”.

Todo esto y tanto más, es lo que le llevaba a San Pablo a “doblar las rodillas ante el Padre…para que nos concediera, según la riqueza de su gloria… que Jesucristo habite por la fe en nuestros corazones”  (Ef  3,14-19).

Que lo sintamos también presente entre nosotros. Aún más: que lo sintamos presente en NOSOTROS, por la acción del Espíritu Santo que esperamos y para recibir nos preparamos.

Escucha nuestras plegarias y ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los hombres, vive junto a Ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros, hasta el fin de los tiempos. Como El mismo nos lo prometió.

Cumplir fielmente la voluntad de Dios:

Sí, derrama el Espíritu Santo con su fuerza, para cumplir fielmente tu Voluntad y dar testimonio con nuestras obras. El descenso del Espíritu Santo, es una de las características de la Iglesia primitiva. No solamente el día de Pentecostés, sino en mil ocasiones, registradas en el libro de los Hechos. La venida visible del Espíritu Santo era todo un acontecimiento que causaba maravillas. Su fuerza era palpable, perceptible.

La Iglesia, hoy, pide para nosotros esa fuerza admirable del Espíritu Santo, ¿para qué? Para cumplir fielmente la voluntad de Dios.

Cumplir la voluntad de Dios Padre, es lo que Jesucristo hizo, en todo momento. Nos lo manifestó, como lo verdaderamente trascendente. No solo cumplir, sino cumplir fielmente.  Como Jesucristo, como la Virgen. Los grandes puntos de referencia que nos orientan… No es fácil, ni cómodo. A veces resulta heroico.

Hoy no tiene buena prensa hacer la voluntad de Dios. Así nos va …

Dar testimonio con las obras:

Lo dijo el Señor (Mt 5,16): “Brille vuestra luz de tal manera que las gentes al contemplar vuestras obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos…”. Lo cumplieron puntual y fielmente los  apóstoles en su evangelización y en la creación de aquella Iglesia que era una continua gloria de Señor.

Era la fuerza del Espíritu Santo (Hechos 6,8-10): “No podían resistir a la Sabiduría y al Espíritu con que hablaban…”

El Espíritu Santo que viene:

El Padre nos lo va a dar porque Jesucristo nos ha dicho que ese es el DON  que nos va a dar: “Aguardar la promesa del Padre” (Hechos 1,4). “El Padre enviará, en mi nombre, el Espíritu Santo, el Paráclito”  (Jn  14, 26). Por eso hoy, insistimos al Padre ¡¡que nos lo envíe!!

La gráfica expresión de Jesucristo (Jn 14,16-18): “El Espíritu de la Verdad, mora en vosotros y EN VOSOTROS ESTÁ”.

Hay muchos modos de estar o de vivir en una casa, en una familia: el Espíritu Santo ha optado por estar como  amigo, como amigo del alma.

La Iglesia congregada por el Espíritu Santo:

Acontecimiento  que se repitió en toda la Iglesia a medida que se iba extendiendo por toda la tierra, como se ve en los Hechos.

La acción del Espíritu Santo en los Sacramentos.

La diversidad de carismas al servicio de la unidad del Cuerpo Místico.

La doctrina del Concilio Vaticano II, en la L. G.  explica esa labor admirable de unificación y congregación de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo.

La Iglesia, dedicada plenamente al servicio de Dios  y unida en el Amor, conforme al gran mandamiento del AMOR.  La vida en el amor, planteada por Jesucristo en el comienzo mismo de su predicación evangélica: Amar a Dios. Amar al hombre   (Mt 22, 34-40). Es la voluntad de Dios Padre, que quiere que le amemos, nos amemos, para que la gente comprenda que El ha enviado al mundo a su Hijo, como Salvador, Redentor, Libertador, Ángel del Buen Consejo, proclamador del Espíritu de las Bienaventuranzas, portador de la fidelidad del Evangelio.

Y  es el Espíritu Santo, el que derrama la caridad de Dios en nuestros corazones y  su fuerza nos penetra. Fue Jesucristo quien habló con tanto énfasis de la “fuerza del Espíritu Santo” que iban a recibir, como consecuencia de la promesa que les había hecho y de su intercesión cuando volviera al seno del Padre.

Sí, Jesucristo podía hablar de aquella fuerza misteriosa que, en tantas ocasiones, había tratado de El: la fuerza que le llevó al desierto (Lc 4,1-13). La misma que le devolvió a Nazaret (Lc 4,14-15). La que prometió a los apóstoles en su despedida (Lc 24,49)…

Nuestro pensar te sea grato:

San Pablo preguntaba: “¿Quién conoció la mente del Señor?”. Y contestaba inmediatamente: nosotros poseemos la mentalidad de Jesucristo  (1 Cor 2,16). De esa manera llegamos a la vida de identificación con El, VIVIENDO DE SU VIDA, poseyendo la JUSTICIA DE DIOS, en el sentido bíblico más puro.

Con concordancia de voluntades en el obrar: nuestra voluntad y la de Jesucristo. Es preciso que la voluntad de Jesucristo y la nuestra concuerden.

La gran exhortación de San Pablo en Fil, 2,5:  “Tened los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo”. ¡Los mismos!. El no tuvo otro santo y seña que lo que el Padre quiso. Así, nosotros, enseñados por el Espíritu Santo, haremos realidad la gran petición del Padre nuestro: “¡Hágase TU VOLUNTAD, en la tierra como en el cielo!”.

Orando así, oramos en el Espíritu Santo.

Oramos como conviene.

 

La Ascensión del Señor

Por: D. Cornelio Urtasun

 “Os conviene que me vaya”, les ha dicho el Señor a los suyos y un rayo de tristeza cruza rápido por la mente y el corazón de los Apóstoles.

Siempre que ha hecho alusión el Maestro a su separación, ha encontrado en los suyos incomprensión. Es que a pesar de sus pequeñeces, ¡estaban tan bien con su Maestro! Tenía tantos encantos para ellos su persona sencilla y sublime, con su mirada dulce y penetrante, aquel Maestro bueno, el único bueno, pues era Dios y sólo Dios es bueno.

Pero su presencia corporal era un obstáculo para que fuesen revestidos de la virtud de lo alto. Y las palabras son taxativas: “Os conviene que yo me vaya”. Pero añade: “… No se turbe vuestro corazón; yo rogaré por vosotros a mi Padre y El os enviará otro Abogado, el Espíritu Santo. Os conviene que yo me vaya, pues si no, no vendrá el Consolador”.

Ha llegado la hora de la separación. La fe de los suyos ha quedado robustecida en las diversas apariciones del Señor.

La despedida es sencilla. Comiendo con ellos les ha dado sus últimos consejos…, en un marco de  franca intimidad, como todas las del Señor: los bendijo y se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube le encubrió a sus ojos.

El último recuerdo de Jesús en la noche misteriosa de la Pasión fue su Eucaristía. ¡Dios es amor! Y ahora deja a los suyos, su recomendación: la promesa del Espíritu Santo, para que se preparen a  recibirlo.

Jesucristo ha triunfado y va a recibir la gloria y exaltación debidas a sus trabajos. Él es la Cabeza, nosotros los miembros; donde está El, allí tenemos que estar nosotros.

“Jesucristo resucitado de entre los  muertos, ya no muere…  sino que siempre vive para interceder por nosotros…”.  Tenemos un Abogado ante el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo…  Nuestros derechos están puestos a salvo.

Esta es una historia y una perenne realidad. Jesucristo va a su Padre, que también es nuestro Padre, sube hoy a los cielos. ¡Sursum corda! ¡Arriba nuestros corazones!  El es el Primogénito entre muchos hermanos…   Y le pedimos:

Envíanos el Espíritu Santo en la medida y forma que Tú dispongas

¡Ven, Espíritu de Amor!

 

 

Feliz la que ha creído

Por: D. Cornelio Urtasun

Es la última de las características descriptivas de la espiritualidad de Vita et Pax. Es el broche de oro con que se cierra la descripción del Carisma original del Instituto, que si se presenta como una ‘familia reunida por virtud y a imagen de la Santa Trinidad’, también aparece como una familia cuyo Padre es Dios, cuya Madre es la Virgen María.

Con su presencia y participación en la realización de las grandes etapas de la Historia de la Salvación, María, Madre de Jesús, es modelo de aquellos que en la Iglesia, engendran a Cristo en los hombres. La mediación de María ante Jesús ahora es como en la hora de Caná.

Feliz la que ha creído

San Juan (1,5,4) dice: “ésta es la raíz de nuestra victoria, nuestra fe”. Pocas cosas hay tan conmovedoras en la vida y ministerio de la Virgen, como su fe. Si los seguidores de Jesús, en la Iglesia primitiva se llamaban los “creyentes”, denominación a medida de la Virgen: fue la “creyente” por antonomasia. San Pablo (Rm 1,5) explica que es “la obediencia de la fe”.

Mirando el itinerario de María se constata que lo que su parienta le dijo: (Lc 1,45) “feliz tú porque has creído lo que se te ha dicho de parte del Altísimo”, es la constatación de aquella fulminante obediencia de la fe, con que María respondió al llamamiento del Señor.

Fe de María “ampliada”

Cree en la misión del ángel, en cuya “trastienda”, ve la mano de Dios.
Cree en su elección concreta para ser: virgen, madre, madre del Altísimo, a quien el Señor Dios le dará el trono de David, su padre (Lc 1,31-34).
Cree que el Espíritu Santo hará posible lo imposible. (Lc 1,34-37).
Cree que su esposo, por el camino que sea … creerá.
Cree que su parienta Isabel, va a ser madre, a pesar de todos los pesares y
cree con una fe heroica, caritativa, solidaria, contagiosa.
Cree en la trastienda del Decreto del empadronamiento.
Tiene la experiencia de fe en los Magos.
Tiene el regusto amargo de una fe, empapada en la sangre de los inocentes.
Le toca comer el pan del exilio, amasado con la fe en la fuerza salvadora, prometida a nuestro padre Abraham.
Toda la vida de la “Señora” será un vivir en estado de fe, de esperanza, de amor.

Disponibilidad de María

Cuando el ángel termina de anunciar y explicar el mensaje que trae, de parte del Altísimo, María responde: “he aquí la esclava del Señor; hágase en mí, según su Palabra”.

Hoy estas palabras no suenan bien. A nosotros, nos interesa el mensaje que contiene y que no es otro que el de la disponibilidad total que expresan: disponibilidad que fue el santo y seña de toda la existencia de María.

Disponible María en la Encarnación.
Disponible en el viaje a Belén.
Disponible en el nacimiento del Hijo.
Disponible en la huida y el exilio de Egipto.
Disponible en su regreso a Nazaret.
Disponible en el comienzo del ministerio evangelizador.
Disponible, en fin, en el Calvario y más
disponible, aún, en la espera Pentecostal.

 

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