Jesucristo cumple su promesa

Jesucristo cumple su promesa

Por: D. Cornelio Urtasun

A lo largo de su despedida, el Señor insiste, en diversas partes de su Testamento, acerca del Espíritu Santo, del cual hace los más grandes elogios, explicando su papel y misiones, sobre todo, desde que El desparezca visiblemente:

– “Yo pediré al Padre y os enviará otro Paráclito …” (Jn 14,16),

– “Cuando venga el Paráclito… que  Yo os enviaré de junto al Padre.” (Jn 15,26)

– “Que aguarden la promesa del Padre … vosotros seréis bautizado en el Espíritu

Santo, dentro de pocos días…” (Hechos 1, 4-5).

–  “El número de los reunidos era de unos 120 …” (Hechos 1,15)

Jesucristo cumple su promesa:

Llega Pentecostés para que penetraran los Misterios del Reino: Aquellos Misterios de que habló Jesucristo en Mt 11,25-27. Misterio de la Trinidad, Misterio del mismo Jesucristo, Misterio del Espíritu Santo, Misterio de la Iglesia, Misterio de Salvación, Misterio del Sacrificio Pascual, Misterio de la Cruz, Misterio de la Muerte, como vencedora de la muerte. Misterio de la Resurrección como consecuencia de la Muerte y como punto de apoyo del Misterio integral de Jesucristo y  clave del designio salvífico del Padre.

¡Tantos Misterios, dentro del MISTERIO GLOBAL DE JESUCRISTO!

Danos los Dones del Espíritu Santo:

Los siete Dones proclamados por el Profeta Isaías (Is 11, 1-4) y proclamado por el mismo Señor en la Sinagoga de Nazaret (Lc, 4, 16-22).

¡Dánoslos!

Así se cumple la promesa formulada en Lucas 11, 9-13.

Pentecostés revivido:

Revivimos el Misterio de Pentecostés celebrándolo.  El Espíritu Santo nos es dado, en la medida en que nos preparemos, en la que oremos pidiéndolo. En la que le abramos la mente y el corazón.

Señor, tu Hijo, después de subir al cielo envió, sobre los apóstoles, el Espíritu Santo que había prometido, para que penetraran los Misterios del Reino. Te pedimos que repartas, también entre nosotros, los DONES de ese mismo Espíritu.

Las presencias de Jesucristo:

Es un misterio adorable éste de la presencia “ausente” de Jesucristo. O si queremos, esta “ausencia” en la “presencia de Jesucristo”.

Los cinco modos de la presencia de Jesucristo, sobretodo, en las celebraciones litúrgicas: presente en la asamblea de los fieles, reunidos en su nombre y por su amor (Mt.  18, 20) y presente en su Palabra, sobre todo cuando es proclamada. Presente  en la persona del sacerdote ministerial que actúa personificándolo… Presente en el Sacrificio de la nueva y eterna alianza. Presente en el Sacramento permanente del Reino, bajo las apariencias del Pan y vino  (Encl. Myst, 9).

Presencia de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo:

Comentario sencillo que alude a los textos más sobresalientes del Maestro, acerca de esta verdad consoladora:

Jn  114, 18  “No os dejaré huérfanos…volveré a vosotros”.  “Vosotros sí me veréis, porque Yo vivo y vosotros también viviréis”  (Jn 14,19).

Jn  14, 21: “El que me ame, será amado de mi Padre”;  y “Yo le amaré y me manifestaré a El”.

Jn. 14, 23: “Si alguno me ama, mi Padre lo amará, vendremos a Él y haremos morada en Él”.

Jn 14,26: “El Espíritu Santo os lo enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho”.

Todo esto y tanto más, es lo que le llevaba a San Pablo a “doblar las rodillas ante el Padre…para que nos concediera, según la riqueza de su gloria… que Jesucristo habite por la fe en nuestros corazones”  (Ef  3,14-19).

Que lo sintamos también presente entre nosotros. Aún más: que lo sintamos presente en NOSOTROS, por la acción del Espíritu Santo que esperamos y para recibir nos preparamos.

Escucha nuestras plegarias y ya que confesamos que Cristo, el Salvador de los hombres, vive junto a Ti en la gloria, haz que le sintamos presente también entre nosotros, hasta el fin de los tiempos. Como El mismo nos lo prometió.

Cumplir fielmente la voluntad de Dios:

Sí, derrama el Espíritu Santo con su fuerza, para cumplir fielmente tu Voluntad y dar testimonio con nuestras obras. El descenso del Espíritu Santo, es una de las características de la Iglesia primitiva. No solamente el día de Pentecostés, sino en mil ocasiones, registradas en el libro de los Hechos. La venida visible del Espíritu Santo era todo un acontecimiento que causaba maravillas. Su fuerza era palpable, perceptible.

La Iglesia, hoy, pide para nosotros esa fuerza admirable del Espíritu Santo, ¿para qué? Para cumplir fielmente la voluntad de Dios.

Cumplir la voluntad de Dios Padre, es lo que Jesucristo hizo, en todo momento. Nos lo manifestó, como lo verdaderamente trascendente. No solo cumplir, sino cumplir fielmente.  Como Jesucristo, como la Virgen. Los grandes puntos de referencia que nos orientan… No es fácil, ni cómodo. A veces resulta heroico.

Hoy no tiene buena prensa hacer la voluntad de Dios. Así nos va …

Dar testimonio con las obras:

Lo dijo el Señor (Mt 5,16): “Brille vuestra luz de tal manera que las gentes al contemplar vuestras obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos…”. Lo cumplieron puntual y fielmente los  apóstoles en su evangelización y en la creación de aquella Iglesia que era una continua gloria de Señor.

Era la fuerza del Espíritu Santo (Hechos 6,8-10): “No podían resistir a la Sabiduría y al Espíritu con que hablaban…”

El Espíritu Santo que viene:

El Padre nos lo va a dar porque Jesucristo nos ha dicho que ese es el DON  que nos va a dar: “Aguardar la promesa del Padre” (Hechos 1,4). “El Padre enviará, en mi nombre, el Espíritu Santo, el Paráclito”  (Jn  14, 26). Por eso hoy, insistimos al Padre ¡¡que nos lo envíe!!

La gráfica expresión de Jesucristo (Jn 14,16-18): “El Espíritu de la Verdad, mora en vosotros y EN VOSOTROS ESTÁ”.

Hay muchos modos de estar o de vivir en una casa, en una familia: el Espíritu Santo ha optado por estar como  amigo, como amigo del alma.

La Iglesia congregada por el Espíritu Santo:

Acontecimiento  que se repitió en toda la Iglesia a medida que se iba extendiendo por toda la tierra, como se ve en los Hechos.

La acción del Espíritu Santo en los Sacramentos.

La diversidad de carismas al servicio de la unidad del Cuerpo Místico.

La doctrina del Concilio Vaticano II, en la L. G.  explica esa labor admirable de unificación y congregación de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo.

La Iglesia, dedicada plenamente al servicio de Dios  y unida en el Amor, conforme al gran mandamiento del AMOR.  La vida en el amor, planteada por Jesucristo en el comienzo mismo de su predicación evangélica: Amar a Dios. Amar al hombre   (Mt 22, 34-40). Es la voluntad de Dios Padre, que quiere que le amemos, nos amemos, para que la gente comprenda que El ha enviado al mundo a su Hijo, como Salvador, Redentor, Libertador, Ángel del Buen Consejo, proclamador del Espíritu de las Bienaventuranzas, portador de la fidelidad del Evangelio.

Y  es el Espíritu Santo, el que derrama la caridad de Dios en nuestros corazones y  su fuerza nos penetra. Fue Jesucristo quien habló con tanto énfasis de la “fuerza del Espíritu Santo” que iban a recibir, como consecuencia de la promesa que les había hecho y de su intercesión cuando volviera al seno del Padre.

Sí, Jesucristo podía hablar de aquella fuerza misteriosa que, en tantas ocasiones, había tratado de El: la fuerza que le llevó al desierto (Lc 4,1-13). La misma que le devolvió a Nazaret (Lc 4,14-15). La que prometió a los apóstoles en su despedida (Lc 24,49)…

Nuestro pensar te sea grato:

San Pablo preguntaba: “¿Quién conoció la mente del Señor?”. Y contestaba inmediatamente: nosotros poseemos la mentalidad de Jesucristo  (1 Cor 2,16). De esa manera llegamos a la vida de identificación con El, VIVIENDO DE SU VIDA, poseyendo la JUSTICIA DE DIOS, en el sentido bíblico más puro.

Con concordancia de voluntades en el obrar: nuestra voluntad y la de Jesucristo. Es preciso que la voluntad de Jesucristo y la nuestra concuerden.

La gran exhortación de San Pablo en Fil, 2,5:  “Tened los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo”. ¡Los mismos!. El no tuvo otro santo y seña que lo que el Padre quiso. Así, nosotros, enseñados por el Espíritu Santo, haremos realidad la gran petición del Padre nuestro: “¡Hágase TU VOLUNTAD, en la tierra como en el cielo!”.

Orando así, oramos en el Espíritu Santo.

Oramos como conviene.

 

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