Retiro de Primavera

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Pasionistas de Daimiel

Pasionistas de Daimiel

El 26 y 27 de abril, en la casa de los Pasionistas de Daimiel (Ciudad Real), en plena llanura manchega, donde se hace realidad el dicho “ancha es Castilla”, reanudamos nuestro habitual Retiro de Primavera. Este año el tema fue “El Dios enamorado”. Participamos doce personas: diferentes institutos seculares, otras casadas, solteras, hombres, mujeres… la diversidad se hizo presente.

Oración personalMeditaciónOseas nos introdujo en su experiencia personal. Casado con Gomer, ésta le fue infiel y lo abandonó. Esta trágica experiencia le sirvió para comprender y expresar las relaciones entre Dios y su pueblo. Y hace la comparación: Dios es el marido, Israel la esposa. Esta ha sido infiel y lo ha abandonado para irse con otro dios: baal. Con Oseas nos preguntamos quiénes o qué son los “baales” de la sociedad actual y cuáles son nuestros “baales”. También nos preguntamos cuáles son nuestras infidelidades más constantes a Dios y a los demás.

Lo que hace de Oseas un caso inolvidable es que ve su matrimonio como una parábola de la relación Dios-Israel. El salto que Oseas da desde su experiencia personal a su experiencia de Dios, le permite una mirada de fe ante esta realidad y descubrirá una salida. Nos encontramos así con un aspecto importante, las experiencias vividas por la persona creyente en cualquier nivel de su personalidad, afectan a la persona en su globalidad, incluida su experiencia de fe. Por ello, es necesario descubrir la acción de Dios en nuestra vida cotidiana y hacer de ella el camino”normal” de nuestro crecimiento integral, también crecimiento en la experiencia de Dios.

Como Oseas, buscamos a Dios en los acontecimientos normales de la vida cotidiana y escuchamos a Dios en las experiencias que vivimos. Porque Dios está con nosotros seamos quienes seamos, seamos lo que seamos y estemos donde estemos. No es nuestra virtud la que apresa a Dios, sino que, sencillamente lo propio de Dios es estar con sus criaturas. En y con todos nosotros y nosotras. Siempre. No tenemos que merecer a Dios, tenemos a Dios. Por eso, a veces, no es Dios lo que nos falta, es la conciencia de Dios en la normalidad de nuestra vida. Oseas nos llevó a preguntarnos por las experiencias personales que más nos han ayudado a conocer más y mejor a Dios.

La gran novedad de Oseas, lo que le sitúa en un plano diferente y lo convierte en precursor del NT es que elimina el castigo e invierte el orden. El perdón antecede a la conversión: pecado-perdón-conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, aunque no nos hayamos convertido.

Este tema es importantísimo en Oseas. Lo vuelve a retomar en el capítulo 11 bajo una nueva imagen: Dios ya no es el amante de su esposa infiel, sino un Padre. Israel es el hijo, un hijo prototipo del hijo rebelde que, según la Ley, debe ser ajusticiado (Dt 21,18-21). Ante la inminencia del castigo divino, Israel pide ayuda a baal, pero sin éxito. Cuando todo presagia el desastre total, Dios lucha consigo mismo y la misericordia (hésed) vence a la cólera (11,8-9).

San Pablo repite esta idea cuando escribe a los romanos: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8). Lo mismo dice Juan en su primera carta 1Jn 4,10: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.

Y la iniciativa y gratuidad de Dios nos la transmite el papa Francisco con la original y bella expresión de “primerear”. “Dios está primero, está siempre primero, Dios primerea”. “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro…” (EG 24).

Con este anhelo salimos del Retiro. El deseo de “primerear” en nuestras relaciones y el deseo de dejarnos seducir por este Dios locamente enamorado y que su amor nos guíe.

Puesta en comúnComún

Retiro de Cuaresma en Pintor López

Por: Secretariado de Espiritualidad.

En medio del bullicio de la fiesta, el ruido de la traca, la crítica belleza de las fallas, el olor a pólvora y buñuelos… el día 16 de marzo tuvimos nuestro retiro de Cuaresma en el Centro Pintor López de Valencia. Acompañó M. Carmen Martín y también participaron compañeras de otros Centros. Estuvimos trece en total.

Oración personal

Oración personal

Oración

Oración

Meditando

Meditando

Reflexión

Reflexión

Iniciamos con la oración de la mañana y la presentación del tema: Vivir la cuaresma con el Dios enamorado. El profeta Oseas se nos hizo presente para compartirnos su experiencia personal: casado con Gómer, de cuyo matrimonio nacieron tres hijos, su mujer le fue infiel y lo abandonó. Además de tener que soportar el dolor del abandono, Oseas fue objeto de burlas por su condición de engañado.

Esta trágica experiencia matrimonial le sirvió para comprender y expresar las relaciones entre Dios y su pueblo. Y hace la comparación: Dios es el marido, Israel la esposa. Esta ha sido infiel y lo ha abandonado para irse con otro dios: baal, o con los países potentes de la época, Asiria y Egipto. Pero en vez de pensar en castigos, Dios perdona a su pueblo por puro amor. Os 2,16-24 muestran la gratuidad del amor de Dios que sin esperar ningún cambio en la actitud de su pueblo, todo promete, todo soporta, cree, espera y tolera…

El mensaje de Oseas tiene algo de desconcertante y se observa muy bien en el poema 2,4-25. Nuestra lógica religiosa sigue los siguientes pasos: pecado-conversión-perdón. La gran novedad de Oseas, lo que le sitúa en un plano diferente y lo convierte en el precursor del NT es que invierte el orden. El perdón antecede a la conversión: pecado-perdón-conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, aunque no nos hayamos convertido.

Es el amor de Dios ofrecido incondicionalmente al ser humano el que puede hacernos cambiar. Si el pueblo de Israel y, por extensión, cada una de nosotras no nos convertimos por sentirnos amadas gratuitamente, sin requisitos previos, solamente por pura gracia de Dios, no nos convertiremos por nada ni por nadie. Por eso la invitación es déjate seducir, esta Cuaresma, por el Dios locamente enamorado de ti y que su amor te guíe.

Hicimos silencio todo el día para la oración personal y al final de la tarde compartimos el eco de lo vivido. Fue muy rico y nos ayudó mucho el escucharnos, el poder expresarnos desde el fondo del corazón. Concluimos con la oración final y diciéndole al Señor: sí, Señor, condúceme de nuevo al desierto, al lugar del encuentro contigo, al lugar del idilio de Israel, a mi propio desierto… y allí hazme conocer una vez más tu amor apasionado y total, y déjame escuchar tu voz, como la primera vez, en medio del silencio: ‘yo te voy a seducir’.

Puesta en común

Puesta en común

Por la noche, algunas, aún tuvimos fuerza y ganas para irnos un rato a corretear fallas…

Retiro Cuaresma 2014

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Vivir la Cuaresma con el Dios enamorado

1. De la mano del profeta Oseas

A pesar de ser el primero en la nómina de los llamados Profetas Menores, Oseas es un gran profeta. Una de sus mayores virtudes es, sin duda, la de proponer la imagen matrimonial como símbolo y clave de interpretación de las relaciones entre Dios e Israel. Otros profetas, como Jeremías o Ezequiel, lo seguirán en esto. Una lectura del libro revela inmediatamente un léxico particular, el del amor. Amar, seducir, esposa, matrimonio, esposo mío, hablar al corazón, noviazgo, regalos de amor, abandonar, olvidar, traicionar, mentir, adulterio… es el lenguaje de un enamorado traicionado que no sabe dejar de amar.

De Oseas no sabemos el año en que nació ni el de su muerte. Sabemos que vivió en el Reino del Norte, en el siglo VIII a.C. El profeta tuvo una experiencia matrimonial dolorosa (Os 1,2-9;2,4-15;3,1-3). Estaba casado con Gómer, de este matrimonio nacieron tres hijos, pero Gómer fue infiel y lo abandonó. Además de tener que soportar su tragedia matrimonial, Oseas fue objeto de burlas y chanzas por su condición de engañado. La vida de Oseas está bajo el signo de la ternura pero de la ternura herida.

Esta trágica experiencia matrimonial le sirvió para comprender y expresar las relaciones entre Dios y su pueblo. Y hace la comparación: Dios es el marido, Israel la esposa. Esta ha sido infiel y lo ha abandonado para irse con otro dios: baal (4,12b-13; 7,14b; 9,1) o con los países potentes de la época: Asiria y Egipto. Por eso, cuando Oseas habla de los pecados del pueblo los califica de “adulterio”, “prostitución”; y cuando habla del amor de Dios lo concibe como un amor apasionado de esposo, de un esposo capaz de perdonarlo todo y de volver a comenzar.

Baal, en hebreo, significa “el que domina a otro”, “el amo”, “el dueño”. Quien domina produce siempre esclavitud. Los israelitas, al asentarse en Palestina y dedicarse a la agricultura, pensaban que Yaveh no podía ayudarlos en este nuevo tipo de actividad. Lo concebían como un Dios guerrero y volcánico, capaz de derrotar al faraón y lanzar truenos desde el Sinaí, pero que no sabía nada de agricultura, por eso los israelitas acudieron a baal, dios cananeo de la fecundidad, al que atribuían el pan y el agua, la lana y el lino, el vino y el aceite (2,7).

Además, Israel le ha sido infiel también a Yahveh con Asiria y Egipto. En una época de grandes convulsiones, cuando está en juego la subsistencia del país, los israelitas corren el peligro de buscar la salvación fuera de Dios, en las alianzas con Egipto y Asiria, grandes potencias militares del momento, que pueden proporcionar caballos, carros y soldados. Entonces, Asiria y Egipto dejan de ser realidades terrenas; a los ojos de Israel aparecen como nuevos dioses capaces de salvar.

Dios se ha manifestado como un Dios personal que establece relaciones personales con su pueblo, capaz de amar sin medida… Tolerar los baales es dejar al ser humano dominado por las esclavitudes de estos ídolos, que no son otras que las propias esclavitudes personales engendradoras de odio, destrucción, injusticia. Confiar en los baales es fiarse de unos ídolos que tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven (Sal 115); no tolerar baales es no tolerar que nadie esclavice al ser humano, criatura de Dios, y mostrar al mismo tiempo que sólo las relaciones de amor incondicional con un Dios personal son las que liberan a la humanidad, pues es un amor libre y liberador.

Lo que hace de Oseas un caso inolvidable es que no sólo pronuncia oráculos, sino que su vida amorosa es un oráculo, ve su matrimonio como una parábola de la relación Dios-Israel.  El salto que Oseas da desde su experiencia personal a su experiencia de Dios, le permite una mirada de fe ante esta realidad y descubrirá una salida. Nos encontramos así con un aspecto importante, las experiencias vividas por la persona creyente en cualquier nivel de su personalidad, afectan a la persona en su globalidad, incluida su experiencia de fe. Por ello, es necesario descubrir la acción de Dios en nuestra vida cotidiana y hacer de ella el camino”normal” de nuestro crecimiento integral, también crecimiento en la experiencia de Dios.

 2. El Dios enamorado

Toda la historia de Israel es una historia de pecado y rebeldía. La pregunta es qué actitud tomará Dios ante esta cadena de infidelidad. Oseas plantea tres posibilidades que Dios tiene ante el comportamiento infiel de su pueblo. El poema que aparece en 2,4-25 nos las ofrece:

a) Dios puede ponerle a su esposa una serie de obstáculos para que no se vaya con sus amantes y termine volviendo al marido (vv. 8-9).

b) Castigarla públicamente y con dureza (vv. 10-15).

c) Perdonarla por puro amor, hacer un nuevo viaje de novios, un nuevo regalo de bodas que restaure la intimidad y sea como un nuevo matrimonio (vv. 16-25).

Lo que termina triunfando es la tercera opción, el amor de Dios, que acoge de nuevo a su esposa, incluso aunque ésta no se encuentre plenamente arrepentida. A partir de su experiencia personal, el profeta descubre el cariño, la ternura de Dios, su hésed. Bajo esta luz, todo adquiere un sentido nuevo. La ley del Sinaí no es simplemente un contrato, sino una alianza (como anillo que se ponen dos que se aman), que une a dos seres en el amor. En virtud de la alianza sinaítica, el Señor es el Dios de Israel, el pueblo de Dios. Es decir, es el esposo profundamente enamorado de Israel, su esposa: Tú-eres-mi-pueblo y él (Israel) dirá Tú-ere-mi-Dios (2,25).

Suele traducirse hésed como bondad, amor fiel, cariño gratuito, amor misericordioso. A la traición de la esposa colmada de dones, que persigue la ilusión de otros amores, corresponde la fidelidad del Señor, que permanece aguardando en el hogar vacío. El sabe que algún día los pasos de la mujer amada resonarán de nuevo y él la acogerá. Entonces todo se transformará en una nueva y gozosa primavera. El paisaje que los rodea se transformará en una reedición del jardín del Edén (vv. 20,23).

Si Oseas vivió este tremendo dolor, un día de repente se le iluminó, y en lo hondo de su amor dolorido descubrió otro amor más alto y profundo: el del Señor por su pueblo. También Dios ha amado como marido enamorado, también lo ha traicionado su esposa, y a pesar de todo sigue amando, no puede menos que amar (Cant 8,6ss). El profeta se fija cómo trata Dios a Israel y así aprende cómo ha de tratar a Gómer. Aprende a perdonar como Dios perdona. La salvación, la conversión, no es fruto de un esfuerzo ético del ser humano, sino un acto gratuito de la voluntad amorosa y fiel de Dios, de su hésed.

Si Os 2,4-15 representa al dios celoso que todo exige y nada soporta, los vv. 16-24 muestran la gratuidad de su amor que, sin esperar ningún cambio en la actitud de su pueblo, todo promete, todo soporta, cree, espera y tolera (Cfr. 1 Cor 13,7). ¡Qué duro es amar a quien nos ha decepcionado! Pero esa es la actitud constante de Dios con el ser humano. Y, una vez más, Dios, no sólo se queda aguardando, sino que inicia una nueva seducción para restaurar la historia de amor (2,16-25). Su misericordia es la clave que nos abre a la esperanza. Dios nos ama no porque seamos buenas, sino para que podamos llegar a ser buenas.

Se trata de rehacer la historia desde su comienzo. Desde allí hay que reemprender la vida. La primera experiencia ha sido negativa. En vez de conquistar la tierra, Israel fue conquistado por la vida cananea y sus ídolos. Es necesario volver a comenzar la aventura. Por eso, la vuelta al desierto es un verdadero retorno a los orígenes, a las fuentes del amor. En el desierto no hay dioses de fecundidad y, por lo tanto, allí se renueva el destino de Israel, únicamente, en la fecundidad del amor de su Dios. El castigo se convierte, paradójicamente, en el primer acto de gracia. Dios ama entrañablemente a Israel, por eso, lo lleva al desierto, el lugar del primer desposorio de la Alianza, el lugar del retorno al Señor. Es en el desierto, sin los baales, donde se juega el futuro de Israel, invitado a escuchar al que le habla al corazón.

Ante este Dios que perdona sin condiciones, todas podemos ser capaces de conversión. Pero no implica volver al pasado, sino experimentar una nueva seducción del amor de Dios. Solamente una nueva apertura radical al amor gratuito de Dios será capaz de hacer de nosotras verdaderas creyentes.

 3. La lógica “ilógica” de Dios

Todo el mensaje de Oseas tiene algo de desconcertante y se observa muy bien en el poema 2,4-25. Nuestra lógica religiosa sigue los siguientes pasos: pecado-conversión-perdón. Es casi la misma que tenía el pueblo de Israel en muchas etapas de su historia. Lo vemos, por ejemplo, en el libro de los Jueces. Desde el punto de vista religioso, el pueblo se va degradando, alternará la fidelidad y la infidelidad, la gracia y el pecado. Esta alternancia la encontramos a lo largo de todo el libro, por ejemplo: Jc 3,7-11: Los israelitas hicieron lo que desagradaba a Yahveh (pecado)… se encendió la ira de Yahveh y los dejó a merced de Kusan (castigo)… los israelitas clamaron a Yahveh (conversión)… Yahveh suscitó un libertador que los salvó (perdón) En los textos encontramos repetido con precisión casi matemática el siguiente esquema en cuatro tiempos: pecado-castigo-conversión-perdón/salvación.

La gran novedad de Oseas, lo que le sitúa en un plano diferente y lo convierte en precursor del NT es que elimina el castigo e invierte el orden. El perdón antecede a la conversión: pecado-perdón-conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, aunque no nos hayamos convertido.  San Pablo repite esta idea cuando escribe a los romanos: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8). Y lo mismo dice Juan en su primera carta 1Jn 4,10: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.

Este tema es importantísimo en Oseas. Lo vuelve a retomar en el capítulo 11 bajo una nueva imagen: Dios ya no es el amante de su esposa infiel, sino un Padre. Israel es el hijo, un hijo prototipo del hijo rebelde que, según la Ley, debe ser ajusticiado (Dt 21,18-21). Ante la inminencia del castigo divino, Israel pide ayuda a baal, pero sin éxito. Cuando todo presagia el desastre total, Dios lucha consigo mismo y la misericordia (hésed) vence a la cólera (11,8-9).

Ante un comportamiento así por parte de Dios, no es difícil que se nos “remueva” el interior y pensemos : “¡algún tipo de conversión o gesto de arrepentimiento será necesario para obtener el perdón de Dios!”; o que nos surja casi espontáneamente la pregunta: “¿cómo es posible la justicia de Dios ante tanta infidelidad si su respuesta es el amor?”; o que concluyamos diciendo: “ante un Dios así, entonces todo vale pues vamos a ser perdonadas igualmente”… Si este tipo de cuestiones surgen en nosotras, lo mínimo que se pone en evidencia es nuestra lógica que, en el fondo, se apoya en la del libro de los Jueces, no en la lógica “ilógica” de Dios.

Tenemos muy dentro nuestro sentido de justicia: se comete un pecado, es necesario que la persona se arrepienta y, entonces, se puede proceder al perdón. En este esquema, lo que está latiendo es la necesidad de que el pecador se arrepienta, haga buenas obras y, entonces, se le perdonará. El perdón se apoya en las obras del pecador arrepentido no en Dios.

La lógica “ilógica” de Dios va más en la línea de nuestro refrán: El corazón tiene razones que la razón no entiende. Es el amor de Dios ofrecido incondicionalmente al ser humano el que puede hacernos cambiar. Si el pueblo de Israel y, por extensión, cada una de nosotras no nos convertimos por sentirnos amadas gratuitamente, sin requisitos previos, solamente por pura gracia de Dios, no nos convertiremos por nada ni por nadie. ¿Quién no ha hecho los mayores esfuerzos por cambiar algún comportamiento extraño en su vida cuando ese comportamiento no le hacía bien a una persona querida? ¿Acaso es duradera una conversión cuando ésta se basa en los buenos propósitos solamente?

Esta lógica de Dios, por otra parte, hace que nos tengamos que apoyar en Otro y en el Amor que es ese Otro, dejándonos sin la posibilidad de apoyarnos en algo nuestro (las obras), lo cual nos deja un poco a la intemperie y con la sola posibilidad de arriesgarnos a dejarnos amar por un amor de este calibre. Y un amor de este calibre desestabiliza todos nuestros esquemas porque nos fuerza a “desmontar” nuestros egoísmos más ocultos, nuestros méritos más sutiles, nuestras justicias “justicieras”, nuestros deseos conscientes o inconscientes del “ojo por ojo y diente por diente”.

Y aquí está la cuestión clave del mensaje de Oseas: la resistencia que tenemos a cambiar de esquema y la necesidad de lo que, en griego del Nuevo Testamento, será llamado metanoein. Metanoia para entrar en la lógica, gracias a Dios, ilógica de su amor. No es extraño que Oseas concluya su libro con una cuestión abierta (14,10): ¿Quién es tan sabio como para entender esto? ¿Quién tan inteligente como para comprenderlo? Los caminos del Señor son rectos, por ellos caminan los inocentes y en ellos tropiezan los culpables.

Lo entenderá muy bien, unos siglos más tarde, un tal Jesús de Nazareth, quien, para revelarnos el corazón de Dios, nos ofrecerá, también en parábolas, los ejemplos de los jornaleros contratados a la viña a distintas horas del día cobrando todos lo mismo (Mt 20,1-16) o el personaje sin igual, ese hijo pródigo que, ante el amor incondicional y sin reproches de su padre, deseará, como intuye algún autor, pasar de ser hijo a ser padre (Lc 15,11-32). Un Jesús, para el cual, el Reino de Dios no es algo que vendrá después de nuestra conversión, sino que el Reino ya está aquí, ya está entre nosotros. Sólo tenemos que acogerlo y entrar en su dinámica (Mc 1,15).

4. ¿Y nosotras qué?

Y entonces, en esta Cuaresma del año 2014, ¿qué hacemos nosotras?: NADA. ¿Y el ayuno, la oración y la penitencia?: NADA.

Déjate seducir, esta Cuaresma, por el Dios locamente enamorado de ti y que su amor te guíe.

Retiro Adviento 2013

Artífices de Paz

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

1. Simeón y Ana

Iniciamos el Adviento. Adviento significa “venida”. Aguardamos la venida de Jesucristo. La espera es la actitud característica de este tiempo. La espera es activa, hay algo que esperar, por eso, genera una tensión sana. Mientras esperamos, tendemos hacia quien esperamos, hacia quien nos hace palpitar el corazón con más fuerza, hacia quien colma nuestro deseo. Así les pasó a Simeón y Ana (Lc 2,25-38). Ellos convirtieron su vida entera en un Adviento. Esperaban algo decisivo no para ellos solos sino para Israel. Esperaban la paz mesiánica. La espera de la paz guiaba sus búsquedas, sus vidas, su ancianidad y ese interés les hizo posible el reconocimiento de Jesús como Mesías. Seguro que tuvieron que superar más de una vez la tentación de desistir, de dejarlo, ya eran mayores y la paz parecía que cada vez se alejaba más, sin embargo, no se echaron atrás, no se cansaron, no buscaron otros “refugios” justificables, permanecieron en su misión. El testimonio de esta pareja nos cuestiona: ¿Todavía significa algo para nosotras y nosotros “estar alertas”, “aguardar”? ¿Qué esperanza festejamos en nuestras liturgias? ¿Estaremos hablándole al mundo de fidelidad, de permanecer, de aguardar, cuando en realidad ya no esperamos nada más… y abandonamos?

  • ¿Esperamos todavía algo decisivo para la humanidad, de tal manera, que influya en nuestra vida? ¿El qué?

2. La paz: Shalom

 La tradición judía no entiende la paz en contraposición con la guerra, sino en contraste con todo aquello que pueda perturbar el bienestar colectivo del pueblo en todos los ámbitos de la vida. La paz incluye la dicha (Sal 73,3), la provisión de las necesidades (Jc 19,20), la salud corporal (Is 57,18-19), la tranquilidad (Gn 15,15; 26,29), el entendimiento pacífico entre pueblos y hombres (1R 5,26; Jc 4,17), la salvación estable de las situaciones de desgracia (Jer 14,13; 29,11), etc. La paz no es sin más un estado de ánimo, sino una situación social y política jamás alcanzada plenamente, que depende de Yahve. Propiamente, Yahve es la Paz (Jc 6,24). Sólo Él puede otorgarla y, si la retira, sobreviene la aflicción en el pueblo (Jr 16,5). En clave del NT, Jesucristo mismo “Él es nuestra Paz” (Ef 2,14-15), conduce nuestros pasos hacia ella (Lc 1,79) y nos anuncia que el Reino está cerca. Un Reino marcado por unas relaciones de amor gratuito (Lc 2,14), porque toda ausencia de amor es ya guerra.

  • ¿Existe paz en mi entorno más cercano? ¿Soy yo una persona de paz?

3. Urge la paz

 Ojalá y tengamos verdadero interés por la paz porque urge la paz. “Si yo hablo de paz, ellos prefieren guerra” (Sal 120,7). Estas palabras son hoy más reales que nunca. Todos los días los periódicos y las emisoras de radio y de televisión revelan el deseo humano desvergonzado de poder, de luchar y de ser la superpotencia más fuerte. En nuestro mundo no se oyen a menudo auténticas palabras de paz; y cuando se pronuncian, la mayoría de las veces se desconfía de ellas, sencillamente, porque cuando una sociedad deja morir de hambre a millones de personas o los deja morir en medio del mar está en guerra.

La paz ha sido y sigue siendo un don, pero también una tarea, un reto, un desafío. El siglo XXI será el siglo de la paz. “Todo tiene su momento… tiempo de callar y tiempo de hablar… tiempo de guerra y tiempo de paz”, dice el Eclesiastés. Este es el tiempo de hablar a favor de la paz porque sin paz no habrá vida. Estamos llamadas y llamados a que todo cuanto hagamos, digamos, pensemos o soñemos forme parte de nuestro interés por la paz. Ser artífices de paz es una vocación a tiempo completo y, en este momento del mundo, tal vez, la más urgente de todas las tareas. En el Adviento del año 2013, se nos invita a una conversión, de tal forma, que pueda llevarnos a un verdadero cambio y a unas acciones específicas en favor de la paz.

Ya hemos convivido demasiado con los que rechazan la paz. Nos hemos dejado impresionar durante mucho tiempo por “los reyes de la tierra, los nobles, los grandes jefes militares, los ricos y poderosos…” (Ap 6,15) que tratan de decirnos que la situación política es tan compleja que no podemos tener una opinión sobre la posibilidad de la paz y que para alcanzarla se necesita la guerra. Jesús dijo: “Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Estas palabras no pueden permanecer por más tiempo en el trasfondo de nuestra conciencia, irrumpen en nuestra vida con tanta urgencia que sabemos que ha llegado el momento de ser auténticas personas artífices de paz.

  • ¿Por dónde debe ir mi conversión en este Adviento para ser auténtico artífice de paz?

No basta la buena intención hay que poner los medios, para ello nos pueden ayudar tres pilares: Oración, resistencia y fraternidad.

4. Artífices de paz

4.1. La oración

La oración es el principio y el fin de la paz porque la paz es un don divino. En su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: “Os dejo la paz, os doy mi paz. Una paz que el mundo no puede daros” (Jn 14,27). Cuando queremos ser artífices de paz, lo primero que hemos de hacer es dejar nuestras armas y entrar en la casa de quien nos ofrece su paz. Jesús no sólo nos invita a vivir con él en la misma casa, sino que él mismo es la casa (Jn 15,4-5). La oración nos abre la puerta de esta nueva morada.

A veces, más de las que nos gustaría, también nosotros somos parte del mal contra el que protestamos y no somos personas de paz sino de conflicto. La invitación a una vida de oración es la invitación a vivir en medio de este mundo sin poner la confianza en los medios, la fuerza y el poder (Is 31,1-3). Sólo podemos dar testimonio del Príncipe de la Paz cuando tenemos puesta nuestra confianza en Él y sólo en Él. Somos personas descentradas, nuestro centro es Jesucristo, pero si nos miramos demasiado a nosotros mismos, si ponemos en nosotros el centro, corremos el peligro de utilizar la violencia para mantenernos. Jesús es nuestro centro y no son simples palabras, esta es la verdadera fuerza que nos lleva a buscar la paz siendo creativas y generosas. Esto no se improvisa. Es un largo proceso de conversión en el que morimos a nuestra vieja identidad. En este sentido, la oración es un acto de martirio: morimos a nuestro mundo conflictivo y entramos en la luz sanadora de Cristo (Lc 6,27-35).

A su vez, la misma oración es ya un acto de paz, es una protesta contra un mundo de manipulación, competencia, rivalidad, sospecha, actitud defensiva, ira, hostilidad, agresión mutua, destrucción y guerra. Es precisamente en esta presencia “inútil” ante Dios donde podemos escuchar la voz del amor escondida en el centro de nuestro ser y poner paz en nuestro corazón (1 Tim 2,1-6).

4.2. Resistencia

Ser artífice de paz exige que mi oración se haga visible en acciones concretas. Sin tales acciones, la oración no es más que la expresión piadosa de alguien que huye. Ser artífices de paz no es una opción. Es una “obligación sagrada” sea cual sea nuestra situación. Es una forma de vida que compromete continuamente todo nuestro ser, por eso resistimos; debemos oponer decidida resistencia a toda forma de violencia y destrucción, y proclamar que la paz es el don divino ofrecido por Dios (Nm 6,22-26). La no resistencia nos hace cómplices de la violencia. La resistencia significa decir “no” a todas las fuerzas de la muerte, dondequiera que estén, y decir “sí” a toda vida, sea cual fuere la forma en que la encontremos. Trabajar por la paz es trabajar por la vida (Rm 8,6).

No deben separarse la paz del mundo y la paz del corazón. No hay que separar la paz interior de la exterior. El trabajo de la paz es un abanico que se extiende desde los escondidos rincones de nuestro yo hasta las más complejas deliberaciones internacionales. Por tanto, nuestra resistencia a los poderes de la muerte tiene que ser tan profunda y amplia como la paz misma.

La guerra no nace en los campos de batalla, entre soldados con armas, sino en la misma casa, en la intimidad de la familia o de la propia institución. Mucho antes de empezar a guerrear, matar personas o destruir naciones, ya hemos matado a las personas mentalmente. Cuánta violencia fue mental antes de convertirse en violencia física. Se comienza a decir “sí” a la muerte mucho antes de decir “sí” a la violencia física. De ahí que, decir “no” a la muerte exige un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “No juzguéis” (Mt 7,1). Exige decir “no” a toda la violencia del corazón y de la mente. Con mis juicios divido mi mundo en dos partes -los buenos y los malos- y así juego a ser Dios. Pero quien juega a ser Dios termina actuando como el demonio (Rm 2,1-11). En este Adviento decimos “no” a la violencia de los juicios.

El camino de Jesús es un camino sin anatemas ni armas ni violencia ni poder. Para él no hay países que conquistar, ni ideologías que imponer, ni pueblos que dominar. Tan sólo hay niños, mujeres y hombres a los que amar. Y el amor no hace uso de las armas. El amor no se manifiesta en el poder, sino en la falta de poder. Jesús nos desafía en este Adviento a seguir este camino. Es el camino de la resistencia desarmada, no violenta y sin poder. Resistir al odio, la división, el conflicto, la guerra y la muerte es un acto litúrgico; es adorar a Dios. No obstante, la resistencia no violenta no es un camino aceptado con facilidad. Quienes ven en la violencia el camino único y necesario hacia la paz no sólo pensarán que los resistentes no violentos carecen de realismo y son ingenuos sino que además los acusarán de cómplices de la violencia. Jesús afirma con toda claridad que la persona resistente tendrá dificultades: “Os echarán mano y os perseguirán…” (Lc 21,12).

4.3. Fraternidad

Ser artífices de paz no se puede hacer en solitario. Es importante que la paz de Dios, se haga visible en una fraternidad humana. Sólo desde la fraternidad de apoyo, fraternidad autocrítica, tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotras mismas. Esta fraternidad debe ofrecer algo más que un simple contexto protector para la oración y la resistencia; debe ser la primera realización de “los nuevos cielos y la nueva tierra” (2 P 3,13); no es sólo medio para realizar la paz, sino que es el lugar donde la paz que andamos buscando recibe su primera forma.

Y éste es el aporte más propio que podemos hacer. Ser personas que motivemos, que sugiramos, que propongamos a cuantos nos rodean vida y paz. Estar ahí para los demás con ánimo y con afecto. Ser cauces de una espiritualidad sencilla, renovada y real. Y ofrecer la propia espiritualidad con pasión y compasión. No hay cosa que cree más unión que una experiencia espiritual compartida y no hay cosa más revolucionaria que una experiencia espiritual compartida, recordemos a Jesús y sus discípulos, a Francisco de Asís y sus seguidores…

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo reconociendo que somos incapaces de lograr la paz por nosotros solos; reconociendo que es el lugar donde la fuerza se revela en la debilidad, la fe se revela en la duda, la esperanza se revela en momentos de desesperación, el amor se revela en medio de ciertas envidias y desconfianzas, la alegría se revela en medio de la tristeza y la paz se revela en medio de la violencia, los conflictos y las divisiones. Reconociendo las dificultades que nos surgen, poniéndoles nombre, situándolas encima de la mesa y buscando soluciones juntos a la luz de la Palabra. Y utilizamos nuestra palabra como regalo para construir, nunca para destruir, controlando la violencia verbal. Somos artífices de paz reconociendo que el perdón es el gran don divino que Jesús nos ofrece. La paz es una misión de perdón, de reconciliación (Col 1, 15-20); el perdón rompe el círculo del eterno retorno de la violencia (Jn 20,19-23).

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo siendo personas de esperanza. Jesús no ofreció un optimismo basado en las estadísticas, en el análisis político, en el equilibrio de poder, en la disuasión o en la capacidad para destruir, sino una esperanza basada en la promesa del perdón de Dios a todas las personas, en la promesa de su amor incondicional hasta dar la vida. La esperanza se asienta en la experiencia de la fe en el Dios vivo, una fe más fuerte que la violencia, la división, el juicio o la guerra. La fraternidad no es un grupo de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La fraternidad es la expresión de una victoria ya conseguida. San Pablo dice : “la muerte ha sido vencida” (1 Cor 15,54), por eso, somos personas de esperanza y agradecidas. Capaces de reconocer y celebrar la paz de Dios. Una fraternidad eucarística, la eucaristía pertenece al centro mismo de nuestra vida y es el acto en el que se resume toda acción por la paz.

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo cuando abrimos nuestras casas y aceptamos el regalo de las víctimas. La vida no crece y se extiende por la lucha entre fuertes sino por la presencia y palabras de aquellos que no tienen ni lugar, porque no tienen derechos. Sólo aquellos que no tienen más razón ni argumento que su rostro sufriente pueden elevar su mirada hacia los violentos. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema: huérfanos, viudas, extranjeros… y de aquellos que los acogen para vivir en Cristo. Nos regalan la paz sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque la paz solo es posible cuando alborea la justicia (St 3,18). La paz es una ofrenda-oblación de las víctimas y no puede fundarse en el poder de los triunfadores. Una paz que se logra con armas no es paz, sino dictadura de los poderosos. Un orden que se alcanza sometiendo y acallando con violencia a los posibles disidentes es coacción. La paz no se impone ni negocia, sino que brota donde hay hombres y mujeres que acogen y se perdonan gratuitamente.

  • ¿Por dónde tendría que incidir más nuestra familia, grupos, fraternidades… para ser artífices de Paz?

En la noche latieron las señales

Por: Secretariado de espiritualidad. Vita et Pax.

Evangelio según San Juan

Evangelio según San Juan

Del 17 al 24 de octubre 2013, el Instituto Vita et Pax organizó una tanda de Ejercicios espirituales en Huarte. Pamplona. Nos acompañó el franciscano capuchino Fidel Aizpurúa Donazar. El tema elegido fue “En la noche latieron las señales. Los ‘otros sacramentos’ en el Evangelio de Juan”. Participamos 19 personas.

Fidel nos propuso una travesía sacramental a través del Evangelio de Juan. Apuntó a que la tradición de la Iglesia ha fundamentado su práctica sacramental dirigiendo su mirada, entre otros ámbitos, al evangélico. Pero si entendemos los sacramentos de una manera más amplia, más flexible, como signos elocuentes que nos llevan a una mayor profundidad de vida y de fe, puede vislumbrarse en las páginas bíblicas una multitud de “otros sacramentos” que nos hablan elocuentemente de la hermosa realidad de Dios y de la no menos bella realidad humana.

Trabajar la profundidad es uno de los grandes retos de nuestra época y de nuestra fe porque quien sabe de la profundidad, sabe también de Dios. Fidel nos matizó que denominamos a los ejercicios como “espirituales” pero su gran cometido no es la conversión sino mejorar un poco nuestra espiritualidad y una manera de hacerlo es ahondando en la Palabra. Ésta, con el silencio, la reflexión y el sosiego personal pueden ser herramientas buenas que nos lleven al fin deseado.

Nos invitó a que como Ezequiel o el vidente del Apocalipsis, estuviéramos dispuestas a “devorar” el libro, a beber con sed, a dejar que la Palabra de Jesús nos hiciera “arder” el corazón como les ocurrió a aquellos dos de Emaús, él y ella, que iban a la finca (Lc 24,32).

Fidel escogió el título del retiro de un verso de Eloy Sáchez Rosillo: “En la noche latieron las señales”. Eso son los “otros sacramentos” del Evangelio de Juan, un latido en nuestra noche, en nuestro cansancio, en nuestra rutina, en el polvo de nuestros días. El latido de la Palabra que es el latido de Jesús que quiere decirnos que siempre hay posibilidad de activar el seguimiento, que nunca hay que desanimarse y dar la batalla por perdida.

Estos son los sacramentos elegidos:

  1. El sacramento del “vino guardado” que alegra la vida: Jn 2,1-12

  2. El sacramento increíble de los encuentros en el cuerpo amado: Jn 2,13-22

  3. El sacramento del viento inasible: Jn 3,4-8

  4. El sacramento de la camilla dominada: Jn 5,1-9a

  5. El sacramento del barro que abre a la luz: Jn 9,1-7

  6. El sacramento del pastor distinto que se entrega: Jn 10,11-14

  7. El sacramento del grano caído en la tierra: Jn 12,20-26

  8. El sacramento del servicio necesario: Jn 13,1-15

  9. El sacramento del pan untado: Jn 13,21-32

  10. El sacramento de Dios en el fondo de la vida: Jn 14,22-24

  11. El sacramento de la cruz asumida: Jn 19,16b-18

  12. El sacramento de los nombres pronunciados con amor: Jn 20,11-18

Cuaresma: tiempo de opciones

“¿También vosotras queréis iros?” (Jn 6,66-71)

 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

1. El arte de preguntar

En muchas ocasiones, las preguntas son más reveladoras que las respuestas. Una pregunta puede llevar en sí el deseo de conocer y comprender, o contener una provocación. Puede nacer del asombro o de la condena, del anhelo o del miedo. Puede formularse para abrir en los demás el acceso a lo más profundo, o bien para sembrar la duda y la discordia. Las preguntas pueden crear o destruir, iluminar u oscurecer.

Leer los evangelios a través de las preguntas que aparecen en ellos nos pone frente a diferentes actitudes vitales. Basta asomarse para tropezar con preguntas que muestran miedos y recelos: «¿cómo habla éste así?”, «¿por qué come con publicanos y pecadores?». También las hay de admiración: «¿quién es éste, que hasta la tormenta y el mar le obedecen?», de expectación: «¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?», o de deseo de conocerle y estar con Él: «Maestro, ¿dónde vives?». Por su parte, Jesús resulta sorprendente en sus preguntas, y conmueve algo en quien las recibe. Sus preguntas son creadoras, parecen sacar lo mejor de cada ser y tender un puente, un puente hacia la verdad y la luz.

Un síntoma de tristeza y de letargo es que no nos hagamos preguntas. La pregunta, en sí misma, es ya un valor. Si hay respuesta, mejor; si no la hay, la pregunta nos espolea a buscar. Por eso, la pregunta tiene un valor en sí misma. Una persona, un grupo, una sociedad que no pregunta, es una realidad gris, casi muerta. No tendríamos que cansarnos de preguntar y preguntarnos.

PARA LA REFLEXIÓN: Releo mi historia personal a la luz de las preguntas que me he ido haciendo: cuáles me hacía de pequeña, cuáles de joven, cuáles de adulta, cuáles en mi vejez… 

2. La pregunta de Jesús: “¿También vosotros queréis iros?” 

Ésta es una de las preguntas más intensas y tajantes del Evangelio. Estamos ante unas palabras que dejan traslucir el disgusto y el dolor de Jesús. La suya es una pregunta que se plantea con tristeza, con pesar. Jesús está pagando un precio muy alto por la fidelidad a sus decisiones y a su propia misión y empiezan las deserciones, el abandono de algunos. Por eso, les plantea la pregunta a sus discípulos. Les plantea un reto serio de madurez y de coherencia personal. Están viviendo un momento difícil, de crisis. En lugar de rodear la dificultad, Jesús la pone de manifiesto, la coloca encima de la mesa. No se puede diferir eternamente las cuestiones serias del seguimiento y de la vida. Es el momento de tomar una decisión.

Jesús pretende suscitar una libertad difícil: la del que acepta quedarse aún cuando no se está en la mejor situación. Y las palabras de Jesús se convierten en un desafío para la libertad personal de los discípulos que tienen que poder decir qué es lo que quieren, qué pretenden hacer, qué decisión van a tomar. Hay que soltar todos los nudos que todavía existen. Los discípulos “entran en crisis”, a menudo, es buena señal cuando se quieren hacer las cosas en serio. Porque toda crisis es un reto para la libertad, abre un camino, obliga a dar un paso hacia adelante.

PARA LA REFLEXIÓN: Tomo un tiempo largo para escuchar la pregunta de Jesús que me hace directamente: “¿También tú quieres irte?”.

Ese “también” significa que hay personas que ya se han ido. Recuerdo personas que conozco que se alejaron de Jesús y su Reino y rezo por ellas.

3. Diferentes abandonos

El abandono más claro es el de la persona que se va, lo deja, deserta, se retira, desaparece, se muda, desaloja, traiciona, huye… Pero hay otras maneras de irse más sutiles, menos evidentes y, por eso, con más infidelidad.

Algunas de ellas:

  • Dejar de soñar, olvidar la utopía
  • La desesperanza, el desconsuelo, el pesimismo
  • Instalarse en el pasado
  • Cerrarse en sí misma
  • La mediocridad, la sequedad
  • No saber dónde está tu hermana o hermano
  • No arriesgar la vida por las víctimas

PARA LA REFLEXIÓN: Sigo poniendo nombre a otro tipo de abandonos… Pongo nombre a mi propio abandono o abandonos.

4. La respuesta de Pedro 

Pedro responde con otra pregunta asumiendo la responsabilidad de su papel y habla en nombre de todos: su “iremos” está en plural. Se encarga de dar una respuesta que los demás, tal vez, no son capaces o no tienen la valentía de dar. Asume el papel de líder del grupo en el momento más difícil, cuando los demás están confusos, cuando él mismo se ve en la tentación de callar. Es un hombre que, a pesar de sus contradicciones, ha crecido y es capaz de asumir su propia responsabilidad y tomar opciones.

Y dice “a quién iremos”, no “a dónde” iremos. La vida no precisa de “algo”, sino de “alguien”, necesita un “quién” al que entregarse, en el que establecer la propia morada. Pedro no quiere entregar su vida a nadie que no sea Jesús. Puede encontrar muchos lugares en los que estar, pero su casa es Jesús. Y su casa son también las personas con las que se cruza si las encuentra en Jesús, por eso, hallará en su vida muchos lugares y muchas casas. Y podrá hacerlo porque ha decidido permanecer en Jesús, no abandonarlo, poner en Él su centro. Cuando olvide todo esto, como por ejemplo, en el atrio de la casa del Sumo Sacerdote, la noche de la pasión, el fuego de aquel patio no será el de un hogar para él, sino que se convertirá en el lugar en el que se pierde a sí mismo, porque ha huido lejos del Señor y ha asegurado que no lo conoce.

Después Pedro dice: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Resulta interesante la razón que expresa para permanecer con Jesús. No dice: “Tú arreglas todas las cosas, nos das pan gratis, haces milagros…”. Al justificar su decisión, se aferra a algo tan extremadamente frágil como son las palabras. Por esas palabras Pedro está dispuesto a jugarse la vida, a poner toda la carne en el asador. Estas palabras determinan sus opciones, sus acciones, sus sentimientos. Sabe que no puede prescindir de ellas. Y nos enseña una nueva relación con la Palabra. La Palabra no sólo es edificante, no sólo nos alimenta, no sólo nos enseña, sino que es el criterio que determina nuestras decisiones, la brújula que orienta ese “a quién iremos” que necesita nuestra vida.

PARA LA REFLEXIÓN: Recuerdo momentos de mi vida en los que he negado a Jesús, en los que me he puesto yo en el centro. Pido perdón de corazón y siento su perdón… como Pedro.

5. ¿A quién iremos? Nuestras moradas 

A cada abandono expresado en el apartado anterior proponemos una morada:

  • El sueño de Dios

Nuestro Dios ha soñado un futuro mejor para toda la creación y nadie como Él está tan empeñado en que ese futuro se haga realidad. En esta cuaresma se nos invita a esta morada, a hacer nuestro, nuevamente, el sueño de Dios e invertir en la vida. Invertir creatividad, esfuerzo, ilusión, como lo hizo Dios mismo. Sólo la persona que sueñe será capaz de hacer realidad el sueño de las bienaventuranzas. La que no sueña no vive. Son necesarios grandes y pequeños sueños, mejor si se comparten porque todo lo compartido sale potenciado.

  • La utopía de Jesús: El Reinado de Dios para los pobres y pecadores

Nuestra morada es la utopía de Jesús que fue un perdedor momentáneo, descalificado como “utópico” por quienes mandaban entonces. Su defensa del Reino de Dios le hizo aparecer como blasfemo y subversivo. Su muerte en la cruz fue el precio que pagó por ser fiel a la utopía del Reino, en medio de una sociedad apática e indiferente ante el sufrimiento de las gentes. No soñó despierto sino que, despierto, es decir, sabiendo la que se le venía encima, dijo que había que soñar/esperar el Reino de Dios porque sin utopía y sentido de aventura, llega un momento en que el Espíritu se esfuma.

  • La esperanza crucificada

La esperanza de los discípulos brota de la resurrección de Jesús, con ella estalló la alborada del Reino. El Espíritu del Crucificado se ha derramado sobre la esperanza y ya no podrá ser desalojada jamás, aunque pueda ser momentáneamente derrotada. Esta esperanza no nos garantiza el triunfo en ninguna de las tareas que emprendamos, por muy justas y solidarias que sean. El fracaso de tantas causas justas nos recuerdan que la esperanza cristiana lleva consigo, desde su raíz, las señales de sus derrotas. Nuestra morada es una esperanza crucificada. El impulso del Espíritu ha sufrido un sinfín de quebrantos. Estos fracasos no son una llamada al abandono. Se trataría de ver que, más allá de los golpes que da la vida, hay posibilidad de vivir, en vigor adulto, la opción que un día tomamos con ilusión porque donde hay amor no hay fracaso.

  • La Palabra

El Dios bíblico se revela como el amor que está cerca, que tiene un sueño para la humanidad, que comparte y anda nuestros caminos, que hace de nuestro éxito el suyo, que recoge nuestras lágrimas mezclándolas a su llanto eterno, que se desvive por lo nuestro, que anhela el calor de nuestros abrazos… Este afán de Dios toma rostro, además de en Jesús, en la Palabra. Ella es signo evidente de su presencia en la historia humana. Y es así como debemos llegar a ella, captando la presencia arropadora del Padre. Sentir que la Palabra se hace camino en nuestra propia senda es intuir el corazón que late más allá de sus letras y párrafos. Nuestra morada es la Palabra de Dios que nos acoge y envuelve para conjurar el peligro de la mediocridad y de los “interiores secos”. La vida está preñada por la Palabra, de ella nos nace la certeza de sabernos sujetos de un gran don. El don de ser amadas con la fuerza del Amor, más fuerte que la muerte. Para nuestra vida la Palabra es instancia real de iluminación, no solamente herramienta religiosa. Palabra que se vuelve pregunta y pide respuesta. Palabra para el discernimiento, para el amparo, para el análisis grupal, familiar y personal. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos que manejamos.

  • Las víctimas

Una de nuestras moradas de “lujo” son las víctimas que, a su vez, tienen morada en los márgenes. Los márgenes son lugares donde bulle la vida, para algunas personas la mala vida: drogadictos, presos, prostitutas, personas con sida o con otras enfermedades, parados, ancianos en soledad, indigentes que viven en la calle, inmigrantes, deshauciados, los deshechos de la crisis …; los pueblos explotados, machacados, olvidados… Nos acercamos a esta morada con  compasión, con dolor en las entrañas. La compasión es también el ejercicio de la “obediencia debida”, sabiendo que la obediencia está desacreditada en nombre de la libertad. Pues bien, la compasión es obediencia porque hay una autoridad que puede exigirla, es “la autoridad de las víctimas”. Es más, las víctimas revelan la ternura y debilidad de Dios. De esta manera se constituyen en misterio y sacramento de Dios, son una privilegiada zarza ardiente. Dios se ha valido de ellas para darse a nosotras. Aunque sus nombres sean desconocidos  son los nombres que Dios ha escogido para que le reconozcamos. Son los nombres y los rostros de Dios que nos salvan.

  • El futuro

Nuestra morada es el futuro de una vida con Dios dentro. Aún nos late en el pecho el corazón, hay vida dentro. Mientras haya ganas reales de vivir habríamos de anhelar el futuro. Instalarse en el pasado es, en el fondo, no querer vivir. Para creer en el futuro es preciso amar esta realidad a pesar de su “vejez”. Más allá de los avatares de los días podemos tener la confianza de que el Padre nos acompaña, de que nunca nos deja solas. La invitación en esta cuaresma es a participar en lo nuevo, siquiera un poco. Ahí está la clave. Esta sería una buena “conversión”, animarse a lo nuevo teniendo fe en un futuro mejor. Lo importante es no dejarse arrastrar por la rutina vital que no lleva a ningún horizonte. La muerte de Jesús fue una lucha por un “por venir”, por el nuestro. Algo de esto vamos a celebrar en el misterio de su Resurrección.

  • La pasión

La deserción de algunos discípulos la provocó la forma de hablar de Jesús. Habla el lenguaje de la pasión, el lenguaje de la entrega absoluta hasta la muerte, porque la entrega al Reino de Dios es la única pasión que centra toda su persona y todas sus opciones. El discipulado es pasión por Dios y pasión por su Reino. Donde no hay pasión hay adicción. Los vacíos de un corazón que no ama apasionadamente se llenan de adicciones. Adicciones seductoras, con una lista inagotable de disfraces, que crea nuestra sociedad y en las que vamos cayendo. Podemos quedar “enganchadas” en el consumismo, en la queja, la disculpa, la indiferencia…, no se trata simplemente de consumir productos, también de consumir posturas donde lo más importante es el “yo”. Sólo la persona que ama con pasión puede saborear lo que hay ya de vida eterna en la vida cotidiana. Cuando la pasión es fiel, mantenida, constante, es de buena calidad. La pasión de un momento tiene un interrogante encima. Y cuando la pasión se traduce en entrega y generosidad hemos llegado, estamos en casa,  estamos en nuestra auténtica morada, estamos en Jesucristo, “en Cristo Jesús”.

PARA LA REFLEXIÓN: Elijo una morada para encaminarme hacia ella en esta Cuaresma.

Retiro de Adviento 2012

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Compasión y rebeldía

1. Abrir la puerta

No es fácil escribir sobre el Adviento en estos tiempos que corren, en los que pareciera que “las personas de buena voluntad” están dominadas por la impotencia y la resignación ¡Hay tantas cosas en nosotras mismas que quisiéramos superar y que se nos resisten! Después de tantos intentos fallidos, cómo abrir las puertas de nuestro interior para poder salir afuera y afrontar, con esperanza, el futuro.

Y si pasamos de lo personal a lo colectivo, la impotencia se hace más palpable, cómo hablar del Adviento en este mundo tan frío y deshabitado en el que vivimos. La crisis económica con sus millones de parados a cuestas, los dramas personales y familiares de hipotecas y desahucios, las tragedias de millones de seres humanos que mueren de hambre, el drama del sida en las jóvenes generaciones, las guerras preventivas para proteger intereses económicos, las miles formas de exclusión y marginación crecientes… ¿podemos hablar de esperanza en esta situación? ¿tiene algún sentido ni siquiera pensarlo?

La puerta se abre desde fuera

Y recordé que hace poco leí la carta que Dietrich Bonhoeffer escribe a su amigo desde la prisión en 1943: Por cierto, una celda de prisión como ésta es una buena comparación para la situación de Adviento; uno aguarda, espera, hace esto o aquello -al fin y al cabo cosas accesorias-; la puerta está cerrada, y sólo puede abrirse desde fuera.

La imagen de la “puerta cerrada” que sólo puede abrirse desde fuera ilumina el momento personal y social. Es una llamada a reconocer con humildad nuestros límites y que, verdaderamente, necesitamos que alguien, Dios en persona, nos abra la puerta.

El Adviento significa, precisamente, eso, que la puerta se nos tiene que abrir desde fuera porque ya no sabemos o no podemos o no queremos abrir desde dentro; que todo nuestro esfuerzo es un camino hacia el futuro, pero necesitamos que el futuro venga a nosotras; que la Compasión salga al encuentro de nuestra compasión. No en vano rezamos cada día: “¡Venga a nosotras tu Reino!”.

El Adviento nos ayuda a tomar conciencia de la situación personal y mundial, especialmente, la mayoría del mundo que malvive de forma precaria; pero también nos invita a descubrir el estado de gravidez de ese mundo y de la historia. Y nos aprestamos a abrirle paso a esa pequeña criatura que se nos anuncia y que crece ya en el vientre de nuestra estéril historia (Is 11,1-10). 

Avivar el deseo

Para dejar abrir la puerta desde fuera es conveniente avivar el deseo. El deseo es movilidad y dinamismo pero la impotencia ante el mal y, sobre todo, ante el sufrimiento de los pequeños hace que nos quedemos paradas, quietas, gustando la incomodidad de nuestra propia vergüenza. Nos sentimos inútiles, incapaces de hacer nada y el lamento como única herramienta de transformación.

Por eso, es necesario entrar en nuestras propias entrañas y avivar el deseo adormilado (Rm 13,11-14). El Adviento es el tiempo del deseo. Quien reprime el deseo se hace adicto. La adicción es un deseo reprimido. El Adviento es el tiempo oportuno para transformar de nuevo nuestras adicciones en deseos. Las adicciones, las dependencias internas y externas, nos impiden dejar abrir nuestra puerta. El deseo nos pone en camino hacia Jesús y seguirle es desear como Él, aprender a dejarse cambiar el corazón desde su amistad y cercanía, aceptar la invitación a estar con Él…

Pongo nombre a mis dependencias. En este Adviento intento superar una, y avivar, así, el deseo de Dios que me desea. 

2. Esperar esperando

Para dejar abrir la puerta necesitamos el deseo y junto a él: esperar. No cualquier espera. La espera o es ardiente o no es espera porque siempre que nos ponemos en actitud de esperar viene el cansancio, las dudas o incluso el desespero. El Adviento nos invita a esperar con pasión y a consentir en esa espera pero no es fácil.

Enemigos de la espera

En primer lugar, la urgencia del deseo. Tan ansioso, tan rápido en su movilidad, tan disperso a veces, tan lleno de empuje, tan falto de paciencia… El deseo no soporta aplazar la gratificación, no se resigna con facilidad a no seguir deseando. La urgencia del deseo es un enemigo de la espera porque no consiente en mantenerse alerta, sin saltar ya sobre la presa, sin abalanzarse sobre lo que desea. Y entonces, el deseo, desorientado por la falta de meta inmediata, se acurruca de nuevo en su rincón y se desinfla.

En segundo lugar, la dulce nostalgia. Dulce porque nos traslada a la región del ayer feliz, de lo conocido y gustado en otro tiempo, el tiempo del amor, de la felicidad, del ensueño… Pero traidora, porque nos desarraiga del presente real, el que tenemos, del que disponemos para fraguar la espera. La nostalgia nos hace volver hacia atrás la cabeza y nos enfría el corazón, porque lo que anhelamos ya no está, el dulce recuerdo de la memoria nos está incapacitando para permanecer alerta, con las lámparas encendidas y el aceite del sentido en el corazón.

En tercer lugar, la impaciencia por lo que esperamos. Los apremios de la voluntad, a veces, no nos indican de verdad el camino, sino el falso atajo; la solución rápida que a nadie convence; la excusa improvisada de la falta de tiempo para no atender al que lo solicita. La impaciencia es un modo de estar acorde con la cultura de las prisas, de la alternativa simple a la cuestión que nos molesta, de la superficialidad ante las ocupaciones que nos cansan.

Frente a todos estos caminos falsos debemos reaccionar con fuerza. La paciencia parece una virtud pasiva, pero no lo es. Nos exige una vigilancia grande, unas dosis enormes de audacia para tener calma, para no adelantar los acontecimientos, para dejar al tiempo que haga su trabajo, lento pero firme, en las opciones de nuestra vida (Rm 15,4-9). 

Aprender a esperar

Para que puedan abrir nuestra puerta desde fuera necesitamos consentir en la espera, aprender a esperar esperando. Hacer la práctica cotidiana de tener que renunciar a lo que aún no está maduro del todo, acallar la urgencia del tirar de la brizna de hierba para que crezca más deprisa.

Consentir en la espera significa saber acompañar a ese joven que, aún demasiado torpe, no acierta a vivir como adulto; o acompañar a esa anciana, demasiado impaciente porque siente que la vida se le va de las manos… Y esperar lo mejor, no importa la edad, en lo que aún no es sino brote tierno, bosquejo sin perfilar, obra en construcción.

Consentir en la espera también es aprender de quien no quiere, o no puede, reconstruirse. Del que hace de sus tropiezos el pan de cada día, del que se juega la vida con las pastillas o el alcohol. Del ama de casa que no sabe cómo llegar a fin de mes. Se hace difícil esperar la aurora cuando la noche se va haciendo tan larga, tendida en la cama de un hospital o en el jergón de la cárcel. Y la espera también exige su consentimiento en las personas que queremos otra Iglesia más profética pero que no llega, en el parado de larga duración para quien la rutina estéril del día a día le anuncia el retiro demasiado anticipado.

Debemos aprender a resistir en la espera, a consentir en ella que, como una buena amiga, nos acompaña a lo largo de los días y nos dice al oído palabras de compasión. Consentir en la espera es aprender a esperar (Flp 1,4-6.8-11).

Cómo voy a consentir en la espera en este Adviento.

3. La rebelde compasión

Ante tanto sufrimiento e impotencia nos brota espontáneamente la rabia y la compasión. De un modo u otro “se nos estremecen las entrañas”. Pero cómo combinar eficazmente la compasión y la rebeldía.

Escuchar las voces del exterior

La forma más segura es escuchando las voces que nos llegan del exterior. Cuando escuchamos la voz desde fuera, ésta nos alerta y nos despierta de la somnolencia en la que nos encontramos, al abrigo de los muros de la casa. Pero esa llamada que así nos pone en guardia también despierta los miedos que, agazapados, parecían haber desaparecido. Son miedos a muchas cosas. Miedo a lo desconocido,  a complicarnos la vida, al fracaso y, sobre todo, a ser dañadas, a resultar peor el remedio que la enfermedad.

Para luchar contra los miedos es bueno seguir escuchando. Sí, la puerta del corazón se abre desde fuera. Necesitamos sentir que quien nos llama es el mismo que cree en nosotras y nos presta su confianza y su cariño. Sólo creemos en quien nos ha robado el corazón. Por eso, para abrirle la puerta, necesitamos antes creer en Él, escuchar su voz y sentir su presencia.

“Todo el cristianismo no es más que una Presencia” decía Maurice Zundel. Una presencia que presentimos y que nos llama desde fuera y nos pide que le abramos para entrar. En este tiempo nuestro del año 2012, Dios mismo nos abre el corazón para entrar en nuestra casa. Él es la llave que abre y nadie puede cerrar, la mano que nos cura, el amor siempre despierto que disipa los temores y nos hace nacer la aurora de la Esperanza (Tit 2,11-12).

Porque en la escucha del Otro, de los otros, está la fuerza que nos libera de la parálisis y nos pone en guardia frente al temor que no nos deja actuar. Necesitamos una voz desde fuera que nos llame, que nos invite a alejarnos de nuestros miedos y que nos espoleee para volar. Sabemos que, al escuchar la voz del que nos llama, nos vemos forzadas a la vez a llamarle a Él, a responder a su invitación. Él está a la puerta llamando con insistencia y queriendo despertar nuestro dormido corazón. Sabemos que es Él, porque conocemos su voz, porque intuimos su cercanía, porque presentimos y anhelamos su presencia y su figura. Y porque le escuchamos decir “podéis ser compasivas como Dios es compasivo”, estas palabras no son un imperativo moral son, sobre todo, una revelación. Una revelación que nos impulsa con urgencia a ejercitarnos en la rebelde compasión: “Sed compasivas como vuestro Padre” (Lc 6,36).

La compasión: fruto maduro

Compasión que se nos regala cuando levantamos la mirada de nuestros propios egoísmos y nos aprestamos para la rebeldía. Sólo si concebimos esta historia nuestra, tan dramática, pero tan de Dios, como lugar de la compasión de Dios podremos tener compasión. Compasión y rebeldía porque el mundo de la injusticia y la pobreza claman a nuestro corazón humano y creyente.  ¿Sabremos reavivar la esperanza en tantas hermanas y hermanos con el corazón herido?  ¿Tenemos una palabra de aliento y de consuelo para la gente?

Ser compasivas tiene sus propias trampas y, lejos de reducirnos a una tranquila satisfacción de “lo buenas que somos”, nos exige una verdadera puesta en práctica de la ciudadanía. Al hablar de compasión no hablamos de altruismo, ni mucho menos de heroicidad, hablamos de responsabilidad en la práctica de la justicia (Lc 3,10-18).

La autenticidad de nuestra espera se acredita cuando descubrimos que las voces que nos llegan nos exigen una escucha creciente para percibir su situación y asumir, con sencillez, sus necesidades. Ser compasiva es atreverse a cruzar las fronteras detrás de las que, creyendo protegernos, lo que hacemos es aislarnos de los demás y privarnos del regalo que sus vidas nos podrían ofrecer. La verdad de nuestra espera se fragua al hacernos testigos de tantas historias de sufrimiento, casi olvidadas, a las que no prestamos la atención que requieren.

La compasión como sentimiento de pena no es el primer impulso que nos alienta, sino el poder participar en el milagro de alcanzar una mirada nueva para crear futuro. Si nos instalamos en el presente, más o menos acomodadas, y dejamos entrar en nuestro corazón la idea de que estamos en el mejor de los mundo posibles, les estamos robando a los “sin nada” el único capital del que disponen: su futuro.

Abrirnos a la compasión rebelde es el fruto acabado, no de una mala conciencia, sino de una experiencia de bendición. La experiencia de sabernos aceptadas sin méritos, gratuitamente, porque sí, porque se nos quiere, porque chorrea sobre nosotras, a raudales, “el amor primero”, porque nos han robado el corazón, nos lo hemos dejado robar y lo tenemos abierto de par en par (Lc 1,26-38).

Qué voces exteriores tendría que oír más en este Adviento para que mis entrañas se estremezcan. Por dónde tengo que seguir profundizando en mi compromiso con la justicia. 

                

                    Oración del Adviento 

Aquí estoy, Señor… a las puertas de un Adviento más,
entre estremecida, asustada, aturdida y expectante…
Percibiendo cómo avivas en mi pobre corazón las cenizas del deseo,
cómo despiertas con un toque de nostalgia la memoria,
que se despereza y abre sus ojos al pasado, deslumbrada por el agradecimiento…
 

Aquí estoy, Señor… a las puertas de otro Adviento,
desempolvando mi esperanza,
consintiendo en este esperar, siempre el mismo, siempre nuevo.
Consistiendo en que mis entrañas se estremezcan
a la escucha de los susurros de la vida.
En este esperar que traduce la secreta y profunda intuición
de que me has robado el corazón, me lo he dejado robar
y lo tengo, con temor y temblor, abierto de par en par para ti.
 

Aquí estoy, Señor… a las puertas de este Adviento.
Una vez más enfrentada a la paradoja de esperar lo inesperable…
de tener que ejercer esta esperanza para existir…
de hacerme consciente de que ser es esperar…
esperar desde la rebelde compasión
que fragua un futuro más justo para los que no tienen nada.

                                                       (Cf. Xavier Quinzá Lleó, SJ) 

Celebro y agradezco la puerta de mi corazón y del mundo abierta por Dios, aunque sólo sea una rendija pequeña.

Ejercicios Espirituales

Por: Secretariado Espiritualidad. Vita et Pax.

Del 19 al 26 de octubre, el Instituto Vita et Pax organiza la última tanda de Ejercicios de este año 2012, se inician el día 19, viernes, a la noche y se concluyen el día 26, viernes, en la mañana. Se celebrarán en la casa de Espiritualidad “Marianistas”. Huarte (Navarra) y el Director será Juanjo Martínez Domingo SJ.

La experiencia de Ejercicios pretende renovar nuestra profundidad y estado de alerta para seguir percibiendo la venida de Dios a cada una y a la humanidad. Preparemos, pues, el corazón. Para la Biblia el corazón designa la interioridad humana, su intimidad, su lugar oculto, su profundidad y su libertad. No es sólo la sede de los sentimientos, sino de toda la persona consciente, inteligente y libre: “En el corazón inteligente mora la sabiduría” (Prov 14,33). Existe una relación estrecha entre el corazón y la escucha de la Palabra: “Hijo de hombre”, escucha Ezequiel, “acoge en tu interior y escucha en tu corazón todas las palabras que yo te diga” (Ez 3,10) y Oseas indica el lugar de comunicación preferente de Dios: “Mira, la voy a llevar al desierto y le hablaré al corazón(Os 2,16).

Por eso Salomón pide a Dios: “Concede a tu siervo un corazón que escuche” (1Re 3,9) y los sabios aconsejan: “Hijo mío, por encima de todo, cuida tu corazón porque de él brotan las fuentes de la vida” (Prov 4,23). Para el auténtico israelita la Palabra mora en su interior: “Grabad en vuestro corazón y vuestra alma estas palabras” (Dt 11,18); “la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón para que la cumplas” (Dt 30,14).

Pero esa Palabra no es siempre fácil de comprender y los acontecimientos que vive Israel se presentan con frecuencia envueltos en misterio e incomprensión; de ahí la necesidad de un esfuerzo por penetrar en el contenido de la Palabra para tratar de asimilarla. Daniel confiesa: “Quedé turbado con estos pensamientos y se me cambió el semblante. Pero todo lo guardé en el corazón (Dn 7,28). Y el sabio aconseja: “Hijo mío, no olvides mi enseñanza, guarda mis preceptos en tu corazón (Prov 3,1).

Es en esa tradición donde se inserta María y Lucas la presenta heredando ese estilo de sabiduría al acoger los aspectos oscuros y no inmediatamente comprensibles de su Hijo. María no es sólo su madre, sino su primera y mejor discípula, en estrecha relación con el futuro de Jesús y unida a su destino.

Lucas insiste varias veces en que ella “no comprendió” (2,50), “se quedó desconcertada” (2,48) y, precisamente por eso, su actitud es la de meditar en su corazón el sentido de los acontecimientos (2,51). El evangelista utiliza el participio symballousa que expresa la acción de “reunir lo disperso”. Insinúa una actividad de dentro a fuera y de fuera a dentro, una confrontación entre interioridad y acontecimiento, de tejer juntas la Palabra y la vida.

Por eso María necesitó “guardar y meditar” ese misterio en su corazón, enseñándonos a realizar el mismo trabajo de profundización de la fe y a vivir en alerta permanente como gente “desafiada por la novedad”: lo más probable es que Dios se nos presente de incógnito y nunca sabremos de antemano cómo aparecerá en nuestras vidas. María nos mostró que Dios aparece en lugares, tiempos y personas inesperadas, por eso tenemos que ser mujeres abiertas a la novedad. Ojalá que este tiempo de Ejercicios sea propicio para ello.

Retiro Cuaresma 2012

Por: Maricarmen Martín – Vita et Pax, Ciudad Real

Descargar (Retiro-Cuaresma-2012.pdf, PDF, Desconocido)

Retiro de Adviento 2011 – Oyentes de la Palabra

Por: Maricarmen  Martín

La espera es la actitud a la que el tiempo de Adviento nos invita continuamente. Ésta nos genera una tensión sana. Quien espera no mata el tiempo de puro aburrimiento, aspira a una meta. Tenemos algo-Alguien que aguardar. Aguardar ensancha el corazón porque cuando aguardo, advierto que no me basto a mí misma. Mientras esperamos el corazón se extiende hacia lo que espera. Nos damos cuenta de ello cuando esperamos a un amigo o amiga, a cada minuto miramos el reloj para saber si es ya o no la hora de que venga.

En Adviento no esperamos sólo nosotras; también Dios nos espera. Este tiempo pretende invitarnos a ensanchar el corazón en la espera y a animarnos por nuestra condición de esperadas. Con este ánimo nos proponemos ser “personas oyentes de la Palabra” y, al igual que María, quedar fecundadas por la Palabra y dar al mundo al Salvador.

Y esperamos hoy, en un contexto social, político y religioso concreto. Basta leer el periódico, escuchar la radio, bucear en Internet, ver la televisión, prestar atención a los vecinos, amigos o familiares… para tomar conciencia de ello. La situación no la deberíamos echar en saco roto, a pesar de que nos desazone. Su olvido convierte en cínica nuestra espera. Tenerla presente nos desplaza del terreno de nuestros discursos al de nuestras prácticas y nos hace merecedoras de la bienaventuranza de Jesús (Lc 11,27-28).

De las personas que no tienen trabajo, de los pueblos que se mueren de hambre, de los ancianos o enfermos en soledad, de los emigrantes que llegan a nuestras costas, de las gentes pisoteadas y excluidas, de los que trabajan por conseguir la paz… se podrían decir aquellas mismas palabras de la Escritura con las que el Evangelio se refirió a Jesús “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (Mt 21,42). Cómo haremos para que el Adviento sea una Buena Noticia también para ellos y ellas.

De todo el contexto social, político y religioso en el que vivimos, qué personas o grupos  voy a tener presentes, de manera especial, para que este Adviento pueda ser una Buena Noticia también para ellos y ellas.

1. LA ESPIRITUALIDAD DE LA PALABRA

Podría dar la impresión de que los nuestros no son tiempos propicios para la espiritualidad; pero sería una impresión engañosa. En medio del ruido de las ciudades, de lo cambiante de una sociedad que considera pasado de moda lo vivido ayer, de la crisis económica y de valores que nos envuelve… resulta que las búsquedas espirituales brotan, aquí y allá, con una sorprendente abundancia y una gran variedad.

No, los nuestros no son malos tiempos para la espiritualidad. La espiritualidad no tiene límites fijos porque desde antiguo se sabe que el soplo del Espíritu es libre como el viento. También la Palabra posee su propia espiritualidad.La Biblia es el segundo libro de Dios que, junto con el libro de la Vida, nos permite discernir dónde está Dios, cómo es y cuál es su Palabra para nosotras. Debemos escuchar la Palabra de Dios con un oído en la Biblia y otro en la realidad donde vivimos.

La espiritualidad bíblica se encuentra más allá de la simple letra escrita. Depende de ella, pero está en otro horizonte. Por eso, es preciso habituarse a releer los textos en sus raíces, en sus trasfondos, en su capacidad de sugerencia, en ese terreno de la libertad donde nos lleva el Espíritu… Las palabras de la Palabra resuenan en el fondo. Hay que apuntar ahí. Si las situamos en la superficie, las palabras se vacían de contenido, son meros fonemas. Mirar al fondo es contemplar, asomarse a ese abismo de sombras y de luz es encontrarse con la propia verdad. En el fondo de todo texto bíblico, por extraño o por inquietante que pueda parecer, hay un nódulo de buena nueva- de Evangelio- esperando a ser desenterrado. Tarea grande pero posible. Al menos, podemos intentarlo en este tiempo de Adviento.

Es verdad, este tiempo de Adviento es privilegiado para adentrarnos en la Palabra. Y María es un buen ejemplo para ello. A María se la refleja habitualmente sola, leyendo sosegadamente, cuando el ángel Gabriel irrumpe en su vida. No nos podemos imaginar la Anunciación ocurriendo durante el transcurso de un gran botellón. Se requiere silencio. Volver a aprender a estar en silencio. El silencio puede ser inquietante. Una nunca sabe lo que puede oír. La Palabra emerge del silencio. Es importante acallar la cháchara interior dentro de nuestra vida cotidiana.

Contemplo a María, la mujer “oyente de la Palabra”, su gran libertad para la escucha  y cómo esa Palabra le cambió la vida

Después del silencio, abstenernos de proceder a un interrogatorio inmediato, como si pudiéramos, por la fuerza y demasiado rápido, apropiarnos de su mensaje. Existe una escucha pasiva que nos abre a la posibilidad de quedar fecundadas y fecundados por la Palabra como María. De modo que tenemos que permanecer sin más junto al texto, descansar en su presencia, no tratar de comprenderlo con demasiado empeño. Recibimos la Palabra con una hospitalidad tranquila, como un huésped al que hacemos los honores.

Por último, la Palabra siempre espera respuesta. En el Antiguo Testamento, la respuesta habitual suele ser una palabra hebrea, Hineni, “Heme aquí”. Al decir Hineni, el interlocutor acepta la responsabilidad respecto de sí mismo y de la labor que Dios le encomienda. Es arriesgado responderle a Dios “Heme aquí”. No sabemos adónde puede llevarnos la conversación con Dios. María finalmente responde: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Este es su Hineni.

Nuestro reto es oír la Palabra de Dios y continuar diciendo “¡Heme aquí!”. Seguimos descubriendo quiénes somos en la relación con Dios. Este descubrimiento no se detiene. María está inmersa en la tranquila historia de su vida, esperando su matrimonio con José y las dichas de la vida hogareña cuando, de repente, se ve envuelta en una historia mucho más amplia, que se remonta al rey David y se prolonga en dirección al Reino. Si respondemos diciendo: “Heme aquí” ala Palabra, en este Adviento del año 2011, también la historia de nuestras vidas seguirá siendo transformada.

Cómo es mi manera de acercarme a la Palabra. Qué transformaciones percibo que la Palabra ha ido haciendo en mí

Y respondemos Hineni, desde nuestra cotidianidad. La realidad cotidiana es nuestra zarza ardiente, el lugar donde el Espíritu se nos manifiesta y donde nos espera, y nos vamos descalzando cuando aprendemos a estar en ella comprometidas en su humanización, cuando la vivimos en clave de donación y gratuidad. La Palabra ha de ser, entonces, instancia real de iluminación de esta vida cotidiana. Palabra para el discernimiento, para el análisis grupal, familiar y personal. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos o escritos que manejamos. La Palabra ha de ser estilete acerado que pinche en nuestras contradicciones vitales, amparo amable que cure nuestros desgarros, consuelo y gozo que aumente nuestro disfrute.

Cómo ilumina la Palabra las situaciones difíciles por las que atraviesa mi familia o grupos a los que pertenezco

Quien oyere la Palabra y no le naciera desde lo profundo la certidumbre de saberse privilegiada por el ofrecimiento de un gran don, de ser amada en la evidencia de haber sido llamada a la aventura de vivir, de creer que esa aventura está iluminada por el mismo Dios en su Palabra… no habría oído bien. Quien oyere la Palabra y no experimentara que su desamparo vital mengua, que las nieblas de sus indecisiones se diluyen, que el ánimo surge modesto pero imparable… no habría oído bien.

Para vibrar de esta manera ante el texto bíblico se precisa tener sed y hambre. La desgana hace que el alimento de la Palabra sea soso, que ya seamos personas “satisfechas” y que el agua de sus manantiales resulte rutinario. Pero si se tiene sed, si “arde el corazón” como lo hacía en el interior de aquella pareja de Emaús, si escuecen los labios y el alma como le ocurrió a Ezequiel… es entonces cuando hay posibilidad de sumergirse en el mundo de la espiritualidad bíblica.

Abstenerse las personas desencantadas, saciadas, satisfechas, cansadas. La Palabra y su espiritualidad es para personas que tienen activado el amor y el deseo, el anhelo y la búsqueda. Es para personas de ojos abiertos, de mirada incansable, preguntona y profundizadora de la realidad. La Palabra convoca al diálogo, a la pregunta, a la colaboración, al encuentro. Es una Palabra para vivir con espíritu, con alma, con entrega. La Palabra nos remueve por dentro, nos alienta, afianza los lazos comunes para contribuir a la empresa fraterna de vivir en grupo, en familia, el seguimiento de Jesús.

Hago un compromiso concreto de acercarme a la Palabra, asiduamente, en este Adviento

2. Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

La Palabra toma el camino de la humanidad, se hace tierra fértil: posibilitadora de todo lo que existe, discreta acrecentadora de la vida. Crea y se retira para dejarnos ser. El “sí”  de María, su Hineni, abre las puertas a la humanidad compasiva de Dios. En la noche, en el silencio, la Palabra se hizo carne superando toda expectativa, toda razón. “Carne” en el lenguaje bíblico significa el ser humano en su condición débil y mortal. Con esta breve frase recoge Juan el tema del anonadamiento que Pablo desarrolla en el Capítulo 2 de Filipenses.

No vino como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos. In-fans, significa “el que no habla”. La Palabra enmudece. El que tiene todo el poder y el honor se muestra despojado de poderes y de honores. Es increíble que la pequeñez y la vulnerabilidad sean las tarjetas de visita de Dios. La Navidad es el memorial de esta verdad, que una y otra vez se nos olvida. No nos tiende la mano desde arriba, sino que se muestra necesitado desde abajo. Nos ayuda desde la debilidad.

Medito Flp 2,1-11: cuál es mi tarjeta de visita

“Puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14), esta bella imagen está tomada del Antiguo Testamento. En el Éxodo se dice que “tomó Moisés la tienda y la plantó para él a cierta distancia, fuera del campamento y la llamó Tienda del Encuentro” (33,7). Para los israelitas la tienda fue muy importante durante la travesía del desierto hacia la tierra prometida. La sombra de esa carpa daba reposo, sentido y ánimo a la larga marcha. La presencia de la tienda cambiaba lo que esa experiencia tenía de árido y la convirtió en lugar de encuentro con Dios.

Para Juan la carne que asume la Palabra es la tienda del nuevo encuentro. A reunirnos en ella estamos convocadas, ser discípula de Jesús es vivir, creer y esperar bajo esa carpa. Una carpa bien iluminada porque sólo la Palabra es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9). Al igual que el pueblo de Israel estamos invitadas a acudir a esa carpa en nuestra propia travesía por la vida.

En esta carpa somos iniciadas a un nuevo encuentro con Jesús; a percibir el tiempo de un modo diferente, más cordial, a nombrar y acompañar el tiempo que nos toca vivir, a habitar con intensidad la segunda, la tercera o la cuarta etapa de nuestra vida. Cada momento esconde su perla, y es muy hermoso poder llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del hoy de Dios para con nosotras, sentir y poder reconocer el tiempo de su venida. Sus pasos los percibimos mientras llega y cuando ya ha pasado y la historia, y nuestra historia, es el rumor de esos pasos.

Medito Jn 1, 1-18, reposo y tomo aliento junto a esta nueva carpa porque… “de su plenitud hemos recibido todas”

Y nació en Belén, “pequeña entre las aldeas de Judá” (Miq 5,1), rodeado de pastores y animales. Un nacimiento con olor a estiércol porque hasta un establo habían llegado sus padres después de tocar inútilmente muchas puertas en el pueblo. Allí en la marginalidad, la Palabra se hace historia, debilidad y solidaridad; pero también podemos añadir que, por eso mismo, la historia, nuestra historia universal y personal, se hace Palabra.

Desgraciadamente, en nuestras sociedades y en sus estructuras sigue sin haber lugar para aquellos que más lo necesitan. Las personas que vienen buscando la vida en medio de nosotras carecen de lo necesario para sobrevivir; y, sin embargo, ellos son la estrella que nos conduce hasta el Niño, una luz tan potente que es increíble nos cueste tanto seguirla. Dios nos invita a mirar la realidad, a recibirla, desde aquellos que no tienen sitio, para los que no hay lugar en la posada.

Las Marías y Josés de nuestro tiempo no se acercan al establo, pues han estado siempre allí, y quien se acerca al Niño se acerca a ellos, que están sumergidos en su luz. Sea cual sea el tipo de pobreza que marca la vida de las personas, esta carencia les empuja hacia el establo, y quien se acerca a ellos se acerca al Niño aún sin saberlo.

En la presencia de este Niño todo es aceptado, todo encuentra su sitio. Nada se rechaza. Lo sucio y lo que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado, pierde su aspecto desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado por el fulgor de la luz que emerge desde dentro, y hay mucho más espacio del que podríamos llegar a imaginar, y mucha dignidad y mucha belleza.

El Adviento es una invitación honda a hacernos puro sitio, pura capacidad, a estar profundamente abiertas, sin mostrar resistencias, en una creciente receptividad; y que la vida entera sea pesebre, cueva, espacio sin fondo donde acoger el desplegarse de una misma y de los otros y otras. Sólo así podemos responder a la pregunta que nos hacíamos al principio. Cómo haremos para que el Adviento sea una Buena Noticia también para ellos y ellas, cuando nuestra vida entera se haga pesebre.

Qué personas o situaciones, que me cuestan,  me comprometo a dar pasos para acoger en este Adviento

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies