“La Samaritana”

La samaritana

“La Samaritana”

 

Retiro Grupos Vida y Paz. Curso 2021/22
Por: Mari Carmen Martín. Vita et Pax. Rwanda

 

 La Samaritana

samaritanaSu historia aparece en Jn 4,1-42.  La escena es cautivadora. Mediodía en los montes de Samaría. El sol cae a plomo sobre campos y poblados; las gentes buscan el frescor de sus hogares o la sombra de los árboles. Por el camino polvoriento avanza un grupo de trece hombres. Caminan a buen paso, acercándose a la aldea de Sicar, allí donde el patriarca Jacob excavó un pozo para abrevar a gentes y rebaños….

Uno de ellos necesita descansar y se queda sentado junto al pozo, los otros se van de compras. Pronto llega una mujer desconocida y sin nombre. Es samaritana y viene con su cántaro a sacar agua. Con toda espontaneidad y contra toda costumbre, el hombre le dirige la palabra: “Dame de beber”.

Pero ese forastero ¿Cómo pide agua a una mujer? ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con alguien que pertenece a un pueblo impuro como el samaritano?

La escena nos habla de una mujer, la samaritana, y de Jesús que sabe escuchar la sed del corazón humano. Más allá de la pandemia, la invitación para este año es ‘tener sed’, ayudarnos unas a otras a ‘seguir teniendo sed’ como aquel primer día cuando nos encontramos con Jesús, o cuando formamos el grupo Vida y Paz, o cuando la reunión fue una experiencia inolvidable; sed de Dios, sed de encuentro, sed de autenticidad, sed de coherencia, sed de compromiso, sed de fraternidad…

  1. El encuentro

La mujer llega al pozo ajena a lo que allí le espera y que nada, en la rutina de su vida cotidiana, hacía previsible: va por agua con el cántaro vacío para volverse con él lleno a su casa. No hay más expectativas, ni más planes, ni más deseos. Pero lo imprevisible le está esperando junto a aquel galileo sentado en el brocal del pozo que la mira y le dice: “Dame de beber”, que es otro modo de decirle: “necesito de ti”, “dame de tu agua”.

Después, el desconocido, empieza a hablar con ella de forma natural. En un momento de la conversación, la mujer le plantea los conflictos que enfrentan a judíos y samaritanos. Los judíos peregrinan a Jerusalén para adorar a Dios; los samaritanos suben al monte Garizín. ¿Dónde hay que adorar a Dios? Jesús, con amor profundo le enseña que Dios no necesita lugares para ser adorado, necesita nuestro corazón.

Hoy, la samaritana, nos propone que la acompañemos hasta el pozo de Jacob; a media voz, nos cuenta cómo se sintió tratada por aquel galileo:

Habla la samaritana: Me sentí tratada como por un amigo, en ningún momento emitió juicios  morales de desaprobación o de reproche; en lugar de acusarme, prefirió dialogar y proponer, empleó un lenguaje dirigido al corazón. En la conversación, no sé cómo lo hizo, pero me sentí tranquila, reconocida y pude plantearle todas las cuestiones que me venían a mi cabeza y corazón. Le hablé como se habla a un amigo al que se le tiene confianza y así me habló él.

Habla el P. Cornelio: Yo al Señor lo quería querer con toda mi alma… Y comenzó en mí una verdadera revolución: pensé en ser amigo de Jesucristo. ¡Qué sensación de gozo me iba quedando de aquel trato de amigo que le daba al Señor! … Seguí dando los “buenos días”, las “buenas tardes” y, donde antes, a duras penas, llenaba seis, siete minutos, ahora tenía tela para rato.

Hablas tú: Recuerda, de la mano de la Samaritana, los momentos más fuertes de encuentro con Jesús que has tenido en este tiempo de pandemia y agradece.

  1. La Samaritana: una mujer transformada

La mujer samaritana es una buscadora. Las buscadoras preguntan. Por eso ella pasa de la desconfianza a la sorpresa y de ésta al interrogante. Está abierta a aprender, su boca está presta a beber. Su pregunta no es superficial. Va directa a lo más alto: ¿Dónde hay que adorar a Dios? Que es otra manera de decir: ¿Dónde está ese Dios al que todos anhelamos pero que parece estar tan lejano de nuestra vida corriente? ¿Qué hacer para llegar a Él?

La respuesta de Jesús es simple y honda: si quieres adorar a Dios de verdad, no importa tanto el lugar como tu apertura de corazón. Tú eres el templo, tú eres el santuario; Dios quiere habitar en ti, solo necesita una puerta abierta para entrar y ser acogido. Lo demás está de más: templos, montes, ritos, liturgias…

Y la Samaritana lo cree. ¡Qué experiencia transformadora ha vivido en un tiempo tan corto! Un encuentro breve pero profundo. Dentro de ella se ha puesto en pie la conciencia de su dignidad. Ahora se sabe portadora, en su ser profundo de mujer, del rostro de Dios, y es en su vida donde ella lo quiere mostrar al mundo.

Con Jesús no han hablado de pecados ni de perdón, no ha sido necesario, ni lo han pensado. La acogida que Él le ha dado, su respeto, sus palabras, su oferta, todo lo que emana de la persona de Jesús le ha lavado con el agua viva que Él le ha ofrecido y ha derramado sobre ella, haciendo surgir con fuerza un ser nuevo que la empuja a anunciar su encuentro a sus conciudadanos.

Y nos imaginamos la emocionada sorpresa de Jesús al levantar los ojos y ver el pueblo que la sigue. Una sencilla charla junto al brocal del pozo ha hecho que esta mujer se convierta en una pregonera tan entusiasta que arrastra a todo el vecindario.

Habla la samaritana: No tengáis miedo a dejaros transformar por Él, a dejar romper los proyectos que no llevan a ninguna parte y a elegir otros que, tal vez, se convierten en acceso a un proyecto mayor como el  mío, recibir el “agua viva”. No dejéis pasar más tiempo, no esperéis a mañana, dejaos transformar por el Maestro hoy. Toma la decisión hoy no otro día, el encuentro merece la pena.

Habla el P. Cornelio: Día a día iba notando bullir en mi alma y en mi cuerpo la gracia y la hermosura que poco a poco me iba dejando. Comenzaba a realizarse mi transformación honda y profunda. Mi Señor Jesucristo iba a hacer de mí un testimonio viviente de su acción transformadora.

Hablas tú: También a ti Jesús te ha ido transformando, ¿puedes concretar cómo?

  1. El envío

La experiencia que ha tenido esta mujer con Jesús no se la puede guardar para ella sola. El último paso es correr a anunciar la noticia. La mujer corre al pueblo y se convierte en misionera. Será la primera evangelizadora en el evangelio de Juan.

Su identidad transformada la convierte en una evangelizadora que consigue, a través de su testimonio, que muchos se acerquen a Jesús y crean en Él. La que hablaba de “sacar agua” como una tarea de esfuerzo y trabajo, abandona ahora su cántaro porque Jesús le ha descubierto un don que no requiere ningún intercambio y que le es entregado gratuitamente.

La mujer transmite su experiencia de manera sencilla: hace una pregunta, insinúa una duda, se muestra solícita poniéndose en camino. No piensa que va a convencerlos con teorías, les invita a hacer ellos también la experiencia. La samarita invita a mirar, a comprobar, a decidir por sí mismo. Cada uno ha de hacer su propio camino.

Ella no piensa en ser reconocida, ni atraer la atención sobre su propia persona. El centro lo ocupa Jesús. Lo que gratis recibió junto al pozo, gratis lo anuncia en el pueblo. El papa Francisco nos dice que en esta hora de sequía y de desierto, hacen falta hombres y mujeres “cántaro”, que lleven el agua del Evangelio a sus ambientes. Ese es el mensaje. Esa es la misión.

Habla la samaritana: A veces, la misión es difícil, otras veces nos cuesta comprender o no llegamos a hacer lo que queremos… la desilusión, el desánimo llega. Amigas mías, amigos míos, es muy importante que os acompañéis, que os sostengáis en la fe, que aprendáis a releer la vida juntas y que haya un buen clima entre vosotras para que cada una pueda compartir el agua de su experiencia. No os juzguéis, no os critiquéis, no mintáis. La verdad, como dijo en otra ocasión Jesús, os hará libres.

Habla el P. Cornelio: Que así como Jesucristo anduvo de aquí para allá, peregrino de tantos caminos, mezclado entre todos, sencillo, hombre entre los hombres, servidor de todos, también nosotros iríamos allí donde la providencia nos llevara, siendo eco de su voz y resplandor de su luz, sin otro equipaje que nuestro corazón enamorado.

Hablas tú: Pongo nombre y describo “el pueblo”, es decir, “la misión”, donde he sido enviada. Cómo me siento.

 

  1. El cántaro abandonado

Entre los protagonistas de esta Buena Noticia está también el cántaro. La Samaritana lo deja sobre el brocal del pozo y corre a la ciudad a informar a sus conciudadanos del encuentro que ha tenido lugar y de que algo así también es posible para ellos. Hay aquí un cántaro abandonado; aunque la mujer había ido al pozo a sacar agua, pues esto era lo más urgente para ella, descubre una tarea más importante.

Esta es una consecuencia del encuentro con Jesús. El encuentro nunca deja indiferente, jamás deja las cosas tal como estaban antes y, a veces, se acumulan los cántaros que hay que dejar.

Habla la Samaritana: con enorme respeto y delicadeza, os invito a reconocer los cántaros que  pesan demasiado en nuestras vidas y que sería bueno que abandonáramos:

El cántaro del “afán de reconocimiento”, de reputación. La necesidad de tener que demostrar la propia valía, o de dejar a otros contentos, de ser apreciadas. La presión de las expectativas, vengan de mí o de otras.

El cántaro de “la rivalidad y la comparación”. La referencia no es Jesús, al que hemos encontrado y queremos seguirle, sino la otra o el otro y, por desgracia, la otra o el otro no en su mejor yo.

El cántaro de la “irritación, el sentirnos víctimas”. No deseamos irritarnos, pero… demasiado a menudo decimos ‘¡Me pone a cien!’ o, la culpa es de la otra o del otro que hace o que no hace.

El cántaro de la “necedad conformista” que nos hace creer que la situación del mundo no tiene remedio y decimos, ‘son las leyes de una economía de mercado…’, ‘es el precio a pagar por el avance tecnológico…’ y que lo más sensato que podemos hacer es acomodarnos a lo que hay.

El “cántaro consumista” que nos arrastra hacia un engañoso modo de ser ‘como todo el mundo’, nos crea necesidades crecientes de confort y consigue que nos parezca lo normal estar situadas en un cómodo centro, alejadas de cualquier riesgo y camuflando como “prudencia” la resistencia a todo lo que amenace desinstalarnos. 

El “cántaro individualista” que nos ciega para ver más allá de nosotras mismas y nos seduce con la facilidad de una vida trivial y distraída en la que no nos alcanzan el dolor de los otros ni el Evangelio.

Señalar también el “cántaro de los mil quehaceres” que esconde dentro el viejo dinamismo de buscar la justificación por las obras, nos configura como dadoras más que como receptoras y convierte los fracasos o la vejez en verdaderos traumas, porque en esos momentos el trabajo pierde su pretensión de absoluto.

Habla el P. Cornelio: Vivimos en un mundo y en una sociedad en que se da mucha importancia al prestigio: carreras, títulos, especializaciones, oposiciones, plazas, etc. Todo es legítimo, pero solamente en tanto en cuanto ello sea garantía de profundizar y potenciar la vida en el amor. Si las cosas no son así, el fracaso es total.

Hablas tú: Permite que Jesús se detenga junto al pozo, se haga el encontradizo y te llame hacia Él para descubrir qué cántaros has dejado y cuáles tienes aún que dejar.

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