A vueltas con la misericordia

A vueltas con la misericordia

2º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por:Teodoro Nieto. Burgos

Estamos celebrando el Año Jubilar de la Misericordia, inaugurado por el Papa Francisco

el  8 de diciembre del año pasado. El segundo  domingo de Pascua es conocido como el Domingo de la Misericordia: una oportunidad propicia para ahondar en este Misterio que, como canta el salmo 33, 5, “llena la tierra”. Porque de no tomar conciencia del reto que un Jubileo como éste ha de significar para un cambio de rumbo en nuestras vidas, el Año Jubilar de la Misericordia puede pasar a la historia, sin pena ni gloria,  para quienes decimos estar celebrándolo.

De entrada, nos encontramos ya con la palabra “misericordia” que, como toda palabra humana es frágil y ambigua. Pensamos, tal vez de inmediato, en las Obras de Misericordia que estudiamos en el Catecismo. Y corremos el riesgo de quedarnos con el simple gesto de hacer algo por los demás para tranquilizar nuestra conciencia, sin tratar de ponernos de veras en la misma piel de la persona con la  que supuestamente queremos practicar la misericordia.

En la primera lectura del libro de los Hechos, vemos a los apóstoles ejerciendo el ministerio de la curación: la gente sacaba a sus enfermos en camillas a las  plazas, con la fe inquebrantable de que al menos la sombra de Pedro los curara. Los “prodigios” que hacían los apóstoles no eran más que gestos transidos de misericordia y tierna compasión.

En la segunda lectura, del libro del Apocalipsis, Juan ve “una especie de figura humana”, “como un hijo de hombre”, del que habla el capítulo 7 de libro de Daniel. Es una figura que tiene cabeza, cabellos, pies, voz,  mano, boca, rostro. Como si Juan nos dijera: estoy sintiendo físicamente sobre mi cuerpo la mano derecha del Resucitado que toca todo mi ser con su  ternura sin medida.

El evangelio nos habla de perdón. Pero, podemos peguntarnos ¿Misericordia es igual a Perdón? Escuchemos a la gran escritora y mística inglesa, Juliana de Norwich que ya en el siglo XIV decía: “Dios no puede perdonar, porque Dios es solo Amor, Bondad, Ternura, y nunca puede ofenderse ni castigar, ni tampoco  puede perdonar como nosotros lo hacemos o en el sentido que damos nosotros a la palabra perdón: absolución de una culpa u ofensa”.

Tal vez, las lecturas de este domingo y el testimonio de Juliana de Norwich nos ayuden a matizar las palabras: misericordia y perdón, entendiéndolas y practicándolas como com-pasión. 

¿Qué es la compasión? Esta palabra, derivada de dos palabras latinas: “cum-pati,  es la capacidad de sentir con la otra persona, en el interior mismo de la otra persona. Pero, una vez más, topamos con las limitaciones de nuestro lenguaje. La compasión es la capacidad de ponernos en el lugar de la otra persona,  de sentir y ver las cosas como ella misma las ve y las siente, acompañando este sentimiento con una acción concreta y eficaz.

El convencimiento y la comprensión de que todos los seres humanos somos una gran familia, más allá de cualquier religión o color político,  es el más fuerte impulso para poner el bálsamo del amor donde se hace presente el dolor. Solo si somos conscientes de que somos una misteriosa Unidad, salvadas todas las diferencias, no  podremos por menos de tratar al otro ser humano como nos trataríamos a nosotros mismos.

Ahora bien, difícilmente podemos ser personas compasivas con las demás si no practicamos la compasión con nosotros mismos. Esto es la auto-compasión, que nada tiene que ver con un sentimiento de lástima, de hacernos las víctimas o de sumirnos en lamentos estériles, que nos abocarían incluso a la depresión.

La auto-compasión, como escribe el psicólogo norteamericano Christopher Germen, “es la aceptación de nosotros mismos mientras estamos en una situación de dolor…, y es justo lo que se necesita cuando la perspectiva es sombría, y solo queda un débil susurro de esperanza.”

Podríamos pensar que la auto-compasión es caldo de cultivo para el narcisismo o el egocentrismo. Es cierto que este riesgo siempre es posible, pero no lo será  precisamente por causa de la esencia misma de la auto-compasión. La auto-compasión es una buena escuela para reconocer nuestras sombras, nuestras propias heridas. Y este reconocimiento puede ayudarnos también a aceptar y amar más fácilmente a nuestros hermanos y hermanas, con todas sus limitaciones y flaquezas.

Para poder crecer en compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás contemplemos esa  “figura humana” de la que nos habla la segunda lectura de este domingo; a ese Jesús tan humano y compasivo, que se le “conmovieron las entrañas”, como dice el texto original griego del evangelio, ante aquellos “cojos, ciegos, sordos, mancos, sordomudos y otros muchos enfermos, que llevaban tres días con él sin nada que llevarse a la boca” (Mt 15, 30-32).

El Año Jubilar de la Misericordia pasará como uno más en nuestra vida si nuestras entrañas no se conmueven ante “los gemidos de la hermana Tierra, que se unen a los gemidos de los abandonados del mundo”, en expresión del Papa Francisco; ante las llagas que supuran a esta humanidad doliente, plagada de   millones de seres humanos hambrientos, de refugiados que llaman a nuestra puerta, de niñas y niños abusados sexualmente, de mujeres víctimas de maltrato machista, de personas sin techo y sin trabajo, de ancianos que arrojamos como “trastos viejos” a la cloaca del desamor. Pero, para vivir la compasión, necesitamos una sensibilidad a toda prueba, desbloquear nuestro egoísmo, y traducir nuestros vagos deseos y vacías palabras en acciones auténticamente eficaces. El reverso de la compasión es la indiferencia, que cierra los ojos y endurece el corazón. Y la actitud más cómoda e irresponsable ante tantas heridas de  la humanidad es escudarnos cobardemente en aquel dicho: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

 

 

 

 

 

 

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