¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Domingo de Ramos, Ciclo B

Por: Cecilia Pérez. Vita et Pax. Valencia

Decir Domingo de Ramos es entrar en la Semana más Santa, en el Misterio del Amor, de la entrega y del dolor, en el Misterio de la Gloria.

Para morir hay que nacer, es verdad, pero es que aquel Jesús de la Encarnación, aquel pequeño de María y José, es el que va a morir para enseñarnos que para Nacer hay que morir.

Parece un contrasentido pero es la verdad. Y de contrasentidos, sin sentido, está la vida llena y en este  pórtico de la Semana Grande, por Santa, entrando en la Jerusalén en la que el Señor quiso juntar a sus hijos como la gallina salvaguardar a sus polluelos bajo sus alas, se oyen gritos de alabanza que en pocos días serán gritos de ira y de odio.

¿Naturaleza humana? Sí, naturaleza humana y realeza de Cristo que muestra su dignidad de Rey con los atributos de la paz y la humildad. Este es el Mesías, justo, manso, paciente.

¡Qué alegría, Señor!

Cantan las hijas e hijos de Jerusalén, los niños alborotan, y ramos, palmas y vestiduras alfombran el paso de un Rey sobre un pollino… ¡Hosanna!

Me gusta hacer silencio sobre el ¡Hosanna! del Domingo de Ramos, silencio reverente. Y verme allí entre el polvo y las apreturas, participando del bullicio de la fiesta, del canto enardecido al paso del Señor.

¿Le entendían aquellos que le acompañaban? ¿Entiendo yo a este Señor que es mi Señor?

Y siguiendo con mi imaginación ¿dónde más me puedo ver? ¿Durmiéndome por el cansancio incapaz de ser compañía y amiga? ¿Tras una puerta en el pretorio? ¿Alrededor de un fuego porque tirito de frío y de vergüenza? ¿Atenazada por el miedo?

Qué hermosos, por otro lado, la Cena familiar, el extraño lavatorio de mis pies, la mirada y  las manos de Jesús ofreciéndose como comida, como pan y vino que nos hace fraternos.

Qué cúmulo de traiciones, de sin sentidos, de dolor… como lo explica Isaías con el Canto del Siervo de Yahvhe  que es la primera lectura de la Eucaristía (Is. 50,4-7), completada con esa confesión de fe de Pablo que nos presenta el Misterio de principio a fin con una plasticidad que invita a la oración y a la contemplación (Flp.2,6-11).

Pórtico de la Semana, que nos hace vivir como en un concierto todos los momentos de una sinfonía: Jesús aclamado  ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Jesús Amigo entregado  Este es mi cuerpo, esta es mi sangre.

Jesús traicionado  No le conozco.

Jesús escarnecido y humillado  No me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

Jesús solo y abandonado  Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.

Aquí hay un impas de espera, hemos de vivir el misterio de la entrega, del sufrimiento, del amor más grande, ése que da la vida por los amigos.

Aquí es donde parece que hemos llegado a un punto final.

Pero no, llegaremos a la Pascua tras este camino cuaresmal que hoy concluye.

Llegaremos a la Pascua tras este recorrido que comienza con el alzar de palmas y ramos, con mantos extendidos al paso de un pollino que porta al único Señor.

Quedamos esperando “la noche más gloriosa” pero hoy es Domingo de Ramos ¡¡¡Hosanna!!!

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