“Cómo Captar la Intensidad de los Acontecimientos”

Captar con intesidad

“Cómo Captar la Intensidad de los Acontecimientos”

Domingo XXIX TO.
Por: Francisco Gijón. Escritor. Alicante

Textos Litúrgicos:

Is 53, 10-11
Sal 32
Heb 4, 14-16
Mc 10, 35-45

Introducción

A los alumnos de nuestros cursos de Historia, mi mujer y yo les insistimos siempre que hay que contextualizar para poder captar la intensidad de los acontecimientos en toda su fuerza. En el pasaje conocido por muchos como “Tercer anuncio de la Pasión”, si contextualizamos la escena, ésta nos lleva muchísimo más lejos que la propia anécdota que nos presenta. Si lo redujésemos todo a la osadía de los dos hermanos, estaríamos ante una tragicómica situación en la que Santiago y Juan toman la iniciativa de pedirle al Maestro lo que todos los demás también deseaban pero no se atrevían a pedir, con el consiguiente cabreo generalizado entre sus compañeros. Planteada así, incluso la importante respuesta del Señor a la solicitud se quedaría corta; no podríamos apreciarla en todo su calado. Contextualicemos, pues.

El Evangelio

El autor del Evangelio nos dice que iban de camino subiendo a Jerusalén (Mc. 10, 32), que Jesús iba delante y los demás atrás, turbados y llenos de miedo. En ese paseo hacia la Ciudad Santa, Jesús les anuncia lo que está por ocurrir: que sería apresado, entregado a los pontífices, condenado a muerte y ejecutado por los gentiles; que sería vejado y humillado; que resucitaría al tercer día.

Pero los hijos de Zebedeo, y me atrevo a decir que el resto de acompañantes, tienen la mente en otro lugar. Ellos imaginaban la inminencia de un sistema político regido por el Maestro y deseaban ardientemente estar en los más altos cargos de su administración. En este contexto, los escogidos por Jesús se muestran tan obtusos y mundanos como el joven rico que poco antes le había pedido al Señor instrucciones para heredar la vida eterna, asegurándole que ha cumplido todo lo que el Maestro exigía. Éste le replica: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres», a lo que el joven rico se marchó espantado (Mc. 9, 17-22).

Lo mundano frente a lo celestial.

Las personas nos dejamos llevar con demasiada frecuencia por lo mundano; acaso sea por motivo del pecado original, que fundamentalmente no es otra cosa que desconfiar de Dios. En los reinos terrenales, los que gobiernan son servidos; en tanto que en el reino que Cristo anuncia el distintivo de la nobleza (por así decir) se funda en el privilegio de servir a los demás. Más o menos es lo que Jesús viene a decirles a los osados hermanos y al resto de discípulos presentes en la escena: «Sabéis que aquellos que se miran como gobernantes de naciones, se enseñorean de (…) Quien quisiere hacerse grande entre vosotros, se hará esclavo de todos».

El Señor no da solamente una lección moral de altísima categoría, sino que lo había venido demostrando con su ejemplo de humildad, que era el mismo que quería que ellos tuvieran. Él decía, en efecto, que era rey y que tendría un reino; pero que este reino se alcanzaría de un modo diferente a como los príncipes de la tierra consolidaban los suyos. De hecho, introdujo la relación directa que existía entre la entrega de su vida y la soberanía espiritual que con aquella muerte adquiría: «Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mc. 10, 45). Jesús habla continuamente de sí mismo como de uno que había “venido” al mundo con el propósito de procurar una redención del género humano. Dios convertido en hombre… ¿hay mayor ejemplo de humildad? Se encarnó para morir porque el salario del pecado es la muerte (Gén). Ahora bien, ¿por qué lo hizo? En esencia, por amor; pero también porque nadie más lo haría y además tampoco nadie más lo podría hacer por Él.

Jesús nos enseña..

En el ámbito de lo mundano solemos eludir toda responsabilidad por las faltas o defectos colectivos pues solemos pensar que la responsabilidad varía en razón directa con la culpabilidad: yo no puedo ser responsable de los errores de la sociedad porque no participo de ellos, incluso los condeno siempre que puedo.

Acaso Jesús nos enseña que es justo al revés, que cuanto mayor es la inocencia, tanto mayor el sentido de responsabilidad y certeza de la culpa colectiva porque cuanto más acentuada es la sensibilidad moral, tanto mayor es la compasión que se siente por los que soportan un enorme peso. Y esta compasión puede llegar a ser tan grande que el sufrimiento ajeno se sienta como propio. En un mundo de ciegos, el único que puede ver, acaso más que rey sería el que debiera servir de guía a los demás. De la misma manera que los más sanos están capacitados para cuidar de los enfermos, así los más inocentes pueden espiar la culpa de los otros en vez de “escurrir el bulto”. Del mismo modo, el propósito de la vida de Cristo no fue otro que pagar un rescate por la liberación de los esclavos del pecado.

Santiago y Juan tardarían todavía en entender que el cáliz del que les habla Jesús no es una pieza de vajilla en medio de un banquete, sino la más alta responsabilidad de todos nosotros hacia nuestros hermanos en Cristo.

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