Cuestión de confianza…

Cuestión de confianza…

Domingo XVII T.O. Ciclo C

Por: Sagrario Olza. Vita et Pax. Pamplona.

Cuestión de confianza, de amistad, de filiación… Orar es hablar con Dios, relacionarnos con él, hablarle como se habla con un amigo, como un hijo que dialoga con su padre o con su madre.  Así se relacionó Jesús con el Padre al que llamó cariñosamente Abba, Papaíto.

El Evangelio de hoy nos dice que los discípulos veían orar a Jesús. Ellos querían hacer lo mismo y  le pidieron que les enseñara cómo hacerlo. Les responde, en primer lugar, que han de dirigirse a Dios llamándole Padre.  Lo que vayan a decir partirá de una actitud de confianza en ese Padre que siempre está dispuesto a escuchar y a dialogar.  Después les indica qué es lo que pueden decir, en este caso pedir.

Y Jesús amplía su enseñanza sobre la oración con un ejemplo muy humano, muy nuestro. Ante una necesidad, ¿quién no acude a su amigo para pedirle un favor? A un amigo nos dirigimos porque confiamos en él, porque sabemos que nos puede ayudar y nos ayudará.

La primera lectura, del Libro del Génesis, nos presenta la figura de Abrahán, “El eterno creyente, el Amigo de Dios”, cantamos.  Abrahán habla-dialoga con Dios, como se habla con un amigo.  Intercede por el Pueblo, le pide a Dios que no lo castigue, porque no todos los de ese Pueblo han pecado, también hay justos, que han sido fieles a la Ley-voluntad del Señor…  La insistencia de Abrahán sólo se comprende desde la confianza que tiene con el que dialoga: está hablando con un Amigo.

En una conversación entre amigos no solo nos pedimos cosas. Dialogamos, escuchamos al otro, estamos dispuestos/as a ayudarnos. La confianza es mutua.  Dios también confía en nosotras/os. Somos hijas/os y tenemos parte en su herencia y la hemos de gestionar. Abrahán, Jesús, hablaban con Dios porque se sabían responsables del Pueblo, el Pueblo de Dios del que ellos formaban parte.

Para Jesús, el Pueblo ya no tenía los límites de Israel, el Pueblo es toda la familia humana.  Enseña a orar a sus discípulos con  mirada universal y les enseña a pedir lo más importante:

“Santificado sea tu nombre” significa reconocer a Dios como el autor de todo lo creado, el único que merece nuestro reconocimiento por lo que él es –Creador y Padre de todos-, por lo que somos –hijas/os-, creados a su imagen, y por todo lo que él puso a nuestro servicio.

“Venga tu Reino”, el Reino que él quiere para los suyos, para todos, para el mundo: “Reino de Paz y Justicia, Reino de Vida y Verdad”. Se lo pedimos a Dios, sabiéndonos responsables de colaborar a construirlo.

“Danos el pan de cada día”, para todos.  En otro momento Jesús les había dicho: “Dadles vosotros de comer”, pidiendo su colaboración, enseñándoles a compartir nuestra pequeñez, poniendo nuestra inteligencia y nuestro corazón para distribuir bien los bienes de la tierra que Dios los ofrece para todos.

“Perdona nuestras ofensas porque también nosotros perdonamos…” Es la manera de vivir fraternalmente, de vivir en armonía y en paz… “Ved qué gozo ver a los hermanos unidos…” solemos cantar. Todos cometemos errores, todos necesitamos el perdón de Dios y el de los demás y hemos de estar dispuestas/os a perdonar.

Y, conscientes, de nuestra debilidad,  pedimos: “…no nos dejes caer en la tentación”. Cualquier tentación, toda tentación: adorar a “dioses falsos” –dinero, poder, confort, consumismo, etc.-, priorizar mis intereses, cerrar el corazón  a las necesidades y al sufrimiento de los demás, de los que son nuestros hermanos, “carne de nuestra carne”, porque somos una sola familia, la familia humana.

Cuestión de confianza… y de responsabilidad.  Filiación, amistad, fraternidad… Relaciones de confianza, respeto, afecto, ayuda mutua… “Justicia + Amor = PAZ”.  Nuestro mundo presume del Progreso que ha alcanzado pero ese “Progreso” –que no es tal- solo alcanza a un 20% de la humanidad. La verdad es que somos un mundo pobre, frágil, necesitado. Con razón podemos y debemos rezar la oración que nos sigue enseñando Jesús. Hablemos con nuestro Padre-Madre con toda verdad y confianza: pidámosle que nos ayude a vivir como hijos suyos y como hermanos entre nosotros.

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