De la pequeña familia a la gran familia

Sagrada Familia. Ciclo A

Por: Conchi Ruiz Rodríguez. Mujeres y Teología. Ciudad Real

La tranquilidad dura poco en la familia de Nazaret, Jesús acaba de nacer y ya hay que tomar precauciones para salvar su vida, han de marcharse a otro país… Cuando un miembro de la familia necesita ayuda ponemos todos los recursos que tenemos a nuestro alcance para solucionar la situación.

La familia es como una escuela, en ella aprendemos las primeras consignas de la vida. Nos comunicamos, compartimos lo que somos y tenemos, mostramos nuestras habilidades y nuestras carencias, tenemos los primeros roces y las primeras responsabilidades, nos sentimos queridos, amados tal y como somos, cuidados y protegidos. Aprendemos a trabajar por el bien común, por el bien de todos los miembros, a cuidar, a respetar, a colaborar…

Estos aprendizajes se pueden extrapolar al mundo global, que es la casa común, la casa de todos. Somos una gran familia de hermanos y hermanas, hijos e hijas de un mismo Padre/Madre, la tierra entera es nuestro hogar. Con esta actitud de vida, de pertenencia a la aldea global deberíamos enfocar nuestros trabajos, nuestras relaciones, nuestros compromisos…

Cuántas familias tienen que abandonar su tierra, sus lugares de origen donde están sus raíces, sus seres queridos, los lazos más profundos, sus pertenencias, para salvar sus vidas, para huir de la miseria, del hambre, de la guerra, de la persecución, de tantas inseguridades…, para buscar un futuro mejor para sus hijos, buscar escuela, sanidad, un trabajo digno para cubrir las necesidades más elementales, una vivienda digna, comida, vestido, agua… VIVIR con dignidad. Sólo buscan eso las familias que llegan a nuestros pueblos y ciudades. Ver, como José y María, crecer a sus hijos e hijas en paz, sanos y salvos.

La historia se repite, viene desde antiguo… pero cuántas vidas se pierden en el camino, en las pateras, en el mar, cuántos obstáculos hay que salvar hasta conseguir el sueño dorado, alcanzar la sociedad del bienestar de la vieja Europa.

Reivindicar, colaborar en construir la familia común, la familia humana, que en todos los lugares del mundo las personas puedan vivir dignamente sin tener que emigrar a la fuerza a otros países, que los niños no mueran por una simple diarrea, ni dar a luz sea un acto de alto riesgo para las vidas de la madre y el niño.

La tierra es nuestro hogar, esa tierra que nos da el alimento y el cobijo. Nuestras vidas están en relación, no son vidas sin los otros.  Lo que  hago hoy, aquí y ahora, tiene una repercusión, por pequeña que sea,  en el mundo y en las demás personas. Responsabilizarnos de la sociedad en que vivimos es toda una tarea, el individualismo nos empobrece. Comprometernos en los órganos sociales para así potenciar políticas humanitarias, que impulsen la inserción de  los más débiles. Acompañar a los padres y madres en la difícil tarea de educar. Organizar el mundo de los cuidados. Los enfermos, los mayores, los niños… necesitan cuidados y esta responsabilidad es de todos, no exclusivamente de las mujeres, facilitar estos cuidados.

Celebramos la JORNADA POR LA VIDA, de la familia. Efectivamente la vida aparece en el seno de la familia y por ello habremos de cuidar, acompañar, atender a las familias desde las instituciones, también desde la misma Iglesia.

Las lecturas de hoy nos hacen una llamada al perdón, “el Señor nos ha perdonado”, ¡hagamos nosotros lo mismo!. Vivir en el resentimiento no es vivir. Acerquémonos al enemigo, hablemos, pactemos, tendamos puentes, perdonemos las deudas. ¡Cuánta explotación en base a las deudas! Deudas que no tienen fin y acaban con la vida y la dignidad de los más pobres.

“Hijo sé el apoyo de tu padre … aunque se debilite su mente tú no lo desprecies”.

Cuando nos sentimos con fuerza, con medios, con plenas facultades, nos cuesta ponernos en el lugar de las  personas que han perdido  sus facultades, su dignidad, o que su vida está rota en mil pedazos.

Hoy quiero soñar:

Quiero soñar un mundo, una sociedad, una familia con sentimientos de compasión, de bondad, de perdón, de paciencia.  Que la paz no sea una mera palabra, tan usual en estos días de Navidad. Que persigamos esa paz,  que la busquemos para nosotros y trabajemos para que los demás puedan vivirla.

Sueño con un mundo de iguales, donde los bienes de la tierra estén repartidos, donde respetemos la naturaleza, que es la herencia que hemos recibido y que vamos a dejar a nuestros hijos e hijas, esta tierra rica produce alimentos para todas las personas.

Sueño con un mundo en el que la persona y su desarrollo sean el centro y los beneficios y la producción estén al servicio del hombre y la mujer.

Sueño que los horarios de trabajo sean compatibles con la educación de los hijos, el cuidado de los mayores … Que estos trabajos favorezcan el desarrollo integral de las personas.

Sueño que los contratos de trabajo no obliguen a las familias a vivir en la más extrema inseguridad.

Sueño con un mundo que se desviva con aquellos que más necesidades presentan.

Sueño con un mundo que acompañe, acoja, ayude a discernir a aquellas mujeres que, en la soledad más absoluta y en las circunstancias más extremas deciden no tener a  sus hijos.

Sueño con un mundo en el que todos tengan un trabajo y lo mínimo para vivir.

Sueño con un mundo que cure heridas, que perdone, que acoja, que respete, que no haga distinciones entre Norte y Sur. 

Intuyo que este es el sueño de nuestro Dios Padre/Madre para la familia humana.

 

                                                                                             

                                                                       

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