“Dios Buen Sembrador”
XI domingo del TO.
Revista Eucaristía. EVD.

“Dios Buen Sembrador”
XI domingo del TO.
Revista Eucaristía. EVD.

 

Textos Litúrgicos:

Ez 17, 22-24
Sal 91
2Cor 5, 6-10
Mc 4, 26-34

Sin que sepamos cómo

La vida es un don maravilloso que hemos recibido. En ella vivimos mil y una experiencias, acontecimientos felices o dramáticos que pasan a configurar nuestra forma de ser. Situaciones recurrentes o únicas que nos van moldeando y determinan nuestras aspiraciones, sentimientos y sueños. Todo sucede, en muchos casos, sin que sepamos cómo. De hecho, no siempre entendemos el porqué de lo que nos pasa…, forma parte del gran misterio de la vida.

Pero los creyentes sabemos que Dios se hace presente desde lo más profundo de los acontecimientos y en lo más hondo de las relaciones, no tanto como quien los determina directamente, sino como Aquel que da sentido a lo que experimentamos y vivimos. Él nos ayuda a afrontarlos y a crecer cada día en el amor.

Dios hace crecer la vida

El evangelio, en una parábola fantástica, nos recuerda que la vida tiene su dinamismo propio y también crece por sí misma, incluso más allá de nuestro esfuerzo. La semilla más pequeña puede llegar a ser un gran árbol y el gesto o la palabra más sencilla puede provocar una revolución en la vida. Por eso Dios, que es el buen sembrador, nos invita a participar en una siembra de buenas obras. Seguro que recogeremos los frutos de aquello que hayamos sembrado y que Él, con su gracia se encargará de multiplicar.

El Señor trabaja nuestro corazón hasta cuando dormimos. Es el alfarero que modela nuestro espíritu; el labrador que cuida la viña de nuestra vida; el buen pastor que se desvive por nosotros, su rebaño; Él es el mejor educador, médico, entrenador… que podamos tener. Ahora bien, es necesario dejarnos moldear, cuidar, curar, educar… por Él. En definitiva, abrir nuestra vida a su amor.

Transforma nuestro corazón

Vivimos un momento complejo en todos los ámbitos. La crisis provocada por la COVID-19 nos ha dejado heridas personales, familiares, sociales y eclesiales que nos llevará tiempo curar. En demasiadas ocasiones nos instalamos en el desánimo y el pesimismo y nos cuesta elevar la mirada. Es, como una tierra árida, a la que le cuesta ser fecunda.

Pero hoy, el Señor, nos sigue pidiendo que sigamos sembrando con Él y que sepamos esperar a que lleguen los frutos. Trabajar y confiar. Comprometernos y esperar. Sabemos que el Señor nos dará el incremento.

Sembrar esperanza, derramar compañía, regalar ternura, comprometernos con la justicia y el bien común, estar cerca de los que sufren… son buenas semillas que darán fruto abundante y que pueden llegar a ser grandes árboles de una sociedad mejor. Sin duda, Dios nos anima a ello y cuenta con nosotros.

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