El amor da plenitud al mundo

El amor da plenitud al mundo

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

Domingo 22  del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Es frecuente también en nuestra sociedad que quienes tienen mayor poder, más saber y mejor condición social, observen a los demás para sacar a la luz sus impurezas, de ahí que califiquen a los más débiles de esta sociedad (parados, personas con adicciones, inmigrantes, pobres, etc.) como parásitos de la misma, poco dignos de estar entre nosotros, pues no viven y hacen lo que los demás.

Al igual que los maestros de la ley hicieron con los discípulos, hoy fácilmente caemos en la tentación de juzgar y criticar a los otros cuando no tienen nuestra misma forma de pensar, cuando no dedican al trabajo el mismo tiempo que nosotros, cuando no tienen la misma fe, cuando no caminan por la misma senda, cuando no viven de la misma forma.

Pretendemos que los demás sean, piensen y actúen como nosotros. Queremos que nuestras leyes, nuestra moral, nuestras tradiciones, nuestra cultura, nuestras formas y estilos de vida, sean principios  para todos, incluso nos cuesta aceptar a las personas que están en nuestro mismo entorno (familia, trabajo, comunidad, etc.), si no tienen nuestro mismo sentir.

Pero alguna tiene que ser la ley, algunos tienen que ser los preceptos para que vivamos en paz y armonía en la tierra. Dios nos da a conocer por medio de Moisés los mandamientos para que, el pueblo de Israel entonces y nosotros hoy, los pongamos en práctica, también nos dice ” No añadiréis nada, ni quitaréis nada, sino que guardaréis los mandamientos”, de aquí que en primer lugar tenemos que conocer los mandamientos, reflexionar sobre los mismos, adentrarlos en nuestro corazón y ponerlos en práctica en nuestra relación con el prójimo.

Pero como las personas somos duras de cerviz y vamos haciendo las leyes y normas a nuestro antojo, tuvo Dios que enviarnos a su hijo para darnos a conocer con mayor profundidad los mandamientos, para explicarlos y darlos a entender, para hacerlos vida, para condensarlos en ese “Amaras a Dios con todo tu corazón, con toda tu  alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo”. 

Podemos pensar que es muy difícil no mancharnos en este mundo, pues estamos en contacto con la increencia, con los ídolos del dinero y el poder, con la violencia y el hambre que producen la muerte, con el hedonismo y el placer, con la mentira, con la codicia y deseos de tener, parece como si todo lo del exterior nos fuera a contaminar.

Nuestro ojos han de estar abiertos y nuestros oídos atentos para ver y escuchar lo que acontece en el mundo, pero eso no significa que el mal tenga que penetrar en nosotros. También en el mundo hay cosas buenas que deben ir calando en nuestro corazón, como son el encuentro con personas creyentes, humildes y sinceras; entregadas por amor y servicio a los demás; dispuestas a acompañar; solidarias y fraternas.

En nuestro caminar debemos ir formando nuestro corazón por medio de la oración, la reflexión, la experiencia personal, el encuentro con los otros, la celebración, para que de dentro de nosotros no salgan malos pensamientos, ni envidia, ni codicia, ni soberbia, sino que tengamos un corazón lo más puro posible para proceder con rectitud y honradez, respetando a los demás en toda su integridad, buscando la verdad, con honestidad y justicia, solidarios y comprometidos en procurar la dignidad de los más débiles, de forma que no manchemos el mundo, sino que de nosotros se desprenda amor par dar plenitud al mundo.

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