El encuentro que transforma

lunes, abril 28th, 2014

Domingo 3º de Pascua, Ciclo A

Por: Milagros Azparren Salvador. Vita et Pax. Pamplona

En la primera lectura, ante la sorpresa del pueblo de Jerusalén por el comportamiento de los discípulos el día de Pentecostés y más tarde, Pedro explica: estáis viendo los efectos de la resurrección. La vida nueva, diferente, de esos testigos, es la que muestra la presencia de la fuerza del Espíritu de Jesús.

Qué extraño todo, cómo puede ser, si pensaban que quitándole de en medio a aquel impostor volvería la tranquilidad. Habían pensado “Conviene que un hombre muera por todo el pueblo”. Conviene, a quién le conviene, a los ciegos, sordos, paralíticos, liberados de malos espíritus…? A quién le convenía?

Y Dios toma partido, pone en boca de Pedro”…os hablo de Jesús nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando signos y prodigios…Vosotros lo matasteis en una cruz, pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte.” El resucitado es el crucificado. “…profeta poderoso en obras y palabras.” “…que pasó haciendo el bien porque Dios estaba con él.” Y se siente, el viento se siente, en su manera de vivir. Y admira, y arrastra.

Y ha llegado hasta hoy, ha llegado a nosotros, “Por Cristo vosotros creéis en Dios”. Jesús nos enseña como es el corazón de Dios. Nos introduce en su abrazo cálido, eterno, fiel. Nos muestra un mundo lleno de crucificados para que aliviemos su sufrimiento, nos preguntemos por las causas que lo generan y luchemos por erradicarlas, en lo personal y social.

Así, de camino. En el camino de la vida, mientras hablamos del sueño desvanecido, de las decepciones y lamentos porque, no era lo que esperábamos y decimos, se acabó, nos vamos. Jesús toma la iniciativa y se pone a caminar a nuestro lado. Qué dicha, contar con esta compañía honda e intensa. Es lo mejor que nos ha pasado en la vida, conocer a Jesús. Le vamos conociendo. En Jesús siempre hay más.

Aquellos discípulos le habían perdido, pero no sólo a él, se habían perdido a sí mismos. Una niebla lo invadía todo. “Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén”. Y es que su corazón ardía cuando les hablaba por el camino.

 

 

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