Escoged a quién servir

Escoged a quién servir

Por: Mª del Carmen Martín . Vita et Pax . Ciudad Real

Domingo 21 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Son muchas las personas que, en la actualidad, no son ni creyentes ni increyentes. Sencillamente se han instalado en una forma de vida en la que es difícil que pueda aparecer la pregunta por el sentido último de la existencia. Son hombres y mujeres cuyo estilo de vida les impide ponerse en contacto un poco profundo consigo mismos. No se acercan al fondo de su ser. No llegan a escuchar las preguntas que surgen desde su interior.

Es un fenómeno frecuente: vivimos girando en torno a nosotras mismas pero fuera de nosotras; trabajamos y disfrutamos, amamos y sufrimos, vivimos y envejecemos, pero nuestra vida transcurre sin misterio y sin horizonte último. Por eso, es muy fácil quedarse en la vida “sin caminos” hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarnos en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios va desapareciendo del horizonte.

Sin embargo, para adoptar una postura responsable ante el misterio de la vida es indispensable llegar hasta el fondo de una misma, ser sincera y abrirse a la vida honestamente hasta el final. Si tantas personas parecen alejarse hoy de Dios, tal vez, es porque antes se han alejado de sí mismas y se han instalado en un nivel de existencia donde ya Dios no puede ser escuchado. Son personas  encerradas en sí mismas, sin caminos hacia nada nuevo y creador.

Las lecturas de hoy, por el contrario, nos proponen caminos claros hacia Dios, nos colocan delante de las grandes opciones de nuestra vida, o tal vez, delante de la gran opción. En la primera lectura, todas las tribus de Israel reunidas en Siquen se preparan para hacer la elección de su vida: servir al Señor o a los dioses; en el evangelio vemos a los Doce también ante la gran decisión: seguir a Jesús o marcharse; incluso en la segunda lectura, lo que está en juego es si nos comprometemos o no con el auténtico amor cristiano entre mujeres y hombres. Es decir, los textos de hoy nos sitúan ante el sentido último, la fe, como opción y camino, como una vida elegida en libertad.

La fe es el mejor regalo que se nos puede ofrecer y, a la vez, el mayor acto de libertad que el ser humano puede llevar a cabo. La fe es razonable pero no evidente; exige siempre una decisión. Exige asumir el riesgo de creer. El camino de la fe no consiste tanto en caminar hacia Dios desde tierra extraña como en abandonar la superficie y hundirnos más y más en la profundidad hasta encontrarle. Los seres humanos no hemos de hacer experiencias humanas “galácticas” para acudir a la cita con Dios. No necesitamos abandonar el lugar en el que habitamos. Ni siquiera retirarnos a una vida conventual. No hay rincón de la realidad que no esté habitado por Dios. Lo que necesitamos es buscar; nos define la actitud de buscar más que el acto de encontrar.

Pero en nuestro tiempo pareciera que hemos abandonado esa actitud de búsqueda y el activismo y la superficialidad imperan. Decía Pascal que todas las desgracias humanas proceden de una sola cosa: que no sabemos quedarnos tranquilos en un cuarto y procuramos estar siempre agitados. Nos gusta el bullicio y el ajetreo para no tener ocasión de pensar en nosotras mismas y en los grandes interrogantes de la vida. Alguien ha escrito que ver la televisión dos horas diarias, por término medio, es incompatible con el desarrollo y el mantenimiento de una espiritualidad cristiana.

Otras veces, encontramos personas que se enorgullecen de su falta de fe pero están aferradas a cierta credulidad. Crédulo es quien elimina el pensamiento de la fe y acepta lo que se le dice sin juicio crítico. La credulidad es, en el fondo, la reacción infantil de la persona que desearía que lo que se le dice y promete fuera verdad pero se muestra incapaz de examinarlo por miedo a que no lo sea. La fe, por su parte, es creíble y no crédula, busca la verdad más allá de una misma y de la apariencia y está siempre dispuesta a confrontarse con la realidad.

Tampoco es admisible disminuir las exigencias de la fe para conservar el mayor número posible de fieles, esto resulta suicida porque, antes o después, se abandonará una fe que no parece tener la menor incidencia en la vida. En la fe, como en el póquer, es necesario apostar fuerte para que resulte atractiva. Se puede optar por Dios o por la negación de Dios, pero depende de lo que una haya expuesto en el envite para hacer que una u otra opción merezca la pena o bien ni siquiera nosotras mismas la tomemos en serio.

De hecho Jesús exige no ya una apuesta fuerte, sino una apuesta de todo lo que somos y tenemos: nuestra vida. Quien haya apostado su vida entera a la causa de Jesús, quien haya sido tan valiente como para correr ese gran riesgo, podrá experimentar lo que experimentaron los discípulos a pesar de su fragilidad: Tú tienes palabras de vida eterna, quien no haya apostado, simplemente, sobrevive.

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