“Extendió la Mano” VI Domingo TO.
Por: M.Carmen Martín Gavillero.
Vita et Pax. Rwanda

Extendió la Mano

“Extendió la Mano” VI Domingo TO.
Por: M.Carmen Martín Gavillero.
Vita et Pax. Rwanda

Textos Litúrgicos:

Lev 13,1-3,44-46
Sal 31
1Cor 10,31-11,1
Mc 1,40-45

No corren buenos tiempos para el contacto físico, uno de los efectos secundarios de la pandemia que nos azota es la prohibición de tocarse; nada de abrazos, ni besos, ni darse la mano, es necesario mantener las distancias de seguridad. Y, bien sabemos cómo nos cuesta mantener estas medidas.

El contacto es sinónimo de calor, afecto, atención, presencia, ternura…También expresa reconocimiento y seguridad. Cuando venimos al mundo, lo primero que experimentamos es que alguien nos recibe y nos toca, y también seremos tocados por última vez algún día. ¿Hay acaso amor verdadero que no extienda la mano para tocar y abrazar la realidad del otro?

Tacto y Contacto.

Las manos son el lugar del tacto y del contacto, lugar de la caricia y el abrazo; son la parte de nuestro cuerpo que expresa nuestra capacidad de crear. Nuestras manos muestran simbólicamente el modo de relacionarnos con los otros, con las cosas, con el mundo. Las manos pueden dar vida o quitarla.

Necesitamos tocar y ser tocados para vivir, necesitamos una espiritualidad que arraigue en nuestras manos, como la de Jesús. ¡Qué poder tienen nuestras manos cuando las tendemos llenas de bendiciones…! ¡Qué fuerza sanadora cuando aprendemos a tocar bien, a tocar despertando esa vida profunda debajo de la piel…!

Todas somos un poco como este leproso del Evangelio y podemos reconocernos en su anhelo de sanación y de abundancia de vida. Y, en otros casos, todas podemos ser también como Jesús para las demás; cuando nuestro corazón está sano, somos capaces de tocar con calidez la vida profunda y escondida de las otras.

Manos transformadas

Las manos, al ser alcanzadas por la Palabra, se transforman en instrumentos que cuidan y protegen la vida, toda vida. Nos hacen artesanas de una cultura de la sobriedad y se unen a otras manos para tejer el manto planetario de la vida y de la paz.

Hay manos que realizan grandes proyectos, gestas heroicas, duros trabajos. Otras arrancan melodías sorprendentes a opacos instrumentos. Muchas otras, anónimas, dan vida en gestos hechos de realidades muy sencillas: poner amor y ternura en la belleza que no dura, en la comida que desaparece, en la ropa que se arruga de nuevo, en el orden que se desordena, en la limpieza que no brilla nunca…

Manos que, ungidas por el Espíritu, amasan en la cotidianidad el pan de la sororidad; que dan, comparten, no acaparan para sí, sino que sostienen, apoyan, colaboran, abrazan, curan. Manos que saben acariciar con ternura y pasión; que aguantan, sostienen, levantan al caído, curan heridas, las ungen con el ungüento de la entrañable ternura.

Manos, al fin, que pasan por la vida sencillamente, sin ruido y sin alarde, en ese diario pasar por la vida “echando una mano”, o “haciendo el bien”, como Jesús.

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