Familia de entrañas abiertas

Familia de entrañas abiertas

Fiesta de la Sagrada Familia

Por: Teodoro Nieto. Burgos

Del 4 al 25 del pasado mes de Octubre, tuvo lugar en Roma el Sínodo de los Obispos sobre “la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. El Sínodo no centró exclusivamente su atención en el modelo de la familia tradicional que conocemos. Porque también en nuestra cultura y en nuestra sociedad, estemos o no de acuerdo, existen otros formatos de familia que, por nuestros condicionamientos religiosos, nos cuesta admitir y respetar.

Entre otros posibles enfoques, esta festividad, puede, tal vez, brindarnos una oportunidad para preguntarnos qué piensa y qué dice Jesús en el Evangelio sobre la familia. Si leemos con atención algunos textos, nos encontramos con afirmaciones que pueden resultarnos tan fuertes como éstas: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra, sino discordia. Porque he venido a separar al hijo de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su casa” (Lc 10, 34). “Se levantarán los hijos contra los padres para matarlos” (Mc 13, 12). Y cuando Jesús invita a unos pescadores a seguirle, “ellos dejan inmediatamente la barca y a su padre…” (Mt 4, 22).

Estos, por citar algunos, y otros textos nos revelan que Jesús fue intencionadamente crítico con la familia. ¿Por qué? Porque no toleraba el modelo “patriarcal” de familia, en la que solo el hombre, el padre era el centro y dueño absoluto, imponiendo así unas relaciones verticales de desigualdad y dominación. Según el pensamiento de Jesús, la relación entre los miembros de una familia debe ser horizontal y de igualdad en dignidad, en derechos y en oportunidades. Por eso entró en conflicto con la institución familiar de su tiempo, siendo incluso blanco del desprecio de sus parientes, que llegaron a tratarlo de “loco” (Mc 3, 21). No es de extrañar, por tanto, que Jesús fuera desechado como “profeta entre sus parientes y entre los suyos” (Mc 6, 4).

Más todavía, recordemos aquel otro pasaje: “¡Oye!, (le dicen a Jesús), tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”, Y él responde: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3, 33-34). Jesús quiere decirnos quién es realmente su verdadera familia. No la integran precisamente las personas ligadas por los vínculos de la sangre ni quienes le lanzan piropos, como hizo aquella mujer, que proclamó dichoso el seno que lo llevo y los pechos que lo amamantaron (Lc 11, 27-28).

Jesús amplía el horizonte de la familia. Rebasa los muros del cálido y recoleto hogar. En la familia con la que Jesús sueña se cumple el anhelo profético del Segundo Isaías: “Ensancha el espacio de tu tienda y de tus lonas, extiende tus moradas con libertad, clava tus estacas y alarga tus cuerdas” (Is 54, 2). Jesús sueña con una familia de entrañas abiertas, hospitalaria y acogedora con cualquiera, sea quien sea, que llame a su puerta. Porque, como dice Leonardo Boff, “la acogida saca a luz la estructura básica del ser humano (…) Existimos porque de alguna manera hemos sido acogidos por la Tierra, por la corriente de Vida, por la naturaleza, por nuestros padres, por la sociedad”. Y nunca es tan actual esta exigencia como en nuestros días en que, se cierran fronteras a hombres y mujeres que huyen de la guerra y del hambre, en busca de una vida mejor y más feliz destino.

Ya el libro bíblico del Levítico hace esta contundente afirmación: “El extranjero que resida con vosotros será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo…” (Lev 19, 34). Solo en la medida que hagamos sitio a la persona, al ser humano diferente de nosotros, viviremos según los criterios de Aquel que dijo: “Fui forastero y me recibisteis en vuestra casa” (Mat 25, 43). Y podemos abrigar la certeza de que cuando dejemos de hacerlo con uno de los más pequeños de sus hermanos o hermanas, dejamos de hacérselo a Él. (Mt 25, 43).

Si abrimos nuestro corazón al ser humano más vulnerable como es el inmigrante y el refugiado, y nos sentimos identificados con ellos, puede ser que cambie nuestro modo de ver el mundo y nuestro modo de vivir en este Planeta. Porque ese ser al que acogemos es capaz de traernos nueva sabiduría y aleccionadoras experiencias, aires nuevos y perspectivas diferentes desde las que podamos mirar la vida. Será entonces distinta y totalmente “otra” nuestra manera de relacionarlos con ellos y con ellas y, juntos, en un abrazo fraterno, intercultural y de recíproco aprendizaje, iremos creando las condiciones para hacer de esta Tierra nuestra el hogar sin concertinas ni fronteras de la gran familia humana, a la medida del Proyecto del Creador.

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