Fuerza para el camino

domingo, mayo 22nd, 2016

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares. SJ.

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. Ciclo C

La Solemnidad de hoy es un eco del jueves santo. El Señor Jesús quiso quedarse con nosotros. Y lo hace en cada Eucaristía, en donde somos convocados a la mesa de la Palabra y a la mesa de su Cuerpo y de su Sangre. El Evangelio de hoy nos habla de una característica importante de nuestro Dios: la generosidad. Cuando Dios da lo hace de tal manera que todos quedamos saciados, e incluso sobra.

No se nos da el alimento que nutre como si fuera “la sopa boba” que tomamos inconscientemente y que ni siquiera provoca en nosotros el agradecimiento. Necesitamos antes poner en la mesa nuestras pobrezas, lo poco que podemos aportar, casi nada, algo insignificante: “no tenemos más que cinco panes y dos peces” (Lc 9,13).  Sin estos dones no habrá luego Presencia y generosidad sin límites por parte del Señor Jesús. No pasar nunca por alto el ofertorio.

Ignacio de Loyola, cuando en la sacristía se preparaba para celebrar la Eucaristía, dice en su diario espiritual que se emocionaba con abundantes lágrimas. A la Eucaristía llevaba su vida y “sus negocios” apostólicos. Y en ella encontraba la luz y la fuerza para seguir adelante según Dios quería. El cristiano medio no nos solemos enterar “de la misa la media” y por eso ni nos emocionamos ni nos estremecemos con lo que en cada Eucaristía acontece.

Deberíamos hacer de la Eucaristía el centro de nuestra vida y de nuestras comunidades. En broma suelo a veces decir que “no es pecado ir a misa entre semana”. Es una invitación a participar lo más que se pueda en la Eucaristía. No salimos igual que entramos cuando acudimos a la celebración. En cada Eucaristía volvemos a experimentar la generosidad sin límites que es Dios. Lo repito, aunque nos parezca lo contrario, no salimos igual que entramos.

Me encuentro con frecuencia con cristianos que viven mucho su experiencia de fe hacia dentro; sin demasiadas, o más bien pocas, manifestaciones visibles de su ser creyentes. Las causas de este hecho pueden ser muchas y variadas. Desde el falso respeto a los no creyentes, el posible miedo a ser cuestionados por la fe que viven, o el pudor que provoca en algunos hablar de lo que sucede por dentro y de los valores que vertebran su vida. Cada cual sabe…

La devoción a la exposición del Santísimo tiene sus raíces en el siglo XIII. Es el Concilio de Trento el que anima a sacar a la calle en procesión el Cuerpo de Cristo y a ser venerado fuera del templo. Y así se sigue haciendo todavía en muchos lugares. Quizá también deberíamos hoy, en medio de una sociedad que tiene tanto desconocimiento de Dios, hacer más pública nuestra fe. No olvidemos que Dios quiere “darse a conocer” porque le importan sus criaturas y porque su generosidad no conoce límites.

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