¡¡¡Indignado!!!

¡¡¡Indignado!!!

3º Domingo de Cuaresma. Ciclo B.

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real

Los seres humanos tenemos muchos recursos para desentendernos de los verdaderos problemas de la vida. Los mecanismos de defensa nos entretienen en cuestiones triviales, entablamos cuestiones banales, nos enzarzamos en cosas que no tienen importancia. Pero las cuestiones fundamentales nos cuestan afrontarlas. Por sorprendente que pueda parecer, la religión y el culto han sido siempre, en su conjunto, una de las grandes ocasiones encontradas para encubrir nuestra falta de seriedad ante la vida. El culto ha amparado a veces el egoísmo, la opresión, el abuso de las personas, la explotación del trabajador, la irresponsabilidad social…

Y Jesús es consciente de ello, lo sabe, por eso, mucho antes que el movimiento de “los indignados”, Jesús de Nazareth nos enseña que no es posible amar a la gente sin indignarse con lo que está pasando en nuestro mundo. No es posible compadecerse de sus sufrimientos sin enfrentarse airada a los instrumentos que los produce o impasible los permite. En este caso, el templo, en el que se ofrece el sacrificio y la alabanza a nuestro Dios, no es un edifico de piedra. El verdadero templo es la vida humana, cada vida humana, en el mundo. Y no está en venta.

A menudo olvidamos la indignación de Jesús. Los evangelios le recuerdan literalmente indignado con Pedro (cf. Mt 16,23), con los fariseos (cf. Mt 23; Mc 3,5), con los ricos (cf. Lc 6,24), con los vendedores del Templo (cf. Mt 21,12-13; Jn 2,13-17)… Jesús concede espacio en su vida y en su misión a una forma justa de cólera, que se enciende en él porque algo bueno del Reinado de Dios está siendo traicionado o violado. Su amor al Reino de Dios, herido por el poder del pecado, se trastoca en una indignación que desencadena en él una energía impulsora de la transformación y el cambio de la situación generadora de su cólera.

La Liturgia de hoy nos dice que este tiempo de Cuaresma es propicio para la indignación. La indignación no como moda pasajera, sino como necesidad de construir algo nuevo. Precisamente, una de las “armas” de vida y de paz más potentes y claras es la indignación ante lo que ya no se puede callar por injusto, por lo que hace sufrir, por lo que denigra al ser humano o lo reduce a mercancía. Quien se siente indignada clama por una dignidad que ha sido herida y ofende porque puede ser evitada.

La indignación de Jesús en este tiempo de Cuaresma es una invitación a la oración. Una oración que nos lleve a despertar. Despertar ante el mal de todos los días, cuando la indiferencia nos adormece bajo la forma del sueño de “no pasa nada”, “el mundo es como es”, “las cosas son así”, “no se puede cambiar” … Despertar como toma de conciencia, despertar como primer peldaño de una respuesta en forma de acción personal y colectiva.

La indignación de Jesús en este tiempo de Cuaresma es una invitación al ayuno. Un ayuno que nos lleve a disentir. Disentir es la reacción natural de quien despierta, se indigna ante un atropello o violación de un derecho y exclama: “¡A esto no hay derecho!”. NO. No a tantos millones de personas sin empleo. No a la explotación de los trabajadores. No a la corrupción. No a que sigan muriendo seres humanos de hambre. No. No. No… Decir no es sacar la cabeza del ala y vislumbrar utopías que nos acompañan y abren nuevos caminos.

La indignación de Jesús en este tiempo de Cuaresma es una invitación a la limosna. Una limosna que nos lleve a acoger a la otra persona y a que nos duela su dolor. Una persona frágil, vulnerable y que sufre porque al sufrimiento evitable hay que ponerle cara, nombre, fecha y lugar. Esta limosna nos remite a lo que Etty Hillesum en su Diario llama “una indignación profunda”: “Mucha gente que hoy en día está indignada por la injusticia solo lo está porque les afecta a ellos. Por eso no se trata de una verdadera indignación de raíces profundas”.

Indignación de raíces profundas o queja resignada que adormece y engorda, esta es la cuestión.

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