Invitados a la boda…

Invitados a la boda…

28º Domingo  del T.O. Ciclo A

Por: Sagrario Olza Leone. Vita et Pax. Pamplona

En cualquier cultura, en cualquier lugar, en cualquier tiempo, recibir una invitación para una boda produce alegría.  Es un familiar, un amigo, quien va a dar un paso importante en su vida y quiere que le acompañemos en el gozoso acontecimiento. Sabemos que la participación incluye el banquete y a todos nos agrada sentarnos a la mesa con los amigos y ser obsequiados con una comida extraordinaria y unos buenos vinos.

En este domingo, de los últimos del Año Litúrgico, nosotros recibimos también una invitación de boda. Es una gran boda porque todo el mundo recibe la misma invitación. Jesús, como en otras ocasiones, utiliza una parábola para explicar lo que quiere decir:  “El reino de los cielos se parece a un rey que celebra la boda de su hijo…” Y encarga a los criados que digan a los invitados: “Tengo preparado el banquete… ¡venid a la boda!”

Pero no todos aceptaron, tenían que atender sus negocios, incluso algunos despreciaron la invitación.  El rey insistió y logró que los “menos allegados”, los que casi ni conocían al rey, aceptaran  y llenaran la sala del banquete.

El rey, nuestro Padre, nos invita a la Boda de su Hijo con la humanidad.  Quiere que todos participemos en el acontecimiento. Él compartió con nosotros la condición humana para que nosotros participáramos de la suya divina. “Tú, que admirablemente creaste la naturaleza humana y más admirablemente aún la restableciste…”, decimos en una oración de la vigilia Pascual.  ¿Cómo no va a querer el Padre, que todas/os, la humanidad entera, participe y celebre la Boda y disfrute en el Banquete?

Pero, muchas veces, andamos despistados o entretenidos en nuestras cosas: planes, negocios, diversiones, afanes legítimos unas veces, otras no tanto. Rechazamos la invitación a la Boda, al Banquete del Reino. Nuestros oídos no escuchan la invitación del Padre, el mensaje de Jesús, la Buena Noticia del Evangelio. Podemos conocer y hasta haber estudiado la Escritura pero no acertamos o no nos decidimos a aceptar la invitación.

¿Y qué supone participar en el Banquete? Tratar de vivir como él vivió y según lo que nos enseñó: atento a la voluntad del Padre y confiado totalmente en él; fraterno, hermano de todos, porque somos hijos de un mismo Padre; misericordioso, como el Padre, con los más débiles y especialmente con los pecadores; cercano y compasivo con los más necesitados; defendiendo e integrando a los marginados y excluidos; llamando bienaventurados a los pobres y limpios de corazón, a los que trabajan por la paz, a los que son perseguidos por defender y trabajar por la justicia….

Vivir al estilo de Jesús, vivir según el Evangelio, participar en el Banquete del Reino es sentarnos a la Mesa y disfrutar de la armonía fraterna, donde nadie es más que nadie y ninguno se siente marginado ni fuera de lugar. Gustar los manjares de vivir confiadamente junto a los demás, procurando unos el bien de los otros, desarrollando todos las capacidades recibidas, en proceso hacia la vida en plenitud. Vivir sin amenazas de guerras ni los desastres que producen, sin sufrir por las vidas mal vividas, inhumanas, sin muertes prematuras por causas evitables, sin sentir el olvido, el abandono y hasta el desprecio de los que son de tu propia carne… El Banquete del Reino no es sólo para la otra vida, estamos invitados a celebrarlo y a “degustarlo” aquí.

Pero hemos de escuchar y aceptar la invitación, hemos de colaborar, al menos, en “poner la Mesa” entrando a la sala con buena disposición: sin querer pasar los primeros ni buscar los primeros puestos, sin mirar a los demás por encima del hombro, sin considerar que algunos no deberían entrar, sin pretender elegir el mejor manjar, sin sentarnos lejos de los que tienen otro color, en su rostro o en sus ideas, sin querer colocar al final de la mesa a los que brillan menos: por sus vestidos, por su inteligencia o porque no pretenden  “aparecer”…

Quiero hacer mía, como oración, la Aclamación que se nos propone para antes de proclamar el Evangelio de hoy:

“El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama.”  Y no sólo a la esperanza en un futuro sino a la esperanza que podemos hacer realidad hoy.  Pero necesitamos que el Señor ilumine los ojos de nuestro corazón para no vivir sin ver, sin aceptar la invitación, sin disfrutar del Banquete.  Recordemos también lo que dice “El Principito”: “Lo esencial es invisible para los ojos”. ¡Abramos los ojos del corazón!

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