Jesús y las mujeres

Jesús y las mujeres

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

Burgos

Burgos

El día 22 de Octubre, invitada por el Foro Iglesia Viva de Burgos, M. Carmen Martín, miembro de Vita et Pax, participó en dicho foro con la charla “Jesús y las mujeres”. El Foro Iglesia Viva nace en el año 2011 como espacio de encuentro, de reflexión y de compartir. De encuentro entre bautizados que sintonizan con el espíritu de lo diseñado en el Concilio Vaticano II a propósito de la Iglesia: iglesia en el mundo, al servicio del Reino, más laical y corresponsable, verdaderamente misionera, de los pobres… La intencionalidad de fondo de este Foro es claramente propositiva. Quiere ser instrumento del Espíritu para ayudar a descubrir los signos de los tiempos. Él sigue abriendo paso a toda labor evangelizadora.

Con estas inquietudes es por lo que les interesa y mucho, descubrir y profundizar en el propio Jesús de Nazareth sus dichos y hechos, y más en concreto sus dichos y hechos con las mujeres. No es necesario justificar la importancia de la recuperación de las historias de las mujeres en todos los campos. Hace años que la Teología feminista siente la necesidad de encontrar raíces e identidad, de conocer sus propios antecedentes y su historia. En estas historias se conservan las huellas de mujeres que siguieron a Jesús y testimoniaron con sus vidas el Reino.

A través de su ministerio, Jesús va generando una esperanza, una visión y una experiencia de relaciones liberadoras que las mujeres y los hombres saborean como espacio de plenitud, libre de dominación patriarcal. Las mujeres interactúan con Jesús en el respeto, el apoyo y el consuelo mutuos. Ellas dan amistad, apoyan económicamente y aconsejan a Jesús, parten el pan con él y evangelizan en su nombre. Otras reciben el regalo de su curación. Una mujer, cuyo nombre ha sido olvidado por la tradición patriarcal, ungió proféticamente su cabeza en un acto que preanunciaba su muerte. Entre las mujeres y los hombres que respondieron y se unieron a su círculo fueron floreciendo nuevas posibilidades de relación, inspiradas más en el modelo de servicio mutuo de amistad que en el de dominio-subordinación. Y formaron una comunidad de discipulado entre iguales, Jesús no hace distinción entre varones y mujeres. Jamás propone una moral o un código de conducta específico para las mujeres. Todos son llamados a la conversión…

Todo esto era demasiado para quienes se hallaban metidos hasta el cuello en el status quo político y religioso. Amenazado de muerte, conspiraron para desembarazarse de él. La muerte de Jesús incluyó todo lo que tiene la muerte de terrorífico: tortura patrocinada por el estado, angustia física, injusticia brutal, odio de sus enemigos, burlas de sus vencedores, colapso de la obra de su vida, traición de algunos de sus amigos más íntimos, experiencia de abandono por parte de Dios…

Para la comunidad cristiana la historia no termina aquí. La fe en la resurrección es testigo de que el don de la vida se manifiesta de un modo nuevo e inimaginable. La victoria del amor, tanto humano como divino, capaz de sacar nueva vida de este desastre, es expresada en la fe en Cristo resucitado.

Salón

Salón

Conviene observar que, en el momento de la crisis final, María Magdalena, María la madre de Santiago y José, Salomé y “otrasmuchas mujeres” discípulas (Mc 15,41) aparecen decisivamente en la historia, y de hecho forman el eslabón de continuidad entre ministerio, muerte, entierro y resurrección de Jesús. De cerca o de lejos, velan ante la cruz, permaneciendo solidarias con esta víctima vilipendiada, todo un ejemplo de la capacidad de relación que han tenido las mujeres a lo largo de la historia. Su presencia es un sacramento de la propia fidelidad de Dios a Jesús agonizante; su fiel amistad, un testimonio de la esperanza de que no está totalmente abandonado.

Al no ocultarse como otros de su propio círculo, ellas conocen el camino que conduce a la tumba. Entristecidas, pero estando dispuestas a hacer lo que haya que hacer, son las primeras en encontrarse con Cristo resucitado, en reconocerlo, en encargarse de la misión de llevar la buena nueva a quienes están escondidos. Esto es lo que nos dice el Evangelio que hacen: “Fueron María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago y las demás mujeres que estaban con ellas las que contaron estas cosas a los discípulos” (Lc 24,10), persistiendo a pesar del ridículo y la increencia: “pero estas palabras les parecían desatinos y no les crecían” (v.11).

Las mujeres forman parte del círculo de discípulos en la habitación superior, cuando el Espíritu dinamiza a la comunidad con el viento y el fuego de Pentecostés. Todos parten como comisionados y colaboradores creativos del evangelio por todo el imperio: apóstoles, profetas, predicadores, misioneros, sanadores, líderes de iglesias domésticas… prolongando a lo largo de la historia la misión sanadora y liberadora de Jesús con el poder del Espíritu.

Las mujeres bíblicas son para nosotras compañeras de camino, referencia y símbolo de nuestra vocación profética. Ellas nos señalan las sendas que debemos transitar para desarrollarla. Sus historias están repletas de vida, una vida que nunca acontece espectacularmente; sus comienzos son discretos, casi imperceptibles, pero es como la savia que recorre el árbol fecundándolo silenciosamente.

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