La fe cristiana es una fe comprometida

Fiesta de la Ascensión del Señor

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Lo central en la vida cristiana es la experiencia de fe. Lo vemos en los discípulos, primero quedaron fascinados por la persona de Jesús, después, la fe en el Resucitado, la certeza de que Dios lo había resucitado, que estaba vivo… consolidó esa experiencia naciente. Es esta misma fe la que les hizo bajar la vista del cielo a la tierra, a ponerse manos a la obra, la obra del Maestro; porque el compromiso, la acción… pertenece a la esencia del cristianismo. La fe cristiana es una fe comprometida.

‘Obras son amores y no buenas razones’ dice la sabiduría popular. Todas nuestras palabras, razonamientos, declaraciones de fe, oraciones profundas, buenas intenciones… quedan enfrentadas al test de los hechos. Y no es por mero utilitarismo o eficacia, la fe los reclama como un asunto de honestidad, para no dar lugar a la hipocresía y a la falsedad. Nuestro compromiso es la verificación de nuestra fe, es ponerle cuerpo.

Lo contrario, es un error farisaico que puede afectarnos también a nosotras. Es un empeño equivocado de engañar a Dios, a los demás e incluso a nosotras mismas. Confunde los deseos con la realidad, las palabras con los hechos, las oraciones con la conducta.

El compromiso cristiano es un asunto de rectitud, de integridad. Ser sinceras y honradas para con Dios, los demás y una misma es quizá la primera dimensión de la responsabilidad cristiana. Implica un deber serio con la verdad, que es el ámbito de Dios. Un compromiso en la cotidianidad del día a día.

No podemos ser cristianas a ratos o solo en ciertas actividades. La ventaja de la vida ordinaria es que revela la autenticidad de lo que somos. Hay ámbitos en los que una puede protegerse, esconderse o disimular, pero en la vida ordinaria, no. No hablamos de ser perfectas, sino de esa coherencia básica en la que una muestra lo que es, más allá de los errores, meteduras de pata o la parte inevitable de incoherencia que tenemos.

Nuestro compromiso no es una obligación impuesta desde fuera, nace del interior de la experiencia cristiana, a impulsos de la fe y del Espíritu de Jesús. Con frecuencia se interpreta como una dura carga, una obligación moral, un pesado fardo que nos aleja de la felicidad. Visto así, el cristianismo es una mala noticia; nada tiene que ver con el Evangelio, con la buena noticia de Jesús.

La felicidad es un derecho irrenunciable de todo ser humano. Ningún compromiso será auténtico si niega este derecho. Eso sí, el compromiso cristiano puede y debe cuestionar algunas concepciones de la felicidad al uso, y formas egoístas e insolidarias de buscarla. Nadie tiene derecho a ser feliz a costa de los demás. Toda felicidad auténticamente humana y cristiana ha de ser una felicidad solidaria.

Es más, un compromiso auténtico tiene que implicarnos, que llevarnos a poner en juego lo más valioso y lo más querido: la propia vida. Y en eso Jesús ha dejado un ejemplo maravilloso. Ha ido verdaderamente por delante. Después de la muerte de Jesús no podemos hablar frívolamente sobre el compromiso. Pues no será verdadero si no arriesgamos nuestra comodidad, imagen, reconocimiento,  intereses… la propia vida.

Pero tenemos un problema añadido porque, a primera vista, el riesgo que conlleva el compromiso no es ‘razonable’, no tiene el éxito garantizado. El final de Jesús es un claro testimonio de fracaso humano. Sólo en la fe se puede confiar que la fragilidad del amor triunfe sobre la fuerza del poder, que la justicia indefensa se imponga sobre la injusticia violenta… Y sólo en la fe, descubrimos que la resurrección de Jesús es la confirmación del valor que tiene ese compromiso a los ojos de Dios. De tal manera, que la fe nos lleva al compromiso y el compromiso nos devuelve, otra vez, a la fe.

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