La fiesta de una mujer

La fiesta de una mujer

Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Ciclo B

 Por: Chus Laveda. Vita et Pax. Guatemala

Hoy, ocho de diciembre, celebramos la fiesta de una mujer, María, que  no le supo negar nada a Dios, a quien reconocía como su Señor: “He aquí la esclava del Señor”.

La antropología igualitaria, a diferencia de la dualista,  contempla una humanidad redimida con unas relaciones entre hombres y mujeres marcadas por el mutuo compañerismo. Dios crea al ser humano a su imagen y semejanza, varón y hembra los crea (Gn 1,26-27).

Esta propuesta pretende interpretar a María como una mujer judía, de un tiempo y un lugar concreto, con sus propias relaciones sociales y familiares, con su propio itinerario hacia Dios y su vocación histórica de colaborar con Él dando a luz al Mesías. En la tradición cristiana católica María está íntimamente unida a la redención de Jesucristo, su hijo.

Para las mujeres, María es la perfecta discípula, la mujer dialogante, activa y comprometida con el proyecto del Reino. Algunas propuestas en la reflexión van encaminadas a partir del concepto de Reino, como una categoría clave que va más allá de la persona de Jesús, porque esta afecta a todo su movimiento, donde participan de forma activa hombres y mujeres. Desde este planteamiento se puede percibir la pasión de María por los pobres, por la justicia de Dios y recuperar, en ella, la fuerza de la Ruah que actúa en las mujeres de todas las épocas. Así María se nos acerca como la discípula ejemplar, agente de la construcción del Reino, miembro activo del movimiento de los pobres. Abre posibilidades de reconocer a María como una persona que forma parte de aquellas y aquellos que, desde la periferia del mundo, creen en ese proyecto de igualdad para todas y todos.

María fue interpretada como el paradigma de los valores femeninos dentro de la nueva comunidad y del nuevo sistema contracultural propuesto por el evangelio. María es la antítesis de la primera mujer, Eva. La razón está en que, dado que María es la Madre del Hijo de Dios, era  pertinente que se produjera en su propia realidad la realidad del Hijo: estuviera como él, libre de pecado, fuera mediadora, no conociera la corrupción de la carne y encumbrada al cielo. Por otro lado, semejante al siervo sufriente de Dios, María debía ser esclava del Señor, si no en la cruz, estar al pie de la cruz, coronada de gloria, como el hijo en su resurrección.

Los evangelios van más allá del plano biológico y genealógico de la maternidad de María. Jesús no acepta sin más los lazos de la sangre, sino que expresa que “su madre, sus hermanos y sus hermanas son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Mc 3,31ss). Lo divino y lo humano confluyen como una verdadera encarnación. La Iglesia de Jesús solo puede nacer de una experiencia radical de encuentro con él y de apertura a su palabra.

En  nuestro acercamiento religioso a la figura de María  es bueno ubicarla donde Dios la quiso y la colocó. Como miembro de la humanidad, de un pueblo concreto, para darnos cuenta hasta qué punto Dios se acerca a nuestra realidad y la asume como suya realmente. No es la mujer la que se despoja de su realidad, sino Dios el que se despoja de la suya.

En una interpretación magnificada de María, reconociéndole dones sobrenaturales, María pierde su verdadera humanidad. Nuestra mirada a María puede entenderse reconociendo que ella fue bendecida de manera única al nacer ­­-ese es el significado de la Inmaculada Concepción-, con el don de la gracia. Dios ha tomado la iniciativa para envolver la vida de todos los seres humanos en amor redentor y fidelidad sin vuelta atrás. La gracia es ante todo la autocomunicación y la presencia de Dios en la existencia humana. La relación de María con el Espíritu la hace un ser libre, plenamente humano y ella realiza su vida en medio de los avatares de la historia que le toca vivir y no fuera de ella. Por eso podemos decir  que la vida de María fue un viaje humano real, buscaba, no entendía algunas cosas, tuvo que encontrar su propio camino a lo largo de su existencia. Su profunda relación con Dios no elimina su humanidad. Ella tuvo que vivir su noche de la fe y esperar contra toda esperanza y asumir todos los retos que la vida le fue presentando dentro de una sociedad patriarcal como la que tuvo que vivir.

Su propia historia, su memoria de colaboración con Dios a través del poder del Espíritu nos energiza  a seguir en la lucha por la justicia, porque ella como mujer, forma parte  del círculo  de los discípulos como hermana nuestra, mujer del pueblo, mujer pobre, amiga de Dios que tomó sus propias decisiones con coraje. La recordamos y la relacionamos con nuestra propia historia, buscando el relato de la raza humana en su historia de sufrimiento y esperanza. Y de su mano caminamos en la tarea de hacer posible el sueño de Dios para el mundo.

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