La lógica “ilógica” de Dios

La lógica “ilógica” de Dios
IV Domingo de Cuaresma “Laetare”
Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ruanda

 Textos Litúrgicos:

Jos 5, 9.10-12
Sal 33
2Cor 5, 17-21
Lc 15, 1-3. 11-32

El mensaje de esta maravillosa parábola tiene algo de desconcertante. La lógica religiosa del pueblo de Israel durante mucho tiempo sigue los siguientes pasos: la persona (o el pueblo) ha pecado, Dios la castiga, a través de este castigo se convierte y pide perdón para que, al final, el perdón de Dios llegue. La gran novedad de la parábola, lo que la sitúa en un plano diferente, es que elimina el castigo e invierte el orden.

El perdón antecede a la conversión: el hijo ha pecado, el padre le ha perdonado desde el inicio y será la experiencia del profundo y gratuito amor de su padre lo que posibilitará a este hijo pródigo convertirse, es decir, cambiar su hambre de pan por hambre de amor. Dios perdona antes de que la persona se convierta, es más, aunque no se haya convertido. Dios nos perdona antes de que nos hayamos convertido, incluso aunque no nos hayamos convertido.

San Pablo repite esta idea cuando escribe a los romanos: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8). Esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.

Ante un comportamiento así por parte de Dios, no es difícil que se nos “remueva” el interior y pensemos: “ante un Dios así, entonces todo vale pues vamos a ser perdonadas igualmente”. Si este tipo de cuestiones surgen en nosotras, lo mínimo que se pone en evidencia es nuestra lógica que, en el fondo, no se apoya en la lógica “ilógica” de Dios.

Tenemos muy dentro nuestro sentido de justicia: se comete un pecado, es necesario que la persona se arrepienta y, entonces, se puede proceder al perdón. En este esquema, lo que está latiendo es la necesidad de que el pecador se arrepienta, haga buenas obras y, entonces, se le perdonará. El perdón se apoya en las obras del pecador arrepentido no en Dios.

La lógica “ilógica” de Dios va más en la línea de nuestro refrán: El corazón tiene razones que la razón no entiende. Es el amor de Dios ofrecido incondicionalmente al ser humano el que puede hacernos cambiar. Si el hijo pródigo y, por extensión, cada una de nosotras no nos convertimos por sentirnos amadas gratuitamente, sin requisitos previos, solamente por pura gracia de Dios, no nos convertiremos por nada ni por nadie.

Esta lógica de Dios, por otra parte, hace que nos tengamos que apoyar en Otro y en el Amor gratuito que es ese Otro, dejándonos sin la posibilidad de apoyarnos en algo nuestro (las obras), lo cual nos deja un poco a la intemperie y con la sola posibilidad de arriesgarnos a dejarnos amar por un amor de este calibre. Y un amor así desestabiliza todos nuestros esquemas porque nos fuerza a “desmontar” nuestros egoísmos más ocultos, nuestros méritos más sutiles, nuestras justicias “justicieras”, nuestros deseos conscientes o inconscientes del “ojo por ojo y diente por diente”: ¡pobre hijo mayor!

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