La Santísima Trinidad

La Santísima Trinidad

Solemnidad de la Santísima Trinidad, Ciclo A

Por: F. Javier Vitoria Cormenzana. Sacerdote Secular. Bilbao.

La fiesta de la Santísima Trinidad hace de tránsito entre el tiempo litúrgico de Pascua y el tiempo ordinario. La Iglesia nos invita a celebrar agradecidos el Misterio trinitario de Dios, después de haber celebrado su fe en Jesús de Nazaret como Salvador, Señor e Hijo de Dios y en el Espíritu como don del Padre y del Resucitado.

Hemos de reconocer la dificultad que frecuentemente sentimos muchos católicos y católicas con esta celebración. Más de una vez he escuchado reparos como el siguiente: «Son ganas de complicar las cosas. Con lo difícil que hoy les resulta a mucha gente creer en Dios, nosotros los cristianos pretendemos que además crean en un Dios que es a la vez uno y tres». Inconscientemente hemos convertido la expresión lingüística griega de la fe en el Misterio de Amor que es Dios en el enunciado de un problema matemático.

No hay otra vía de acceso al Misterio Trinitario, que lo que se nos ha manifestado de él en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Para recorrerla no debiéramos separarnos un ápice ni de la fuente neotestamentaria y ni del seguimiento de Jesús posibilitado por el Espíritu. El encuentro con Jesús Resucitado de la primera comunidad de discípulos y discípulas en el Espíritu Santo, fue para ellos y ellas una experiencia de vida divina sobreabundantemente regalada por el Padre del Reino. En la Escritura cristiana su testimonio da cuenta de una experiencia de salvación inaudita: en Jesús crucificado Dios mismo les había visitado y compartido su condición humana hasta el extremo de la muerte injusta para hacerles partícipes de la condición divina filial; por el Espíritu Santo, la «Huésped del alma», Dios mismo les habitaba a todos y cada unos de ellos haciéndoles capaces de saberse hijos e hijas del Padre y de vivir fraternalmente en su condición de hombres y mujeres nuevos. El resultado final de esta experiencia les lleva a proclamar insuperablemente que «Dios es Amor» (1Jn 4, 8). Dios es en sí mismo como en Jesucristo y en el Espíritu ha irrumpido en la historia y se ha comportado con la humanidad. Así nos lo recuerda hoy la liturgia de la palabra de la fiesta (cf. Jn 3, 16-18; 2Co 13, 11-13; Ex 34, 4b-6.8-9).

La Iglesia de los siglos IV y V tuvo que salvaguardar esta experiencia de salvación insuperable frente al intento de abaratamiento de las herejías. Recurrió a términos propios de la metafísica griega para expresar más adecuadamente para los cristianos y cristianas de aquel tiempo la fe enunciada en el Segundo Testamento. Pero ni quisieron, ni les estaba permitido añadir algo más a la fe recibida de los primeros testigos: Dios es Amor y Comunión.

La Iglesia del s. XXI celebra agradecida hoy su propia experiencia de Dios como Amor y Misericordia inauditas. Y se siente llamada y concernida a ser sacramento de amor y misericordia en este mundo roto por la injusticia e inmisericorde con los que la sufren.

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