Lucidez y radicalidad

lunes, septiembre 2nd, 2019

Domingo 23 TO. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Las palabras de Jesús hoy son provocativas y casi escandalosas. En este relato del Evangelio llama al seguimiento, pero no de cualquier manera, sino a un seguimiento con lucidez. La misión que quiere encomendar es tan importante que nadie ha de comprometerse de forma inconsciente, temeraria o presuntuosa. Sería una grave irresponsabilidad  implicarse en algo si no se sabe lo que se quiere, ni a dónde se pretende llegar, ni con qué medios se ha de contar.

A primera vista puede parecer que Jesús está invitando a un comportamiento prudente, calculador y precavido, muy alejado de la audacia con que habla de ordinario a los suyos. Nada más lejos de la realidad. Jesús quiere que tengan claro dónde se meten. Es necesario reflexionar exigencias, riesgos y fuerzas con las que se cuentan cuando se quiere emprender algo con seriedad.

Pero aún hay más, Jesús llama a un seguimiento con lucidez y también con radicalidad. Quien le siga tiene que subordinarlo todo a ese seguimiento: familia, posesiones de todo tipo, él mismo… Es la condición indispensable de cualquier discípulo o discípula.

Este llamamiento radical y lúcido al seguimiento de Jesús provoca desinstalación en quien responde positivamente y esto en varios sentidos. Desinstalación económica, renunciar a todos los bienes, en otros pasajes se dice, dejar redes y barcas o vender lo que se tiene y ponerlo al servicio de los pobres. Traducido a nosotras, parece evidente la necesidad de una vida claramente sobria en quienes seguimos a Jesús.

Además de la económica hay otra desinstalación que podríamos llamar psicológica y, tal vez, más difícil que la anterior: renunciar a sí mismo. Se trata de colocar a Jesús antes que a uno. El centro de la vida del discípulo o discípula no es él o ella sino Jesús, de ahí la necesidad de descentrarse.

Finalmente, el seguimiento reclama una desinstalación afectiva: posponer padre, madre, hijos… Esta desinstalación no significa no amar, al contrario, significa amar como Jesús, no como un derecho de propiedad sobre las personas sino como una forma de entrega radical. Sería bueno preguntarnos cómo vivimos estos tres tipos de desinstalación en nuestra vida cotidiana.

Finalmente, queda el rasgo más duro: quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. La cruz siempre acompaña en el seguimiento. Primero, por levantar la vista y, sin cerrar los ojos, ver y sentir el dolor del mundo, que es mucho. Segundo, porque seguimos a un Crucificado y hay muchas posibilidades que, de una manera u otra, terminemos como Él: criticados, calumniados, excluidos, vapuleados, ninguneados…

Otro mundo mejor es posible pero no vendrá de forma espontánea sino como resultado de la fecundidad de muchas vidas entregadas, aparentemente perdidas en el seguimiento de Jesús y en la búsqueda del Reino. Esta es la misión del seguimiento. No es cualquier cosa. No es de extrañar que Jesús hoy nos hable de lucidez y radicalidad. Sólo nos queda responder. No sólo de palabra.

 

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