Manos que dan vida

lunes, noviembre 14th, 2016

Fiesta de Jesucristo Rey. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Terminamos el año litúrgico. La vida está hecha del paso de los años. Cada año nos aporta algo único y pide algo distinto de nosotros. La cara cotidiana de la historia es tan necesaria como la más destacada; lo del día a día tan necesario como lo extraordinario. Ese es el valor del tiempo ordinario. No hay nada especial, al menos de antemano, en estas épocas de la vida; pero eso no quiere decir que sea un tiempo sin importancia. Quizás al contrario, es ahí donde se va fraguando lo significativo, la novedad.

Probablemente en la vida de Jesús también hubo rutinas. Desde su vida oculta, treinta años de preparación, de los que poco sabemos, quizá porque poco hay que reseñar, hasta esos tres años en los caminos. Habría jornadas parecidas entre sí, días en los que no ocurriera nada excepcional ni especial. Los discípulos tendrían que acostumbrarse a etapas más tranquilas, de levantarse temprano, conversar con personas distintas sobre los mismos asuntos una y otra vez; se habituarían a veladas ante una hoguera, marcadas por el silencio cuando ya parece que se agotan los temas de conversación; o a noches de mal dormir, hasta que el cuerpo se aclimatara también a las durezas del camino. Todo esto les ocurría. Como nos ocurre a nosotras y nosotros.

Y el año litúrgico concluye con esta festividad de Cristo Rey. Un Rey en la cruz. Los diferentes domingos del tiempo ordinario nos han traído hasta aquí, ante Jesús que reina en la cruz. Nada ordinario ni cotidiano. La palabra “Rey” nos remite a poder, riquezas, esplendor… por eso, nos resulta extraño asociar ese título con Jesús. No es fácil acercarse a un rey. Los reyes están en su “mundo”, en sus palacios, lejos de la cotidianidad de la gente sencilla, lejos de las gentes hambrientas, de las enfermas, de las paradas, de las que están en la cárcel, de las refugiadas sin hogar ni cariño…

A veces, vemos en la televisión cómo a los reyes de la tierra se les besa la mano con una solemne reverencia. Sin embargo, el Rey Jesús utiliza sus manos para cosas mejores. Alguien lo ha llamado el Rey de “las buenas manos”. Buenas manos para sostener a los abatidos, para hacer caricias a los maltratados y justicia a los oprimidos, para enjugar el sudor de los cansados y las lágrimas de los afligidos, para sanar los corazones de piedra, para levantar del polvo a los pobres, para curar las variadas heridas humanas, para ofrecer vino en las bodas, para jugar con los niños en las plazas, para escribir en tierra versos de liberación, para entrelazar sus manos con las tuyas en la danza de la vida…

No estamos solos en el universo. Dos manos bondadosas nos recogen y nos hacen recostar en su seno, donde podemos poner confiadamente nuestro corazón y nuestra vida. Pero ésta no es la experiencia principal para millones y millones de seres humanos hoy, expulsados en los bordes del camino, olvidada su existencia. Seres humanos con sueños, con esperanzas, con deseos, con manos para ser tocadas. Seres humanos con sus nombres, sus historias, sus sonrisas, sus madres y padres… pero sobran. Son los excedentes de seres humanos que, como si fueran excedentes de uva, se tiran, se pudren y se olvidan.

Celebrar la fiesta de Cristo Rey es unir nuestro destino con el destino de este Rey; unir nuestras manos con las manos de este Rey. Convertir nuestro tiempo ordinario en extraordinario. Jesús mismo nos invita a ser esas “buenas manos”: sostener, acariciar, enjugar sudores y lágrimas, sanar, levantar del polvo a caídas, curar heridas, abrazar, danzar… Son acciones sencillas, cotidianas, que todas sabemos y podemos hacer.

La promesa de Jesús en la cruz sigue vigente, hoy podemos estar con Él. Ya sabemos el camino.

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