Mi llamada

Por: Cecilia Pérez Nadal. Vita et Pax. Valencia.

La Palabra de Dios se comprende desde el corazón cuando en momentos concretos, en tu propia experiencia vital has visto, ves, que se ha hecho, se hace realidad en tu misma vida.

Me remito al profeta Isaías cuando dice “mis planes no son vuestros planes ni mis caminos son vuestros caminos” o a esa parábola de los jornaleros llamados a trabajar en la viña que lo fueron a distintas horas del día y después asalariados con el mismo denario al final de la jornada.

¿Por qué digo esto? Porque es una forma de explicar lo que “escuché” en ese momento de mi vida en que el Señor me llamó ante una gran ¿“sorpresa” podría decir?

Soy hija de una familia numerosa, de unos padres que dedicaron su vida a amar, trabajar y vivir para sus hijas. Estudié Magisterio y esa ha sido la gran vocación de mi vida, hasta entonces en solitario y después de este momento ensamblada con la vocación al seguimiento radical de Jesucristo en la consagración secular.

Llamada a dejar mi casa, mi familia, mi trabajo, mi independencia, mis planes… en un espacio de tiempo corto, sin apremios pero sin resquicios, sin dudas, con firmeza, con determinación y además casi sin conciencia de lo que estaba pasando. Me llamaba para ser suya y de los demás con mi propia identidad, tal y como soy.

Sé muy bien lo que son las mediaciones, sé muy bien cómo Dios llega al corazón y te hace consciente de su presencia en ti sutilmente, y te habla a través de personas, de situaciones, de acontecimientos, hasta que ves que algo se ilumina y deja de ser confuso, hasta que adquiere en tu realidad su verdadera realidad, hasta que oyes y respondes sí.

Antes de eso, una y otra vez, en lo que podría llamar el periodo de búsqueda, de clarificación, ante un enorme Cristo crucificado de una céntrica iglesia de mi ciudad, Valencia, le repetía las palabras parecidas de una canción de moda de entonces que me hacía decir “quiero en tus brazos abiertos buscar mi camino…” Ahora cuando le visito allí mismo me sonrío y le doy gracias.

Mis encuentros con el Señor eran cada vez más frecuentes y me sentía conducida. Había conocido Vita et Pax y él me iba mostrando lo que era este Instituto Secular y lo que para aquellas mujeres y su Fundador, era vivir la Amistad con Jesucristo.

Fue un año rico de experiencias donde mi vida cotidiana iba ampliando horizontes y las posibilidades de algo más creo que iban calando dentro como la lluvia suave, como la música que te conmueve.

Tras unos Ejercicios a los que fui invitada, durante una conversación con el Padre Cornelio, Fundador del Instituto, él me hizo alusión a la parábola de los talentos y a la posibilidad de hacer fructificar los dones que Dios me había regalado.

Nada más.

Ni me daba cuenta del camino que estaba recorriendo, lo vivía contenta y serena. Y una noche muy concreta, la de la Vigilia de la Fiesta de Pentecostés, fui consciente de su llamada y le dije que sí al Señor. Recuerdo qué feliz estaba y también con quién lo compartí.

Estaba claro todo, estaba segura de lo que iba a hacer aunque no sabía qué era exactamente pero tenía la determinación de seguir el dictado de mi corazón donde Jesús ocupaba ya un espacio y un lugar tan importantes que ningún problema, resistencia, dificultad, podrían desplazarle. Hubo comprensión y afecto junto a incomprensión y fuertes dificultades.

Quería seguir siendo maestra, hija, hermana, amiga, pero con otra manera de mirar, con otros criterios para vivir, con otras motivaciones, para ser fecunda y feliz. Y me marché de casa para iniciar mi Formación.

Desde aquellos momentos Jesucristo ha sido el centro de mi ser y actuar; mi consagración secular, mi identidad, y Vita et Pax mi segunda familia. Lo he vivido y lo vivo sintiéndome amada desde un gran amor y respeto hacia mi propia manera de ser, sensibilidad, cualidades y defectos.

Hoy, ya jubilada profesionalmente y después de un recorrido fructífero y enriquecedor, vivo con mi madre muy anciana; hasta hace tres años también pude cuidar de mi padre los últimos de su vida.

Soy plenamente consciente de que el Señor me llama cada día con tánta ternura y misericordia y que debo responder en cada momento, situación y realidad que comparta, que viva.

Me gusta repetir con el salmista ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Y proclamar que Jesucristo es mi Vida y es mi Paz y yo debo serlo, desde él, para los demás.

“Mi buen Jesús, yo quiero hacer algo por ti”

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