Navidad

Navidad

Fiesta de la Natividad del Señor 

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid.

Muchas cosas se han dicho sobre la Navidad. La Navidad es la fiesta de la alegría, del júbilo, de la Buena Noticia, especialmente, para la gente que peor lo está pasando. Es la fiesta de la esperanza, del asombro, de la ilusión ante esta forma de actuar de nuestro Dios que rompe con todos los esquemas…

Todo esto es verdad, pero la Navidad es también y, principalmente, la fiesta del descentramiento, del Dios en salida. El primero que se descentra es Dios. En la encarnación Dios se sitúa fuera de sí mismo, sale de sí, de su eternidad, para entrar en el tiempo y en el espacio de la existencia humana. En este Niño Jesús encontramos a Dios encarnado. En Jesús, Dios se arriesga, corre peligro al presentarse entre nosotros en la debilidad de una existencia que se acerca a la humanidad sin ninguna defensa armada ni institucional. En Jesús encontramos no imposición, sino la proposición, la palabra expuesta de Dios. Dios nos salva desde el descentramiento, desde el salir de sí mismo e invitarnos a acoger la Vida verdadera en Jesús.

Si miramos los textos bíblicos de estas fechas, observamos que cada personaje, a su vez, es capaz de olvidarse de sí, descentrarse y abrirse a otras realidades sin quedar atrapado en sí mismo. José se abre a María. María, al ángel. Ambos hacen que el centro de sus vidas sea el Niño, lo que incluye tener que huir a Egipto, exilados. Los pastores salen de sus noches al raso para asomarse a la buena noticia de un recién nacido en un pesebre. Los magos abandonan sus costumbres para buscar, en el camino, respuesta a sus preguntas más profundas. Herodes sería, en este caso, el ejemplo de la cerrazón. Incapaz de salir del cálculo de sus propios intereses y conveniencias.

Cuánto necesita nuestra sociedad de primer mundo rico y cuánto necesitamos cada una y cada uno de nosotros este descentramiento. Qué bueno sería salir del egoísmo, de mirarnos al ombligo, de no estar centrados sobre nuestros problemas, enfermedades, dificultades, alegrías… El gran riesgo del mundo actual es la persona encerrada sobre sí a la búsqueda de sus propios intereses. Hoy se nos bombardea con ideas como tú eres la medida de todas las cosas. El mundo se debería amoldar a ti. Tu estado de ánimo, tu situación vital, tus circunstancias… son el criterio de interpretación de la realidad. La tentación de prescindir de lo ajeno no es de hoy, el famoso refrán “Ande yo caliente, ríase la gente”, viene de largo.

Pero si algo descubrimos es que solo cuando nos descentramos ponemos las cosas en perspectiva, y esa perspectiva ayuda a relativizar nuestros dramas o alegrías. Si la alegría o la tristeza solo dependen de una misma, triste burbuja es esa. Hay muchas cosas maravillosas sucediendo alrededor, milagros cotidianos que abren la puerta a la esperanza, situaciones que invitan al júbilo y al regocijo. Existe mucho bien en nuestro entorno. Del mismo modo, hay demasiado sufrimiento, heridas que sangran, golpes, tragedias grandes o pequeñas alrededor… Y saber mirarlas nos enriquecen.

La fiesta que estamos celebrando nos recuerda que la felicidad con hondura se encuentra al salir. Nos invita a descentrarnos, a ponernos en el lugar del prójimo; abrirnos a una realidad más amplia, más inclusiva. La alegría evangélica no se construye sobre la persona en sí sino sobre la alteridad. Hoy se nos invita a ser cada una y cada uno esa palabra de Dios en el mundo, se nos invita a salir fuera de nosotros mismos, de nuestra propia seguridad, de nuestro propio querer o interés.

Buscaremos la forma de estar en salida y correremos el riesgo de la acogida o del rechazo, del aplauso o de la descalificación… como este Niño.

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