No cualquier dios

No cualquier dios

22º Domingo del T.O.  Ciclo A

Por: Ma.Carmen Martín Gavillero. Vita et Pax. Ciudad Real

San Pablo nos invita, hoy, al discernimiento para descubrir la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Discernimos para elegir, para tomar decisiones, si no, no hay discernimiento; aunque la no acción es ya una elección. Y no es empresa fácil ni sencilla ésta de descubrir la voluntad de Dios y no camuflarla con la nuestra. No se trata sólo de metodologías, diagnóstico, teologías… se trata en primer lugar de que todo discernimiento parte de nuestra experiencia de Dios.

Experiencia que alcanzamos si, al igual que el profeta Jeremías, nos dejamos seducir por Dios y no por cualquier dios, sino por ese Dios que te toca y te trastoca. Dios desconcertante y fiel; que nos sorprende, nos coloca y, nos descoloca; que tiene una lógica tan “ilógica” que le da al discernimiento un matiz llamativo porque puede suceder no sólo lo impensable, sino lo imposible, como don de Dios.

Discernimos si nos ha seducido el Dios que tiene una manera extraña de actuar en la historia. Si observamos descubrimos que actúa a través de dos movimientos: uno hacia abajo, hacia lo pequeño, frágil, lo humano… y hacia el otro, a la fraternidad, a la solidaridad, a la reconciliación… Nuestra manera habitual de actuar, por el contrario, es ir de abajo, arriba, buscamos subir, ascender y, a la vez, con cierta tendencia a la separación, a la división, a establecer fronteras.

Discernimos si nos ha seducido el Dios que se deja impactar, se deja afectar, tocar, por la humanidad. Se ex-pone. Jesús es la ex-posición de Dios, su gran riesgo. En los Evangelios lo podemos observar cómo no para de ex-ponerse. Se acerca a todas las personas menesterosas, conflictivas. Le llueven los problemas, se rodea de situaciones complicadas… Y nos invita en el discernimiento a ser nosotras, también, una palabra expuesta de Dios, débil y limitada, pero llena de fortaleza. Nos invita a no aislarnos, no blindar el corazón, a dejarnos tocar por el mundo.

Discernimos si nos ha seducido el Dios que nos mira con amor y miramos la realidad desde Él/Ella. Nos colocamos ante lo que está sucediendo con Dios. Contemplamos la realidad para poder distinguir los signos de la acción de Dios que abren un futuro más humano. No hay ninguna situación ni persona “dejada de la mano de Dios”. Llevamos a la oración el mundo y lo metemos en su interior. En la oración vamos contemplando la realidad y a Jesús, e intentamos sintonizar con su universo afectivo. Si la lógica de Dios es original, no lo son menos sus sentimientos. “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5). Discernimos sintiendo como Jesús al mirar la realidad.

Discernimos si nos ha seducido el Dios que no juzga. Jesús hace algo que nadie había hecho, separa el acto de  la pena, el delito de la condena. Lo vemos en su actuación con la mujer atrapada en adulterio. No se discute la culpa de la mujer, es clara, pero Jesús rompe con el automatismo del juicio y desactiva la violencia. Y a la mujer le propone una posibilidad de vida porque siempre hay posibilidad de vida. De ahí que para discernir debamos hacer un ejercicio continuo de escucha, que no salte el juicio inmediatamente. Antes de condenar entrever la posibilidad de vida de esa persona o situación. Contemplamos la realidad, la dejamos hablar… escuchamos..

Discernimos si nos ha seducido el Dios que nos mira el corazón y nos invita a trabajarnos nuestra afectividad. Porque la afectividad tiene un peso decisivo en la vida. Lo que amo es el peso que inclina mi corazón. “Lo afectivo es lo efectivo”; lo que sentimos hondamente acaba por escorar nuestra persona en esa dirección. El discernimiento es un proceso en el que vamos descubriendo la voluntad de Dios y nos unimos a ella, por eso, es necesario saber qué afecto no sano, nos quita la libertad, a dónde tiende mi corazón, ser muy consciente de ello.

Y, por último, necesitamos ser personas humildes. A pesar de haber hecho todo el proceso de discernimiento nos podemos equivocar. Es importante aceptar la equivocación y rectificar… como Pedro.

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