Nuestra Pascua

lunes, abril 1st, 2013

Por: D. Cornelio Urtasun

“SURREXIT CHRISTUS, SPES MEA…”

¡Ha resucitado Jesucristo, mi esperanza: Alleluya!”

La muerte y la Vida riñeron importante y espectacular duelo. El Dueño de la Vida, que resucitó cuando había muerto, vuelve a reinar pletórico de Vida, pues acaba de resucitar.

Éste es el eterno mensaje pascual que la Madre Iglesia nos trae en esta Pascua de 2013: que ha resucitado el Maestro; que el clavado en la cruz y escarnecido, que el muerto y sepultado, ha vuelto a la vida; que aquel en quien nosotros pusimos nuestra esperanza no nos ha defraudado, pues reina y triunfa como nunca, en un reinado que nada ni nadie le podrá arrebatar. Y por eso entonamos el canto de triunfo y victoria:

¡¡¡ ALLELUYA, ALLELUYA !!!

¡Ha resucitado Jesucristo, nuestra esperanza!

Será posible tanta belleza.

¡Más que posible: es realidad!!

Como en las grandes alegrías se nos traba la lengua, se nos llenan los ojos de lágrimas y ante esa divina figura del Resucitado, no sabemos decir más que el canto de nuestro júbilo, el grito de nuestra victoria:

¡¡¡ALLELUYA, ALLELUYA!!!

La muerte no ha podido con el que es nuestra Vida; las tinieblas no han podido con la LUZ, con el que es nuestra Luz.

Hoy nos sonríe su triunfo, nuestras sienes se tocan con la corona de la victoria. Nuestra esperanza no se ha visto defraudada. Nuestras ilusiones han tenido el más espléndido cumplimiento. ¡Ha resucitado Jesucristo, mi esperanza. Alleluya! Y nosotros resucitamos con Él y en Él. ¡¡Alleluya!!

Parecía que las lágrimas nunca tendrían fin; que la cruz se hacía más pesada, insoportable… que aquello no acababa nunca. ¡De qué manera tan distinta se nos aparecen ahora las cosas! Es que ha resucitado Jesucristo nuestra Esperanza. Y el cielo se ve más azul. El Señor, en su infinita delicadeza, después de hacernos entristecer con su Pasión, nos alegra con su Resurrección para que sigamos, año tras año, camino de nuestra plenitud en Cristo, de nuestra total captación por El. ¿Cuánto queda todavía para ser captados, seducidos por Él?

Y si estas resurrecciones temporales con Cristo y en Él nos hacen desbordar de gozo y de consuelo, cuál será la alegría de nuestra muerte, cuando nos encontremos con Jesucristo resucitado, no escondido y disimulado en la humilde hostia diminuta, sino tal y como es, envuelto en el resplandor fulgurante de su gloria. Qué será aquella aparición de Cristo en persona, que nos repite su inconfundible: “PAX VOBIS. SOY YO. NO TENGAS MIEDO”.

Para unos antes, para otros después, ese encuentro vendrá, esa PASCUA sin fin será realidad inconmovible. Nada ni nadie nos la podrá quitar. Nada ni nadie nos la podrá discutir. Eternamente felices, eternamente triunfantes, nuestros labios no conocerán más que un canto, el canto del inacabable ALLELUYA. Nos parecerá imposible tanto gozo por tan poco dolor, una dicha sin fin por unas pocas lágrimas, pero será así. Aquello no tendrá fin. El gozo de esta Pascua que vivimos es una muestra insignificante. Cómo debe encenderse nuestro coraje ante la lucha presente.

Ha resucitado Jesucristo nuestra esperanza. Y nosotros con Él y en Él. ¡¡ALLELUYA, ALLELUYA!!

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