Nuestro final es la vida de Dios

Conmemoración de los fieles difuntos. Ciclo A

Por: Jose Antonio Ruiz Cañamares. SJ. Madrid.

Con independencia de la importancia que cada cultura dé a sus antepasados, a todos nos gusta saber cuáles son nuestras raíces familiares. Romper con ellas no nos haría bien.

La fiesta de hoy tiene su importancia para los creyentes. Por eso la liturgia la conserva aunque coincida en domingo. A veces, en las esquelas de los periódicos se leen mensajes de este tipo “siempre estarás vivo, porque siempre te recordaremos”. La frase habla naturalmente del cariño de los familiares del difunto, pero no es cristiana. Los cristianos recordamos a nuestros difuntos, no para “mantenerlos” vivos, sino que los recordamos precisamente porque están vivos, participando de la resurrección de Cristo.

Las vidas de las personas son muy variadas. Casi podemos decir que cada uno caminamos por un camino único, por parecido que pueda ser con el del vecino. Hacer memoria de nuestros difuntos, como creyentes, es caer en la cuenta de los efectos de la resurrección de Cristo. No por derecho, sino por gracia, nuestro final no es el caos, ni la oscuridad, ni el vacío. Nuestro final es la Vida de Dios.

“En la casa de mi Padre hay muchas estancias”, nos dice Jesús. Los cementerios con frecuencia hay que ampliarlos. En la casa del Padre hay sitio para todos. No hay que ampliarla. Esto es lo mismo que decir que, haya sido la vida de las personas la que haya sido, el final que nos espera como hijos e hijas de Dios siempre es la plenitud. Nuestra fe así lo afirma. Dios tiene manos de comadrona (Salmo 22,11) que nos recibe al nacer, tiene manos de pastor que nos conduce por la vida (Salmo 23), y tiene manos que nos acogen al final de esta vida (Lc 23, 46).

Esta es nuestra esperanza. Nadie ha vuelto, ni va a venir para confirmarlo, pero esta es nuestra fe. Y por eso hoy, de una manera especial, y en todas las eucaristías, pedimos a Dios que acoja a los que ya se fueron.

Hacia aquí caminamos, aunque en el fondo muchos pensemos, porque somos poco creyentes, que como en la casa de uno en ninguna otra, aunque sea la del Padre. Pero nuestra vocación es caminar hacia allí. Y no de cualquier manera. Me parece que no valoramos ni agradecemos suficiente que los cristianos tengamos en Cristo “el Camino, la Verdad y la Vida”. Posiblemente “ser ciudadanos del cielo”, a lo que nos invita San Pablo en la carta a los Filipenses, quiera decir vivir en donde cada uno lo hacemos pero con el deseo de que se cumpla en nosotros que no tenemos otro Camino que Cristo, que no nos engañan con mentiras porque nuestra Verdad es Cristo, y que tampoco nos dejamos deslumbrar con estilos de vida que al final nos dejan mortecinos e insatisfechos porque nuestra Vida es Cristo.

Claro que nos ayuda como creyentes conmemorar a nuestros difuntos. Pedimos por ellos y ellas para que tengan la plenitud prometida en Cristo, y también les pedimos a los que ya no están con nosotros que nos ayuden a vivir con plenitud y entrega nuestra vida, sin distracciones, para que tengamos a Cristo por Camino, Verdad y Vida.

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