Para Él somos su preocupación y desvelo

Para Él somos su preocupación y desvelo

4º Domingo de Adviento, Ciclo C

Por: Dionilo Sánchez Lucas. Seglar. Ciudad Real.

“Mirad, el Señor sale de su morada y camina sobre las alturas de la tierra.” (Mi 5, 3). El Señor no permanece oculto desde que el hombre habita la tierra, para Él somos su preocupación y desvelo, nos ama tanto desde el principio que no deja de recorrer cada rincón  de la tierra donde haya un hombre necesitado de su gracia, de su justicia y de su paz. Nada, ni nadie podrá esconderse a su mirada, también resonará el eco de su palabra. Él toma la iniciativa y nosotros debemos dar respuesta a su presencia.

“ Despierta tu poder y ven a salvarnos” (Sal 79, 3), este puede ser el grito de toda la humanidad que sufre, de quien tiene hambre y no puede saciarse; quien tiene deseos de trabajar y no es contratado; quien se encuentra enfermo o mayor y no es cuidado y acompañado; quien tiene que salir de su país para poder vivir con dignidad o porque es perseguido; de la mujer que es acosada y violentada; del niño abandonado y del joven insatisfecho y atrapado por adicciones.

También es el deseo de quien necesita apoyo para educar a sus hijos; quien necesita consuelo cuando está triste o vive en soledad; quien no tiene fuerzas para sobreponerse a las adversidades; quien tiene miedo a manifestarse como es, viéndose anulada su personalidad; quien no se atreve a pedir perdón y reconciliarse con su hermano; quien no tiene paciencia con el que convive o trabaja a su lado; quien desea amar y no sabe cómo expresarlo.

Y Dios no está dormido en ningún momento, está permanentemente cerca de nosotros, “Dios es compasivo y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Ex 34, 6). Él quiere que el hombre tenga vida en abundancia y sea feliz, que sea saciada nuestra hambre y nuestra sed; los humildes y sencillos sean los que lideren la humanidad; la comprensión, el respeto y el acercamiento al otro sea nuestro estilo de vida; tengamos un corazón limpio, confiado, abierto, sin odios ni venganzas.

Al mismo tiempo nos está llamando a hacer su voluntad que no es más que dar plenitud a su Reino, a ser constructores de un mundo en paz, defender y luchar por la justicia, a que se manifieste la misericordia y el perdón y crezca el amor.

Pero Dios que es conocedor nuestro, que sabe de nuestras debilidades, nuestros cansancios, nuestras asperezas, nuestra dejadez, nuestras complacencias, nuestra desconfianza, nuestra falta de entusiasmo, nuestro egoísmo; nos ha enviado a su Hijo: “ Aquí vengo, oh Dios , para hacer tu voluntad” (He 10, 7).

Viene Jesús a este mundo para que seamos felices, demos gracias a Dios, para restaurarnos cada uno en nuestro ser, para que se cumpla la voluntad de Dios; por eso Juan el Bautista exultó de alegría cuando supo de su presencia, como nosotros estaremos contentos cuando llegue la Navidad.

Con el nacimiento de Jesús brota una nueva vida, nace un nuevo Reino, su testimonio y su palabra sobrepasan cualquier pensamiento humano: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28).

A nosotros con la confianza que nos dan las palabras de San Pablo: “Gracias a la ofrenda de Cristo, nosotros hemos quedado consagrados a Dios” (He 10, 10), nos queda seguir lo más fielmente posible a Jesús, ser testigos de su palabra para que seamos dichosos como María, porque todo lo que nos ha dicho el Señor se cumplirá.

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