Perfume de unidad

6º Domingo de Pascua

Por: Teodoro Nieto. Burgo.

Perfume de unidad

6º Domingo de Pascua

Por: Teodoro Nieto. Burgo.

 

En las lecturas de este domingo 6º, después de Pascua, el gran protagonista es el Espíritu, misterioso animador de las primeras comunidades cristianas. Concretamente en el texto evangélico de Juan, nos parece sentir el caminar de la comunidad joánica, agrietada por divisiones internas y urgida de insistir en la necesidad de unidad, de esa comunión de vida que sólo es posible por la fuerza del Paráclito.

El término “Paráclito”, que solo aparece en el cuarto evangelio, es la nueva presencia del Crucificado-Resucitado en la comunidad naciente de Jesús. Para las comunidades del siglo I, “el primer Paráclito” es el mismo Jesús, como nos dice Juan en su primera carta (12, 1). En el evangelio de hoy, el “otro Paráclito” que Jesús pide para nosotros al Padre es el Espíritu.

Paráclito es una palabra derivada del griego “parákletos”. Estrictamente hablando, significa “el que es llamado o invocado para estar junto a alguien”. Es el “abogado defensor”. Es la presencia incondicional del Espíritu en nuestras vidas, pase lo que pase, sintamos lo que sintamos o pensemos lo que pensemos. El Espíritu es el dinamismo interior que nos habita.

Al Paráclito se le llama “Espíritu de la verdad”. Y, tal vez, nos repitamos la misma pregunta que Pilato hizo a Jesús en el pretorio: ¿qué es la verdad? O ¿de qué verdad se trata en el contexto del evangelio que hoy proclamamos?

No confundamos al “Espíritu de la verdad” con una doctrina, tal como la encontramos, por ejemplo, en el Catecismo, en la reflexión de teólogas y teólogos, o en los mismos documentos del Magisterio de la Iglesia. Lo más importante no es el dedo que apunta a la luna, sino la misma luna. Lo que llamamos “verdad” no es más que un “mapa” que apunta al territorio que queremos alcanzar.

El evangelio de hoy parece darnos una pista para descubrir la verdad, cuando Jesús nos dice “Yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros”. A la luz de estas palabras, la verdad exhala un perfume de unidad. Mientras desde nuestra mente, que fragmenta la realidad, sólo aparentemente nos vemos y sentimos separados por nuestras complejidades y diferencias, desde nuestro ser más profundo, o como decían ya los monjes medievales en el siglo XII, no con el “ojo de la carne”, ni con el “ojo de la razón”, sino con el “ojo de la contemplación”, podemos experimentar con inmenso gozo un sentimiento de pertenencia, de interrelacionalidad, de solidaridad vinculante. Y es precisamente  el Espíritu de la verdad o de la  unidad el que crea y nos regala poder vivir y descansar en la Unidad que somos; unidad que abraza todas las diferencias.

La Biblia se refiere al Espíritu como “Ruaj”, nombre mujer, como “viento”, “ánimo”, “aliento”, “energía”, “fuerza de vida”, para evocar la vida divina Una. Estos términos pueden ayudarnos a desmontar tantas imágenes antropomórficas que nos hemos formado del Dios de la Vida, y que tanto han distorsionado nuestra idea de Él.

Más todavía, el Espíritu, dinamismo de Vida y de Amor no es una entidad separada del ser humano ni del Cosmos. Metafóricamente hablando, ¿no cabría decir que el Cosmos entero  es el “cuerpo”, “manifestación” y “expresión” del Espíritu? ¿Y si sabemos ver el mundo, no estamos viendo al Espíritu?

Así entendía Teresa de Jesús la presencia del Espíritu que “ES” en nosotros: “Digamos que sea la unión como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una…”. Y sigue con otra metáfora: “Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir  ni apartar cuál es el agua del río, o lo que cayó del cielo” (VII Moradas 2.4).

Cuando realmente “vemos”, en la profunda dimensión que la entiende el evangelista Juan, podemos al menos atisbar que mientras nuestros órganos neurobiológicos ven separación en todo, con nuestro ojo “interior” podemos percibir la Unidad de todo, de  todos y todas, en una unidad omniabarcante que nada ni a nadie excluye. Este es el Misterio del Espíritu Paráclito, que nuestro lenguaje humano puede apenas balbucear.

A la luz de este Misterio, podemos quizás leer e interpretar la crisis actual que nos zarandea, y aflige a la humanidad.  Es indudable que el Espíritu, que conduce con sabiduría y amor los destinos de la historia, nos brinda en ella una oportunidad única para descubrir la Unidad que somos. Nos une la fragilidad, la vulnerabilidad, la impotencia, la frustración, el miedo y la incertidumbre. Y esta unidad, que constituye nuestro fondo común, puede ayudarnos a tomar conciencia de que nuestra salud depende de la de nuestros semejantes, puesto que, querámoslo o no, formamos una inmensa red de relaciones. Como muy bien lo expresa la ética sudafricana Ubuntu, “nosotros somos por tanto soy, y dado que soy, entonces somos” De ahí que nos necesitemos como un solo y único ser que se despliega en múltiples y variadas diferencias.

La Unidad que somos se materializa en gestos concretos y no menos heroicos de cercanía y solidaridad. El libro bíblico del Eclesiastés o Qohélet (predicador), escrito en tiempos de crisis por un sabio del siglo III a.C, bajo el imperio helenista de los Tolomeos, parece  cobrar actualidad en una coyuntura como ésta en la que se entenebrecen los horizontes. Aunque no es tiempo de abrazos, como dice ese sabio, la unión hace la fuerza: “Mejor son dos que uno… porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo!, porque cuando cayere no habrá segundo que lo levante… cordón de tres dobleces no se rompe tan pronto” (Ecl 4, 9-12).

La adversidad   puede  convertirse en escuela de solidaridad para una sociedad narcisista que proclama  la lógica absurda del “sálvese quien pueda”. Pero nos hundimos o nos salvamos en comunión, porque como nos recuerda la sabiduría del Papa Francisco, “todos estamos en la misma barca”.

Hacer caminos de unidad y solidaridad, sobre todo en tiempos tan  inclementes, especialmente  para las personas más empobrecidas y olvidadas, nos garantizan una copiosa cosecha de enjundiosos frutos, que sólo la brisa vivificante de Espíritu puede producir: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Contra esto no hay ley que valga” (Gál 5, 22).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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