Qué significa amar a Dios

30ºDomingo del T.O. Ciclo A

Por: Teodoro Nieto. Burgos.

 El pasaje evangélico de este domingo puede suscitar en nosotros algunas preguntas. El testimonio del evangelista Juan nos sugiere en la primera de sus Cartas que ya las primeras comunidades cristianas se preguntaron: ¿Cómo podemos amar a Dios si a Dios nadie lo ha visto nunca? ¿Qué es, entonces, amar a Dios y cómo podemos amarlo con gestos concretos?

Cuando el evangelista Juan nos habla del amor a Dios no pueden ser más realistas y contundentes sus palabras: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1ª Jn 4, 19-20). El pensamiento central de Jesús en el Evangelio de hoy es que, de hecho, no es posible amar a Dios viviendo de espaldas a todos sus hijos e hijas que la sociedad excluye, discrimina e incluso desprecia. ¿No seremos víctimas de una gran mentira si creemos que podemos entendernos a solas con Dios en el templo, mientras nuestro corazón es un nido de odios, envidias y rencores?

Ahora bien, el amor no es sensiblero, es decir, no se queda en puros sentimientos ni en palabras vacías. A este respecto, nos dice en tono desafiante la carta de Santiago: “Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa o el pan de cada día, y uno de vosotros les dice: que os vaya bien; que no sintáis frío ni hambre, pero no les dais lo que necesitan, ¿de qué os sirve?” (Sant. 2, 15-16). O como diríamos hoy en castellano puro y llano: “Obras son amores y no buenas razones”.

Vayamos por un momento a la oración del Padrenuestro que rezamos tantas veces y recapacitemos cuando decimos estas palabras: “Padre, hágase tu voluntad”. Amar a Dios es amar su voluntad. Amar su voluntad es amar lo que Él ama. Y Dios “ama todo cuanto existe. No desprecia nada de lo que ha hecho” (Sab. 11, 24-25).

Amar a Dios es cuidar con amor a nuestra Madre Tierra, nuestra Casa Común, la única que tenemos para vivir. Pero si no cuidamos esta Tierra nuestra que tan maternalmente nos envuelve, es impensable la supervivencia de la raza humana.

Si Dios es el “Amigo de la Vida”, como nos dice el libro bíblico de la Sabiduría, amarle a Él es cuidar la propia vida y la de sus hijos e hijas. Es interesarnos por nuestra salud y la de nuestros hermanos y hermanas. Entendemos la salud no simplemente como ausencia de enfermedad, sino como un vivir en armonía con nosotros mismos, con el Misterio que nos habita, con todos los seres vivos, con el Cosmos entero.

Amar a Dios es reconocer y respetar la dignidad y los derechos de todo ser humano, sobre todo de los seres más necesitados. Porque nada hay más opuesto al amor que nuestro desinterés e indiferencia ante millones de seres humanos empobrecidos y excluidos: inmigrantes sin patria a los que cerramos las puertas de nuestras fronteras y de nuestro corazón; familias sin techo, sin trabajo, sin tierra; hermanas y hermanos nuestros discriminados por el color de su piel, por sus creencias religiosas o por sus opciones políticas; mujeres violadas, maltratadas y asesinadas; niñas y niños víctimas del hambre y de la sed, de enfermedades curables, de abusos sexuales; ancianas y ancianos abandonados. Todo lo que hagamos o dejemos de hacer por todos estos seres, imágenes vivas del Dios Vivo, se lo hacemos o dejamos de hacérselo al mismo Dios (Mt. 25, 40-45).

Y ¿qué queremos decir cuando hablamos del amor a Dios “sobre todas las cosas”? No se trata de renunciar a amar todo lo que Dios ama ni de despreciar lo que Dios no puede de ninguna manera

despreciar, porque todo lo que existe es un reflejo de su amor. Con razón que Dante, al finalizar su Divina Comedia, vea a Dios como el “amor que mueve el sol y las estrellas”. Amar a Dios sobre todas las cosas es amarlo en todas las cosas, porque Dios está en todo y todo está en Él.

Este fue el asombroso descubrimiento de Francisco de Asís, que supo amar a Dios en el hermano sol y en la hermana luna, en las estrellas bellas, en el hermano fuego, en la preciosa y casta hermana agua.

Según una antigua leyenda, Francisco dijo un día a Dios entre lágrimas:

“Yo amo al sol y a las estrellas.
Amo a Clara y a sus hermanas.
Amo todas las cosas bellas.
Perdoname, Señor,
porque solo debería amarte a ti.
El Señor, sonriente, respondió:
Yo amo al sol y a las estrellas.
Amo a Clara y a sus hermanas.
Amo todas las cosas bellas.
Mi querido Francisco,
no tienes por qué llorar,
pues todo eso lo amo yo también.

Amar a Dios no es solo amar lo que Él ama, sino amar como Él ama. Y ¿cómo ama Dios? .

El Dios que nos ha revelado Jesús en el Evangelio ama gratuitamente, es decir su amor no es interesado; no se compra ni se vende como lo expresa bellamente el profeta Isaías:

“Venid por agua todos los sedientos;
venid aunque no tengáis dinero,
comprad trigo y comed gratuitamente,
comprad vino y leche sin tener que pagar” (Is. 55,1

Dios no nos ama por nuestros méritos, ni por nuestras buenas obras. No nos ama porque nosotros le amemos (1ª Jn. 4, 10). Es Él quien por propia iniciativa se nos adelanta en el amor. “Él nos amó primero” (1ª Jn 4, 19).

El amor del Dios de Jesús no tiene acepción de personas (Rom. 2, 11). Su amor es como el sol que alumbra a buenos y malos y como la lluvia que cae sobre justos e injustos (Mt. 5, 45). Y, pase lo que pase, el amor del Dios de Jesús es indefectiblemente fiel, pudiendo aplicarse todo ser humano estas palabras del profeta Isaías:

“Aunque las montañas cambien de lugar,
y se desmoronen los cerros,
no cambiará mi amor por ti…” (Is. 54, 10).

Ahora bien, el amor de Dios nos apremia y compromete a amarlo cada día en todo lo que Él ama, en sus hijos e hijas que Él ama y con el amor gratuito  que Él ama

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