Recuperando dignidades perdidas

martes, septiembre 27th, 2011

Por Maricarmen Martín

Las mujeres nos sentimos herederas de una tradición, la de Jesús, que colocó a su lado a hombres y mujeres como co-partícipes de su misión evangelizadora. Sin embargo, no descubro nada nuevo al expresar, una vez más, la sufrida discriminación que las mujeres viven dentro de la Iglesia. Somos conscientes de que, a nivel de principios generales, todos se manifiestan partidarios de una igualdad que, en la vida cotidiana, cobra acentos de desigualdad. Desde esta evidencia, el aporte de muchas mujeres y algunos varones se sitúa en la recuperación de la verdadera humanidad, tanto para el varón como para la mujer. No queremos quitar a unos para poner a otras. Evidentemente, si la mujer ocupa su puesto en la sociedad y en la Iglesia, el hombre se tiene que situar. Esto, lejos de restarle protagonismo, le devuelve su verdadera dignidad.

Esta tarea nos sentimos impulsadas a hacerla como discípulas de Jesús, que queremos seguir caminando con El, repitiendo sus mismos gestos. La Biblia nos muestra un Dios enamorado de los desposeídos y los humildes. La opción por las mujeres es inseparable de la opción por los pobres. Su resistencia a ser sistemáticamente excluida es, como la de los pobres, una resistencia para tener “vida en abundancia” (Jn 10,10).

En el Nuevo Testamento nos encontramos diversos modos de seguir a Jesús, pero su contenido es idéntico en todos los casos. En realidad, supone incorporarse a la construcción del Reino de amor. La persona que se pone en disposición de seguimiento, deja todo: las mujeres dejaron su puesto en la vida para entrar a formar parte del grupo de Jesús; y, además, inaugura  nuevas relaciones de vida, basadas en la igualdad y la fraternidad.

El mismo Lucas nos dice cómo, camino del calvario, Jesús era seguido por una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres que lloraban y se lamentaban por él. También nos dice que “Todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, estaban allí presenciando todo esto desde lejos” (23,37-49). Nos interesa fijarnos en el grupo de mujeres. Es el mismo grupo del capítulo 8. Si se hallan presenten en ese momento es porque verdaderamente habían creído en él. El miedo, recordemos que estaban allí pero “desde lejos”, no les había impedido llegar hasta ese lugar porque lo amaban.

Por último, las mujeres que permanecieron con Jesús hasta su muerte serán también testigos de su resurrección (Mt 28,1-10). A ellas les confiará el encargo de anunciarlo a los discípulos que, por temor, le habían abandonado. Es decir, Jesús les confía la importante misión de alentar a los hermanos y de confirmarles que aquel que habían matado, estaba vivo.

Caminar detrás de las huellas de Jesús (Lc 8,1-3), amarle por encima del miedo (Lc 23,27), manifestarse como seguidoras de él, incluso en el lugar en que lo estaban matando (Jn 19,25), ver al Señor vivo antes que los mismos apóstoles (Mc 16,9), ser enviadas… las acredita como sujetos capaces y dignos de ser co-partícipes a todos los niveles en la misión de la Iglesia. Estas son sus credenciales.

Por consiguiente, Jesús incorpora a su misión a las mujeres de una manera radicalmente nueva y en abierta oposición a las costumbres de su tiempo. Dejó abierto un camino de igualdad en el amor, que no siempre ha sido reconocido y valorado por la Iglesia, pero que, desde siempre, las mujeres entendieron bien. Ausentes de los servicios que incluían toma de decisiones y responsabilidades de autoridad, las mujeres se entregaron a la tarea de construir el Reino en la historia. Por eso, siempre han estado presentes en los procesos de liberación. Muchas veces como fuerza oculta, no reconocida por la historia oficial, pero presente y actuante. Desde la periferia, se encontraron con la raíz de la Buena Noticia de Jesús: él las quería cerca para enviarlas a participar en la construcción de la fraternidad universal. La cercanía desde los márgenes de la historia de la Iglesia les hizo comprender de un modo nuevo y desafiante el significado de caminar con Jesús estando cada vez más identificadas con él.

Sin embargo, las mujeres seguimos ocupadas principalmente en tareas de labores estéticas o catequéticas y, casi siempre ausentes de los órganos de gobierno eclesiales. Los espacios son reveladores y sustentadores de la posición subordinada de las mujeres. En los centros de estudios teológicos, ocupan –cuando les dejan- el lugar de los que aprenden, de los que toman notas en silencio. Son escasísimas aún las cátedras llevadas adelante por mujeres. En las iglesias se colocan, sin otra alternativa, bajo el altar y a una distancia respetable. Tampoco son admitidas en los ámbitos de decisión y ejecución. Estos son de dominio exclusivamente masculino. A este respecto nos dice I. Gebara: “Las mujeres pueden invadir los espacios en los que se toman las decisiones sagradas sólo para servir a los hombres como domésticas siempre subalternas y obedientes”. Sin embargo, las consecuencias de las decisiones recaen también sobre las mujeres a quienes toca acoger y obedecer.

Pero no queremos quedarnos sólo en lo que no va bien. Las mujeres hoy siguen conquistando mayores espacios de responsabilidad en la sociedad civil. Estamos en camino de superar una visión de la mujer exclusivamente como madre de familia y ama de casa. Esto constituye uno de los signos de los tiempos que la Iglesia no puede dejar de escuchar y, por tanto, disponerse a propiciar, ella también, mayores espacios de participación y responsabilidad a las mujeres. Es más, además de tener que superar el patriarcalismo y machismo imperantes en la sociedad en general, la Iglesia tiene que superar el clericalismo particular dominante.

No es un imposible, es tarea de todos y de todas, se puede hacer si nos disponemos a dar ya los pasos oportunos, algunos de ellos pueden ser:

  • Caminar hacia la constitución de una Iglesia más comunitaria y participativa, donde hombres y mujeres, laicos y laicas, sacerdotes, religiosas y religiosos sean co-responsables de llevar adelante la tarea encomendada por Jesús. Para ello, entre otras cosas, tendremos que redefinir recíprocamente qué es la feminidad y qué la masculinidad. Supone también redefinir el papel del sacerdote y del laicado y pasar de un esquema puramente vertical a otro más comunitario que tenga un único centro, Cristo Jesús.
  • Fomentar la formación teológica de las mujeres y la difusión de su pensamiento. Secularmente, las mujeres fueron separadas de los centros de formación donde se elaboraba el pensamiento teológico que había de acompañar el camino creyente de hombres y mujeres. Pero ha llegado el momento de la irrupción de las mujeres teólogas en la Iglesia.
  • Afianzar los pasos hacia una Iglesia ministerial, en la que queden incluidas también las mujeres. Creemos que es posible abrir nuevos cauces, diversificar los ministerios. Podemos ser más creativos y creativas y romper con viejos prejuicios y miedos porque lo que cuenta es la extensión del Reino de Vida que Jesús vino a traernos.

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