Retiro Adviento 2013

domingo, noviembre 17th, 2013

Artífices de Paz

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ciudad Real.

1. Simeón y Ana

Iniciamos el Adviento. Adviento significa “venida”. Aguardamos la venida de Jesucristo. La espera es la actitud característica de este tiempo. La espera es activa, hay algo que esperar, por eso, genera una tensión sana. Mientras esperamos, tendemos hacia quien esperamos, hacia quien nos hace palpitar el corazón con más fuerza, hacia quien colma nuestro deseo. Así les pasó a Simeón y Ana (Lc 2,25-38). Ellos convirtieron su vida entera en un Adviento. Esperaban algo decisivo no para ellos solos sino para Israel. Esperaban la paz mesiánica. La espera de la paz guiaba sus búsquedas, sus vidas, su ancianidad y ese interés les hizo posible el reconocimiento de Jesús como Mesías. Seguro que tuvieron que superar más de una vez la tentación de desistir, de dejarlo, ya eran mayores y la paz parecía que cada vez se alejaba más, sin embargo, no se echaron atrás, no se cansaron, no buscaron otros “refugios” justificables, permanecieron en su misión. El testimonio de esta pareja nos cuestiona: ¿Todavía significa algo para nosotras y nosotros “estar alertas”, “aguardar”? ¿Qué esperanza festejamos en nuestras liturgias? ¿Estaremos hablándole al mundo de fidelidad, de permanecer, de aguardar, cuando en realidad ya no esperamos nada más… y abandonamos?

  • ¿Esperamos todavía algo decisivo para la humanidad, de tal manera, que influya en nuestra vida? ¿El qué?

2. La paz: Shalom

 La tradición judía no entiende la paz en contraposición con la guerra, sino en contraste con todo aquello que pueda perturbar el bienestar colectivo del pueblo en todos los ámbitos de la vida. La paz incluye la dicha (Sal 73,3), la provisión de las necesidades (Jc 19,20), la salud corporal (Is 57,18-19), la tranquilidad (Gn 15,15; 26,29), el entendimiento pacífico entre pueblos y hombres (1R 5,26; Jc 4,17), la salvación estable de las situaciones de desgracia (Jer 14,13; 29,11), etc. La paz no es sin más un estado de ánimo, sino una situación social y política jamás alcanzada plenamente, que depende de Yahve. Propiamente, Yahve es la Paz (Jc 6,24). Sólo Él puede otorgarla y, si la retira, sobreviene la aflicción en el pueblo (Jr 16,5). En clave del NT, Jesucristo mismo “Él es nuestra Paz” (Ef 2,14-15), conduce nuestros pasos hacia ella (Lc 1,79) y nos anuncia que el Reino está cerca. Un Reino marcado por unas relaciones de amor gratuito (Lc 2,14), porque toda ausencia de amor es ya guerra.

  • ¿Existe paz en mi entorno más cercano? ¿Soy yo una persona de paz?

3. Urge la paz

 Ojalá y tengamos verdadero interés por la paz porque urge la paz. “Si yo hablo de paz, ellos prefieren guerra” (Sal 120,7). Estas palabras son hoy más reales que nunca. Todos los días los periódicos y las emisoras de radio y de televisión revelan el deseo humano desvergonzado de poder, de luchar y de ser la superpotencia más fuerte. En nuestro mundo no se oyen a menudo auténticas palabras de paz; y cuando se pronuncian, la mayoría de las veces se desconfía de ellas, sencillamente, porque cuando una sociedad deja morir de hambre a millones de personas o los deja morir en medio del mar está en guerra.

La paz ha sido y sigue siendo un don, pero también una tarea, un reto, un desafío. El siglo XXI será el siglo de la paz. “Todo tiene su momento… tiempo de callar y tiempo de hablar… tiempo de guerra y tiempo de paz”, dice el Eclesiastés. Este es el tiempo de hablar a favor de la paz porque sin paz no habrá vida. Estamos llamadas y llamados a que todo cuanto hagamos, digamos, pensemos o soñemos forme parte de nuestro interés por la paz. Ser artífices de paz es una vocación a tiempo completo y, en este momento del mundo, tal vez, la más urgente de todas las tareas. En el Adviento del año 2013, se nos invita a una conversión, de tal forma, que pueda llevarnos a un verdadero cambio y a unas acciones específicas en favor de la paz.

Ya hemos convivido demasiado con los que rechazan la paz. Nos hemos dejado impresionar durante mucho tiempo por “los reyes de la tierra, los nobles, los grandes jefes militares, los ricos y poderosos…” (Ap 6,15) que tratan de decirnos que la situación política es tan compleja que no podemos tener una opinión sobre la posibilidad de la paz y que para alcanzarla se necesita la guerra. Jesús dijo: “Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Estas palabras no pueden permanecer por más tiempo en el trasfondo de nuestra conciencia, irrumpen en nuestra vida con tanta urgencia que sabemos que ha llegado el momento de ser auténticas personas artífices de paz.

  • ¿Por dónde debe ir mi conversión en este Adviento para ser auténtico artífice de paz?

No basta la buena intención hay que poner los medios, para ello nos pueden ayudar tres pilares: Oración, resistencia y fraternidad.

4. Artífices de paz

4.1. La oración

La oración es el principio y el fin de la paz porque la paz es un don divino. En su discurso de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: “Os dejo la paz, os doy mi paz. Una paz que el mundo no puede daros” (Jn 14,27). Cuando queremos ser artífices de paz, lo primero que hemos de hacer es dejar nuestras armas y entrar en la casa de quien nos ofrece su paz. Jesús no sólo nos invita a vivir con él en la misma casa, sino que él mismo es la casa (Jn 15,4-5). La oración nos abre la puerta de esta nueva morada.

A veces, más de las que nos gustaría, también nosotros somos parte del mal contra el que protestamos y no somos personas de paz sino de conflicto. La invitación a una vida de oración es la invitación a vivir en medio de este mundo sin poner la confianza en los medios, la fuerza y el poder (Is 31,1-3). Sólo podemos dar testimonio del Príncipe de la Paz cuando tenemos puesta nuestra confianza en Él y sólo en Él. Somos personas descentradas, nuestro centro es Jesucristo, pero si nos miramos demasiado a nosotros mismos, si ponemos en nosotros el centro, corremos el peligro de utilizar la violencia para mantenernos. Jesús es nuestro centro y no son simples palabras, esta es la verdadera fuerza que nos lleva a buscar la paz siendo creativas y generosas. Esto no se improvisa. Es un largo proceso de conversión en el que morimos a nuestra vieja identidad. En este sentido, la oración es un acto de martirio: morimos a nuestro mundo conflictivo y entramos en la luz sanadora de Cristo (Lc 6,27-35).

A su vez, la misma oración es ya un acto de paz, es una protesta contra un mundo de manipulación, competencia, rivalidad, sospecha, actitud defensiva, ira, hostilidad, agresión mutua, destrucción y guerra. Es precisamente en esta presencia “inútil” ante Dios donde podemos escuchar la voz del amor escondida en el centro de nuestro ser y poner paz en nuestro corazón (1 Tim 2,1-6).

4.2. Resistencia

Ser artífice de paz exige que mi oración se haga visible en acciones concretas. Sin tales acciones, la oración no es más que la expresión piadosa de alguien que huye. Ser artífices de paz no es una opción. Es una “obligación sagrada” sea cual sea nuestra situación. Es una forma de vida que compromete continuamente todo nuestro ser, por eso resistimos; debemos oponer decidida resistencia a toda forma de violencia y destrucción, y proclamar que la paz es el don divino ofrecido por Dios (Nm 6,22-26). La no resistencia nos hace cómplices de la violencia. La resistencia significa decir “no” a todas las fuerzas de la muerte, dondequiera que estén, y decir “sí” a toda vida, sea cual fuere la forma en que la encontremos. Trabajar por la paz es trabajar por la vida (Rm 8,6).

No deben separarse la paz del mundo y la paz del corazón. No hay que separar la paz interior de la exterior. El trabajo de la paz es un abanico que se extiende desde los escondidos rincones de nuestro yo hasta las más complejas deliberaciones internacionales. Por tanto, nuestra resistencia a los poderes de la muerte tiene que ser tan profunda y amplia como la paz misma.

La guerra no nace en los campos de batalla, entre soldados con armas, sino en la misma casa, en la intimidad de la familia o de la propia institución. Mucho antes de empezar a guerrear, matar personas o destruir naciones, ya hemos matado a las personas mentalmente. Cuánta violencia fue mental antes de convertirse en violencia física. Se comienza a decir “sí” a la muerte mucho antes de decir “sí” a la violencia física. De ahí que, decir “no” a la muerte exige un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “No juzguéis” (Mt 7,1). Exige decir “no” a toda la violencia del corazón y de la mente. Con mis juicios divido mi mundo en dos partes -los buenos y los malos- y así juego a ser Dios. Pero quien juega a ser Dios termina actuando como el demonio (Rm 2,1-11). En este Adviento decimos “no” a la violencia de los juicios.

El camino de Jesús es un camino sin anatemas ni armas ni violencia ni poder. Para él no hay países que conquistar, ni ideologías que imponer, ni pueblos que dominar. Tan sólo hay niños, mujeres y hombres a los que amar. Y el amor no hace uso de las armas. El amor no se manifiesta en el poder, sino en la falta de poder. Jesús nos desafía en este Adviento a seguir este camino. Es el camino de la resistencia desarmada, no violenta y sin poder. Resistir al odio, la división, el conflicto, la guerra y la muerte es un acto litúrgico; es adorar a Dios. No obstante, la resistencia no violenta no es un camino aceptado con facilidad. Quienes ven en la violencia el camino único y necesario hacia la paz no sólo pensarán que los resistentes no violentos carecen de realismo y son ingenuos sino que además los acusarán de cómplices de la violencia. Jesús afirma con toda claridad que la persona resistente tendrá dificultades: “Os echarán mano y os perseguirán…” (Lc 21,12).

4.3. Fraternidad

Ser artífices de paz no se puede hacer en solitario. Es importante que la paz de Dios, se haga visible en una fraternidad humana. Sólo desde la fraternidad de apoyo, fraternidad autocrítica, tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotras mismas. Esta fraternidad debe ofrecer algo más que un simple contexto protector para la oración y la resistencia; debe ser la primera realización de “los nuevos cielos y la nueva tierra” (2 P 3,13); no es sólo medio para realizar la paz, sino que es el lugar donde la paz que andamos buscando recibe su primera forma.

Y éste es el aporte más propio que podemos hacer. Ser personas que motivemos, que sugiramos, que propongamos a cuantos nos rodean vida y paz. Estar ahí para los demás con ánimo y con afecto. Ser cauces de una espiritualidad sencilla, renovada y real. Y ofrecer la propia espiritualidad con pasión y compasión. No hay cosa que cree más unión que una experiencia espiritual compartida y no hay cosa más revolucionaria que una experiencia espiritual compartida, recordemos a Jesús y sus discípulos, a Francisco de Asís y sus seguidores…

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo reconociendo que somos incapaces de lograr la paz por nosotros solos; reconociendo que es el lugar donde la fuerza se revela en la debilidad, la fe se revela en la duda, la esperanza se revela en momentos de desesperación, el amor se revela en medio de ciertas envidias y desconfianzas, la alegría se revela en medio de la tristeza y la paz se revela en medio de la violencia, los conflictos y las divisiones. Reconociendo las dificultades que nos surgen, poniéndoles nombre, situándolas encima de la mesa y buscando soluciones juntos a la luz de la Palabra. Y utilizamos nuestra palabra como regalo para construir, nunca para destruir, controlando la violencia verbal. Somos artífices de paz reconociendo que el perdón es el gran don divino que Jesús nos ofrece. La paz es una misión de perdón, de reconciliación (Col 1, 15-20); el perdón rompe el círculo del eterno retorno de la violencia (Jn 20,19-23).

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo siendo personas de esperanza. Jesús no ofreció un optimismo basado en las estadísticas, en el análisis político, en el equilibrio de poder, en la disuasión o en la capacidad para destruir, sino una esperanza basada en la promesa del perdón de Dios a todas las personas, en la promesa de su amor incondicional hasta dar la vida. La esperanza se asienta en la experiencia de la fe en el Dios vivo, una fe más fuerte que la violencia, la división, el juicio o la guerra. La fraternidad no es un grupo de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La fraternidad es la expresión de una victoria ya conseguida. San Pablo dice : “la muerte ha sido vencida” (1 Cor 15,54), por eso, somos personas de esperanza y agradecidas. Capaces de reconocer y celebrar la paz de Dios. Una fraternidad eucarística, la eucaristía pertenece al centro mismo de nuestra vida y es el acto en el que se resume toda acción por la paz.

La fraternidad es artífice de la paz de Cristo cuando abrimos nuestras casas y aceptamos el regalo de las víctimas. La vida no crece y se extiende por la lucha entre fuertes sino por la presencia y palabras de aquellos que no tienen ni lugar, porque no tienen derechos. Sólo aquellos que no tienen más razón ni argumento que su rostro sufriente pueden elevar su mirada hacia los violentos. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema: huérfanos, viudas, extranjeros… y de aquellos que los acogen para vivir en Cristo. Nos regalan la paz sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque la paz solo es posible cuando alborea la justicia (St 3,18). La paz es una ofrenda-oblación de las víctimas y no puede fundarse en el poder de los triunfadores. Una paz que se logra con armas no es paz, sino dictadura de los poderosos. Un orden que se alcanza sometiendo y acallando con violencia a los posibles disidentes es coacción. La paz no se impone ni negocia, sino que brota donde hay hombres y mujeres que acogen y se perdonan gratuitamente.

  • ¿Por dónde tendría que incidir más nuestra familia, grupos, fraternidades… para ser artífices de Paz?

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