Retiro de Adviento 2017

Caminamos a la luz de una estrella 

Mt 2,1-12

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

Buscar, buscar, buscar… Tal parece ser la continua tarea y la vocación del ser humano. Pero la búsqueda no puede ser un fin en sí misma. Es tan sólo un proceso. El objeto final de la búsqueda orienta los pasos de quien busca. Cada persona se define por lo que busca y por el modo como lo hace. Nos cuenta Mateo que unos Magos de oriente andaban buscando al Rey de los judíos cuyo nacimiento les había sido señalado por una estrella. Los Magos no sólo representan otros pueblos y culturas, sino nuestra propia búsqueda. Y no caminamos solas. A la luz de la estrella caen las barreras que nos separan. Se puede ser negra o blanca, española o congolesa, se puede ser gitana o catalana, hombre o mujer, de derechas o de izquierdas… Lo importante es que todas somos “humanas”.

  1. El inicio del viaje

Se presentaron “unos Magos de oriente”, escribe Mateo. Significa que los Magos le dan la espalda a Oriente, es decir, al sol que nace, para ir adonde Jesús. Caminar hacia el sol que sale evoca crecimiento, luz. Los Magos toman la dirección opuesta, van hacia occidente, hacia el ocaso, hacia lo que disminuye. Reúnen fuerzas y emprenden el viaje, sin demasiados cálculos. Partir se ha convertido en una necesidad más que en una decisión. Les llama algo irresistible, una atracción fuerte les seduce. Y se fían.

Buscan y se ponen en marcha. Se dejan guiar por el misterio. Van de espaldas al sol y en tinieblas. La noche es para muchos, tiempo de cesación del trabajo y descanso, para otros, tiempo de desconsuelo y desorientación. Nuestros Magos caminan  a la luz de una estrella. Las estrellas solo salen en la noche y hace falta mucha oscuridad para que podamos verlas. Quien se orienta por la luz de una estrella tiene que aprender a caminar sin luz, con la tenue claridad de estos puntos luminosos.

En este inicio del Adviento también nos ponemos en camino. En una sociedad como la nuestra, ¿cuáles son las estrellas que nos indican la presencia de Dios en medio de la humanidad? ¿Soy yo estrella para otras personas?

Emprendemos el camino de los Magos. Y lo hacemos con su misma inquebrantable confianza en un signo minúsculo, tanto más luminoso cuanto más oscura es la noche. Seguir la estrella significa salir de casa sin rumbo propio, arriesgarse a llegar adonde no esperamos: a Belén, un lugar en la periferia del mundo, donde nace el Hijo de Dios, al margen de todo poder y reconocimiento. Nos conviene contemplar su viaje antes incluso de que comience; analizarlo en su inicio incierto, para seguirlo hasta el final, por ese “otro camino”, también desconocido. No podemos confundirnos de estrella ni dejar que nos cieguen otras luces y perdernos la ruta que lleva hasta el Dios de la estrella de Belén.

  1. Durante el viaje

Los Magos recorren un largo camino para ver y adorar al Señor. Un camino que solo podemos imaginar, Mateo ni siquiera lo intenta describir. En un momento, el cansancio de la búsqueda y la desorientación es fuerte. Los Magos preguntan, escuchan; más que buscar signos, son capaces de aceptarlos, y los encuentran porque caminan. Superan el miedo de cambiar de ruta, o de perderla, o de encontrar obstáculos; incluso corren el riesgo de dejarse engañar por falsas indicaciones…

Este camino no es en línea recta, hay riesgo e inseguridad; hay decepciones, hay preguntas e interrogantes planteados a las personas equivocadas. Los pocos e inseguros signos se interpretan con dificultad… Al final llegan, porque el deseo de encontrar a Jesús es más fuerte que su propio cansancio.

Contemplamos el mundo con sus caravanas de personas en continuo movimiento: refugiados, emigrantes, desplazados… Pensamos en todos esos Magos actuales que hoy en día emprenden larguísimos viajes, con frecuencia sin más tesoro que sus esperanzas, sus miedos o su gran deseo de vivir; viajes que, frecuentemente, son más huida que peregrinación.

Tomo conciencia de mi resistencia o excusas a acogerlos, a interesarme por ellos… Rezamos por una humanidad solidaria y acogedora.

La venida de Jesús provoca, desde el inicio, el rechazo de los suyos y la aceptación de los alejados y extranjeros. Su presencia suscita un sobresalto en toda Jerusalén. Herodes se “sobresalta”. La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma “rey de los judíos”. Hay que acabar con el recién nacido. La política de Herodes fue deshacerse de sus oponentes ante la menor sospecha de confrontación o rebeldía. Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Sólo quienes buscan de corazón lo encontrarán. Por su parte, los Magos prosiguen su larga búsqueda.

Reflexionamos y ponemos nombre a los “Herodes” de hoy.

No fue fácil para estos buscadores. A veces la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre, otras brilla llenándolos de alegría. Es imposible no reconocernos en este viaje nocturno, en su movimiento en medio de las tinieblas.  Así es la vida, tanto la suya como la nuestra: un viaje donde no hay nada seguro. Solo la espera de Dios permanece cierta, su voluntad inquebrantable de recibirnos al final de nuestro agitado vagar. Y es bueno que sea así. Esta es nuestra fe.

En el camino de los Magos hay un momento de gran emoción. Mateo lo describe de este modo: “Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría”. Todavía no ha terminado el viaje, y aún es de noche; queda mucho camino, sufrimiento… pero la estrella aparece y todo se vuelve más sencillo, todo adquiere otro color.

Encomiendo a Dios mis compañeras y compañeros de camino, con sus nombres, y rezo por ellas. Trato de recordar algún momento de alegría o de tensión que hayamos tenido. Doy gracias por su cariño y su presencia, por los momentos en los que aparecen en mi camino como luz de una estrella.

  1. El fin del viaje

Los Magos que seguían la pequeña luz de la estrella se encuentran con la Luz: “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos” (Is 9,1). El viaje llega a su término. Y es un final lleno de asombro, imprevisible. La estrella los conduce hasta un establo, los mueve a mirar hacia el suelo y no hacia el cielo, hacia un pesebre y no hacia un trono. En la noche, en el silencio, superando toda expectativa, Jesús vino no como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, como un infans entregado y abandonado a nuestras manos. In-fans, significa “el que no habla”. La Palabra enmudece.

El cumplimiento de la promesa se traslada de Jerusalén, la ciudad santa, escogida por Dios para habitar en ella, a la pequeña y desconocida Belén. El rey debe nacer en los palacios, ser esperado por todo el pueblo y ofrecerle el debido homenaje. Jesús nace a las afueras, sin que lo esperen, sólo lo visitan los “extraños”: pastores, personas marginadas, y los Magos de oriente, que no pertenecen al pueblo elegido. De nuevo nos movemos entre lo extraño y paradójico. María, José y los pobres de Yahveh supieron ver estos signos proféticos que poderosos y sabios según lo humano despreciaron e ignoraron.

Hay mucho que ver en Belén, pero no todas las miradas pueden percibirlo. Sólo las miradas y las pisadas de los pobres y pequeños se admirarán, y la Paz del corazón será su recompensa. Una Paz que, desde ellos, desbordará. En Belén somos pacificadas de nuestras ansias de hacer más y de conseguir más, de nuestras ansias de poder y de retener y brotará en nosotras un deseo hondo de ser, de ser aquello que somos ya, reflejado en el rostro sincero de aquel Niño.

Pero como los Magos, también nosotras nos dirigimos primeramente a los palacios de nuestra sociedad del bienestar y a los “Herodes” contemporáneos, hasta que nos damos cuenta de que allí no encontramos lo que vamos buscando, que allí se anula la Vida, esa Vida de Dios que quiere crecer en nosotras. Es más, sólo cuando nuestros ojos se abren, como se abrieron los cofres de los magos, descubrimos asombradas que no hay nada que no sea su epifanía.

¿Soy capaz de encontrar a Dios allí donde no lo espero: en las personas y lugares que no me parecen recomendables?

Mateo no nos proporciona una información detallada, pero cuando leemos el texto, descubrimos que los Magos primero ven a Jesús y lo adoran y, después, abren sus cofres con los presentes. Ante todo, se dejan conquistar por el Niño, por su presencia, su luz… Primero hay que “caer en tierra”, postrarse en silenciosa adoración. En el centro está Jesús, no ellos ni sus regalos. Esta actitud nos consuela, conscientes de lo poco que tenemos para ofrecerle en el cofre de nuestra vida. Pero, aunque nuestro cofre esté vacío, siempre podemos adorarlo y contemplarlo, y esto es suficiente para Él. No por sabido hay que dejar de repetirlo: Él no quiere cosas, nos quiere a nosotras.

Cuando adoramos desde el fondo, se nos convierte el corazón, nos transfiguramos de dentro afuera, se nos refresca la mirada. Pero podríamos pensar que, en este mundo nuestro de exclusión, de crisis y desempleo creciente, la adoración es un lujo. Pareciera más práctico y mejor emplear el tiempo acogiendo, sanando, educando… es decir, incluyendo a todos en la fraternidad universal a la que nos llama Jesús. Y es verdad. Sin embargo, no son incompatibles ambas acciones, al contrario. No perdemos tiempo cuando adoramos porque, precisamente, aprendemos a adorar para no excluir. Sólo desde una práctica asidua y constante de adoración silenciosa y paciente del Misterio de Dios encarnado nos preparamos para no excluir a nadie, ni del corazón ni de nuestra casa. Porque al adorar aprendemos a dejarnos ensanchar el espacio de nuestra intimidad por el único Señor que tan plenamente mora en nosotras.

Adorar es ir sacando a la luz el Amor que nos habita, que siempre nos descoloca, nos descentra, dando entrada al Otro y a las otras y los otros en nuestro propio espacio. Y entonces el ensanchamiento se produce porque se nos cuelan los demás dentro: sus vidas, sus sufrimientos, sus amores… y les dejamos pasar en el encuentro misterioso con el Señor de la Vida.

¿Ante quién o qué me “arrodillo” yo?

¿Qué estoy dispuesta a ofrecerle a ese Dios pequeño en este momento de mi vida?

  1. El regreso a casa

El viaje de los Magos acaba con el regreso a casa por otro camino. También nuestro viaje. Querríamos movernos siempre seguras, por senderos conocidos, con indicaciones claras, pero la vida no nos lo permite y nos pone siempre ante la necesidad de cambiar de rumbo, de encontrar nuevas soluciones, de afrontar nuevos riesgos… El viaje de regreso de los Magos interpela nuestra capacidad de cambiar, de no instalarnos, de buscar diferentes caminos cuando los viejos han quedado cortados.

Como los tres Magos, volvemos a casa por otro camino y puede que lleguemos al piso de una familia inmigrante a la que han cortado la luz, o al médico con esa persona que lo necesita, o al albergue de transeúntes, o a visitar en la prisión…

Cuántas veces naciendo Dios entre nosotras no lo acogemos porque no nos atrevemos a dejar de lado todo aquello que nos impide reconocerlo. Los Magos nos invitan a lanzarnos en su búsqueda, en lo más humilde, en lo más pequeño, débil y olvidado de este mundo: en los pesebres del siglo XXI. Sólo por ese camino de la estrella de Belén nos encontraremos con el Misterio de la presencia amorosa de Dios. Y al igual que ellos, no podemos regresar por el mismo camino. Su presencia transforma nuestra vida. Cuando se hace carne en nosotras no podremos más que anunciarlo con gozo al mundo, dando testimonio de Él con nuestra propia vida, convirtiéndonos en verdaderas adoradoras suyas.

Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí. ACEPTAR
Aviso de cookies