Somos morada de Dios

martes, mayo 21st, 2019

6º Domingo de Pascua. Ciclo C

Por: Teresa Miñana. Vita et Pax. Valencia.

“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y haremos morada en él”.

Este mensaje de Jesús a los suyos pone en evidencia que  la comunidad cristiana y cada persona se convierten en morada de Dios. La misma realidad humana se hace santuario de Dios.  Ya no hay ámbitos sagrados donde Dios se manifieste fuera de la persona.

Estamos viviendo la Pascua del Señor y contemplamos que el proceder del Señor es una total donación de su propia vida para que toda la humanidad tenga vida. Una vida gastada a favor de los hermanos. Es una entrega total y radical, definitiva, hasta la muerte, al servicio y al amor de los más pequeños.

Al reconocer este plan amoroso de Dios en relación con sus criaturas, un sentimiento de profunda gratitud se apodera de todos nosotros.

Nosotras, identificadas con Jesús, tenemos la misma tarea: construir el Reino, servir, aliviar y compadecernos de los más débiles. Ahora bien, vivir esta dinámica es estar continuamente en comunión con Jesús y con el Padre, porque todos los creyentes tenemos el deber de que en nuestras acciones se revele el Dios libertador que tiene un proyecto de salvación para todas sus criaturas.

Este texto nos hace comprender que Jesús se despide de los suyos. Los apóstoles temen su nueva situación y se preguntan ¿Cómo mantendrán la comunión con Jesús y cómo recibirán de Él la fuerza para entregar día a día la propia vida?

Y nosotros tenemos la respuesta: El Padre, en el tiempo de la Iglesia, nos envía un abogado, un auxiliador que nos va a recordar todo lo que Jesús nos ha enseñado: el Espíritu que nos ayuda a interpretar las propuestas de Jesús a la luz de los nuevos retos que el mundo, que  la sociedad, nos pone por delante. ¿Estamos atentos a las llamadas del Espíritu? Debemos aprender a responder a los desafíos de nuestro tiempo con audacia,  imaginación, con libertad y sobre todo escuchando la voz del Espíritu en nosotros.

Así ocurre en el Concilio de Jerusalén, tal como nos indica la primera lectura. En esa asamblea eclesial, van a enfrentarse varias opiniones: Pedro reconoce la igualdad fundamental de todos, judíos y paganos, considera que la Ley  es un yugo que no debe imponerse a los paganos, pero Santiago procura mantener las tradiciones judías. Es decir, o abrir horizontes y mirar adelante o no avanzar y presionar para que las tradiciones se mantengan.

Asistidos por el Espíritu, la decisión se toma por los convocados al Concilio. Así, se manifiesta la conciencia de la presencia del espíritu, que conduce y que asiste a la Iglesia en su caminar por la historia que nos va haciendo comprender que el amor está por encima de la ley.

La segunda lectura nos ofrece una metáfora de  “la nueva Jerusalén que baja del cielo”. Se repite el número 12 que integra la totalidad del Pueblo de Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, pueblo que es conducido hacia la vida plena por la acción salvadora y liberadora de Cristo.  El texto denota que la ciudad no tiene Templo y anuncia que en la vida plena la criatura no tendrá necesidad de mediaciones, porque vivirá siempre en la presencia de Dios y se encontrará con Dios cara a cara, más aún, según hemos aprendido en el evangelio cada corazón humano será morada de Dios.

La Iglesia no es todavía la comunidad mesiánica de vida en plenitud, pero tiene que procurar ser, a pesar de las limitaciones y del pecado,  un anuncio y un testimonio de la luz de Dios, de la fraternidad por él querida

“La nueva Jerusalén” tiene que ser construida desde ahora en esta tierra. Esta es la tarea que nos tiene que comprometer: la construcción de un mundo de justicia, de amor y de paz que sea reflejo del mundo futuro que nos espera.

Al final del texto evangélico, Jesús se despide dejándonos su paz y una vez más nos insiste a no tener miedo porque Él nos da la seguridad de que sigue estando en nosotros y afirma que su muerte es vida para todos, porque Él es la manifestación suprema del amor. Él es la paz, acogerlo a Él es acoger al amor que nos trasforma y que nos hace instrumentos de su paz en nuestra vida y a nuestro alrededor.

 

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