Tejedores de vida

Tejedores de vida

15º Domingo del T.O. Ciclo B

Por: Teodoro Nieto. Burgos

Jesús convoca a los “Doce” para enviarlos a proclamar la gozosa Nueva del Evangelio. El número 12 no es más que una resonancia de las Doce tribus de Israel y, por consiguiente, no tenemos que interpretarlo literalmente. Los “Doce” representan al nuevo pueblo de Dios, compuesto de mujeres y hombres, a los que Jesús envía para hacer realidad en este mundo su proyecto de vida. Pero no los envía de cualquier manera.

El texto aporta algunos datos significativos: Son enviados “de dos en dos”. En el mundo judío se acostumbraba a enviar por parejas a los mensajeros,  para defenderse en el camino de posibles salteadores y para  avalar  la autenticidad de su mensaje. Además, el mero hecho de ir de dos en dos excluye todo atisbo de superioridad de uno sobre otro. Los dos son iguales y mutuamente solidarios.

Los discípulos y discípulas de Jesús no necesitan llevar provisiones para el camino: Ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja, ni dos túnicas, porque sería demasiado ambicioso en un pueblo como el de Palestina plagado de mendigos. Podríamos objetar a Jesús que sus palabras tuvieron sentido en una sociedad seminómada, pero ya no en una sociedad post-moderna. Y él nos respondería hoy que no se trata de interpretar sus palabras al pie de la letra, sino de descubrir el Espíritu que las inspira. Parece ser un hecho que nos creamos necesidades que están reñidas con una vida humanamente decorosa y digna. No hay mayor esclavitud que convertirnos en rehenes de las cosas. Es gratificante descubrir la necesidad de volver a un estilo de vida sencillo y sobrio. No basta aumentar la producción y alcanzar mayores niveles de vida.

Jesús advierte también a sus seguidores y seguidoras que acepten la hospitalidad, en cualquier casa, incluso en  la de los paganos. Según la Ley judía,  no podían entrar en ellas, por miedo a contaminarse. Pero el seguimiento de Jesús les exige un cambio radical de mentalidad. Mucho más importante que creerse pueblo elegido y separado es ser y vivir como ciudadanos y ciudadanas de un mundo sin fronteras.

La advertencia de quedarse en la misma casa nos recuerda el dato curioso de que no faltaban listillos que se hacían pasar por misioneros e iban de casa en casa, comiendo a costa de los demás.

El relato evangélico contempla también el caso de que determinado lugar o grupo humano no acepte a los mensajeros. Y ésta puede ser una oportuna llamada de atención para una sociedad como la nuestra, aquejada de  xenofobia. Nos empeñamos en pensar que quienes vienen de fuera y lo que viene de fuera no tiene nada que aportarnos, cerrándonos, para desdicha nuestra, a la inmensa riqueza que nos proporcionan la comunicación y al diálogo. Y echamos en cara a quienes llamamos y tratamos como “extranjeros” que no se integran en nuestra sociedad.

Recibidas las instrucciones, los “Doce”, es decir, todos y todas como nuevo pueblo de Dios, nos ponemos en marcha. ¿Cuál es la misión y tarea en nuestra vida diaria? Los discípulos y discípulas de Jesús expulsaban muchos demonios. Pero, ¿quiénes son los demonios?

Los demonios o espíritus inmundos son una personificación o encarnación de las fuerzas del mal, de todo y cualquier mal que  puede amenazar y hacer sufrir a los seres humanos. Jesús vino para aliviar el sufrimiento humano; a darnos vida en abundancia (Jn 10, 10). Él se preocupó de curar a la persona herida en su ser total, de su alimento material, y de crear entre hombres y mujeres unas relaciones de igualdad y de fraternidad, sin jerarquías dominadoras: “Todos vosotros sois hermanos”. “No os dejéis llamar jefes” (Mt 23, 10).

Si de verdad optamos por seguir a Jesús, nuestra tarea es aliarnos con la vida del ser humano más amenazado y vulnerable, de la Madre Tierra, de la Naturaleza, del Cosmos entero. No somos Iglesia para hacer proselitismo,  para convertir a nadie, ni para imponer dogmas y normas que, como nos recuerda el Papa Francisco, “nos vuelven jueces implacables… mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “Dadles vosotros de comer” (Mc 6, 37) (La Alegría del Evangelio, nº 49).

Por encima de cualquier etiqueta de profesión, de credo religioso o de afiliación  política, somos seres humanos que, en una solidaridad sin fronteras, queremos  hacer de este mundo un hogar sin muros, más tierno, misericordioso y acogedor, aliviando el sufrimiento y empeñándonos en tejer día a día esa red inmensa  que somos con todos los seres.

 

 

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