Tiranos con tinte en el pelo

miércoles, febrero 15th, 2017

Por: Maricarmen Martín. Vita et Pax. Madrid

En la historia de la humanidad siempre han aparecido personas que han querido dominar, imponer sus leyes y deseos, poseer un poder absoluto sobre las demás, levantar muros para que no entren los que no interesan, que su voz resuene por encima de las otras, tiranos con tinte en el pelo… y es curioso, cómo las mujeres tenemos una forma peculiar de enfrentarnos y vencer a estos faraones. A los de ayer y a los de hoy. Nuestras antepasadas, las mujeres del Éxodo, nos la enseñaron.

En el capítulo uno del libro del Éxodo aparece el faraón de turno con su poder ciego, corrupto y sin memoria. Necesita esclavos, brazos, mano de obra gratis para saciar su codicia. Pero además, tiene miedo, por eso, da una orden a las parteras de las mujeres hebreas para hacer morir a los niños hebreos. Ordena el infanticidio abierto, hay que matar a los niños ya nacidos. Orden de muerte y de discriminación a la vez. Matar a los niños y dejar con vida a las niñas. Es a ellos a quien teme, no ve ningún peligro en las niñas, al fin y al cabo, las mujeres son seres indefensos y débiles.

Junto a este poderío, aparecen dos mujeres insignificantes, Sifrá y Puá que, sencillamente, no dudan en desobedecer protegiendo la vida, buscando bases de futuro. Y lo hacen con una sabiduría y arrojo absolutamente libres: si éste reprime la vida, ellas la fomentan; si él quiere destruirla, ellas la van a salvar; como “profesionales de la vida” que son, tienen palabras y actuaciones sagaces a favor de la vida.

Las parteras se resisten a la orden de muerte, desobedecen y además mienten. Y Dios las aprueba, el versículo 20 dice “y Dios favoreció a las parteras”. Lo cierto es que lo debieron de hacer tan bien, son tan hábiles y actúan con tanta audacia, que el Faraón ni se da cuenta de que le han mentido descaradamente  y no toma ninguna represalia contra ellas. Cree con toda docilidad lo que le dicen las mujeres, de modo incuestionado e iluso, y cambia la orden. Es ahora todo el pueblo quien tiene que matar a los niños ya nacidos (Ex 1,22).

En el capítulo dos, las parteras dejan paso a otras mujeres valientes que van a continuar enfrentándose y desobedeciendo al faraón. Aparecen sin nombre: una es la madre de un niño hermoso, la otra es su hermana y la tercera es la hija del Faraón. Están en relación entre ellas por causa de una acción que, sin saberlo, van a hacer juntas: salvar un niño, salvar la esperanza, velar por el crecimiento de lo frágil, por el fortalecimiento de lo débil.

La madre, una mujer sometida política y socialmente a la ley de Faraón, llega un momento en que no puede ocultar más a su hijo y busca esconderlo. Lo pone en una cesta. Y es la segunda mujer, su hermana, la que se va a quedar a distancia para ver. Extraordinaria misión la de esta hermana que “vigilaba”, “cuidaba”, desde lejos a su hermano. Y la hija del Faraón que, al ver a un niño que llora, se compadece de su llanto con absoluto y tácito olvido de la orden de muerte que había dado su padre.

El Éxodo lo inaugurarán las mujeres que, hábiles y sabias, transgreden los poderes faraónicos. Ellas vencerán en osadía, atrevimiento y estrategia. Resistirán, desobedecerán y mentirán al tirano y Dios estará con ellas. Esta es una manera muy sororal de enfrentarse a los faraones. Redes de mujeres de distintos credos religiosos, de distintas nacionalidades, culturas, edades, condiciones sociales. Todas mujeres de la utopía y de la esperanza: esclavas y princesas, madres y hermanas, hebreas y egipcias, judías y musulmanas, cristianas y budistas, jóvenes y ancianas… Todas unidas a favor de la dignidad humana.

Es hoy como lo fue ayer. Sin violencia, sin derramar una gota de sangre, sin disparar un solo tiro, sin necesidad de ninguna guerra… las mujeres hacemos la revolución de la vida y nos enfrentamos a los faraones de turno, esos tiranos con tinte en el pelo.

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