Todos somos Pedro

lunes, abril 20th, 2020

3º Domingo de Pascua. Ciclo A

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Ruanda

Quién lo hubiera dicho hace unos días; ese Pedro que vimos muerto de miedo, renegando del Maestro, mintiendo descaradamente por salvar la piel… hoy lo hallamos empoderado, con toda la fuerza y el atrevimiento que conlleva el haberse encontrado con Jesús Resucitado.

Pero no ha sido un camino fácil el de Pedro, desde aquella lejana hora de la llamada, cuando Jesús lo invitó a ser ‘pescador de hombres’ (Mt 4,18-22) y dejando las redes, la barca, la familia… lo siguió, hasta el momento de la pregunta crucial en Cesarea de Filipo, ‘y vosotros, quién decís que soy yo’ y en nombre de todo el grupo, lo confiesa como el Mesías; unido a la gran reprimenda que recibe del Maestro por pretender desviarlo de su camino, que le lleva a calificarlo como ‘tentador’ (Mc 8,27-33).

No obstante, resulta reconfortante ver cómo Pedro, en momentos de dificultad en el seguimiento, cuando todos están confusos y desorientados y empiezan las deserciones, asume la responsabilidad y vuelve a hablar en nombre del grupo afianzando la opción realizada: ‘¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna’ (Jn 6,66-68).

Es cierto que Pedro dejó todo por seguir a Jesús, pero un día delató sus motivaciones más íntimas con la pregunta: ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; qué premio tendremos’ (Mt 19,27). De ahí, que cuando lo siguió hasta la cumbre del monte, el día en que sus vestidos resplandecieron luminosos, como se sentía tan a gusto, le propuso al Maestro hacer allí tres tiendas para quedarse unos días más en ese improvisado balneario de primavera (Mc 9,5).

También lo siguió hasta Getsemaní, donde se durmió mientras Jesús oraba (Mc 14,37), pero en un instante de peligro, se envalentonó y trató de defenderlo con la espada (Jn 18,10). Lo siguió después hasta el palacio del Sumo Sacerdote y allí lo negó aquella noche (Jn 18,15-27). Pero Pedro recordaría siempre esa noche por el canto del gallo, la mirada de Jesús y su propio llanto (Lc 22,61-62) porque, a pesar de su debilidad, es capaz de dejarse despertar por el canto del gallo, sentirse perdonado por la mirada de amor de Jesús y asumir la propia responsabilidad en la traición, expresada en su llanto.

Y en el sepulcro vacío, Pedro está llamado a descubrir una ausencia que será ya para siempre la presencia universal de su Señor (Jn 20,6-7). Desde entonces, ya nada será igual. Incluso cuando intentó volver a su antiguo trabajo, la pesca, el Señor se hizo el encontradizo y le pidió una nueva declaración de su fidelidad (Jn 21,1-19). Tras esa confesión de amor, Jesús le encomendó el cuidado de aquel pequeño grupo. Pequeño grupo, pero grande tarea. No estaba solo, el Espíritu Santo lo llenaría de su fuerza para anunciar la resurrección de Jesús (Hch 2,14-33), levantar a los tullidos (Hch 3,6), dar testimonio de Jesús ante su pueblo desobedeciendo la prohibición de hacerlo (Hch 5,29), abrir el camino para anunciar el mensaje de salvación también entre los no judíos (Hch 10,34-43)…

¡Qué complejidad de persona! No en vano tenía dos nombres: uno se lo dio su familia, el otro lo recibió de Jesús. Su vida está marcada por el seguimiento al Maestro, por eso, quienes también seguimos a Jesús nos identificamos con él. Con el frescor de la llamada y la esplendidez de quien lo deja todo, el entusiasmo y la radicalidad, las dudas y el fulgor de los días de gloria, las promesas más ingenuas y el desengaño de nuestras propias caídas, la huida y el rencuentro, el miedo y el valor…

Todos somos Pedro: en su generosidad o en su cobardía, en el fervor o en el llanto, en la intrepidez o en el hundimiento… pero, sobre todo, en la fe de quien ha encontrado a su Señor Resucitado y lo anuncia con una fuerza que ya no proviene de la propia debilidad, aunque ésta siga rondando su vida.

 

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