Trabajar por la paz es trabajar por la vida

Trabajar por la paz es trabajar por la vida

Domingo XXIX del TO. Ciclo C

Por: M. Carmen Martín. Vita et Pax. Madrid

“Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada” escuchamos en la primera lectura. La historia de la humanidad es la historia de sus guerras. El pueblo de Israel es un buen ejemplo de ello, por desgracia, no el peor. El 6 de agosto de 1945, mientras los cristianos celebraban la transfiguración de Jesús, una bomba nuclear cayó sobre Hiroshima. En el año 2016 la ciudad de Alepo (Siria) está siendo escarnecida por los bombardeos sistemáticos… Y la historia continúa.

Los cristianos tenemos muchas tareas urgentes: instaurar la justicia, el alivio de la pobreza y el hambre en el mundo, los refugiados, la defensa de los derechos humanos, la evangelización… Pero todas están estrechamente ligadas a la tarea que las precede: la construcción de la paz. Trabajar por la paz hoy significa hacer posible que la vida juntos siga siendo una realidad en este planeta; pertenece al corazón mismo de nuestra vocación cristiana.

Cuando hablamos de trabajar por la paz no es sólo un compromiso a favor de una organización o un proyecto específico. Ni siquiera es un cambio concreto en nuestro trabajo o en la vida familiar. Es una conversión de toda nuestra persona, de forma que cuanto hagamos, digamos o pensemos forme parte de la vocación apremiante de ser personas de paz. Es una llamada tan universal como la llamada al amor. Es una forma de vida que compromete nuestro ser por entero.

Trabajar por la paz es, sobre todo, resistir. Oponer decidida resistencia a los poderes de la guerra y la destrucción. Significa decir “no” a las fuerzas de la muerte y decir “sí” a la vida. Trabajar por la paz es trabajar por la vida.

Resistir es decir “no” a toda clase de violencia; exige un “no” a la muerte que se esconde en los más pequeños rincones de nuestra mente y corazón. Exige un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “no juzguéis” (Mt 7,1). El juicio es una violencia encubierta. Al juzgar dividimos el mundo en dos partes, los buenos y los malos. Juzgar implica que, de alguna forma, estamos fuera del lugar donde moran los seres humanos débiles, rotos, pecadores. Es un acto arrogante y pretencioso. A su vez, nuestra lengua, puede llegar a ser un arma de destrucción masiva. Quien habla mal de la persona, presente o ausente, mata. Todas sabemos el poder que tiene la palabra, con ellas podemos herir o sanar.

Resistir es también decir “sí”. Un “sí” grande a la vida que implica un Sí al amor, sobre todo, a los enemigos. Se ha dicho que el amor al enemigo es la piedra angular del mensaje de Jesús. Quien ama a los amigos y a los enemigos inspira vida y hace que ésta pueda ser celebrada. Este amor tiene que estar anclado en el amor de Dios que todo lo abarca, que “hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Sólo un profundo arraigo en el amor de Dios puede impedir que la persona que trabaja por la paz sea invadida por la misma ira, resentimiento y violencia que conduce a la guerra.

Decir “sí” a la vida como acto de resistencia significa inspirar, afirmar y nutrir los signos de vida allí donde se manifiesten. Y, muchas veces, no es evidente verlos porque es muy vulnerable. La vida, vista cuando nace, necesita protección. Es algo muy pequeño, escondido, frágil; no se abre paso por la fuerza para ponerse en primer plano; quiere permanecer escondida; avanza con moderación… Una sociedad que deja morir de hambre a un solo ser humano o que no acoge la vida que llega a sus fronteras, continúa la tarea sangrienta de Josué, mata “a filo de espada”.

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